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Alexander Fleming: la ciencia del azar

El hallazgo de la penicilina es prueba de la importancia de la casualidad en algunos de los grandes descubrimientos científicos de todos los tiempos.

Por Teodoro Mancera
Fotos: Biografíasyvidas.com
22 Abril, 2008


Alexander Fleming
El bacteriólogo Alexander Fleming trabajando en su laboratorio

El término serendipia se define como algún descubrimiento hecho gracias a la intervención de acontecimientos fortuitos. El nombre deriva de un cuento persa del siglo XVII llamado Los Tres Príncipes de Serendip, donde los personajes daban soluciones a sus problemas tomando como referencia elementos inconexos e incoherentes entre sí. La palabra es popularizada por Horace Walpole, político, escritor y arquitecto británico en 1754.

De serendipia está empedrado el mundo científico a pesar de sus formulaciones y leyes. La casualidad tiene una gran cuota en los más disímiles hallazgos. Pudieran enumerarse cientos de ellos, pero solo nos referiremos a dos que tienen como protagonista a un simple y noble hombre, a quien el mundo le está eternamente agradecido por sus descubrimientos y actitudes como ser humano.

Era el año 1922. El bacteriólogo inglés Alexander Fleming se encontraba trabajando en su laboratorio. Un estornudo hizo caer una gota de mucus de su nariz sobre un cultivo bacteriano en una placa de Petri. Horas después observó que la dichosa gotita había destruido todo el microbio que se encontraba alrededor. Hizo la misma prueba con lágrimas e inclusive con saliva y sucedía lo mismo. Le asombró que estos fluidos corporales presentaran una sustancia biológica antimicrobiana. La nombró lisozima, enzima responsable de eliminar los microbios que intentan penetrar por las mucosas del organismo. Claro, no tan potente como para entablar combate con una sífilis o una tuberculosis. Aún así, era un avance para lo que vendría después.

Seis años más tarde, en septiembre de 1928, Fleming luego de unos días de vacaciones retornaba a su trabajo para continuar un estudio sobre las mutaciones de determinadas colonias de estafilococos. Al entrar al laboratorio y verificar los cultivos de bacterias que había dejado, notó que en una placa Petri se había desarrollado un moho blanco. Al parecer, una corriente de aire de una ventana abierta en esos días había traído al raro visitante. El científico observó que las bacterias en contacto con el moho se veían semitransparentes.

Intrigado, mostró la placa a su colega preguntándole si no le parecía extraño tal acontecimiento. Mas este no parecía interesado. Era usual que una muestra de cultivo se contaminase. Debió tirarla a la basura, y asunto concluido. Sin embargo, Fleming, curioso al fin, hizo todo lo contrario. Tomó la muestra contaminada y al observarla con el microscopio se percató de que las bacterias que habían estado en contacto con el moho habían muerto, y por ello presentaban ese aspecto transparente. ¿Qué poder ocultaba aquel desconocido hongo que podía segar las bacterias a su alrededor? Comprendió entonces que estaba frente a un descubrimiento trascendental.

Molécula de penicilina
Molécula de penicilina

Tomó una muestra y comenzó a cultivarla. Repitió varias veces el experimento y siempre el moho terminaba por aniquilar cuanta bacteria se aventurara en sus predios. Era increíble el poder de la toxina generada por aquel extraño inquilino, que luego fuera identificado como penicilium notatum. La sustancia obtenida a partir del moho fue conocida en todo el mundo como Penicilina.

Al año siguiente, Fleming publicó su descubrimiento sobre la Penicilina en el British Journal of Experimental Pathology, pero sus colegas no parecieron sorprendidos. La comunidad científica de la época ni se preocupó por confirmar sus experimentos y los tomó como algo banal, sin aplicación práctica.

La inestabilidad química de la Penicilina, así como la obtención y purificación de una ínfima cantidad, requería de un enorme arsenal de instrumentos y tiempo, por ello el bacteriólogo escocés solo pudo producirla en pequeñas dosis. Al experimentar con conejos y ratones  observó que no dañaba los leucocitos; por consiguiente, no sería nociva para las células animales.

No fue sino hasta 1939 cuando muchos investigadores se lanzaron a la cacería de sustancias antibióticas contra toda una gama de enfermedades que azotaban la humanidad. En Oxford, un equipo formado por el químico alemán Ernst Boris Chain y el patólogo australiano Howard Walter Florey había encontrado un método para la fermentación y purificación de la nueva sustancia, lo cual posibilitó su producción y distribución a escala industrial. A los dos años, pruebas realizadas garantizaban el éxito en los seres humanos, y en 1944 todos los heridos graves de la batalla de Normandía fueron tratados con Penicilina.

Por sus méritos como descubridor, en 1945 se le concedió a Alexander Fleming el Premio Nobel de Fisiología y Medicina, junto a Ernst Boris Chain y Howard Walter Florey.

El 11 de marzo de 1955, a los 74 años, muere en Londres de un ataque cardíaco. El eminente científico recibió honores como a un héroe nacional, dándosele sepultura en la catedral de San Pablo.

Muchas veces fue alabado por su descubrimiento. Pero él, modestamente, solo respondía su mérito había sido no tirar la placa y observar el moho. El azar había jugado a las cartas con Fleming y le permitió ganar la partida. Pero había sido solo uno de sus aliados: también la inteligencia, la curiosidad y la preparación del investigador dieron justo en el blanco. Ya lo había dicho otro gigante de la ciencia, Louis Pasteur: "En los campos de la observación, el azar favorece sólo a la mente preparada".

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