Bosques
Contra el olvido
Proteger la floresta contra los desmontes, las talas irracionales, los incendios, el libre pastoreo, las plagas y enfermedades, e incentivar la repoblación forestal con fines económicos, de protección o sociales en plantaciones y bosques naturales, tiene que saltar de la letra de leyes y disposiciones y convertirse en deber ciudadano.
Por Yanel Blanco Miranda
Foto: Alexander Isla, cortesía de Wilfredo Cruz y archivo
20 Septiembre, 2010
Aventurera como soy, seguí un consejo que me ofreció, "de forma sutil", mi directora. "Si quieres hacer un reportaje sobre el cuidado y manejo de los bosques naturales en Cuba, debes conocer el terreno que estás pisando, y no quedarte solo con la opinión de los demás. El asfalto nubla la mirada". Ella lo que quiere, pensé yo, es que me enfangue, que sude la gota gorda y pierda ese “quietismo de ciudad” al que nos obligan tantas horas frente a la PC en la redacción. Y claro está, como pocas cosas me detienen, decidí aceptar el “reto”.
Seleccionar el lugar resultó fácil, ¡alguien lo hizo por mí! Y con una remota idea de dónde quedaba el Mil Cumbres, en Pinar del Río, apuramos la coordinación del viaje, presionados por la jefa de redacción que reclamaba la pronta entrega del texto. Los preparativos parecían ir sobre ruedas, pero justo ellas “hicieron la gracia” antes de la travesía, y el achacoso automóvil de la revista decidió romperse.
Como la depresión no entra en mi currículo, casi a gritos clamé por ayuda, que “cayó del cielo” cuando casi el periplo fracasaba, de la mano de un lejano pariente -por casualidad también compañero de trabajo-, quien ofreció el automóvil que maneja para la revista Zunzún. Eso sí, advirtió que el trayecto a la más occidental de las provincias cubanas sería “en punta de ruedas” y con la "carrocería en las manos".
Llegar a La Palma resultó más rápido que lo inicialmente calculado, aunque tuvimos que atravesar dos municipios enteros por una carretera que era más bien una suerte de montaña rusa. Sin embargo, la calidez con que nos recibieron los representantes de la Agricultura hizo que tal sacrificio valiera la pena.
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La caoba antillana, el cedro y el pino son autóctonos de Mil Cumbres. El programa de reforestación contempla justamente sembrar estas especies |
Deseosa como estaba de conocer un lugar que prometía ser de una belleza singular, apenas almorzamos emprendí la marcha. Seis personas conformaban nuestra pequeña tropa de exploradores. Entre ellos, Zacarías Hernández, especialista principal de Mil Cumbres.
“Esta es una área protegida de recursos manejados de acuerdo con el Sistema Nacional de Áreas Protegidas (SNAP), cuya administración corre por cuenta de la Empresa Nacional para la Protección de la Flora y la Fauna del Ministerio de la Agricultura (MINAG). Sus 17 mil 521 hectáreas se reparten en tres municipios: Los Palacios, Bahía Honda y La Palma. De ellas, el 77,7 por ciento son bosques”.
Los bosques de Mil Cumbres son considerados protectores de las aguas, el suelo y la fauna, por lo que son cuidados con celo. Lo pudimos comprobar en el largo recorrido de casi tres horas, siempre en compañía del sol, que amén de agotador, nos dejó con deseos de más.
Para Wilfredo Cruz, licenciado en Geografía, otro de los especialistas del área, este monte es su hogar. Con solo 30 años ha aprendido a convivir con la naturaleza. "No hay nada más hermoso que caminar por las lomas, ver como crece un árbol y escuchar el canto del tomeguín por las mañanas", confiesa. Quizás por eso, aunque estudió en la capital, prefiere su natal Pinar del Río.
Según este joven licenciado, Mil Cumbres exhibe un mosaico de suelos muy variados, condicionado por las características litológicas que presenta esta región donde confluyen La Sierra del Rosario y la de Los Órganos. De ahí que los terrenos vinculados a las plantaciones de pinares, a los mogotes y rocas calizas, y a la zona de los valles, sean diferentes.
Una flora valiosa en especies, fauna heterogénea y atractivos paisajes, se conservan en esta área catalogada de significación nacional, donde crecen pinares, xerófilos de mogotes, bosques semideciduos (pierden parcialmente su follaje durante una parte del año), en los cuales habitan 18 variedades de aves autóctonas cubanas y se encuentran 52 endémicos locales de cuabales (vegetación sobre serpentinas).
Lo que el hacha se llevó
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Posturas de pino en un vivero en el área protegida pinareña. Tener disponibilidad de semillas de calidad es esencial para planificar cómo y dónde reforestar |
La suerte de Mil Cumbres, como de otras áreas protegidas, radica justamente en ser una zona montañosa, de difícil acceso. Ese hecho ha permitido una menor presencia humana y la consiguiente conservación de un valioso paisaje natural.
Como su categoría de manejo lo indica, en esta región solo se realizan pequeñas intervenciones: la eliminación de especies invasoras como el aroma y el marabú, cortes sanitarios (cuando existe una plaga o el árbol fue dañado por un incendio), y “bajar” la densidad del bosque ejecutando algunas talas, de forma que las plantas más vistosas y sanas tengan espacio para crecer.
No siempre fue así. En la historia de Cuba se amontonan los árboles derribados. En su afán de conquista: de tierras, almas, culturas, los españoles talaron grandes extensiones de bosques en la Isla, con el objetivo de establecer plantaciones agrícolas e impulsar el desarrollo de la industria maderera, la construcción de barcos y proveer a los ingenios de maderas preciosas, destinadas a alimentar sus calderas.
Los gobiernos seudorrepublicanos continuaron devorando la floresta cubana. De 1902 a 1959, se talaron cada año un promedio de 70 mil hectáreas de bosques naturales con fines económicos. De ahí que la cubierta boscosa se redujera del 54 al 14 por ciento, con la consecuente pérdida de la diversidad biológica y la degradación de los suelos, impacto que perdura en la actualidad.
Después de 1959, esta situación comenzó a revertirse lentamente y aunque ha habido que lamentar la pérdida de especies de la flora y fauna, debido al mal manejo, ocasionado en gran medida por el desconocimiento y/o despreocupación, el perímetro boscoso fue incrementándose de forma paulatina. Ya en el 2008 había sobrepasado el 25 por ciento del territorio.
Carlos Alberto Díaz, director nacional forestal del MINAG, comenta que, “aunque el patrimonio forestal cubano es de tres millones 897 mil hectáreas, lo que equivale al 25,7 por ciento de la superficie, aún se deben sembrar y lograr más plantaciones de árboles. Pues los bosques contribuyen al aseguramiento de la alimentación, el agua y el aire limpio, incluso protegen el suelo y controlan las inundaciones”.
Similar idea comparte Maritza García, directora del Centro Nacional de Áreas Protegidas (CNAP): “No estamos satisfechos con el resultado alcanzado hasta el momento, pues deberíamos tener un mayor perímetro boscoso”. No obstante, aclara, “no todas las áreas pueden poseer bosques”.
A través de la Ley 85 (Forestal), de 1998, el Estado cubano establece principios y regulaciones generales para la protección, el incremento y desarrollo sostenible del patrimonio forestal de la nación. Existe consenso en que las dos millones 378 mil hectáreas de bosques naturales que quedan en la Isla no son suficientes para asentar un equilibrio ambiental.
Por esa razón, entre los objetivos de la Ley está la protección de los bosques contra desmontes, talas irracionales, incendios forestales, libre pastoreo, plagas y enfermedades; también establecer incentivos a la repoblación forestal con fines económicos, de protección o sociales.
Entre los variados proyectos de Mil Cumbres para el cuidado del medio ambiente, la reforestación desempeña un papel primordial, sobre todo en áreas que otrora fueran dedicadas a la ganadería. La regla es usar especies nativas de la zona. “Nosotros no traemos nada del exterior; las plantas que sembramos, como el cedro, la caoba antillana, el ocuje y el dagame, entre otras, se encuentran en nuestra área”, asegura Zacarías, devenido en nuestro consejero dentro del parque.
La estrategia forestal aprobada por la Comisión Nacional del Sistema de Reforestación desde el 2006 hasta el 2015, en la cual colaboran muchos de los Organismos de la Administración Central del Estado (OACE), tiene como objetivo aumentar paulatinamente la cobertura boscosa hasta un 29,3 por ciento.
Esta tarea, según explica Carlos Alberto Díaz, debe ser llevada a cabo por el Grupo Empresarial de Montaña, responsable de la creación de los bosques, su manejo y explotación, junto con las empresas forestales, lo cual posibilitaría satisfacer algunas de las demandas del país en cuanto a la utilización de la madera.
Otra estrategia de la nación para proteger sus bosques es la declaración de áreas protegidas. “El mecanismo ofrece la posibilidad de resguardar espacios muy valorados en cuanto a biodiversidad y por la presencia de bosques primarios que deben ser los más naturales de Cuba”, señala Maritza García.
Según la también ingeniera forestal, “en la Isla existen 253 Áreas Protegidas (AP) identificadas, lo que representa el 19,93 por ciento del territorio nacional incluyendo la plataforma insular marina”. Estas se clasifican, por su importancia, en AP de significación nacional, local y en regiones especiales de desarrollo sostenible.
“Su valor no solo radica en la protección de la biodiversidad; desarrollan otras funciones que tienen valor agregado, entre las que se encuentran las reguladoras y las productivas”.
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Entre las aves que habitan los montes de Mil Cumbres, está el Carpintero Churroso (Colaptes fernandinae), especie endémica que posee categoría vulnerable |
Proteger las cuencas hidrográficas y las costas, contribuir a la captación de agua, ejercer control biológico y constituir hábitat para criaderos y refugio de especies, son algunas de esas funciones reguladoras. El interés productivo radica en la capacidad de estas zonas de generar alimentos y nutrientes, recursos genéticos, medicinales y/o ornamentales. Además de la adquisición de materias primas.
Afirma Carlos Alberto, que en Cuba “el 69 por ciento de las zonas cubiertas por bosques tienen categoría de conservación. Hay que incluir los protectores del litoral (500 mil hectáreas) y del agua y el suelo, que abarcan 838 mil”.
Sin embargo, la buena voluntad no es suficiente y amén de las leyes destinadas al cuidado medioambiental, hay sucesos que ponen en peligro los bosques naturales y la biodiversidad que en ellos habita.
Amarrao´ a lo cortico
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El incendio ocurrido en San Felipe, Camagüey, el pasado año, duró 18 días y afectó 12 mil 193 hectáreas, de ellas dos mil 143 de bosques. Después de un incidente de esta magnitud, la zona queda totalmente devastada, lo que propicia la degradación de los suelos, la pérdida de hábitat y un paisaje desolador |
Enemigos de todo, más de la naturaleza, los incendios son el requiem para la flora y fauna. La degradación del suelo y la contaminación de las aguas son apenas algunos de los perjuicios que ocasionan.
Sin embargo, cada año crece la ocurrencia de estos siniestros,fundamentalmente por negligencia de las personas.
Fumadores irresponsables, pescadores y cazadores furtivos; quemas agrícolas para la limpieza de cosechas, la preparación de terrenos o la eliminación de los residuos, asechan al bosque y a sus habitantes. Es común que en una zona rural, detrás del marabú o de esa tierra destinada a un cultivo agrícola, esté cerca un área boscosa. Solamente en el periodo de enero a mayo del 2009, se reportaron 437 incendios forestales, cuya afectación alcanzó 11 mil 530 hectáreas.
Salvaguardar y proteger los recursos forestales, la fauna silvestre y otros bienes naturales del país, es prioridad de los guardabosques, cuya vida se pone en riesgo cada día para impedir estos siniestros y minimizar sus impactos.
Un amplio programa de divulgación, tanto a nivel nacional como territorial, que incluye mensajes preventivos en diferentes soportes (cajas de fósforos, por ejemplo), la creación de círculos de interés y la elaboración de plegables y volantes con información sobre cómo evitar la ocurrencia de incendios, son algunos métodos usados para cimentar una conciencia de protección.
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Entre otras de las causas que propician la destrucción de los bosques se hallan las naturales. En el año 2008, Mil Cumbres se vio afectada por los huracanes que azotaron la Isla. La imagen muestra el trabajo que se realizó para contabilizar los daños |
“La pérdida de los árboles y la cubierta vegetal destruyen los hábitat, acelera la erosión y multiplica la carga de sedimentos de los ríos, haciendo que las inundaciones estacionales sean mucho más graves. Cuando el fuego ha pasado, no queda nada sobre ni debajo del suelo. Si la combustión fue rápida hay una probabilidad de que las raíces hayan sobrevivido y la planta vuelve a recuperarse en un lapso de dos o tres años”, revela Mailín Figueredo, especialista en la gestión de la protección forestal, de la Jefatura Nacional del Cuerpo de Guardabosques.
“Los incendios son culpables de grandes pérdidas económicas, deforestación, degradación de los suelos, contaminación de las aguas terrestres y marinas, y deterioro del saneamiento de las condiciones ambientales en asentamientos humanos, por lo que la recuperación se logra a muy largo plazo”.
En Mil Cumbres, como en otras áreas protegidas del país, hombres y mujeres laboran a diario para conservar el patrimonio natural.
Solo aquí existen 135 especies de aves, además de una enorme variedad de anfibios, reptiles, mamíferos, insectos, peces y una diversa malacofauna (caracoles), que solo habitan esta región. Poner en peligro estas montañas significaría perder un importante refugio de fauna que, en el mejor de los escenarios, llevaría mucho tiempo regenerar.
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