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¿Por qué el cielo es negro?

Por Adolfo Nelson Ochagavía Callejas
Ilustraciones: Yury Díaz Caballero
Segundo premio Concurso Ciencia Ficción´10
31 Agosto, 2011


Por qué el cielo es negroRecuerdo la primera vez que se habló del asunto, hace ya mucho tiempo, al finalizar una conferencia de Historia de la Tierra en el dodecaedro universitario, que está construido en la pared de un enorme risco fuera de la ciudad. Uiss, Vidth y yo salimos del aula de disertación, situada en uno de los vértices, y nadamos hasta el parque-octaedro que se encuentra en el centro de la estructura. Elegimos un banco en la parte superior, y nos dejamos caer plácidamente sobre él.

Alrededor nuestro nadaban con prisa calamares de todas las edades, pero sobre todo estudiantes y profesores que se dirigían a los turnos de clase. Otros tantos estaban tumbados sobre los bancos (o colgados, quienes se hallaban en la mitad inferior del parque-octaedro), silbando y riendo estridentemente, o tocando la vibrafón. Nosotros, en cambio, estábamos bastante callados. Uiss miraba fijamente a la nada y Vidth… bueno, hacía lo mismo, pero seguramente porque estaba absorto en reflexiones extravagantes inspiradas en la recién terminada conferencia. Él era del tipo de calamar que medita sobre todo lo que escucha, ve o siente.

Rompió el silencio haciendo vibrar su tambor fónico:

–¿Por qué el cielo es negro?

¡Qué pregunta aquella! Típica de él… Hay dos clases de interrogantes, las que se haría un calamar adulto, y las que se haría un niño. La planteada por Vidth era, indudablemente, del segundo tipo. Tan de sorpresa le chocó a Uiss (el pobre estaba muy absorto en sus boberías) que sus veinticuatro ojos se pusieron blancos y enormes como una pelota, en señal de desconocimiento y asombro. ¡Y no creo haber yo mostrado una expresión muy diferente!

–Pues –vibró Uiss, después de reflexionar durante un rato�–, todo el mundo sabe que el cielo es un vacío que se extiende, sobre nosotros, hasta el infinito.

¡Claro que sí! Los adultos normales no se cuestionan lo que para ellos es axiomático. El cielo es negro porque en él no hay nada, y punto. Eso lo enseñan en la escuela, y es algo tan elemental que nadie lo duda. Pero Vidth no era normal.

Siempre ha tenido algo suelto en su cerebro de molusco, y al parecer sí se preguntaba qué había encima de nuestras cabezas, aunque no viera nada por más que mirase al cielo.

–Sí, lo sé –respondió con cara de fastidio–. En realidad no es vacío, sino agua vacía, sin vida, sin objetos, sin nada.

Todo el mundo sabe que el universo es un gran espacio lleno de agua… y nada más. A excepción de la Tierra, que flota solitaria en el mismísimo centro de todo. El tambor fónico de Vidth tembló nuevamente:

–Es que –e hizo una pausa, parecía melancólico–, me es triste pensar que estamos tan solos, y la Tierra sea no más que una roca inmensa flotando solitaria en un océano oscuro e infinito.

Debería haber otros…

–¡No digas eso, Vidth, que es blasfemia!–le interrumpió Uiss con los ojos como del doble de su tamaño normal; yo miraba la escena, divertido

–: Los sagrados escritos cuentan que los espíritus del universo, cansados de tanta oscuridad, crearon la Tierra y luego a nosotros, para que encarnáramos en el plano terrenal su gran inteligencia. No existen otros mundos, solo vacío…

–Agua –rectificó Vidth, jodedor. Yo sonreí levemente haciendo vibrar los pelitos alrededor de mi tambor fónico. Uiss, que ya no era azul sino morado, me miró con mala cara–: Pero –continuó, esta vez con seriedad�–, ¿y si los sagrados escritos no fueran ciertos? ¿Y si son solamente historias de la gente común que vivió hace mucho tiempo? A lo mejor no son más que una antología de cuentos fantásticos con más de tres mil años de antigüedad –su amigo se erizó al oír esto, sus tentáculos parecían púas. Yo solté una carcajada vibrante, ¡me encantaban sus peleas!–. Además, ¿acaso no está escrito que los mismos espíritus están hechos de luz? Entonces, ellos deberían iluminar la parte del universo donde viven.

–Pero los espíritus no viven en ninguna parte en específico. ¡Son omnipresentes!
–¡Entonces el universo debería brillar!–sentenció Vidth, tajante.

los espíritus son seres de luz y además están en todas partes¡Un punto delicado! Siempre he estado de acuerdo con Vidth. Si los espíritus son seres de luz y además
están en todas partes, entonces, ¿por qué el cielo es tan oscuro? Un error de lógica muy elemental que los pastores han intentado encubrir afirmando que estos habitan en otro plano de la existencia, aunque eso no venga en los sagrados escritos. La única luz que existe en todo el universo proviene de los propios seres vivos que habitan la Tierra. Las algas, gusanos y peces brillantes, algunos tipos de cangrejos… nosotros mismos.

El mundo es así un punto de luz en una infinitud de oscuridad.

Pero Uiss, obviamente, no se dio por vencido con aquella “paradoja” (palabra que usaba para entronizar la gran inteligencia de los espíritus del universo, quienes eran capaces de existir más allá de la lógica). Por tanto yo, con hambre y aburrido ya de la discusión, decidí hacer el papel de embajador diplomático. ¡El cual había desempeñado tantas veces!

–Calamares –vibré con ecuanimidad–, creo que ya es la hora del almuerzo.

En el futuro Vidth volvería a hablarme del asunto. Esta vez no como una curiosidad filosófica, sino como un verdadero proyecto científico. Estaba determinado a desentrañar lo que él llamaba el “misterio cosmogónico”: ¿Por qué el cielo es negro? Planeaba ascender escalando el monte Vrist, que es la montaña más alta de la Tierra (tanto, que se pierde en la oscuridad celestial). Yo, embullado por aquel espíritu emprendedor (y desafiante, según Uiss) decidí apoyarle en todo. Dos estaciones después, Vidth partió hacia los cielos.

Ha pasado ya mucho tiempo desde aquello… Contemplo el cielo desde una colina, y pienso en Vidth, quien aún no ha regresado. Estoy seguro de que ha muerto. Su cadáver debe flotar ahora, y para siempre, en el infinito vacío universal. Lejos de la Tierra, lejos de todo. ¡Tonto! Pensar que podría sobrevivir en los espacios celestiales. ¡Y la culpa es mía! Si no lo hubiera apoyado…

Oigo una vibración lejana, el timbre me es conocido:

–¡Evdei! ¡Evdei! –miro hacia un calamar viejo y blancuzco que nada hacia mí tan rápido como su edad se lo permite: es Uiss
–¡Ha vuelto! ¡Lo han encontrado!

Mi cuerpo se estremece como si algo hubiese detonado dentro de mí. No quiero creerlo, o mejor dicho, no podría soportar una desilusión. ¡Ha pasado tanto tiempo! Pero no importa, la esperanza vence mi escepticismo. Voy al encuentro de Uiss:

–¿Dónde está…?
–En el sana-esferio de la ciudad. ¡No te preocupes! Sobrevivirá, lo ha dicho el médico. Ahora está inconsciente,pero antes de desfallecer me entregó esta nota –me alarga un tentáculo con una hoja, escrita con la caligrafía de Vidth.

La leo, dice:

Amigos, ¡felicítenme! Hice el descubrimiento más grande de todos los tiempos. Descubrí que muy alto en el espacio celestial, el agua se vuelve a iluminar y ¡hay vida! Algas, peces, crustáceos, ¡moluscos! Todo un mundo viviente que nadie podía imaginar. Y lo mejor de todo, amigos: ¡llegué al final del universo! La sensación que tuve fue como asomarme al abismo más profundo, porque al traspasar el límite vi que más allá existe otro universo, cuyo cielo está repleto de punticos blancos y brillantes, y hay en él dos extrañas rocas blancas y redondas, que flotan muy, pero muy alto.

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