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Museo Nacional de Historia de la Ciencia

En busca del tiempo perdido (I Parte)            

Ocho años después del cierre de sus puertas al público, el rescate del edificio de Cuba 460 trasciende las fronteras del desafío físico; supone, sobre todo, un examen de conciencia.  

Por Daymaris Martínez Rubio
6 Noviembre, 2011

Museo Nacional de Historia de la Ciencia
Foto: De la autora. Ampliar

Una tarde, después de un aguacero, un silencioso hilillo de agua se escurrió por las rendijas del Salón de los Bustos. Sorteó los libreros, las vitrinas vacías, el viejo dosel, los sillones en fila; y aguardó, desde el cubil de las sombras, el sacrificio probable de decenas de óleos auténticos devorados por las fauces de la inundación.

Cuando las pupilas de la guía Bárbara Jiménez se acostumbraron a la luz de las bombillas, la paralizó una brisa con olor a camposanto, que se sacudió del rostro gritando a viva voz. Meleros, Menocales, Sulrocas, Caravias…“Los óleos estaban así, como ahora (a ras de suelo)” –dice–. Apilados sobre el polvo como fichas de dominó.

Seis años atrás, hacia 2003, el estado de parte del inmueble y colecciones del Museo Nacional de Historia de la Ciencia, Carlos J. Finlay (MNHC), había obligado al cierre de ese sitio emblemático de la cultura cubana y universal. Pero, las inadecuadas condiciones del claustro y la aún remota posibilidad de recursos, acentuaban todas las angustias de su ya precaria conservación.

Hoy, el grado de deterioro de la muestra continúa siendo un enigma, asegura Orieta Álvarez, investigadora del Museo. “Sabemos, sí, que hay objetos perdidos y otros en estado crítico”, revela, mientras da cuentas de los infructuosos y continuos llamados de atención sobre el problema “a todas las instancias: desde la Academia de Ciencias y el CITMA (Ministerio de Ciencia, Tecnología y Medioambiente) hasta el Comité Central del Partido: aquí conservamos las cartas; de la mayoría ni siquiera tuvimos acuse de recibo”, afirma la también secretaria de la máxima organización política en el Centro.

Lo inquietante, opina Magalys Reyes, directora del MNHC, es la mezcla de antigüedad y carencias –no solo materiales– que conspira día a día contra una colección única, compuesta por más de un centenar de pinturas; alrededor de 60 mil textos de temática científica; decenas de bustos; muebles; y el más completo legado de la primera academia de ciencias de Cuba y las Américas.

“Cuando desmontamos las salas, hicimos varias gestiones para asegurar la conservación de los objetos. Todas fracasaron. El propio CITMA nunca estuvo en condiciones de ofrecer un presupuesto, y en realidad, del total de la muestra, solo los frascos de la antigua Farmacia San José estarían a buen recaudo, gracias a la gestión de guacales por parte de trabajadores nuestros”.

Ana Cristina Perera, vicepresidenta de Museos del Consejo Nacional de Patrimonio Cultural (CNPC), no pone en dudas la autenticidad de los esfuerzos ni la traba real de los problemas. Pero, la realidad, sospecha, no está escrita en blanco y negro. “¿Por qué no hablar de responsabilidades compartidas?”.

Los cuidados especiales, explica, responden a “condiciones materiales ideales” casi inaccesibles para la Isla. “En cambio, ¿dónde queda la conservación preventiva: sacudir el polvo, airear un documento, tener un conocimiento detallado de la colección y del grado de deterioro de sus exponentes?

estado crítico de algunos exponentes
El estado crítico de algunos exponentes se acentúa con el paso de los días y las inadecuadas condiciones para su conservación, señala la guía de museos Bárbara Jiménez. (Foto: Alexander Isla Sáenz de Calahorra)

“Muchas veces, la desidia e incluso la falta de fuerza de trabajo capacitada, pueden resultar más dañinas que las privaciones materiales –a menudo, también una gran excusa–. Por supuesto, para preservar se necesita de un soporte material de respaldo. Pero ¿qué se requiere para conservar un instrumento metálico, por ejemplo? Limpieza, y mucha”.

Perera mide sus pasos. Admite que no habría certezas absolutas, pero, sostiene que el peligro de “enquistarse en los obstáculos” es su nexo directo con la pérdida de iniciativas y, lo peor, de espacios sociales.

“Con independencia de cómo funcionen los mecanismos para la conservación y la restauración en Cuba, el MNHC está insertado en un contexto privilegiado como La Habana Vieja”. Ese entorno, insiste, tendría que convertirse en el estímulo de sus trabajadores. “Y en el reto para imponerse sobre la base del trabajo, por encima de todas las carencias, más allá de las incomprensiones”.

Es el último viernes de un junio a ratos húmedo. “¿Té, sin azúcar?”, ofrece, como pertrechándose para un día largo. Es curioso, pero en los tres años de su actual desempeño “nunca tuvo razones del Museo, ni un acercamiento ni un comentario…”.

Ahora, ha llegado a sus oídos la buena nueva de la restauración del edificio. La Oficina del Historiador –sonríe, prevenida del tono “casi apologético” con que nombra la gesta de un hombre y su pueblo– ha sido determinante en el completamiento y ejecución de un presupuesto inicial, donado hace años por la Organización Panamericana de la Salud (OPS).

“¿Pero, dime, qué cosas han visto?, porque al Museo no voy hace un tiempo”. Curva las cejas, mientras termina su vaso. Y no aguarda por la perspectiva del polvo y los andamios. Sospecha que hay buenas razones para continuar hablando.

La memoria de las piedras

La apabullante circunstancia del abandono por todas partes
La apabullante circunstancia del abandono por todas partes, delata la ausencia de iniciativas para frenar sus estragos. (Foto: Alexander Isla Sáenz de Calahorra)

Al mediodía del jueves 19 de mayo, la historiadora Rosa María González ajusta su reloj de pulsera, y medita en los cálidos soles sucesivos que, por siglo y medio, le separan de la fundación de la Real Academia de Ciencias Médicas, Físicas y Naturales de La Habana.

Se dice poco, lamenta, de aquel tremendo suceso, y de su época, “mucho más revolucionaria de lo que aún puede leerse en los libros. ¿Sabías que, entre sus primerísimas batallas, estuvo fundar un museo y una biblioteca ‘por estar más al alcance del público’?”.

Porque no fue el Museion alejandrino, sino el afán reivindicador del derecho a la cultura de un pueblo, la inspiración para emplazar la Academia en los predios de Cuba 460, donde, en 1874, abría sus puertas el Museo Indígena de Historia Natural.

Pero, en efecto, no sería un lugar de privilegio. Durante la colonia, debió sufrir los avatares del pobre apoyo oficial a una “cofradía” sostenida, literalmente, con el sudor de sus miembros. Incluso en 1962, concedida su autonomía tras la creación de la Academia de Ciencias de Cuba (ACC), el Museo iniciaría una nueva, pero, efímera existencia.

A fines de la década del 1970, la institución sería disuelta y sus fondos quedarían a la custodia del Centro de Estudios de Historia y Organización de la Ciencia (CEHOC), y más adelante, del Centro de Estudios de Historia de la Ciencia y la Tecnología (CEHCYT). Y no fue sino a finales del pasado siglo, que adoptó la actual estructura de “museo histórico de carácter memorial”.

Eso explica, quizá, la inestabilidad de “una actividad museística con épocas de abandono”, señala el historiador Pedro Marino Pruna, a cargo del grupo de investigación del MNHC. “Le faltó la prioridad necesaria”, sentencia su ex-director, Gerardo González –hoy al frente del Museo de la Farmacia Habanera–, mientras apunta a la prevalencia de “un concepto de institución, de proyectos de investigación, pero no de un perfil museológico ni museográfico completo. Eso hay que reconocerlo.

“Tampoco podría juzgarse a sus trabajadores por esto. Porque la misión encomendada era otra: custodiar bienes y exponer resultados de historia de la ciencia; una labor que, en términos de investigación, ha sido incuestionable. El problema ha estado en lograr prioridad en un sistema de ciencia y tecnología, para el cual nunca ha sido prioritario”.

“Para tener una idea, –añade Magalys Reyes– a mediados de 2009, el CITMA nos comunicó un plazo para el retiro de sus agentes de seguridad y protección. A partir de entonces, hicimos innumerables gestiones, sobre todo por un patrimonio que no podía quedar sin custodia. Pero, nadie pudo ofrecer soluciones. Los trabajadores asumimos las guardias casi durante un mes, día y noche. Cuando nos decidimos a escribirle al compañero Eusebio Leal, no habían transcurrido 24 horas, y allí estaban, han estado hasta hoy, los agentes de Baluarte, de la Oficina del Historiador de la Ciudad (OHC)”.

Justo aquel año, la Ley 106 del Sistema Nacional de Museos de la República de Cuba, se sumaba al cuerpo legal de un Estado altamente comprometido con la salvaguarda de su identidad. Coincidentemente, uno de sus acápites respaldaba el cierre de museos adscriptos a entidades “incumplidoras de sus responsabilidades de custodia y conservación”.

Por esa fecha, ya se manejaba la incorporación del Museo a la red de instituciones de la OHC, “pero las negociaciones se detuvieron en un punto todavía impreciso”, alega la investigadora Orieta Álvarez, mientras afirma que, un año después, aún se estaba a la espera de la cesión del edificio. “Solo a fines de 2010, supimos que no se concretaría el traspaso a la Oficina”.

“De aquella decisión –recuerda Reyes– nos informó el compañero Gustavo Oramas, con un mensaje telefónico –que atribuyó a Danilo Alonso, viceministro del CITMA– de que ‘preparáramos el expediente de extinción, porque la Academia ocuparía el lugar’. Por supuesto, nos tomó por sorpresa. Porque, con el tránsito a la OHC se hablaba del cierre de la unidad presupuestada, pero no del Museo”.

“Es que nunca hablamos de extinguirlo; tampoco fui yo quien comunicó esa información”, subraya el viceministro Alonso. “Por eso, en cuanto los compañeros del Comité Municipal del Partido de La Habana Vieja nos notificaron de esa inquietud, convoqué a una reunión con los trabajadores del ‘Finlay’, a la cual cité a varios compañeros, incluido el presidente de la ACC”.

En aquel encuentro, precisa, “aclaré que una cosa era extinguir la unidad presupuestada y otra, muy distinta, el Museo. Dije, incluso, más o menos con estas palabras, que sería una cuestión insólita, casi de trogloditas, que a alguien se le hubiera ocurrido eliminar los objetos museables, las cosas de valor histórico y patrimonial”.

un feliz “respiro”, por primera vez en siglos, para un sitio emblemático de la cultura universa
Polvo, polen, y andamios: un feliz “respiro”, por primera vez en siglos, para un sitio emblemático de la cultura universal. La Oficina del Historiador de la Ciudad ha sido decisiva en el completamiento y ejecución de un presupuesto inicial donado por la Organización Panamericana de la Salud (OPS) para las obras constructivas.
(Foto: Alexander Isla Sáenz de Calahorra)

Mediaba, resalta, la necesidad de resolver uno de los principales problemas enfrentados por el CITMA, y es el gran número de unidades presupuestadas, muchas de ellas pequeñas, como el propio Museo. “Además, el destino de la Academia, a partir de la actual remodelación del edificio, era ubicarse en esa instalación que fue su sede original”.

Dos años atrás, puntualiza el funcionario, la fusión de ambas instituciones, era un hecho concertado y “simultáneo a esos análisis, no su consecuencia. Hablamos del 2009. Desde entonces venimos revisando la estructura de una manera pausada, pero profunda”. Incluso, la Academia ya había sido responsabilizada con la atención sistemática al MNHC, comenta, y la reunificación debía fluir como un proceso natural.

Pero Orieta Álvarez está insatisfecha. “Con las visiones simplistas de un problema que no es de coexistencia, sino de ética”, reprueba. “Si, como se asegura, todo es parte de un proceso minuciosamente concebido, ¿por qué fuimos los últimos informados? "Y ¿por qué de la forma en que se hizo? Lo injustificable, lo que no es un malentendido, es que los trabajadores estuviéramos al margen. Algo que, encima de todo, ha continuado sucediendo hasta hoy”

“A veces la comunicación tiene sus ruidos”, incluso en la actualidad no está bien establecida entre la ACC y el Museo, admite el viceministro, aunque “prevenido” de esos giros suspicaces de la percepción. “En la reunión con el colectivo del Museo encontré un sentimiento más o menos así: ‘nosotros que hemos trabajado tanto, para que ahora venga la Academia a colonizarnos’. También sucede que esos trabajadores han laborado en condiciones muy difíciles: en medio del polvo, de riesgos de derrumbe… Entonces, yo los entiendo. Además, sienten que han sido poco atendidos”. Aunque, aclara que no ha sido tan así.

Con todo, lo esencial continúa pasando inadvertido: ¿qué Museo podría esperarse de un embrión gestado por humanas diferencias, susceptibles hace mucho de una profunda reflexión? Es curioso, pero a pocos parecieran inquietarles las respuestas, como si las tensas circunstancias en que se dirime ese futuro no obligaran a prever sus efectos sobre el delicado nexo entre la ciencia y la sociedad de hoy.

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