Especial ACC
Pienso, ¿luego existo? (II Parte y final)
Entre la baja visibilidad de las ciencias y el reclamo de un mayor accionar del pensamiento, el más surtido foro de análisis de la intelectualidad cubana, pareciera llamado a otro giro de tuerca a favor de reajustes necesarios del modelo social en la Isla.
Por Daymaris Martínez Rubio
Ilustración: MACH
21 Febrero, 2012
Amanece. Y el día, en perspectiva, es un lienzo de colores muy cálidos que asciende desde el canto de los gallos al barullo metálico de esas tenaces bocinas que Graziella Pogolotti conjura trabajando. Ha llovido ayer, dice el portero de la casona de la calle E, cercana a Línea, mientras comenta que, primero, la doctora escuchará las noticias, y que, mire usted, en otros tiempos la humanidad aprendió tan buenos oficios que los techos del Vedado habrían soportado un siglo antes de intentar abrirse como almejas.
Hay tesoros como extraviados. Entre ellos, “algo que es como intuitivo y es la capacidad de los jóvenes de preguntarse por qué”, comenta la autora de Examen de conciencia, que no esconde su gusto de bachiller por los números ni el sueño postergado de ser ¿arquitecta?: “Pero siempre dibujé muy mal”, sonríe con franqueza. Y sospecha que la mejor herencia de Marcelo Pogolotti fue quizás el aliento a dudar y a buscar esos “terrenos comunes” del conocimiento, que en su padre era “más bien excepcional”.
La tendencia contemporánea -reflexiona- ha sido ir hacia la compartimentación y la especialización, incluso en el arte. Pero “estamos firmemente convencidos de que la ciencia forma parte de la cultura y del error de confinar el concepto a la creación artístico-literaria, que es lo usual. La cultura desborda esos límites, tiene que ver con todo. Por eso le da sentido al cuerpo de la nación, algo muy importante en los momentos actuales”.
Razón suficiente, piensa la también miembro de Mérito de la Academia de Ciencias de Cuba (ACC), para plantearse los modos de “romper esa frontera, y encontrar la forma de interesar en la temática a gente que está vinculada a lo que tradicionalmente se llama ‘cultura’. Mi preocupación fundamental en ese sentido está también dirigida a los jóvenes, a la búsqueda de fórmulas múltiples que los ayuden a encontrar sus caminos (…). Y no quiere decir que todos se conviertan en científicos. Eso no es posible. No es necesario siquiera”.
Con tanto dato agolpado en la memoria, al historiador José Altshuler no le pesan los recuerdos. Más bien le asustan las deudas del olvido: “Los jóvenes ni se imaginan lo que era el capitalismo. A veces me da vergüenza pensar cómo se obtenía un título”. Justo por eso, no puede estar pasivo, asegura el miembro de Honor de una Academia “¿al estilo clásico, prusiana, francesa?”. En definitiva, un foro de debates, cuyo gran cometido debería ser la juventud.
“Hay que remover las conciencias”, dice, y lo primero sería quemar cierto periodo de seca de las editoriales científicas en la Isla y retomar el debate responsable en varios temas. “Como la pseudociencia, que no se discute –o sí, en un solo lugar, la Facultad de Física de la Universidad de La Habana. Porque hay un montón de cosas que han fructificado entre nosotros, que a la larga tienden a envilecer a la ciencia.
“Ese es un tema a ver con cuidado, sin exclusiones ni posiciones extremas”. Y sí, “es un punto para la Academia. Como lo son los valores. No creo que haya asunto más importante en la educación hoy en día. Pero, con esa herencia fenomenal que es la obra martiana, ¿qué hemos hecho? Sencillamente, no hemos estado a la altura”.
.Agua al dominó
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Lidia Turner, académica de Mérito y
presidenta de Honor de la Sociedad de
Pedagogos de Cuba, mientras exhorta al óptimo aprovechamiento del alcance del foro másmultidisciplinario en la Isla. |
¿Y los medios, dónde están? Un hondo, pedregoso silencio cayó como cerillos sobre el foro “Las sociedades científicas y la ciencia en Cuba”, y persuadida del costo final de ciertas ausencias, la psicóloga Beatriz Torres, presidenta de la Sociedad Cubana Multidisciplinaria para el Estudio de la Sexualidad (Socumes), recordó que el futuro del conocimiento en la Isla pende del hilo de otras muchas preguntas y respuestas.
“Queremos que los jóvenes se sumen, pero, lo primero es que no nos conocen”, alertó Torres, decidida a que el inicio de las celebraciones por el medio siglo de la ACC, fuera un voto sólido por estrategias sociales frente a la pereza elitista que a veces acecha.
La baja visibilidad de la ciencia antillana es un viejo tema en el horno y sus consecuencias ya pueden olfatearse a distancia, admitió la mayoría de los presentes en un foro donde Lidia Turner, Presidenta de Honor de la Sociedad de Pedagogos de Cuba, deslizó esta sentencia: “La labor de la Academia no tiene sentido si el pueblo no la aprecia. Tal vez, algo de lo mejor de estos tiempos es que estemos tomando esa conciencia”.
Sergio Jorge Pastrana, director general de la ACC, señala a Juventud Técnica que una de las principales fortalezas del momento sería el reconocimiento popular de la trascendencia de una institución como la Academia “con muy poco impacto en su etapa colonial”, a diferencia de un presente en el que “todos los cubanos saben que el Capitolio es su sede”, estima.
Sin embargo, cualquier predicción parece aventurada en un terreno de geografía desconocida, al menos en lo que a percepción pública de la ciencia se refiere. Un reciente sondeo de opinión a cargo de JT indagó, precisamente, en el grado de conocimiento sobre la ACC de cerca de 170 personas de 14 provincias del país. Los resultados fueron elocuentes.
Si, en términos generales, menos de la mitad de los encuestados pudo identificar el lugar donde ha estado ubicada por décadas, de un total de 58 habaneros, solo el 41 por ciento acertó en sus respuestas; la mayoría de ellas a la cuenta de individuos con 36 o más años, un patrón que se reproduce a lo largo del inquietante análisis de resultados.
Números grises, ¿verdades a medias? ¿Por qué pareciera que esconden más de lo que dicen? Los niveles de escolaridad, por ejemplo, ofrecen una interesante correlación con la variable “conocimiento”. De acuerdo con los datos, los jóvenes de entre 15 y 35 años (la mayoría, entre bachilleres y universitarios) debieron ser “los más instruidos”, en lugar de “los más desinformados”, tal cual muestra el mapa estadístico.
“Nos preocupa y ocupa el relevo”, admite Lilliam Álvarez, académica de Mérito y responsable del Grupo de promoción de las ciencias de la ACC, una reciente iniciativa encaminada al fortalecimiento de su estrategia social para tiempos en que “las cifras nos dicen que falta, al menos, una generación de científicos”. Saca cuentas, y concluye que, dentro de la propia institución, la desventajosa cifra de asociados jóvenes frente a miembros con 50 o más años, es un factor sintomático: “no los nominan por diversas razones”.
Viejos reumas, cuya radiografía completa podría ser, justamente, la mirada que falta a la Sociedad cubana en temas en franco estado de febrícula con origen en alguna “falla” encubierta. Lo curioso es que no es difícil diagnosticar un problema universal con varias aristas, ampliamente descrito en pasadas ediciones de este propio medio de prensa (ver números 342 y 343, de 2008).
La mayoría de quienes dijeron conocer (sí y un poco) a la ACC, no pudo relacionar siquiera una opción correcta dentro de alternativas que apuntaban, fundamentalmente, a la esencia y lugar físico de la institución. Solo el 12 por ciento del total de encuestados demostró algún conocimiento al respecto; la mayor parte fue incapaz de mencionar alguno de sus más de 300 miembros.
¿Resumiendo? Solo tres de 167 cubanos –por más señas, habaneros, universitarios, mayores de 40 años–, demostraron dominio de información valiosa y cierta sobre una institución llamada a “contribuir a la elevación del papel de la ciencia en la cultura nacional y a la difusión del método científico”.
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Resultados de encuesta sobre conocimiento de la Academia de Ciencias |
“Deberían publicar más sobre el tema”, rotuló sobre el papel uno de los encuestados; un reclamo especialmente válido “no solo para los medios de comunicación cubanos”, repone Pastora López, especialista encargada de las Sociedades Científicas en el secretariado de la ACC; también para una comunidad científica, cuyo impacto es real, pero a veces inexacto por la prevalencia del trabajo “aislado”.
¿Un dato feliz? La mirada atenta de aquel grupo de encuestados que a las tres de la tarde de un día denso como un caldo, franqueó los maletines de una terminal repleta, para “por favor, conocer las respuestas”.
Convergencias
Augusto González colgó el teléfono, dio una palmada en el borde de la mesa y soltó aquel vendaval alegre del pecho, que por cierto –meditó entre risas– parecía estarse debiendo. Alicia Alonso, Retamar, Roberto Chile, Leinier Domínguez, Alberto Pujols, Déborah Andollo…la lista parecía inmensa. Artistas, deportistas, actores, escritores, científicos, creadores todos, confluirían en la muestra “Paisajes del micromundo”. Un triunfo, pensó González. Un suceso “sin precedentes”, aplaudió la crítica.
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La muestra “Paisajes del micromundo” (2011) resultó ser la feliz convergencia de contextos creativos distintos en una humanidad ¿cansada de las fronteras? En la foto, el actor Alberto Pujols y el caricaturista Ares, deslumbrados con la magia de la microscopía electrónica para arrimarlos a un “Malecón imaginario” (imagen de cerámica piezoeléctrica) y a una “Ciudad moderna” (imagen de alambres de óxido de zinc) (Foto: Jorge Gil) |
“Todo está en la convicción de lo que puede lograrse”, confiesa el académico titular y presidente de la Sociedad Cubana de Física, mientras desliza su poca complacencia con el papel actual de una Academia que “puede desempeñar un papel muy superior y pasar a otro nivel de actuación frente a problemas acuciantes, como pudieran ser: el análisis del financiamiento e infraestructura de la ciencia en el país. Esta preocupación se ha manifestado ya en varios plenos, sin mayor trascendencia. Pero tenemos el deber de cambiar esa postura, porque hay una responsabilidad compartida: no solo la directiva, el pleno tampoco ha sabido encaminar esa inquietud”.
Para Sergio Jorge Pastrana, no es sorpresa: “Lo primero que va a decir cualquier científico es que está descontento con la Academia que tiene, si no, no sería científico”, dice, mientras admite que la necesidad real de mejoras entona con una institución hoy “envuelta en un proceso de cambios, fortalecimiento, y consolidación”; con los logros de “estabilidad de su funcionamiento” y el reconocimiento de sus pares en un mundo, donde si existe un foro “activo, funcional, vigente”, ese es el cubano, asegura sin titubear el también miembro de la Red de Academias del Mundo.
El antropólogo Jesús Guanche, miembro de Mérito y coordinador de la sección de Ciencias Sociales de la ACC, no alberga dudas de que a la altura de medio siglo se ha avanzado, y la muestra mejor es “el presente de miles de científicos”, un logro reconocido internacionalmente.
Con todo, los deberes con el actual proceso de actualización del modelo económico y social cubano, sugieren que “se puede hacer mucho más, especialmente en el apoyo científico a la toma acertada de decisiones políticas en todas direcciones”, acota. “Eso debe multiplicar no solo la oferta, la disposición o el deber de ayudar, sino la demanda de dejarse ayudar por quienes tienen la compleja tarea de dirigir. De modo que ese riesgo no sea unilateral sino compartido, colegiado”.
No en balde, hacia 2009, una de las primeras directivas del Ministro de Ciencia, Tecnología y Medio Ambiente, fue el fortalecimiento del papel de un órgano, dos años después sometido a duras críticas durante la discusión de Lineamientos de la Política Económica y Social del Partido. Entre las principales preocupaciones, compartidas incluso por prestigiosos académicos, figuró el estado de salud de un escenario “formal”, donde, parafraseando al Noam Chomsky de La responsabilidad de los intelectuales, “la contradicción ‘verdaderamente desesperante’” estaría “entre lucidez e imposibilidad de actuar”.
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Quemar el período de seca que afrontan las ediciones científicas en la Isla, una exigencia en tiempos de sociedades obligadas al razonamiento, coinciden en señalar académicos entrevistados por JT |
“Si a mí me preguntaran qué organización en el país se acerca a reunir la mayor cantidad de inteligencias, diría que, al menos en el orden deliberativo, esa es la Academia de Ciencias”, confiesa Luis Alberto Montero, académico titular y vicepresidente de la Sociedad Cubana de Química.
“A mi juicio lo principal sería tener en cuenta la sabiduría; esté donde esté. Si lográramos eso, la institución tendría un papel preponderante, al menos, en la toma de decisiones en la política científica, como de hecho lo tiene la UNEAC en la política cultural del país”.
“Claro, eso no depende solamente de la Academia, sino también de las autoridades que deban acudir a ella”, repone Sergio Jorge Pastrana, mientras puntualiza que es “algo en lo que todos tenemos que educarnos: nosotros y aquellos que pudieran demandar nuestro trabajo”, exhorta, mientras apunta al desconocimiento generalizado de miembros y públicos sobre el papel real de la ACC.
“La gente no se percata de la dimensión de la demanda que se le hace”, reprocha, y cita cómo a menudo hay “reclamos de tales o más cuales responsabilidades que son de otros organismos”; aunque, también tendría que ver con los cambios de función que ha tenido históricamente, acota.
Fogueada en la trinchera de investigación en el país, Lilliam Álvarez comprende esas ansias consustanciales al afán “de contribuir, de pensar en bien de la nación”, por parte de una comunidad académica que “está hoy en Cuba por un compromiso con su patria. No lo olvidemos”.
“En nuestras comisiones se discute mucho”, y esa expresión de civismo es constante, añade Lidia Turner, mientras sopesa que lo ideal sería dar vía libre a un caudal de ideas, donde, para cada pregunta habría más de una respuesta.
“Pero hay temas donde tiene que haber decisión política, y una toma de conciencia de qué es lo importante”, sentencia.
“Por supuesto, la aspiración es ser escuchados por los tomadores de decisiones”, comenta Montero, pero recomendaría cautela en pedir a una sociedad en franca evolución “que de un día para otro ‘desfaga todos los entuertos’, como hubiera dicho el Quijote. Hemos acumulado deudas que no son fáciles de saldar en días, ni siquiera en años. Pero, lo que se impone es avanzar unidos en un mismo sentido por la solución de los problemas”.
¿Lo medular? El consenso pareciera expresión de una sed añeja: respaldar la dignidad de la ciencia en un campo de batalla superior: la sociedad, y con ella, los instrumentos para que no se tome ninguna decisión trascendente de espaldas al acervo científico de una nación donde, según la autora de Examen de conciencia, “lo decisivo es promover un diálogo entre quienes definen las políticas científicas y culturales en la isla. Por ahí tenemos que empezar”.
Nota: Al término de su restauración, el Museo nacional de Historia de la Ciencia (Calle Cuba No. 460), acogerá la sede de la ACC.