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LA ENTREVISTA

Pedro Antonio Valdés Sosa

“A mí me tocó ser científico”       

A la edad de 19 años era uno de los precursores en el mundo en el empleo de la computación para el análisis de la actividad eléctrica cerebral. Cuatro décadas después, integra el ranking de los aclamados en el campo de la neurotecnología en el planeta. Pero, ¿quién es y cómo piensa más allá del restringido ámbito de su ciencia? Eso ha venido a contarnos esta vez..   

Por Daymaris Martínez Rubio
19 Diciembre, 2011

Pedro Antonio Valdés Sosa
Foto: De la autora

La perspectiva cabal de dos graves riesgos de un oficio de “alta tensión” como el periodismo, la adquirí, curiosamente, en el manual de ética de un científico. El primero, es el síndrome incontinente del elogio; el segundo, que el elogiado se empalague de sí mismo.

Por eso y por “diablo viejo”, Pedro Antonio Valdés Sosa me previno: no trafica con encomios. Así de sencillo. Y la sola condición que antepuso a este diálogo fue su absoluta negación al panegírico.

Era un “pie forzado” no apto para cardiacos. Y yo, que lo había conocido en el rigor del debate cívico, fajado con todos los palos contra el avispero del dogmatismo, no tuve más recurso que sudar un poco frío frente a un humano, sin embargo cálido, con la figura tenaz de esos marinos en tierra, cuya única ausencia era una pipa de mano.

Es médico, Doctor en Ciencias biológicas, vicedirector del Centro de Neurociencias de Cuba y aliado de cuanta aventura real o simbólica pueda ser útil al universo. Porque, “a mí me tocó ser científico”, dispara sin artificios. Es una vocación y una trinchera, asegura. Y también, su grano de arena por los sueños de otros.

En el mundo se ha hecho conocido por sus aportes al estudio del cerebro. Pero, la ciencia no es obra individual, sentencia. Más lo estremece la palabra Cuba, y vivir la proeza de esta isla diminuta colada en el mapa de los gigantes de la neurotecnología en el planeta.

El martes 19 de julio, él mismo abre la puerta de una oficina corriente, de unos seis por siete pasos, donde espera, –mientras asedia su reloj como un sabueso– que el diálogo no se fracture por “pedradas” de urgencia. Y todo para empezar es la risa de un ser

franco, y el gesto diáfano de sus ojos gastados, y aquella barba, cana y pluvial, cayendo sobre sí como un aguacero cerrado.

El otro Pedro

Pedro y Mitchell
Pedro y Mitchell, en su casa de Chicago, Illinois, cómplices, creativos y curiosos: la
lealtad que los une desde siempre no podían predecirla los horóscopos. (Foto: Cortesía del entrevistado).

El otro Pedro es un hombre con historia propia, una personalidad difícil de empaquetar en adjetivos. Prologarlo, sería aburrirlo con el censo de su vida o el guión itinerante de este “muchacho” crecido desde aquel 12 de marzo de 1950, en que nació porque sí, curioso de este mundo, dos meses antes de sus menesteres oficiales en la Tierra.

Gemelo y sietemesino. “Nadie daba tres quilos por nosotros”, dice, todavía incrédulo de este metro con ochenta y cinco centímetros, que mucho debe a su padre, un cubano médico en los Estados Unidos, a quien sus colegas habrían tomado por loco si no fuera por la ternura con que se aferró a sus hijos.

“Se empecinó en que viviéramos, y vivimos”. Lo siguiente, fue una infancia feliz en más de un barrio pobre del Chicago de gánsteres y rascacielos que “el viejo” disfrazó como pudo, con montañas de afecto, cereales y libros, cual si fuera el padrazo de un filme de Benigni.

Se ocupaba de labrarles un camino, mientras la ciencia los metía en “líos”. Debido a la concepción del mundo y el origen de las especies, se volvieron los “herejes” de una escuela religiosa. Y el rey mago de su padre ya no tuvo alternativa que “castigarlos” con risas, matraces de alquimista y aparatos de disección (prohibidos para lagartijas).

“Había también una educación ética. Una vez, antes del reinicio de la lucha armada en Cuba, dimos un viaje de Chicago hasta Miami, y luego cruzamos en el ferry hacia La Habana. A propósito, ‘el viejo’ nos llevó por los barrios más pobres, como antes había hecho por comunidades negras de Estados Unidos, donde aprendimos la crudeza de la discriminación racial. Entonces, nos recalcó que el dinero es ¡nada! Y nos dijo que lo importante son los seres humanos.

una foto de familia
Apasionado defensor de la alegría, la receta para un festín completo es La Habana y una foto de familia. (Foto: Cortesía del entrevistado).

“Trataba de influirnos, pero no de un modo directo. Quería que nos formáramos nuestra propia conciencia. Y eso llegó al punto de no imaginar que era ateo y tratar de
‘convertirlo’ en 1961”– nada menos que a él, a Pedro Valdés Vivó, después de tantos años consagrados al marxismo–.

Su padre había sido el financista del Movimiento 26 de Julio en Chicago, y su casa, el puerto de travesía y reunión de decenas de cubanos. “Desde Alicia Alonso hasta Manuel Urrutia, el primer presidente de la Revolución”, apunta. “Y mira, –señala una foto que desamarra nostalgias– la casa está idéntica. Recuerdo que el ático servía de escondite y, un día, nos despertaron para que nos abrazara una mujer que, después supimos, era Haydée Santamaría”.

Suficiente “dinamita” –piensa hoy– para las neuronas de aquel patriota precoz que, en 1961, fue a celebrar la victoria de Girón frente al quinto grado de una escuela repleta de gringos: “Llegué al aula y grité ¡ganamooos! Porque en los meses previos la propaganda preparatoria arreció y los niños llegaron a preguntarnos por qué Cuba era tan mala.

“A eso había que añadirle una cuota de discriminación, porque mi madre es un poco mulata. Pero, como al final la comida de los viejos resultó, cada vez que Mitchell y yo le dábamos una pateadura a otro nos gritaban toda clase de insultos y nos amenazaban con que nos iban a picar en ‘pequeños trocitos de tamal’”.

Made in Cuba

Mitchell y Pedro Valdés Sosa
Mitchell y Pedro Valdés Sosa comandan
la nave de las neurociencias en la Isla,
con el viento del talento a su favor, y cero
kilómetros de humanas turbulencias. (Foto:
Cortesía del entrevistado).

“¿Mi primera vivencia de Cuba? Una casa en la Víbora, un lugar con calor…; Galiano lleno de gente. En esa calle vivía nuestro abuelo, y siempre que veníamos de visita, bajábamos a tomar guarapo y jugar ajedrez”. En la Isla se sentía muy bien. Tanto que,
cuando años después tocó la pista de una escala definitiva en La Habana, sintió que el suelo encajaba en sus pies como un zapato para toda la ida.

“El entusiasmo era inmenso”, recuerda, y ya no tuvo que extrañar el Inglés, porque a Nuevo Vedado llegó un explorador y la mezcla de obreros e intelectuales le pareció, sencillamente, exquisita.

“Recuerdo a Iván, el hijo de un obrero metalúrgico que un día pasó por nuestra casa y encontró a unos jimaguas con su hermano menor (Luis), haciendo tabletas de arcilla
para reproducir la escritura cuneiforme de Babilonia. Estábamos experimentando y quedó fascinado. Entonces, comenzaron a ocurrir ‘sospechosas’ explosiones en las casas, y con ellas, las jaquecas de las viejas burguesas”.

Vivirían, rememora, la intensidad de aquel triunfo sin paralelo en la Tierra, que el escritor Virgilio Piñera llamó en sus días “la inundación”. A los 11 años, la efervescencia popularlos hizo cederistas, y a los 16, los nuevos orfebres de una nueva sociedad que los jóvenes moldeaban como la arcilla, con el entusiasmo de saberse, por fin, protagonistas.

Por esa fecha, su hermano gemelo y él acudirían al llamado de una preparatoria especial para la carrera de Medicina, a la cual cada quien antepuso su propia expectativa: “a Mitchell, le interesaba la cirugía de guerra, porque era una época muy comprometida, en la que todos queríamos ser guerrilleros”. En cambio, él disfrutaba más las matemáticas –al cabo, su feliz catapulta a un grupo de investigación dirigido por Thalía Harmony, “una mexicana solidaria con Cuba, fundadora del primer laboratoriode neurofisiología del Centro Nacional de Investigaciones Científicas (CNIC)”–.

Le fascinó el tipo de cosas que hacían y, al poco tiempo, el buen azar lo premió con las luces de su otro mentor, un estadounidense brillante y defensor de esta Isla, al que todos nombraban profesor Roy John. “Completaba un grupo vinculado a la creación de la primera computadora cubana y eso resultó definitorio en mi vida.

En Turquía, rodeado de alumnos
En Turquía, rodeado de alumnos, otra de
sus grandes aficiones. Entre sus numerosos reconocimientos se encuentran las medallas José Tey –por su aporte a la formación de otros profesionales–, y Carlos J. Finlay, ambas otorgadas por el Consejo de Estado de la república de Cuba (Foto: Cortesía del entrevistado).

“Recuerdo que siendo todavía estudiante tuve el privilegio de programar en la CID 201–prototipo– (la prehistoria de las microcomputadoras antillanas). Al poco tiempo, Roy vio que yo estaba programando algunas cosas que él intentaba hacer en Nueva York, y años después, en Estados Unidos, su grupo de trabajo usaba os resultados que obteníamos aquí con Thalía”.

Era, afirma convencido, la prueba fehaciente de que “el ingenio, la voluntad y el deseo de vencer problemas, muchas veces, pueden más que las dificultades materiales”. Pero, lo primero ¡es no temerle a nada!, insiste, indignado con la ceguera de “esa mentalidad tercermundista”, según la cual, “hay cosas que solo les están permitidas a otros”.

En Cuba, sospecha, es la muestra directa de la pérdida de algunos principios. “Los precursores pensaban: primero, que había que trabajar en la investigación aplicada usando la teoría mayor –porque lo que genera la mejor ciencia no es solo la investigación pura, sino la que resuelve problemas en la práctica–; segundo, no tratar de imitar al primer mundo, que tiene sus problemas específicos; tercero, las tesis de grado y de doctorado no son un fin en sí mismas, sino consecuencia del trabajo y esfuerzos colectivos. Hoy, más que nunca, estos son principios válidos.

“Sin embargo, todavía hay quien piensa que la ciencia es un lujo y que podremos dedicarnos a ella cuando tengamos resueltos los asuntos económicos. ¡Pero, eso no
es real!”– protesta incómodo–. “La ciencia no es un problema para después, sino parte de la solución de los problemas.

“Entonces, tenemos que fomentar las discrepancias, porque es el modo de enseñar a nuestra sociedad a pensar, a preguntarse por las evidencias de los hechos. Claro, si se enseña la ciencia como ‘algo que se tiene que creer’, igual viene otro y mete un cuento distinto. La prueba es el auge del pensamiento poco racional, y parte del asunto es que tenemos que mejorar la educación y alentar a ser más críticos”.

Esta es su lucha. Y hay que aceptarla o sucumbir, sospecha, comoun Unamuno parado en el umbral de los grandes debates públicos. “Pero, no termina ahora, es de siempre. A veces pienso ¿cómo se habrá sentido Espartaco cuando lo crucificaron? ¡Y mira cuántos siglos y milenios han pasado y todavía hay opresión! Entonces, para ganar no solo hay que sentir, también hay que pensar, como trató de hacer Marx en su época”.

Y sí, sigue siendo un idealista. Lo admite sin sonrojos ni medias tintas. “Porque la gente es abiertamente materialista, finge ser idealista o es idealista de verdad. Y eso, no cambia tanto con los años”.

Grandes cosas

Lector acucioso
Lector acucioso y “maniático”, para Peter hay pocos paisajes con la belleza hipnótica de las palabras. (Foto: Cortesía del entrevistado).

Peter Valdés lleva un narrador por dentro. Pero, cuando más le entusiasma un argumento su bicho de la conciencia lo espolea con el tiempo. Si fuera por él la pasaría leyendo, aunque no es totalmente cierto: también trabajaría hasta el cansancio, porque no hay placer mejor que dormirse como un muerto, y caer sobre la almohada sordo de alegría por haber llenado la agenda de muchos “hecho”.

Sus cosas por hacer lo abruman a tal punto, que hay días de desear hacerse un tin eterno. ¡O clonarse!, confiesa entre risas, mientras medita si el largo de su barba no es acaso señal de un hombre austero. Un día se puso a pensar que si lo natural son los pelos, entonces para qué afeitarse. Además, barba han tenido los humanos que más admira: Marx, Engels, Fidel, Che Guevara... “Lenin también tenía su chivita”.

A Peter lo desarma la franqueza. Aprecia tanto el valor de la gente directa que respeta más el insulto de un enemigo en su cara, que a un simulador agazapado en la apariencia. Thomas Paine, metió ese hombre radical en su cabeza. Es su ídolo de niño, y jamás pudo olvidar al ideólogo de la revolución norteamericana que frente a los ejércitos congelados del general George Washington hablaba de los tiempos a prueba de almas.

“Pero, es de los olvidados”, se queja con amargura, “como John Brown o como Norman Bethune”. Todo eso lo aprendió en los libros. Porque es un lector “maniático” y voraz –lo admite–, y porque es imposible violar ciertas “reglas”.

Vuelve a mirar el reloj. Y pregunta con algo de sed si he leído a Paco Ignacio Taibo II… el escritor de izquierda, malhablado y genial, “una suerte de Dashiell Hammett mexicano” que escribió una biografía del Che “lo mejor que te puedas leer”; y otra de Pancho Villa, y Tony Guiteras, un hombre guapo, que retrata, como jamás ha visto, la Revolución de los años 30 en la Isla. Entonces… ¡ahhh!, no lo cree todavía, me he perdido grandes cosas en la vida.

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