Entrando en la polémica...
En el plano subjetivo, crear falsas esperanzas respecto a curas de corte milagroso, para enfermedades de gran impacto emocional debido a su gravedad, es algo hasta éticamente incorrecto
Por Jorge Victor Gavilondo Cowley, Dr. en Ciencias Biológicas y Miembro Titular, Academia de Ciencias de Cuba
27 enero, 2012
He creído necesario expresar en este foro mi apoyo total a los diferentes comentarios que, basados en argumentos sólidos y en la racionalidad científica, critican el artículo original "Medicina Natural Tradicional y Alternativa: una aproximación desde nuestra ciencia". He disfrutado especialmente la muy detallada, inteligente y bien escrita respuesta del Dr. Bergado, que nos proporciona además un recuento histórico fluido de cómo surgieron y han proliferado estas tendencias pseudocientíficas que parecen agruparse ahora bajo nombres de rimbombancia, pero contradictorios en su propia esencia.
Los argumentos con que se intenta rebatir el escrito de Bergado fueron ya bien contrarreplicados, por lo que no voy a repetir ideas. Pero la expresión del Dr. Abreu de que demostrar que algunas de estos procedimientos verdaderamente funcionan es demasiado caro no soporta un escrutinio crítico: hay dinero en el planeta (no me refiero a que esté de acuerdo con su desigual distribución) para hacer los cuatro experimentos clínicos que sugiere el Dr. Abreu y muchos más. De hecho, de ser cosas de mérito, ya alguien las hubiera estudiado y comercializado. El que no entienda esto no sabe cómo funciona la industria farmacéutica mundial. Es importante tener en cuenta, además, que el que no se hayan hecho en Cuba muchos de estos y otros estudios no es necesariamente por un problema de recursos, sino en ocasiones por ignorancia de la metodología de cómo se ejecutan, o por temor de sus propios propulsores de quedar expuestos. No es raro en discusiones al respecto escuchar la frase: "...es que se trata de cosas diferentes, que no se pueden demostrar mediante estudios científicos como los que determinan la aprobación y registro de las medicinas convencionales...". Este es un argumento de corte casi religioso (sin pretender ser derogatorio de los creyentes en una religión, pues respeto mucho las creencias de las personas), en el sentido de que hay que aceptar que existe, aunque sea indemostrable científicamente. Quizás para las religiones y la fe esto es algo aceptable, pero para una medicina que puede decidir la salud de un ser querido, no creo que tenga el mismo contexto.
En este tipo de polémica, que no es nueva en nuestro país, aparece una vez más de un lado de la mesa una comunidad científica preocupada no sólo por el aspecto académico de los argumentos a favor o en contra, sino sobre todo por los efectos nocivos que puede tener para nuestra población el uso de varias de estas prácticas de forma indiscriminada, especialmente cuando se presentan como sustitutivas de la medicina establecida. La difusión incontrolada de las mismas lacera también nuestra credibilidad internacional como país de hombres de ciencia y de personas instruidas, que han alcanzado resultados médicos sustanciales apoyados en medicamentos y procedimientos aprobados, y que han desarrollado una industria biofarmacéutica con impacto social concreto y competitividad y prestigio mundiales. En el plano subjetivo, crear falsas esperanzas respecto a curas de corte milagroso, para enfermedades de gran impacto emocional debido a su gravedad, es algo que considero hasta éticamente incorrecto. No faltan quienes hacen negocio con los sentimientos, la ignorancia y la credulidad. Pero además, esta mentalidad anticientífica también nos limita en el descubrimiento de nuevos medicamentos potenciales y es a esto último a lo que me referiré en el resto de mi comentario.
Es indudable que los animales, -incluyendo al Hombre-, y las plantas, nos han proporcionado una gran cantidad de sustancias que han sido convertidas, luego de una estricta caracterización química, biológica y clínica, en medicamentos. Entre los numerosos ejemplos tenemos desde algunos citostáticos derivados de los alcaloides que contiene la vicaria (Vincristina y Vinblastina), pasando por la insulina porcina (ahora humana gracias a la ingeniería genética), hasta la reciente vacuna terapéutica contra el cáncer de pulmón, que usa el Factor de Crecimiento Epidérmico humano (una molécula cuya función natural es ayudar a reparar algunos tejidos normales) como antígeno. Y es previsible que estas fuentes nos sigan proporcionando en un futuro, junto a los productos totalmente sintéticos en su origen, las formas de mejorar la prevención, el diagnóstico y el tratamiento de las enfermedades del hombre y los animales. Esto es tan así que se conoce y ha sido divulgado por nuestra prensa el temor y protesta de muchos países en desarrollo que poseen zonas de bosques y áreas de gran endemicidad (animales y plantas terrestres y marinos que sólo existen en ese país o zona), respecto a los intentos de grandes empresas farmacéuticas transnacionales de explorar estas, con vistas a identificar nuevas especies y monopolizar los descubrimientos que de estas se puedan hacer respecto a nuevas sustancias con potencial médico.
Pero atención, ninguna de estas empresas, en estas movidas de corte casi colonial, tiene como meta final el producir cocimientos, extractos poco definidos y preparaciones homeopáticas. Todas van a identificar, aislar y purificar los moléculas responsables de la acción biológica y, una vez demostrado científicamente su efecto médico, a sustituir en lo más posible la vía extractiva por la de síntesis química o biofarmacéutica para su producción y venta final. Esto es lógico: lo que ha modificado sustancialmente la esperanza de vida del hombre a partir la primera mitad del siglo pasado, además de la introducción de la higiene como concepto, es la disponibilidad de las antibióticos, vacunas, hormonas, analgésicos y anti-inflamatorios, ansiolíticos, controladores del azúcar en sangre, controladores de la presión sanguínea, citostáticos, etc. etc. etc., bien definidos químicamente y proporcionados a dosis que tienen en cuenta las diferencias entre los pacientes.
Por ello, cuando promovemos exclusivamente el uso de preparaciones y extractos indefinidos, o formulaciones de efectividad no demostrada, estamos haciéndonos un pobre favor a nosotros mismos. Por un lado, podemos estar "perdiendo" un nuevo principio terapéutico, al estar este enmascarado en los extractos y ser ineficaz a la dosis empleada en una proporción de pacientes. Por otro lado, si otros que rutinariamente emplean métodos verdaderamente científicos ganan acceso anuestros extractos, ellos descubrirán las sustancias realmente responsables de los efectos, las caracterizarán,purificarán, determinarán de forma racional las dosis terapéuticas a usar y terminarán vendiéndonos los medicamentos.
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