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La huella aborigen

El Grupo Cubano de Investigaciones de Arte Rupestre finalizó la elaboración del mapa más completo sobre pictografías y petroglifos de la Isla.

Por
Flor de Paz
Fotos: Gizéh Rangel y de la autora
24 junio, 2009
Dibujos rupestres
Dibujo de Florentino Martínez, portada del libro Cuba: dibujos rupestres, de Antonio Núñez Jiménez

Esta pudiera ser una historia nacida de la imaginación de cualquiera de los escritores afiliados al realismo mágico o a lo real maravilloso latinoamericano. Sin embargo, es pura verdad.

Como un puente entre el mundo cognitivo de nuestros aborígenes y el presente perduran antiquísimos petroglifos y dibujos rupestres, testimonios de la sociedad que les dio origen.

La presencia de esas grafías en la mayor isla antillana es notable, aun cuando en otras su existencia es más numerosa. Una reciente obra: el Mapa del dibujo rupestre en Cuba cuantificó 223 yacimientos donde se observan estas manifestaciones gráficas.

“Fue una investigación profunda que proporcionó datos cuantitativos y cualitativos. Ahora conocemos con mayor certeza las estaciones rupestres donde hay presencia de pinturas, petroglifos o la combinación de ambos, y cuántas pictografías están elaboradas en negro, rojo o con la mezcla de los dos colores y espacios en blanco”, explica Racso Fernández Ortega, jefe del Departamento de Arqueología, del Instituto Cubano de Antropología, y coordinador general del Grupo Cubano de Investigaciones de Arte Rupestre (GCIAR).

Racso Fernández Ortega, coordinador general del Grupo Cubano de Investigaciones del Arte Rupestre
“El Grupo Cubano de Investigaciones de Arte Rupestre es el resultado de una base científica creada en este campo desde hace casi 70 años, y agrupa a más del 90 por ciento de las personas que se dedican a la investigación de esta manifestación en el país”, afirma Racso Fernández Ortega, coordinador general del Grupo Cubano de Investigaciones del Arte Rupestre

Durante el proceso de realización del mapa estos científicos también establecieron un modelo para el registro rupestre en Cuba, con el fin de homogenizar la información procedente de las estaciones.

“El mapa nos ha permitido, además, identificar el estado de conservación de pictografías y petroglifos, las acciones del hombre que más los afectan y las medidas que pudieran tomarse para protegerlos.

Una vez conocidas cada una de las estaciones rupestres del país, el GCIAR se concentra en propiciar el desarrollo de estudios que compensen los sistemas de documentación y registro, de manera que los investigadores puedan consultarlos con toda confianza sin tener que acudir al sitio donde se haya emplazada la grafía.

Un ejemplo de estas investigaciones fue la realizada acerca de un petroglifo antropomorfo descubierto en 1938 en la cueva Waldo Mesa, de Banes, Holguín, y que en la actualidad se encuentra en una de las salas expositivas del Instituto Cubano de Antropología.

“Este petroglifo sufrió un considerable cambio, según las imágenes publicadas desde su hallazgo hasta hoy. Apenas tiene que ver con las fotografías tomadas y divulgadas en los años 1941 y 1942. Si un especialista quiere compararlas con otras más actuales y no acude a las originales va a errar, como ya ha sucedido”.

Otras posibilidades que se ha propuesto aprovechar el GCIAR son las nuevas concepciones de análisis e interpretación del dibujo rupestre, basadas en la relación que pueda existir entre los diseños pictográficos de las estaciones rupestres y los cerámicos de los sitios arqueológicos cercanos a estas.

“Entre sus ventajas, ese método facilita la deducción de cronologías y permite que los arqueólogos comencemos a ver el dibujo rupestre como parte del registro arqueológico y no solo como una obra de arte.

“Es necesario trascender los tonos descriptivos que han marcado la investigación de la gráfica rupestre cubana y acometer el rescate de los subsistemas tecnológicos e ideológicos ocultos detrás de cada conjunto”, advierte Fernández Ortega.

- Basado en ese principio, ¿cómo se advierte la relación entre el arte rupestre cubano y la mitología aborigen?

Petroglifo del Maffo
El petroglifo del Maffo (de entre el 1403 y el 1654  d. n. e) se encuentra ubicado actualmente en el Museo del Gabinete de Arqueología, de la  Oficina del Historiador de la Ciudad de La Habana. Fue descubierto de 1963 y trasladado de Contramaestre a la Academia de Ciencias de Cuba

- Cuando trabajamos para definir el estilo Patana (en el extremo oriental de la Isla) identificamos algunos personajes de la mitología aruaca insular con los petroglifos de la cueva del mismo nombre. Nos basamos en la mitología aborigen descrita por Ramón Pané, un fraile ermitaño que, por instrucciones expresas del almirante Cristóbal Colón, recogió en sus textos la idolatría de los aborígenes.

“El hecho de que morfológicamente los petroglifos o diseños de esa zona tengan alguna relación con los personajes que describe Pané, nos hizo pensar que podíamos usar esta mitología caribeña insular como una herramienta más para hacer una reconstrucción del mundo en que vivían los pobladores de la región oriental de Cuba, y fundamentalmente los de Maisí”, explica el investigador.
 
La morfología no basta para identificar a un petroglifo, asegura. “Es necesario tener en cuenta la función social encomendada al personaje mitológico por el grupo cultural que lo creó, en relación con el espacio que ocupa en el recinto sagrado. No es suficiente que el llorador de lluvia tenga lágrimas en los ojos, sino también que esté ubicado en el espacio en el que se moje con la lluvia y reciba los rayos solares en las primeras horas de la mañana. Nunca será encontrado un personaje como este en el fondo de una cueva, porque allí nunca hubiera podido cumplir con su función”.

- Usted también ha investigado sobre el petroglifo del Maffo, una de las imágenes más divulgadas del arte rupestre cubano. ¿Cuál fue su rol social?

Mapa
Ubicación de los sitios del Maffo y Ventas de Casanova, dentro del panorama arqueológico de Santiago de Cuba, y su relación con la cuenca del río Contramaestre

- Según el enclave que tuvo el petroglifo, cercano a la cuenca del  Cauto y al sitio de habitación aborigen Ventas de Casanova, en Santiago de Cuba, considero que este singular grabado sobre roca puede ser un indicador del surgimiento de las plazas ceremoniales, un espacio ritual donde los aborígenes intentaban paliar la sequía que castigó a la región oriental de la Isla desde el siglo XV hasta el XVII, espacio temporal en que se sitúan ambos sitios arqueológicos.

La hipótesis también es sustentada por la presencia de orificios nasales en el diseño del petroglifo del Maffo y en la cerámica aborigen de Ventas de Casanova. “Esa característica, concluye Fernández Ortega, es inexistente en toda el área del Caribe insular, y establece un vínculo conceptual entre ambos puntos geográficos, comunicados por el río Contramaestre”.

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