Television way of life
Por Dania Ramos Martín
Foto: Alexander Isla
Fotomontaje: Teodoro Mancera
19 Agosto, 2011
Fascinados por las formas, colores, diseños y posibilidades de entretenimiento, miles de jóvenes andan por las calles sumidos en sonidos y mensajes. Muchos de ellos corren presurosos a casa, para zambullirse en los juegos de computadora, o conectarse con el “cibermundo”. Los Iphone, MP3, y tan diversos artefactos como deseos de atrapar consumidores pueda haber, han modificado la faz de las relaciones sociales, y los modos en que los individuos se ven y ven a los otros.
Preocupa a investigadores la ola de dispositivos que invade los ámbitos cotidianos, y el uso intensivo que de ellos hacen desde niños hasta adultos. Temen que el agua suba y arrastre hábitos sociales tan elementales como el saludo matutino, o el deseo de conversar sobre pelota con el compañero de viaje en un transporte urbano.
La alerta toma ribetes de gravedad cuando se miran los montones de expedientes acumulados en las consultas de siquiatría infantil con casos de obesidad, trastornos de conducta y amenazas de padecer autismo, en aumento año tras año.
En la mayoría de ellos, hay un mal de base: el consumo excesivo de televisión. La “caja tonta”, como la han popularizado sus detractores, se ha robado el show, al punto de convertirse en la segunda actividad más importante para los niños en Occidente, después de dormir.
“Segundo padre” y “ventana virtual” son algunos de los calificativos que ha recibido esta tecnología, poderosa en suplantar la relación afectiva con los seres más próximos, competir con instituciones como la escuela, y dibujar una realidad construida, a menudo alejada de los entornos cotidianos.
Niños sometidos a cuatro horas o más de televisión cada día, dicen los expertos, tienen tres veces más posibilidades de padecer presión arterial elevada. Comer frente a la tele dispara el riesgo de sufrir obesidad y diabetes mellitus, al permanecer inmóvil por largos períodos de tiempo.
Tras las bambalinas del entretenimiento, no son pocos los hogares cubanos donde se apoltrona al infante, incluso en períodos de lactancia, frente a un tubo de pantalla. El bombardeo de imágenes atavía su atención, y lo sume en un éxtasis prolongado. En tanto, los deberes de la casa avanzan, y a la noche hay mucho en qué pensar para detenerse a contar las horas en que estuvimos conversando con nuestros hijos, enseñándoles a andar en el mundo real.
La televisión ha asumido al interior de las familias el rol de “niñera electrónica”. Pero este nuevo miembro no siempre tiene buenas intenciones. No discrimina contenidos, no le enseña al bebé a articular palabras, no acaricia ni genera afectos…
Con el tiempo, esa quimera del conocimiento y la creatividad devuelve seres con vocabulario pobre, escaso interés por la lectura, reducida imaginación, deficiencia en el aprendizaje, desmotivación por las relaciones cercanas con sus iguales, desvío de la concentración, y pérdida de incentivos hacia la actividad física.
El espejismo de que la tecnología puede sustituir al ser humano aplaza los cuestionamientos sobre la importancia de mirarse a los ojos, potenciar el deseo por leer o dibujar historias, y contar, discutir, pensar.
Plantarle la competencia a estos aparatos, y a las computadoras y consolas de videojuegos es, cuando menos, un absurdo. Se trata, más bien, de ponerlos en su sitio, como parte de la cotidianidad de niños y adolescentes, nunca por encima del estudio y el juego físico, potenciadores de capacidades cognitivas y sociales en un mundo que existe también fuera de los muñequitos.
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