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Vestirse de músculos

Por Raúl Ramírez Manzano
4 Junio, 2011

MúsculosProliferan. Están en todos los barrios: en azoteas y garajes, grandes y pequeños, rústicos y refinados, improvisados o bien armados, “musicalizados” o no: todas las variantes; los “gim” se han convertido en vida rutinaria de muchedumbres de jóvenes en todo el país.

Los novatos llegan en duetos y tríos para vencer la timidez del principiante. Otros se enrumban, cual llanero solitario, sabiendo que tienen el saludo garantizado. Al final todos, practicantes y practicados, se saludan y se conversan –a intervalos jadeantes– toda clase de historias ya contadas, entretanto chirrían los hierros al compás de la partitura que dictan músculos, articulaciones y huesos.

Hay una meta que se eleva más: dibujarse un cuerpo que acaricie halagos. En lo específico, unos intentan restituir aquel estado de salud en fuga persistente; otros, darle una cachetada a las intrusas libras de más; hay quienes simplemente buscan la ventura de un equilibrio emocional-psíquico-físico; también están los que utilizan el gimnasio como efecto disuasivo ante la violencia (verbal o no) latente y tenaz que nos circunda.

Tal parece que la “orden” de vestirse de músculos –ellas, en sus áreas de influencia; ellos, en las suyas– ha sido dada, y se empeña en arraigarse como cultura. Pero amistarse con la fuerza muscular y la forma física no es palmear una canción. No basta con llevar la ropa que se hace piel; no alcanza el entusiasmo del primer día; ni es suficiente el aparato idóneo, ni el alimento reforzado. Se requiere también esfuerzo sistemático, determinación, firmeza en el propósito: carácter.

Este es el asunto. Hemos escuchado a jóvenes hablar de inyectarse aceite de maní –en realidad un preparado “farmacéutico” derivado de este– en los músculos. ¡Y lo hacen! ¿Propósito? Hallar un atajo para arroparse de volumen muscular, y así lograr en dos meses lo que posiblemente les tomaría un año de intensísimo esfuerzo. En el deporte eso se nombra dopaje o doping; esto es, el uso de estimulantes, básicamente fármacos, para obtener un mayor rendimiento físico. Es un modo de engaño; es trampa.

Tal vez dirás: eso es así para el deporte altamente competitivo –en el cual desde hace décadas se pulsa el duelo doping-antidoping (lo que en versión informática sería virus-antivirus), donde ganan los que pierden y pierden los que ganan– por tanto, no se aplica al ejercicio particular.

¡Error! Utilizar sustancias químicas que favorezcan el resultado deportivo trasciende ampliamente la competición en sí: tiene un significado ético profundo y una repercusión infausta para la salud del cuerpo y de la mente. Comprobado está.

En el multiconcierto del deporte internacional muchos han sido los casos. A los cubanos consta que la generalidad de sus instructores deportivos desaconsejan, desaprueban –y algunos hasta toman medidas individuales para evitarlo– que sus pupilos se enamoren de seductoras sustancias o preparados químicos.

Sin embargo, hay afanes que pueden empujar por un mal camino, aunque a simple vista viendo no se vea. El dopaje es un método para alcanzar artificialmente un resultado; método que puede convertirse en hábito, y este conducir a la dependencia. Es, entonces, cuando se resquebraja el dominio de sí mismo y naufraga la autoconfianza por el engaño concebido.

Cuando las buenas metas se alcanzan sin la ruta del esfuerzo, el desarrollo del carácter sufre mutilación. Virtudes tan preciadas como la perseverancia, la paciencia, la determinación (no terquedad), la concentración en un fin y el real conocimiento de uno mismo, se extravían tanto que se trocan en defectos.

Además, cualquier producto científicamente no indicado por especialistas autorizados, que ingrese a nuestro organismo –¡cuánto más por vía inyectable!– puede perjudicar el metabolismo del cuerpo, con incidencia a mediano y largo plazos en músculos, órganos y mente.

¿De qué aprovechará ganar una “fisicalidad impecable”, si después se pierde salud, carácter y ética? Quizás Maquiavelo fue el primero que se hizo famoso vistiendo sus propósitos por cualquier medio, pero olvidó que hay medios que, al final, matan los propósitos.

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