Una especialidad de método, no de campo
El ser humano es también un sistema sujeto a un equilibrio fluctuante en el que la ruptura de la armonía de su movimiento es parte de ese mismo asimétrico balanceo.
Por Dr. Marcos Díaz Mastellari
28 Enero, 2012
El concepto de Salud de la medicina occidental moderna (M.O.M.) ha atravesado por diversas proyecciones. Una de ellas, la que mayor vigencia conserva quizá, expresa que Salud no es solamente la ausencia de enfermedad, sino el completo bienestar físico, mental y social del hombre. A su vez, la M.O.M. proclama que “no existen enfermedades, sino enfermos”. Si no hay enfermedades, sino enfermos, ¿qué sentido tiene hablar de salud y enfermedad? Salud y enfermedad se excluyen, se contraponen. Esta es una consecuencia del positivismo en la medicina.
Llama la atención cómo esta última afirmación coexiste en armonía con un concepto de salud que comienza por negarlo: “no es solo la ausencia de enfermedad”. Esta armónica convivencia de dos conceptos excluyentes contribuye a que surja la duda, de manera un poco subrepticia, de que quizá la M.O.M. no opere con enfermos sino con enfermedades. Razones similares deben constituir al menos parte del fundamento de que un sinónimo de enfermedad pueda ser “entidad nosológica (1) ”.
La sustitución del enfermo por la enfermedad es otra de las consecuencias del positivismo en medicina. Desde un punto de vista histórico, en medicina, el positivismo penetra a través del método experimental con la obra de Magendie y de Claude Bernard (2). Sobre este fenómeno, ya en 1943 el Dr. Pedro Laín Entralgo advertía: “Nada tiene de extraño que, con la penetración del positivismo en el pensamiento médico, comenzase el patólogo a despegar la “causa morbosa” del “proceso morboso”, haciendo caso omiso tanto de la naturaleza específica y de la situación propias del cuerpo enfermo, como del sentido que tiene la enfermedad para el ser que la padece” (3) .
“Para las corrientes filosóficas susceptibles de incluirse dentro de la metafísica, un fenómeno existe o no existe, como tampoco puede ser lo que es y, al mismo tiempo, algo distinto. Lo positivo y lo negativo se excluyen, revisten la forma de una antítesis rígida. A primera vista este método discursivo pudiera parecer razonable para algunos, y pudiera resultar incluso de utilidad práctica como parte del proceso de determinadas zonas del pensamiento dependiendo de la naturaleza del objeto de su estudio, pero termina por tropezar con las cualidades de un método parcial, limitado, que absorbido por los fenómenos concretos, no alcanza a ver su concatenación; concentrado en su estatismo, no alcanza a ver su dinámica” (4) .
Para el pensamiento médico clásico chino en el universo, la forma es el origen del cambio y el cambio de la forma; la quietud, del movimiento y el movimiento de la quietud. El universo es un gran organismo integrado por una infinidad de subsistemas relacionados. Ese gran organismo se conserva en un equilibrio fluctuante, en un movimiento equilibrado, equilibrio en el que lo que suele concebirse como desequilibrio, forma parte consustancial de él (5).
El ser humano es también un sistema sujeto a un equilibrio fluctuante en el que la ruptura de la armonía de su movimiento es parte de ese mismo asimétrico balanceo. Está permanentemente bajo las influencias y se moverá ante los cambios del planeta, del Sistema Solar y de otras influencias similares, de la misma manera que lo hace ante los cambios de su entorno, del clima o de su alimentación, en fin, ante todo lo que se mueve en el exterior como en el interior de su organismo. (6).
Desde esta perspectiva, la salud humana, como la de cualquier ser vivo, es la expresión y la consecuencia del grado de eficiencia con que se integra cada individuo a ese complejo conjunto de relaciones sistémicas del que formamos parte y al que nos subordinamos. Así, cualquier factor patógeno de cualquier naturaleza, si encuentra las condiciones propicias, puede mover el estado del equilibrio funcional, la salud de una persona, hacia un rango de desarmonía en mayor o menor medida. (7).
Esa desarmonía puede expresarse en un plano subjetivo o en un nivel más orgánico, pero el origen real del desequilibrio no será ni uno ni otro. El verdadero origen de la desarmonía está detrás, oculto tras las apariencias; es el estado general del organismo que ha sido aprovechado por los factores que su inmediatez les otorga la apariencia de causales. Antes que la persona esté evidentemente enferma o que en ella se exprese algo que se pueda interpretar como el pródromo de un trastorno, el estado de equilibrio de su salud se ha movido. (8).
Como señalara F. Engels, los rudimentos de las ciencias naturales y exactas no se desarrollaron, en la cultura occidental euro-céntrica, hasta llegar a los griegos del período alejandrino. Cuando estos se detuvieron a pensar sobre la naturaleza, las actividades sociales o sobre sí mismos, se encontraron en primera instancia con una trama de concatenaciones e influencias recíprocas en la que nada permanecía cómo ni dónde era, sino que se movía y cambiaba, nacía y caducaba. Apreciaban ante todo la imagen de conjunto, en la que los detalles pasaban más o menos en un segundo plano.(9)
Esta manera de apreciar la realidad es, en esencia, acertada, pero a pesar de reflejar con exactitud la imagen de conjunto de los fenómenos, no basta para explicar los detalles que conforman esa totalidad.(10) Mientras no se conocen los detalles, la imagen de conjunto tampoco adquiere la claridad y la precisión necesarias. Para conocer estos detalles se tienen que desgajar de su entronque histórico o natural, e investigarlos por separado, cada uno de por sí, en su carácter, causas y efectos específicos bajo condiciones especiales que ya no reproducen las reales u originales.(11)
El análisis de los fenómenos en sus diferentes partes, su clasificación, la investigación de la estructura anatómica, la localización del sitio de la enfermedad y la identificación del agente agresor, fueron algunos de los hechos que propiciaron los gigantescos progresos alcanzados en el conocimiento de la naturaleza durante los últimos cinco o seis siglos. Pero simultáneamente nos legaron el hábito de concebir los fenómenos aisladamente, sustraídos del fenómeno al que se subordinan directamente, como de la gran concatenación general. A pesar de representar un notable avance, no permitían concebir la realidad dentro de su movimiento en tiempo y espacio, sino como una realidad inmóvil, detenida, terminada; no como substancialmente variables, sino como consistencias fijas.(12)
Así, los progresos que se alcanzaban a partir del fraccionamiento y la descontextualización de los fenómenos, resultado de la influencia de la metafísica en su desarrollo, eran portadores de contradicciones que conspiraban contra su consistencia y coherencia, conducían a su propia caducidad.
El desarrollo del método tuvo, durante los siglos XVII y XVIII, dos exponentes por excelencia: Bacon y Descartes. Ambos hicieron trascendentes contribuciones al desarrollo de la Ciencia y de su método, pero no podían sustraerse del desarrollo que el conocimiento y el pensamiento habían alcanzado en la etapa en que les tocó existir. La metafísica, que había jugado un papel rector en el desarrollo de las ciencias hasta la primera mitad del siglo XVI, se manifestaba en los hombres destinados a superarla.
Tanto la “duda” del método de Descartes, como la “experiencia” en el de Bacon, estaban vinculadas con la perspectiva de un mundo terminado, estático, rígido, desconocedor de su dinámica y de sus relaciones reflejas.(13) Tampoco podían ir de la comprensión de los detalles a la comprensión del conjunto, por lo que no podían tener noción de la importancia de las concatenaciones en la causalidad de los fenómenos.(14)
La influencia de estos pensadores tuvo impacto en la formación de Augusto Comte, contribuyeron a que se manifestaran en su concepción del mundo. Esta última corriente filosófica, el positivismo, es la que va a iniciar el desarrollo de las herramientas matemáticas para la validación de los resultados experimentales, necesidad que le viene desde su raíz. A parir de ese momento y hasta la actualidad, con diversos nombres y afeites, ha sido el positivismo la filosofía fundamental que ha servido de base al método y consecuentemente al paradigma en el que se afianza la medicina científica. Así el positivismo, aún en sus formas más novedosas y audaces, hereda de sus ancestros sus propios inconvenientes,(15) inconvenientes que nacen de la proporción de esa perspectiva metafísica que aún lleva en las raíces y lo nutren.
Hoy es imperiosa la necesidad de lograr una concepción del todo con su movimiento, enriquecida por el minucioso conocimiento de la parte. Una concepción que permita que el pensamiento y el método científicos no se vuelvan a apartar de esa totalidad en perpetua transformación, sin menoscabo del estudio de la particularidad. Deberá reconocer y operar con los conceptos de “sustancia” y “no-sustancia” como dos expresiones de un mismo fenómeno, idénticas en su esencia, aunque diversas en sus manifestaciones. En él deberá manifestarse activamente la noción de que el todo refleja las partes, y que las partes reflejan el todo y se reflejan entre sí, para propiciar un acercamiento a la realidad más preciso y una perspectiva cualitativamente superior de esa misma realidad.
Algunos suelen afirmar que, con el impacto de las ciencias sobre la filosofía, se ha asistido al desprendimiento de las ciencias de los sistemas filosóficos y que, al desarrollar sus propios métodos de investigación, la necesidad de construir un “una concepción del mundo” desde una perspectiva filosófica, ha resultado ser, en medida creciente, una pretensión fútil e innecesaria. Pero esto es inaceptable.
Si bien ya no es conveniente ni necesario construir un sistema filosófico especulativo y apriorístico, en el quehacer metodológico teórico y práctico de las ciencias subyace una concepción del mundo que guía, en sus aspectos más generales, su construcción y encausa su desarrollo. Solo que ahora, los hallazgos de las ciencias, no ya la especulación pura, contribuyen como nunca antes, a matizarla o a imprimirle modificaciones considerables.
Una perspectiva sistémica, compleja, dinámica y refleja de la realidad, como la del pensamiento médico clásico chino, privilegiada por un desarrollo sin mayores interrupciones desde el siglo VI a.n.e. hasta no antes del siglo XVI, tuvo todas las oportunidades que no tuvieron las ideas de los griegos antiguos. Si a esto añadimos que se desarrolló vinculada a la solución de problemas concretos, sus posibilidades de haber consolidado esos conceptos y de lograr avances en direcciones específicas son aún mayores.
Así se pudo entramar, hasta lo más íntimo, el reconocimiento de la capacidad holográfica del todo en la parte, con la identificación en la parte de las cualidades esenciales del todo, el estudio la parte sin desconocer el todo, y la integración de la parte con el todo. También permitió desarrollar la capacidad de advertir y operar con la identidad de la esencia entre opuestos para no operar con dicotomías excluyentes y simplificadoras. Pero todo este proceso tenía lugar dentro de un contexto que la obligaba a afrontar problemas nuevos surgidos en condiciones insuficientemente conocidas. Una especialidad como esa es capaz de resolver “desde una colitis hasta problemas cardiovasculares”, porque su carácter especializado no se lo otorga la reducción del campo de estudio sino el método que emplea.
En el pensamiento y el proceder médico clásico chino están esbozados, con un grado de precisión aceptable, cualidades del pensamiento científico práctico que nos conducen a la solución no pocos de los problemas fundamentales planteados en las condiciones y circunstancias actuales del desarrollo de las ciencias, aunque circunscritas al marco de la medicina. Estos problemas son, por lo menos tres:
a)
La imperiosa necesidad de alcanzar una perspectiva histórica, sistémica, compleja, dinámica y refleja de los procesos biológicos, espirituales y sociales.
b)
Resolver la carencia de un método que nos permita conocer los mecanismos íntimos de acción de los fenómenos vinculados a las energías o los campos en los organismos vivos.
c)
Estar en condiciones de avanzar hacia una integración de todo el conocimiento médico a fin de poder aspirar a una medicina superior y diferente.
(1) “Entidad”, lo que constituye la esencia o la forma de una cosa. Ente o Ser. “Nosología”, parte de la medicina que tiene por objeto describir, diferenciar y clasificar las enfermedades. Estudio individual de las enfermedades. Por consiguiente, en el concepto de “entidad nosológica” está implícito el estudiar las enfermedades como entes en sí mismas, individualizadas, aisladas, al margen del enfermo.
(2) Laín Entralgo, P., “Estudios de Historia de la Medicina y de Antropología Médica”, Ed. Escorial, Madrid, 1943, Tomo I, p. 299.
(3) Laín Entralgo, P., “Estudios de Historia de la Medicina y de Antropología Médica”, Ed. Escorial, Madrid, 1943, Tomo I, p. 299.
(4) Engels, F., “Del Socialismo Utópico al Socialismo Científico”, C. Marx y F. Engels: obras escogidas, Ed. Progreso, Moscú, 1974, Tomo III, p. 135.
(5)Díaz Mastellari, M. “Pensar en Chino”, 2ª. Edición, Impresiones Hel Ltda. Bogotá, 2003, p. 39 a 42.
(9) Engels, F. Anti-Düring, citado por Conrforth, M., “Ciencia vs. Idealismo”, Ed. Política, La Habana, 1964, p. 266 y 267.
(10) Engels, F., “Del Socialismo Utópico al Socialismo Científico”, C. Marx y F. Engels: obras escogidas, Ed. Progreso, Moscú, 1974, Tomo III, p. 134.
(11) Engels, F., “Del Socialismo Utópico al Socialismo Científico”, C. Marx y F. Engels: obras escogidas, Ed. Progreso, Moscú, 1974, Tomo III, p. 134.
(12) Conrforth, M., “Ciencia vs. Idealismo”, Ed. Plítica, La Habana, 1964, p. 266 y 267.
(13) Engels, F., “Introducción a la Dialéctica de la Naturaleza”, Ed. Progreso, Moscú, 1974, Tomo III, p. 44.
(14) Engels, F., “Viejo prólogo para el Anti-Düring”, Ed. Progreso, Moscú, 1974, Tomo III, p. 62.
(15) Enrique José Varona afirmaba: “El positivismo incurre en error al aceptar los axiomas matemáticos, negando a la vez lo absoluto. Roberto Agramonte, “El Pensamiento Filosófico de Varona”, Publicaciones de la Revista de la Universidad de la Habana (Tomo IV), La Habana 1935, p. 10.
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