Coherencia
Por Iramis Alonso Porro
22 Noviembre, 2011
Por estos días me siento una soberana ignorante. No dejo de rumiar la máxima “Solo sé que no sé nada”, que recuerda la anchura del conocimiento y los límites vitales del ser humano para adquirir la sapiencia acumulada por siglos de historia. Pero la recurrencia de la frase en mis pensamientos no va ligada a la celebración de la modestia, sino a la incomprensión de un hecho insólito en el panorama de la comunicación social.
Una popular revista cubana insertó en sus páginas durante varios meses una infrecuente, extraña publicidad. A folio completo se anuncia el Vidatox, producto del grupo empresarial LABIOFAM S.A., el cual, según suscribe su envase, se vende por receta médica.
Y me pregunto cómo puede ser posible tal incoherencia, qué legislación, qué razones, amparan una práctica promocional que induce a la compra y consumo de un medicamento que solo debe prescribir un galeno. Eso, sin ahondar en la supuesta eficacia de los productos homeopáticos, un tema que viene siendo objeto de una briosa -aunque subterránea- polémica por parte de científicos, oncólogos y otros clínicos del patio.
Semanalmente, con la asesoría del Ministerio de Salud Pública, la televisión cubana propone asumir el cuidado de nuestro bienestar físico y mental con sensatez y responsabilidad. A partir de anécdotas tomadas de la realidad, aportando información y comentarios precisos, desde la pantalla se recomienda tomar la dosis exacta de medicamentos, no autorrecetarnos y acudir a los especialistas ante cualquier tipo de malestar; de forma indirecta, el programa fustiga a quienes despachan o exigen recetas con liviandad o inconsciencia.
Si he entendido bien, esto indica que los médicos cubanos conocen los protocolos, los modos de proceder y las medicinas a elegir frente a una enfermedad o síntomas determinados, en dependencia de los antecedentes clínicos, edad del paciente, entre otros detalles.
Si he entendido bien, el sistema de salud nacional y la escuela cubana de medicina están preparados para incorporar con presteza los avances de la ciencia que las peculiaridades económicas del país permiten. Lo demuestra, por ejemplo, la introducción y generalización del Heberprot P o de las vacunas creadas en el Polo científico del Oeste, combinadas en la Heberpenta L. Y que se sepa, no necesitaron páginas de publicidad en nuestros medios.
En el mundo entero, siempre la industria farmacéutica ha intentado que se le permita hacer publicidad directa a las medicinas que se expenden por receta, algo prohibido en la mayor parte de los países, aunque con frecuencia violado. Las empresas de medicamentos tratan que se cambien estas normas pues, se sabe, los productos más publicitados suelen ser los más vendidos.
Aprovechando la ambigüedad de ciertos materiales comunicativos entre lo informativo y aquello que se hace con evidentes fines publicitarios, se usa al periodismo con puro afán comercial, a partir de esquemas estrictamente divulgativos, que replican discursos institucionales laudatorios, obviando el más elemental análisis o cruce de fuentes.
Como pretexto se esgrime la necesidad de tener pacientes más informados, de democratizar la información médica, en primera instancia apropiado, pero a la par, estudios internacionales muestran que esas prácticas conducen a lo que se ha dado en llamar “medicalización” de la vida cotidiana; generan una superflua y contraproducente presión de los pacientes sobre los médicos y potencian un gasto exagerado en medicinas.
No queda entonces sino recomendar a LABIOFAM otras estrategias de comunicación más apropiadas al contexto cubano: más equilibradas y sensatas, más sagaces.
.
|