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Joven Club de Computación y Electrónica

Una brújula en tus manos

De frente a su desafío, este movimiento que arriba a sus 25 años se reinventa con los nuevos tiempos. Suerte de brújula en medio del tifón tecnológico, moldear el futuro es su divisa; sortear las escaseces, su prueba definitiva

Por Dania Ramos Martín y Yaneysi Nolazco
18 Abril, 2012

Parecía una utopía. Que una isla, diminuta en su desarrollo informático, pretendiera poner computadoras al acceso público sin recibir un centavo de retribución debió juzgarse como un acto de vanidad.

Joven Club de Computación y Electrónica
Verano de 1987, niños y jóvenes asisten al Joven Club Central, popularmente llamado “La pecera”, situada a un costado del Pabellón Cuba. (Foto: Archivo del Juventud Rebelde)

Sin embargo, el barullo desatado por los televisores con teclados inteligentes, instalados en una sala abierta al público en el Pabellón Cuba durante el verano del 87, no da tiempo a pensar. Más bien se siente como un reclamo. Fidel, atento, idea extender la experiencia a todo el país.

El 10 de octubre de ese año, al costado del recinto de exposiciones, en el Vedado capitalino, abre sus puertas “La pecera”, primera instalación del país destinada a fomentar los conocimientos sobre informática. Pronto los Joven Club (JC) de Computación y Electrónica, se convierten en un movimiento pujante.

Como los que alguna vez hicieron suyas las cartillas y los manuales, los recién estrenados instructores contaban solo con su entusiasmo y la voluntad gubernamental para conseguir el ambicioso propósito de “alfabetizar” a niños y jóvenes en temas relacionados con la informática y las comunicaciones.

35 instalaciones propuestas por el Comandante
“Siento envidia”, había escrito Fidel en 1991, cuando veía los primeros frutos de una idea a la que había dado calor. Años después volvió una y otra vez a departir con los protagonistas. (Foto: Archivo de Granma).

En menos de un año, se extiende a cien el plan de las 35 instalaciones propuestas por el Comandante. Surgen proyecciones más ambiciosas. Un campamento de verano especializado en computación sería construido en el Parque Baconao, y el Palacio Central se proyectaba como un edificio de 11 pisos, conectado al Metro de La Habana y unido al Pabellón Cuba por un puente a nivel.

Pero el inicio de la próxima década sería especialmente difícil para un país limitado en sus recursos económicos luego del derrumbe del campo socialista: construcciones truncas, recortes eléctricos, escaso presupuesto para renovar el equipamiento técnico. Sin embargo, el proyecto en ciernes no se detuvo; sus protagonistas, como el resto del pueblo cubano, echaron mano a su voluntad. Entonces, en medio de años duros, batallaron a fuerza de conocimiento para no cerrar ningún curso ni instalación.

Por amor al trabajo

Rodolfo Elías Pons no imaginó que estaría tantos años en el mismo puesto de trabajo. Cuando una tía lo llamó para que se sumara al movimiento accedió porque quería un empleo, y porque la computación lo cautivaba.

El estado constructivo y del mobiliario en algunas instalaciones
El estado constructivo y del mobiliario en algunas instalaciones
El estado constructivo y del mobiliario en algunas instalaciones, si bien no afecta de modo significativo el servicio, daña la imagen pública del movimiento. (Foto: Alexander Isla Sáenz de Calahorra)

Llegó para quedarse. Hoy, es uno de los pocos iniciadores que continúa prestando servicios a los JC. Quizás por esa tendencia humana de recordar con agrado el pasado, trae a la mesa en la que hablamos recuerdos de aquellos primeros años, sin dudas difíciles, donde los instructores debieron desdoblarse en todo tipo de oficio.

En un local de la Casa de la Cultura de La Habana del Este, totalmente desprovisto de condiciones, él y otra compañera debieron fundar el club de esa comunidad. “En aquel tiempo la Unión de Jóvenes Comunistas tenía un entusiasmo desbordante. Inundó los muros con lemas, y las calles con consignas a la resistencia ante las carencias materiales. Los instructores éramos una suerte de contingente. Había que habilitar espacios y buscar personas que laboraran en ellos. Entonces trabajábamos 24 horas, y éramos constructores, maestros, jardineros, mecánicos o serenos, hacíamos de todo”.

Poco más de 140 pesos mensuales durante casi un lustro fue la única retribución material. Sin embargo, había motivaciones mayores. “La idea de la computación para niños, jóvenes, adultos, creó un furor en la población. Las máquinas eran muy primitivas, pero la gente estaba muy motivada. Un verdadero alud de personas que no tenían ningún conocimiento inundó nuestras instalaciones”.

El movimiento no ha estado exento de errores, no ha sido una panacea, opina Rodolfo. Durante algún tiempo, especialmente en los años de más carencia de recursos tecnológicos y económicos, sus trabajadores se sintieron desolados. Pero siempre la noble idea de ofrecer al pueblo la posibilidad de comprender y usar las nuevas tecnologías en bien de la sociedad ha sido pretexto suficiente para continuar.

Sobreviviente
En 1997 ya la tormenta se iba desvaneciendo. El país había superado sus estrecheces más intensas. El primer decenio de los Joven Club se celebraba con la alegría de mantenerse en pie; 156 instalaciones en la mayoría de los municipios habían graduado a más de 122 mil cubanos.

Hoy, a la luz de un cuarto de siglo, Raúl Van Troi Navarro, actual director del Movimiento, opina que los JC han implementado cambios, si bien su misión original –la de acercar la informática a la familia cubana–, se mantiene intacta.

Una diferencia fundamental con aquellos primeros centros, estima Van Troi, es la diversificación del equipamiento, a tono con las nuevas tendencias en el mundo. Así, en las instalaciones cubanas se han emplazado impresoras, escáneres, quemadores de disco que, en opinión del directivo, “dan la posibilidad de ofrecer servicios más adecuados a la situación actual del país y a las necesidades de la población”.

Además, se ha ampliado la oferta de cursos, que en un inicio era solo de operador de microcomputadoras. Ahora, abarca todo el paquete de ofimática, en plataforma de código abierto, así como otras temáticas de interés público, que surgen a partir de la necesidad de familiarización con programas más actuales. A ello se suman los cursos de posgrado en la modalidad de diplomado.

Veinticinco años después de nacer, los clubes de computación han moldeado su accionar de modo natural y acorde con los requerimientos del desarrollo del campo de la informática, cada vez más vertiginoso. Hoy, casi todos los centros de trabajo y estudio cuentan con una PC, y abundan los ordenadores domésticos.

“La población nuestra ha alcanzado un nivel de cultura informática”, dice Van Troi. “Antes era muy fácil que alguien fuera a matricularse en un curso de operador de micro; hoy, eso ha variado un poco, porque ya en las escuelas te enseñan a trabajar con una computadora. Por esa razón, nos hemos visto obligados a incluir contenidos novedosos, que ayuden a aumentar los conocimientos que las personas ya tienen sobre informática”.

¿Van lejos los de alante?

La principal riqueza del movimiento es su capital humano
La principal riqueza del movimiento es su capital humano, dice el director nacional. Cada día, instructores de todo el país contribuyen con tesón a que los Joven Club sigan siendo “la computadora de la
familia cubana”. (Foto: Dania Ramos Martín)

La incompatibilidad tecnológica, la piedra en el zapato del movimiento, es quizás el reclamo más persistente de trabajadores y público. No obstante, quienes concurren a palacios o salitas de clubes comunitarios, conocen que el país no puede hacer más.

El joven de 22 años Bárbaro García, visitante habitual del JC ubicado en Sur Hospital, en la ciudad de Guantánamo, admite que allí ha consolidado los escasos conocimientos que tenía de informática, y ha aprendido a trabajar con las distintas aplicaciones.

“Vengo a navegar, editar imágenes y videos, hacer trabajos, buscar información. Es cierto que las máquinas no están como quisiéramos, porque los programas se tardan en abrir, la navegación es lenta, pero al final, se trabaja”, asegura.

Yoandris Bayart, instructor del JC de Aguilera y Saco, en el conocido barrio La Loma del Chivo, de la misma ciudad, opina que el desarrollo de softwares más potentes impone una optimización del equipamiento. “La tecnología de las máquinas está muy atrasada, de ahí que no estén capacitadas para utilizar algunas de las herramientas que necesita la gente”.

A la carencia de dinero para optimizar continuamente las computadoras, opina Beatriz Sosa, estudiante universitaria de 20 años, se suma en ocasiones el uso que algunos les dan a estos aparatos. “No todas las máquinas están buenas, y por lo general, ‘las mejorcitas’ están ocupadas por jóvenes que se dedican solo a jugar”, comenta mientras intenta trabajar.

Repartir lo poco de modo eficiente es la única opción. El equipo del JC 10 de Octubre I, en Heredia y Estrada Palma, en la capital, encontró la forma de paliar las inconformidades. Los fines de semana destinan algunas computadoras para el juego. El resto está a disposición de quienes quieran trabajar, consultar sus correos o navegar.
Sin embargo, la mayoría de los instructores y especialistas principales entrevistados por JT admiten que los juegos, ya sean didácticos o de mero entretenimiento, son una de las principales razones por las que el público, en su gran mayoría niños y jóvenes, asiste a las instalaciones.

El director del movimiento comenta que los Joven Club son instalaciones costosas para el país. “Tenemos el inconveniente de que a partir del propio desarrollo tecnológico, el equipamiento se pone viejo muy rápido.

“El Ministerio tiene previsto ir sustituyendo periódicamente algunas de las computadoras viejas. Este año hay un plan de modernizar un grupo de ellas. El mismo equipo, sin cambiarse, puede optimizarse y, con costos inferiores, tener más prestaciones. Para eso, el Estado ha ido balanceando el presupuesto, que nos permite tener funcionando los JC”.

Sin embargo, afirma, las computadoras con que cuentan los locales están en su mayoría aptas para el uso a que están destinadas. “Habrá usuarios que deseen acceder a la última computadora, pero está demostrado que el equipamiento con que contamos permite dar un servicio de calidad para el nivel de nosotros, de iniciación”.

La cáscara que guarda el palo
Desde las seis de la mañana los infantes comienzan a hacer la cola. Cuando llegan los instructores, una turba los recibe en la entrada del 10 de Octubre I. Un trabajo voluntario, como calentamiento, los pone a limpiar el área verde para, luego del esfuerzo, recibir como premio una hora más de tiempo de máquina.

Javier Gallardo, instructor del lugar, dice que esa es la rutina de cada fin de semana; el resto de los días, la actividad no cesa. JT visitó el sitio un sábado frío, y adolescentes estudiantes, amas de casa, médicos, andaban en las más diversas faenas.

La instalación, en cambio, ofrece al nuevo visitante un aspecto nada acogedor. La pintura es escasa, la carpintería casi colapsa, las paredes se deshacen por tramos a causa de la humedad, y el falso techo luce de mala manera los años de uso.

Por su parte, el Joven Club Central, el primerísimo del país, tiene sus puertas cerradas hace tres años, con motivo de una reparación integral. Otras instalaciones de la capital, sobre todo las pioneras de los años 80, ostentan una languidez constructiva que preocupa a sus trabajadores.

Diuver Macías, especialista principal de 10 de Octubre I, dice que deben barrer el local constantemente, para evitar que el polvo que se desprende afecte el hardware de las computadoras. Ellos han contado siempre con el apoyo de la comunidad, así reparan y dan mantenimiento como pueden. Mas, sin recursos no hay milagro posible.

“En general, son buenas construcciones, pero llevan mucho tiempo sin mantenimiento y eso hace que hoy no estén en óptimas condiciones”, admite el director nacional. Y, aunque los materiales e implementos disponibles están siempre por debajo de la demanda “el estado actual de los locales tiene que ver también con el trabajo nuestro, porque algunas veces hemos tenido los recursos y no hemos reparado”.

Con todo, es innegable la luz que emana de los JC en cualquier sitio. Su obra, además, es ya visible y los frutos de la idea primigenia son innegables.

Estás en todas partes
Con todo, es innegable la luz que emana de los JC en cualquier sitio. Su obra, además, es ya visible y los frutos de la idea primigenia son innegables.

Están en no importa qué barrio, en cualquier edificio; sus puertas cierran a las diez de la noche, y a ellas se acercan ancianos y discapacitados; quienes necesitan un antivirus, una consulta técnica para una PC averiada; los que están a punto de imprimir una tesis, los que requieren de un título para un nuevo empleo, o aquellos que, simplemente, se aburren en casa y prefieren aprovechar el tiempo libre.

Algunos hasta incentivan a la familia. Raidel Hernández, guantanamero, de 13 años, disfruta de los cursos de programación que imparten en el JC de su comunidad. El adolescente ya perfila su futuro.

“Quisiera estudiar informática, así que todos los días vengo a las clases nocturnas de cuatro a seis de la tarde, y de seis a ocho de la noche, y hasta cuando tengo un tiempo libre. A veces mi papá me acompaña y le enseño un poco de lo que he aprendido”.

Este sábado gélido, en la vieja casa de 10 de Octubre, Carlos David Fonseca, de 16 años y estudiante del politécnico José Martí, espera paciente su turno de tiempo de máquina. Es asiduo desde los 12. ¿Qué habría que cambiar?, preguntamos queriendo escudriñar las fallas. Mira a todos lados, obviando las manchas, devuelve la vista como extrañado y nos hace otra pregunta: ¿Ven algo que esté mal?

 

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