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El cazador de fe

Por Lidia Soca Medina
Ilustración:Yury Díaz Caballero
Mención Concurso Ciencia Ficción´09
11 Noviembre, 2010

El cazador de feApenas bajó los ojos hacia el reloj y en ese breve intercambio para medir entre dígitos la realidad, apareció en su sitio de siempre: a la derecha del último banco como cada jueves en las últimas tres semanas. La primera señal de alarma se la dio precisamente aquella puntualidad de exactos milisegundos antes del evangelio, pero su optimismo terció que aún podían existir personas fieles a sus compromisos espirituales. Sonrió más tranquilo: lo esencial era que había llegado y ese sería el día. Otra arruga de preocupación pugnó en la mente del hombre al tiempo que volvía a calcular sus circunstancias entre los dígitos que pendían de su muñeca. Apenas alcanzaba aquel a ser el último día. Los nubarrones oscuros envolvían la catedral en una lóbrega penumbra y recriminó aquella excentricidad atmosférica que tantos recursos derrochaba en su mundo… Pero ella estaba allí a pesar de todo: debería ser muy grande su devoción para aventurarse con un clima así; y lo que antes fue un burdo equívoco ambiental, ahora se le presentaba como un ardid insuperable para una fe desproporcionada, fanática, casi desesperada… ¡Sí, una fe descomunal: un hallazgo de proporciones ya extintas!

Desde su estratégica posición podía seguir de cerca cada uno de los movimientos de la mujer que aunque mantenía una fervorosa atención, no daba muestras verbales de participar en ninguno de los salmos, únicamen­te seguía la rutina colectiva de arrodillarse, pararse y regresar al banco. Tampoco comulgó y en este punto el hombre volvió a alarmarse… aunque también podía ser una creyente de nuevo tipo… con igual magnitud en su entusiasmo se permitía fantasear con una belleza exuberante. Lástima que en aquel futuro tan esperado y desesperado el componente físico sólo era un superfluo recubrimiento al alcance de un software de estética. Aquella simplificación a que se había reducido su especie fue precisamente su punto más vulnerable, la locomotora imperceptible que la fue atropellando en silencio durante siglos de debacle moral hasta dejar esos patéticos estertores.

Finalmente el párroco esparció bendiciones crucificadas dando por concluido el oficio y la dama del fondo avanzó hacia un altar lateral a encender el cirio de siempre. El hombre casi tuvo que abrirse paso a empujones entre la multitud saliente que apenas se disolvía tras cruzar el enorme por­tón de la iglesia. Se arrodilló junto a la dama que aún sin despegar los labios, permanecía encorvada en esa ancestral y atractiva sumisión. Quiso decirle algo, pero al final se sirvió de aquella descomposición ceremonial que tanto se había cuestionado hace un rato y sólo se limitó a depositar su mano sobre aquel dorso de seda que descansaba sobre el banquillo de genuflexión.

La chica no opuso ninguna resistencia al descaro escaneo de la extremidad masculina que se transformó en segundos en una pantalla traslúcida que representaba un mapa de sus neurotransmisores, aunque el hombre la apretaba ya con dolor, desconcertado de aquella armazón vacía. Una risa profunda, histérica, enfermiza, golpeó los muros de la catedral y lo proyectó contra el piso de mármol.

–¡Un cazador de fe!–, la dama de negro se volvió sin dejar de esgrimir aquella risa terrible–. ¡Creí que ya no existían situaciones tan obvias!... ¿Cuánto tiempo llevar aquí: semanas, meses, años? La fe dejó de ser un buen negocio cuando se terminaron las cosas en las que creer, cuando fueron ofrecidas todas las respuestas, cuando aparecimos nosotros…

El hombre se incorporó a rastras y escupió las lozas.

–Sólo eres un vulgar amnesiano.

–No creas que esa patética y por demás séptica muestra de desprecio puede afectarme.

“Nada puede afectarlos, seres huecos” –pensó el hombre, pero prefirió callar pues comenzaba a sentir miedo. Hacía mucho tiempo que nada le producía temor y aquel primogénito escozor en su vientre lo reconfortó en su orgullo humano. Hurgó en su memoria identificando a aquellos seres malditos que habían irrumpido en su mundo hacia el último decenio, cuando aún era incipiente aquel lento holocausto de una especie que por varios siglos estuvo en la cima de cuantas cadenas alimenticias (y por tanto evolutivas) pudieran existir. Muchos dijeron que habían llegado del espacio exterior, infiltrándose con la ayuda de gobiernos poderosos; otros más radicales los etiquetaron como engendros de ingeniería militar (también bajo la égida de gobiernos poderosos), contando con una supersónica capacidad de adaptación a cualquier medio físico y psíquico. Más su nombre era la única ex­plicación incuestionable, y hasta el momento la más esclarecedora sobre esas criaturas que ni siquiera eran capaces de identificarse como raza y sólo alcanzaban a confundirse entre la humanidad. Quizás fuera por eso que aún no la suplantaban del todo: precisaban de sus reglas, sus cánones, su minuciosa organización y sobre todo de su memoria; ya que el único escalón evolutivo que mantenía a los amnesianos por debajo de los hombres era su breve memoria aleatoria que duraba sólo unas semanas, al cabo de ese tiempo, sus recuerdos volvían a empezar de cero. Su amnesia recurrente era el único modo de identificarlos, su mayor debilidad… y lo que los hacía más peligrosos al carecer de una conciencia capaz de contenerlos.

–¡Vaya descubrimiento! Un humano capaz de olvidar, porque si no fuera por nosotros tu próspero nego­cio de comerciar emociones no existiría.

Aclaró el amnesiano cual si tuviera al corriente de sus pensamientos, ¡pero por supuesto que lo estaba! ¡Que podrían entender aquellas criaturas malditas sobre privacidad! El hombre apagó el localizador neuronal en el dorso de su mano, que al quedar sin objetivo externo registraba la actividad de su propia mente. Aunque tampoco podría adjudicársele a los amnesianos el descubrimiento de que los pensamientos y sobre todo las emociones eran estímulos eléctricos de diferente intensidad, que igual que la corriente alterna podría acumularse y transmitirse de un individuo a otro; o si esa espantosa simplicidad de lo que alguna vez fue sagrado para miles de generaciones, resultó innovador por algún pusilánime humano que ante la venganza de aquel des­cubrimiento vil, no pudo hacer menos que hundirse en el anonimato.

Pero ¿cómo podría un amnesiano conocer esto, tener… un recuerdo? Mas al tiempo que formulaba la interrogante la mano femenina se aferró a la suya provocándole una violenta descarga. No pudo ya definir si la idea emergió de su lacerado intelecto o si fue por el otro, pero prevaleció con espanto opacado incluso al dolor: “Eres un…”

La iglesia–Un híbrido entre ambas especies. Sin saber si me trajeron o me crearon, sólo existo y eso es suficiente para sobrevivir. Si de alguna utilidad me ha sido la memoria de un Homo sapiens es para comprender que si en ciertos momentos sólo se hubieran limitado a pervivir y dejar a sus semejantes hacerlo, se habrían evitado siglos de sufrimiento… inclusive inminente extinción al ser reemplazados por otra especie superior. No me culpes: es un inevitable principio de selección natural.

Inexplicablemente el hombre comenzó a sonreír.

–¡No podrás usarme amnesiano o lo que sea que fueras!... Los contados sentimientos que logré captar en la colonia donde crecí, los vendí cuando tuve edad para hacerlo. Recuerdo que la fe era la fuerza más poderosa que forjó mis mejores años, por eso ahora la preciso de vuelta…

–Por supuesto–, contestó el espécimen todavía oculto tras el aparatoso ropaje que vedaba su rostro-. Para tan noble empresa elevaste una catedral en medio de la nada, porque ni siquiera pudiste pagar el impuesto de emplazarla dentro de una colonia… ¡Cuántas emociones interesantes! Avaricia, mentira, egoísmo, desprecio… incluso podría encontrar odio, con un poco de suerte.

-¡Es ilegal traficar sentimientos negativos!

-Si, es una lástima que sean los que mejor se paguen… En este planeta agonizante hay quienes darían mucho por un estímulo de cualquier tipo. Pero dímelo tú: ¿no fue precisamente la ambición la que propició los mayores progresos, las más osadas epopeyas, elevó imperios a las estrellas y conquistó la gloria eterna para la humanidad?

–Pero sólo la fe… sólo la fe proporciona la constancia necesaria–, dejó caer la cabeza vencido por aquella beatitud que comenzaba a llenar tantos vacío… hasta desaparecer igualmente.

La criatura se incorporó luego, alejándose del hombre tendido junto al pequeño dispositivo del que había emergido el ambiente virtual completamente disuelto. Fue el primer ser humano sin emociones. Pero por primera vez no supo qué hacer, mucho menos cómo enfrentar sus recuerdos que ahora se le antojaron tan contradictorios. Se acurrucó por instinto en aquella prístina posición en que había llegado a este mundo… y quedo allí, a merced del universo.

 

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