Por Manuel Esteban Taño de Paz
Ilustración: Yury Díaz Caballero
Mención Concurso Ciencia Ficción´08
10 Febrero, 2010
Matt Salén tenía ya 969 años cumplidos cuando decidió acceder al Témpano. Así le llamaban popularmente a la instalación, pero su designación oficial era INUIT 1001-110-1001.
En una primera ojeada, esta parecía una cazuela invertida con una enmarañada ramificación de cables y unas piezas raras; como resortes deformados, colocadas arbitrariamente a todo su alrededor. Aunque lo más significativo –pensó Matt– era el acceso: era este una especie de túnel bastante largo que mirando desde el exterior semejaba un cono con una abertura gigantesca al comienzo, para reducirse después, hasta la altura aproximada de una persona en su unión con el cuerpo principal. En el interior –le habían explicado–, el diseñador había logrado un efecto tal, que no se percibían las paredes. Cuando se cruzaban, estas daban la sensación de algo difuso; era niebla brillante; como encontrarse en una inmensa planicie nevada.
Matt divisó al guardia que lo custodiaba. 969 años se dicen fácil –pensó–. Su organismo no presentaba problemas; cada cierto tiempo se hacia una revisión exhaustiva y cambiaba cualquier órgano o elemento que no funcionara adecuadamente. ¡Cuánto no había visto!, ¡cuánto no había sentido!, ¡en cuáles lugares no había estado ya!
Era uno de los primeros que llegaba a esa edad; los pocos que se le habían adelantado ya accedieron al Témpano –recordó–.
Ya estaba al lado del guarda y éste lo miró como un bicho raro cuando le mostró la banda roja que le permitía el acceso a la instalación. ¡Es muy joven aún!, –se dijo Matt–, posiblemente él era el primero al que veía entrar.
Matt cruzó la puerta luminosa –que se abrió y cerró automáticamente al detectar la banda roja–, y de inmediato notó un pequeño descenso en la temperatura. Recordó a la empleada de la Oficina de la Edad, que le colocó la banda cuando le aprobaron su solicitud.
¡Usted se ve bien aún!, yo soy mucho más joven, pero si me lo pide, aceptaría con gusto su compañía –le había dicho la empleada–, pero él solo sonrió.
La temperatura descendía cada vez más al adentrarse en el túnel. Recordó de nuevo a la empleada. A su edad la mente aún absorbe como una esponja –y se rió de lo exacto de la comparación–. Ya el cerebro de Matt estaba pletórico de vivencias. ¿Qué podría él encontrar en esa muchacha?, ¿cuáles sensaciones, cuáles placeres no vividos ya hasta la saciedad?, ni siquiera hubiera podido compartir ideas: ¡los puntos de vista serían tan diferentes entre ellos!
Terminó el túnel y se adentró en la instalación. Trató de pensar solo en el trabajo investigativo que había desarrollado en los últimos años. Eso le era gratificante, pero su mente ahora divagaba hacia una quietud absoluta.
La temperatura había descendido hasta unas pocas decenas de grados bajo cero.
Vio la esfera azulosa que encontraba en el centro y hacia ahí fue atraído por el campo de fuerza que la generaba. Se dejaba conducir. Llegó al centro del campo y entonces la esfera azul se redujo, como una pelota que se desinfla, hasta rodear solo su cabeza.
El campo cesó y dos brazos automáticos lo extrajeron de la instalación. Le cortaron la banda roja y colocaron una amarilla con un número identificador y un letrero que decía: DESECHO, para reciclar sus partes..
|