El arte del deseo
Por Yuleidy Mérida González
15 Junio, 2012
La culpa es de Freud, quien nos hizo creer con sus teorías pansexuales que todo tiene que ver con el sexo, ¿o no? La culpa es nuestra, por no conformarnos con la misión altruista de perpetuar la especie sin otro interés que la reproducción. Sí, la culpa es de los humanos por buscar placer en su vida cotidiana, por necesitar amor para sobrevivir.
Las culpas, las disculpas, el castigo social y celestial han marcado la historia sexual de la humanidad. Desde la mítica manzana mordida por Eva sin pudor alguno, la cultura occidental de la cual somos herederos ha investido al sexo de tantos tabúes como ha sido posible. Necesidades sociales como el amor, la sexualidad y el deseo han ejercido una presión considerable en la vida cotidiana y aún hoy mucho queda de aquella cultura milenaria en el imaginario colectivo.
Sin embargo, le debemos a Freud permitirse y permitirnos hablar de sexualidad como parte importante en la vida. El siglo XX fue testigo de la legitimación del placer en todas las esferas de la sociedad, tanto en las producciones teóricas en ciencias sociales, como en las construcciones simbólicas de sentido.
En la actualidad, la vida está marcada a nivel discursivo por el hedonismo. Toda práctica de consumo parece tener una justificación válida: la búsqueda del placer. Incluso, aquellas necesidades netamente fisiológicas de subsistencia responden en su construcción simbólica a estos argumentos: respirar aire puro, comer alimentos saludables y apetitosos, beber agua limpia; hasta las abluciones requieren espacios pulcros.
El consumo de productos, el arte y la industria del entretenimiento reproducen este ideal del placer y lo globalizan. Los deseos de satisfacer las necesidades humanas enunciadas por Abraham Maslow, aun cuando propongan varias posibilidades, tienden a generalizar determinadas fórmulas de éxito, herederas de las historias homéricas, los cuentos de hadas o los cómics con superhéroes y finales felices.
Ante la reproducción mimética de los objetos de deseo a nivel social y la apropiación de estas propuestas a nivel individual, sin apenas preguntarse el beneficio psicológico que podría suponer en el logro de las aspiraciones, se impone ejercitar la capacidad de producir y consumir deseos propios. Se trata de cuestionarse en qué medida lo que se quiere responde a un interés personal o a una alineación a lo que todos quieren.
En este sentido, la sexualidad es acreedora de mecanismos más elaborados, donde los marcos estéticos de satisfacción de necesidades son muy delicados. La fórmula del “amante perfecto” o “la esposa ideal” como pautas para el logro de la “felicidad”, al ser presuntos deseos infundados, no satisfacen las expectativas del receptor aun cuando se alcance una fiel reproducción del canon.
Ante esta dócil aceptación del deseo colectivo, capaz de estilizar y homogeneizar las aspiraciones de las culturas populares y las castas, es imprescindible educar.
La educación sexual necesita entonces trascender las concepciones netamente reproductivas y preventivas para enseñar a pensar la sexualidad: aceptar la diferencia de deseos e intereses, identificar necesidades propias y explorar las múltiples alternativas posibles para lograr la realización plena, mediante el ejercicio consciente de la libertad.
Imaginar la sensualidad y la sexualidad como el parnaso hedonista, implica ante todo responsabilidad: el compromiso tácito de sentirse libre de respetar y reproducir el canon tanto como resulte lícito, pero también de rebelarse contra él, aplastarlo y reconocer las pequeñas diferencias o abismos que separan la experiencia concreta, de los cuentos de hadas.
*Este psicólogo estadounidense otorgó jerarquía a las necesidades humanas. Las organizó en fisiológicas, de seguridad, afiliación, reconocimiento y autorrealización. Según el teórico, conforme los seres humanos satisfacen las necesidades básicas tienden a desarrollar deseos más elevados.
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