Truena
Por Iramis Alonso Porro
27 Octubre, 2011
Avezada en tomar el pulso a los ciclones, que han escogido a su provincia, Pinar del Río, como corredor habitual, la reportera de la televisión cubana Belkys Pérez Cruz defiende la idea de asumir la cobertura de los fenómenos meteorológicos desde la perspectiva de la gestión del riesgo y no del desastre. “No podemos acordarnos de Santa Bárbara cuando truena”, explicaba en un taller sobre comunicación periodística, que dio origen al libro A mal tiempo, periodismo.
Y lleva razón. El modo en que los medios de información abordan sucesos vinculados a la tirante relación entre la especie humana y su entorno natural, tiende a lo sensacional, a lo efímero, a lo coyuntural, casi siempre asociado a agendas políticas muy puntuales (un evento o convención internacional) o a acontecimientos de tragicidad mayúscula, de esos que levantan fotos y titulares llamativos. Es decir, se apunta a las consecuencias, no a las causas; se mira el hoy, rara vez el ayer y menos el mañana.
Un estudio publicado este año por Maykell Boykoff, del Center for Science and Technology Policy Research (Centro para la Ciencia y la Investigación en Política tecnológica) de la Universidad de Colorado, y por María Mansfield, de la Universidad de Oxford, muestra que del 2004 a la fecha se ha producido un incremento notable de la cantidad de notas periodísticas publicadas en diarios del Reino Unido, Europa, Estados Unidos y Oceanía sobre el cambio climático y el calentamiento global. Mas, esa aparente conciencia que muestran los medios está mediatizada por el enfoque de los discursos que defienden.
Otra investigación dada a conocer en La Habana por el académico inglés Asher Minns, del Tyndall Center for Climate Change Research, devela que en los mensajes periodísticos sobre el cambio climático predominan visiones extremistas.
El 59 por ciento de los materiales compilados por ese estudio, denota una mirada alarmista, con titulares al estilo de “Es muy tarde”, “El fin del mundo” o “Apocalipsis now”. El 25 por ciento empujaba justo hacia la banda contraria y exhibía un optimismo desmesurado, basado en conceptos nihilistas, en la iconización de la “todopoderosa” tecnología o de las “posibilidades” del mercado libre, con la apoyatura de frases cargadas de retórica: “Todo estará bien”, “Calentar es bueno”... Solo el 15 por ciento de las historias analizadas podían catalogarse como equilibradas; dígase, realistas.
La abundancia de cobertura no influye entonces en el comportamiento cotidiano de los ciudadanos. El triunfalismo lleva al acomodamiento; el catastrofismo, a la indiferencia; y las personas siguen considerando que actuar sobre el cambio climático es responsabilidad de otros. Así, según reveló el propio Minns en un intercambio con periodistas y promotores ambientales, auspiciado por la Fundación Antonio Núñez Jiménez, en Reino Unido, por ejemplo, la mayoría de la gente admite no utilizar el automóvil menos que antes y menos del uno por ciento ha pasado a tener un suministrador de energía de tipo renovable.
A la pregunta de quién tiene la mayor influencia en la limitación del cambio climático, predomina la visión que hace recaer la responsabilidad en el gobierno y el sector empresarial, y se ignora la personal o la de las comunidades locales.
Es cierto que del desarrollo tecnológico y de poder contar con recursos financieros, depende en buena medida la construcción de los caminos de la sostenibilidad, pero mírese cómo en los países más ricos en lo económico, con mayor poderío científico y técnico, las emisiones de gases de efecto invernadero aumentan cada año. Allí lo que falta es voluntad política.
Se ha demostrado que la mayoría de nosotros piensa y actúa a partir de experiencias directas. Si tenemos agua todo el día, nunca pensamos en que nos va a faltar. Si hemos sufrido inundaciones, sin embargo, esta circunstancia aumenta no solo la preocupación por el cambio climático, sino también “la disposición a participar de un comportamiento sostenible” (Spence et al 2011 Nature Climate Change). Lastimosamente, la especie humana responde aún a estímulos muy primitivos.
La repercusión del cambio climático no es un tema más para la prensa. Es un proceso en el que estamos involucrados todos, que nos afecta ahora, querámoslo o no, donde lo global y lo local se interrelacionan y se funden con la política, la economía y hasta la ética y la moral. De crear una cultura de responsabilidad, madre de la participación y de la iniciativa, nacerá la posibilidad de ejercer presión o de convencer a quienes deben decidir. Todos los avisos están dados; los truenos hace mucho retumbaron. No es posible seguir esperando.
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