Por Elaine Vilar Madruga
Ilustración:Nelson Ponce Sánchez
Segundo premio Concurso Ciencia Ficción´08
22 junio, 2009
Serm permanecía agazapada, oculta entre la maleza podrida que circundaba todo en su derredor. El contacto con la Base resultaba un ronroneo en su cabeza: estaba cansada de los pretextos que durante años la habían obligado a obedecer a los superiores dentro de aquel mundo pantanoso. Miró hacia su muñeca, donde un insectorobot se había colocado, chillando como un animal para exigir su atención. Serm obedeció y activó la comunicación. Segundos después, Huklein, el cyborg, la saludaba desde la micropantalla del selector individual:
–Hola, preciosa. Te estamos extrañando mucho.
–Déjate de rodeos, mira que el tiempo es oro y el mío vale más que los megacréditos que te inflan el estómago –ripostó Serm violenta, para luego agregar más calmada:– Los mudgorgs, estos malditos bichos, llevan apareándose una eternidad.
–Sí –concedió el otro, con un gesto de asco que resultaba casi una mueca. Al parecer se usa el cortejo como parte fundamental de la procreación. Me he cansado de observarlos moverse con aquellos órganos sexuales que parecen... ¿lanzas?
–Son tentáculos -habló la mujer entre susurros, sin dejar de observar la naturaleza en silencio. Llevaba días siguiendo el ciclo de apareamiento de los mudgorgs, solo protegida por el Genofonte.- Suben y bajan, le dan vueltas a la hembra como en una danza y sólo después de asirlas con las “lanzas” se atreven a esparcir el líquido reproductor dentro de la cavidad de sus cerebros. ¿Y luego qué puede ocurrirles... a ellas? Quiero decir, cuando conciban a la nueva camada...
–Con el nacimiento de las crías, mueren. El espacio dentro de su cerebro se comienza a reducir a las primeras semanas de gestación; poco a poco la camada va ocupando más lugar y con ello desbroza el cerebro de la madre. Pero los mudgorgs son fuertes: ellas sobreviven hasta el nacimiento, convertidas en alguna especie de vegetal paralizado; hasta que los pequeños se abren paso en su carne... Si la madre no está viva en ese momento, por alguna extraña razón de su naturaleza, los mudgorgs chicos jamás salen a la luz, sino que se quedan dentro hasta que mueren de inanición o se comen los unos a los otros –pronunció lentamente el cyborg, conciente del horror que experimentaba la muchacha.– Por eso, las felices mamitas aguantan contra todo pronóstico, mientras los machos vuelven al redil como santos corderos, hasta que sus propios hijos los expulsan para morir en soledad. Nosotros, entretanto, hemos sacado una estúpida conclusión: no existe el raciocinio dentro de sus actos.
–No lo sabemos aún -lo cortó Serm.– El apareamiento y su rito de cortejo nos dice muy poco acerca de su conducta. De cualquier manera, aún no entiendo qué demonios hago yo en este pantano, manifestándome ante ellos, cuando un maquibot podría realizar esta labor.
–Cosas del Sistema –se encogió de hombros Huklein.– Ellos ordenan, nosotros obedecemos sus leyes. Así nos enseñaron en la Tierra. Termina pronto, amiguita, y ten tú más suerte que el resto. Al menos, danos una clave, observa algo que los demás hayan pasado por alto. Y siempre recuerda, el sexo lo es todo. Aquí, en este planeta olvidado por dios, en nuestra Tierra, la procreación siempre es lo primero. Por la mejor pieza y el mejor sexo somos capaces de mentir, de fingir, incluso de matar; todo tan primitivo... Cuestión de instintos, Serm. Sin embargo, hay muchos hombres en la Base que sospechan que tras esa aparente capa primaria, hay mucho más por saber de los mudgorgs. ¿Recuerdas las leyendas de los primeros exploradores de este planeta, que juraban haber visto las ciudades portentosas de esta especie y su poder? ¿Y las piedras de luz con que transformaban la naturaleza y el clima a su derredor? ¿Te imaginas que fuera verdad, y que pudiésemos llevar esa maravilla a la Tierra? Seríamos los héroes de los próximos dos milenios; ¿verdad?
–Vamos, Huklein, esas son historias para dormir a niños y novatos de la Base. No me digas ahora que llevamos dos décadas varados en este sitio cenagoso por eso. Ella lo miró con ojos suplicantes.– Sí, porque todo lo que cuentas es la parte hermosa del asunto: ¿acaso has perdido la memoria? ¿No recuerdas cómo salieron los primeros exploradores de Aita? Locos, alucinando, con visiones disímiles que los hicieron inútiles en la Tierra. Hoy, los que lograron sobrevivir lejos de los mudgorgs, sus adorados dioses mudgorgs a los cuales añoraban tanto, están recluidos en sanatorios. ¡Ese es el hermoso destino que esperas para nosotros!
–Nada, ellos fueron tontos, Serm, –la calmó el cyborg.– Además, has pasado algo por alto: una simple palabra. Aita es el nombre de este planeta; ¿sabes lo que significa en la lengua de los navegantes?
–Riqueza infinita... Aita –respondió la mujer.
–Así la nombraron los pioneros exploradores; y aún no habían sido declarados locos. Ellos dijeron que los mudgorgs esconderían sus ciudades de la envidia y las ansias de conquista de los humanos, para salvaguardar su civilización. Quizás esa sea la razón por la cual no hemos encontrado en Aita más que plantas y ciénagas... Algo de verdad hay detrás de todo esto. Y nosotros queremos descubrirla. Tú quédate tranquila ahí. Espera. Para eso te pagan, querida...
La muchacha cortó la comunicación, con un espasmo de rabia en las mejillas. Intentó prestar un poco de atención al rito de cortejo de aquella especie de pulpos repugnantes, que solo pensaban en pegarse los unos a los otros. Las figuras semincorpóreas de los mudgorgs en su cópula desenfrenada le revolvieron el estómago. Observó el avasallamiento de los débiles, el cimbrear contoneante y vencedor, los silbidos apagados cuando finalmente los cuerpos se encontraban. El color grisáceo de las escamas corporales se confundía con la flora y, en el centro de su asco, el olor de los mudgorgs en celo, penetrando a Serm como criatura sexual que era. Un olor que extrañamente la excitaba. La mujer se obligó a cerrar las piernas.
–Bendita suerte –exclamó, mientras viraba el rostro y un silbido de deseo la estremecía. Serm cerró los ojos, y evitó ver más.
***
Ugk, ugk… arft, arft… Me incorporaré a su ritmo. Quiero comprobar si huele bien. Aishna habla de ellos como si fuesen plagas; por ella deseo infectarme. Me gusta demasiado... Voy a cortejarla. Quién sabe si con la unión logre crear una especie superior y más poderosa. Lleva días mirándome y ya puedo sentir el sabor de su deseo que despierta. La tomaré para mí. Humanos los llaman, pero ella huele bien: a barro, polvo y savia.
Saich, saich… arft, arft… detente ahora, pon fin a la aberración. ¡Mal de watr, mal de retr! ¡El peor de los pecados de un mudgorg! Déjala en paz y busca en otro sitio la satisfacción. Hermosas hembras esperan por ti en la ciudad. Un engendro procreado del apareamiento con esta criatura solo será tu caída ante los Jirtyu, señores del bosque y el mar.
Ugk, ugk… arft, arft… No me importa ahora; tantas amenazas para nada. Soy apenas un tiuyry, pero ya poseo autonomía y derechos dentro de la camada. La quiero a ella... La tendré hoy. Cuando yo lo diga. En unos instantes. Solo yo decidiré.
Saich, arft… Haz lo que consideres mejor. Respeto tu voluntad, pero me temo…wertry, wertry. Que los Jirtyu te protejan.
Ugk, arft… Calla ya. Me desconcentras. Ella es.
***
La mujer notó un movimiento inusitado entre los mudgorgs. Tensó las manos en la empuñadura de Genofonte, el láser de mirillas impulsadas, buscando un objetivo que se aproximase a ella. Empezaba a sentirse cansada, y su vista no era la misma. Maldijo en silencio su suerte y a Huklein, que le había exigido que aguardase allí, hasta que apareciera un milagro. Una pierna se le acalambró horriblemente, como si algún insecto la hubiera picado. Un relámpago le sacudió la cabeza al vislumbrar un tentáculo ocre aferrado a su piel. Serm tiró de este y se desprendió. Intentó ponerse de pie, pero no pudo. Le resultaba difícil reaccionar, como si lo viera todo en cámara lenta.
–Oh, demonios –pensó, y de repente se sintió encerrada, claustrofóbica. –Estoy indefensa. Intentó mantenerse firme, pero percibía su cuerpo como una inmensa masa gelatinosa, que se le escapaba de control y resbalaba hasta caer inerte. Genofonte se escapó de sus dedos como si hubiera perdido peso en unos segundos.
En un último vistazo, acechó una sombra pequeña que se aproximaba serpenteando cual una flor al viento. Movía sus tentáculos en un rito de cortejo. La tomaba, y bebía de ella.
El olor de los mudgorgs se acercó a Serm. No tuvo tiempo de suplicar ayuda, porque ya caía en un abismo sofocante de deseo. Un sinfín de lanzas la subieron a lo alto. Los árboles coronaron su cabeza. Serm supo que debía dormir, quizás para siempre.
***
Abrió los ojos, desorientada. Aita había desaparecido y en su lugar se extendía una vasta llanura oscura. La luna brillaba y un coro de voces sin concierto sonaba junto a ella.
Estaba frente a la hoguera, rodeada por mujeres. Todas llevaban los brazos cargados de ajorcas y pintados los rostros; solamente ella estaba desnuda y cubierta por símbolos. El fuego le pareció una rosa salvaje que añoraba recoger entre sus senos. Se acercó a él y deseó quemarse. Tenía una necesidad urgente de encontrar un cuerpo que se amoldara al suyo; alguien que penetrara su piel y sus secretos y la llevara a un carrusel de orgasmos.
Entonces, saliendo de las tinieblas, se aproximó un hombre. Serm creía conocerlo, pero su mente permanecía perdida, como si comenzase a vivir en aquel preciso instante. Alguien gritó junto a ella. Conteniendo el aliento, el hombre se colocó tras la espalda de Serm, mientras tanteaba la cercanía de su cuerpo con dedos hambrientos.
–Ven a mí, que pertenezco a las llamas -articuló Serm lentamente arrastrando las letras, y comenzó a bailar para él con movimientos sinuosos. Sus pies danzaban con frenesí, cada vez más rápidos y más... hasta que cayó desfallecida.
Entonces, el hombre se tendió sobre Serm y respiró sobre su hombro.
Ella era la serpiente del deseo; él, la flauta sagrada que la hacía moverse.
***
Miles de imágenes pasaron ante Serm y la hicieron tambalearse. Luego llegó la calma.
Serm navegaba en un velero cargado de provisiones. Las velas ondeaban cadenciosas. Serm advirtió una cruz grabada en la tela blanca, un símbolo que le parecía un recuerdo remoto. Escuchó el llamado de los pájaros, la urgencia de su propia carne aún insatisfecha y comenzó a buscar al hombre. Un látigo restalló justo a su costado y le mordió la piel. Serm sonrió con lascivia.
–Eres tú nuevamente –lo acechó, reconociéndolo.
Él la condujo hasta la proa y la obligó a mirar. La muchacha avistó a lo lejos unas costas vírgenes, donde un grupo de seres desnudos se amontonaban con los brazos extendidos hacia el navío en un gesto de saludo. La piel morena de aquellos brillaba sobre la arena.
–América... –balbuceó Serm y cerró los ojos. El viento batió las velas del barco.– La vieja América... que siempre quise conocer. Tú me has traído hasta ella.
La marea los meció suavemente, acogiéndolos en su pecho de espuma. Con rabia y placer, Serm buscó la lengua de su amante y lo condujo al centro de su deseo. El barco comenzó a oler a selva, savia y barro, pero la mujer no percibió nada más que no fuera su propio orgasmo y olor. Las orillas se perdieron tras una nube de fuego y Serm volvió a suspirar.
***
Sus propios gritos la sorprendieron, aún cuando esperaba arder de un momento a otro. El sexo de él la sometió, obligándola a quedarse quieta cuando todo había acabado. Serm esperó que comenzara de nuevo, para acoplarse a sus movimientos en una cópula sin fin. No estaba cansada, no quería que acabase nunca. Podía vivir fácilmente cabalgando aquella carne que se amoldaba tan bien a la suya.
Serm era una diosa de fecundidad. El hombre extendió sus manos sobre el paisaje, mostrándole aquel mundo que había recreado para ella. Míralo y dime si es como lo soñaste, escuchó que hablaba en su cabeza, en una lengua que no era el idioma de Tierra, pero que Serm entendía perfectamente.
Dime que más quieres y yo te lo daré.
Serm se detuvo un instante y se asomó. París corría bajo sus pies. El Sena, Notre Dame y sus colores. La luz del sol incidía en el río y se derramaba sobre ellos. Cientos de humanos pasaban por su lado, pero nadie prestaba atención a su deseo y desnudez.
Cientos de figuras conocidas se inclinaron ante Serm: María Antonieta, Bonaparte, Monet, Debussy, Toulousse Lautrec; y tantos otros que ella apenas tenía tiempo para asombrarse. El hombre sonrió. ¿Quieres más? Dime qué ansías ahora, Serm.
–Esto es lo que quiero- dijo, mientras pegaba sus senos al pecho de él.
Así será...
***
Los cristales llameantes de la edificación los escondían de los ojos del mundo. Serm observó los luceros artificiales de Treyur, la primera construida por los hombres en el cielo, remontarse en las alturas, para luego desaparecer entre los satélites de programación. Aquella era la primera urbe neotecnológica que había desafiado las leyes de la gravedad dentro de Tierra, para ascender hasta las nubes. Nanorobots deambulaban sobre ella en un patrullaje constante. Serm, desde su infancia, la había visto ascender sobre sus utopías de niña, sobre la mugre de su búnker de status medio. Nunca la había alcanzado. Nunca había contemplado el resto de las ciudades vulgares desde aquel sitial del poder y la gloria humana. Pero ahora, él había cumplido su sueño.
Serm se dejó conducir, ensimismada, al centro del misterio del sexo. Solo eso le importaba: copular hasta que la eternidad llegara a su fin. Estar junto al hombre. Aprender su arte.
Treyur, la urbe de cristal, que cada noche ascendía hasta las estrellas como un pecio a la deriva, ya no tenía ningún significado para ella. Ni siquiera necesitaba a la Tierra, su planeta natal, al cual había añorado durante tantos años desde su exilio.
Él era la roca donde todos sus esfuerzos se rendían; ella el cincel incansable. Sudaron juntos, buscaron los lugares más recónditos del cuerpo del otro amante, intercambiaron fluidos y olores. Treyur desapareció. Nada existía en su apareamiento; sólo la oscuridad y el bosque de tentáculos de los mudgorgs que sostenían su fertilidad. Serm era feliz.
–Ugk, arft –musitó el amante junto a su oído. La mujer asintió alegre, segura de sus palabras. Podía comprenderlo... e identificarlo aún en el mar de “lanzas” del resto de la camada. Serm se dejó conducir sin resistencia.
***
–Preciosa mía –farfulló Huklein, entristecido, desde la pantalla del Selector. -Será difícil apartarte de ellos.
El resto del Equipo asintió con gestos eufóricos. El proyecto cobraba forma, tras largos años de espera. Los mudgorgs habían caído, finalmente, en la trampa. Acogían la bomba, la estrechaban felices entre sus brazos, sólo pendientes en recibir a la nueva hembra humana.
Serm dormía, drogada por el veneno del tentáculo, quizás durante siglos, mientras se internaba en el bosque; llevada por los mudgorgs hacia las selvas que nadie conocía y donde podrían esconderse los secretos de la raza, incluso sus ciudades perdidas en el tiempo. Serm dormía, sometida por miles de alucinaciones dolorosas. O placenteras.
Huklein se preguntaba en silencio si el sacrificio era necesario. Sí, se respondió a media voz. La necesidad de saber del hombre era, desde el comienzo del tiempo, el motor impulsor. Por ella, habían atravesado medio cosmos y millones de estrellas para encontrar una raza inteligente. Por ella, habían vencido los muros oscurantistas de un cuarto de la humanidad para encomendarse a los astros y llegar a Aita. Después de eso, no podrían volver sin ser los vencedores, alcanzar un poco de gloria, o al menos, decir a los que habían quedado en la Tierra que existía una especie digna de su viaje.
–La única verdad de una especie es el sexo -musitó Huklein.– Nadie puede escapar de él. Quien tiene una capacidad mínima de ideas, las usará para pensar en su deseo. Es así... Por eso el mudgorg la poseyó. Ahora es suya.
El cyborg meditó acerca del precio a pagar y vio que, realmente, era mucho. Aunque Serm no fuera más que una simple chiquilla, un pequeño sacrificio dentro de la misión, él le había tomado afecto. ¡Pobre dulce muchacha, que habían ofrecido en holocausto! ¡Pobre niña que creyó ciegamente en ellos! Pero en fin, quién sabe si algún día, tras seguir los pasos mudgorg en la selva, lograban rastrear a Serm y devolverla a la sociedad. Una esperanza pequeña… aunque Huklein dudaba que quisiera algún día abandonar el refugio de los mudgorgs, como los primeros exploradores de Aita, que tuvieron que ser maniatados por redes eléctricas para devolverlos a la Tierra.
Los mudgorgs caminaron sobre el pantano, seguidos por la mirada alerta de los científicos desde la nanocámara colocada en el cuello de la mujer inconsciente. Finalmente, los humanos podrían comprobar las teorías de inteligencia racional en aquella especie silenciosa. Y descubrir el poder de sus piedras... si realmente existían.
Entre los tentáculos amorosos, la mujer dormía, como una estatua destronada.
–Parece una Diosa –observó Huklein, ensimismado.
–La Diosa Fecunda…– dijo alguien a media voz.
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