Revista cubana Juventud Técnica

Ideas prácticas
Electrónica

ENLACES

CIENCIAS

Orfilio Peláez Molina

Mi padre en la memoria

De la mano de su propio hijo, Juventud Técnica ofrece a sus jóvenes lectores la oportunidad de conocer parte de la vida, sensibilidad y valores éticos de uno de los grandes de la ciencia cubana, el creador de una novedosa técnica quirúrgica para el tratamiento de la retinosis pigmentaria

Por Orfilio Peláez Mendoza
Fotos: Fernando Lezcano, Julián Gallardo, Orlando Cardona y cortesía del autor
18 Mayo, 2010



Orfilio Peláez MolinaEscribir sobre mi padre es quizás la tarea más difícil que haya asumido en mis 25 años de labor como periodista especializado en temas de ciencia, tecnología y medio ambiente.

A pesar de que algunos amigos me lo sugirieron en más de una ocasión, nunca quise hacerlo. ¿Orfilio hablando de Orfilio? Impensable, pues más allá de sentirme limitado por llevar su nombre, el “viejo” detestaba cualquier rasgo de autocomplacencia. En mi condición de hijo podría no lograr distanciarme y edulcorar los apuntes.

Solo accedo ahora al pedido de Juventud Técnica, porque se trata de una revista para las nuevas generaciones. Contarles a los jóvenes quién fue el Orfilio Peláez Molina padre, hombre y científico, motiva correr ese riesgo.

El guajiro de Magarabomba Creador de una novedosa técnica quirúrgica para el tratamiento de la retinosis pigmentaria, merecedor del título honorífico de Héroe del Trabajo de la República de Cuba, miembro de mérito de la Academia de Ciencias de Cuba, y profesor titular de la especialidad de Oftalmología, pocas personas saben que mi papá nació y creció en una finca cercana a un apartado pueblito de la geografía camagüeyana, nombrado Magarabomba..

Siempre escuché decir a mi abuela paterna que cuando la comadrona terminó su trabajo de parto, le cortó el cordón umbilical con una tijera de tusar caballos.

Desde muy pequeño y sin que para nada lo presionara la situación económica de la familia, su padre lo enseñó a ordeñar vacas, arar la tierra, cortar caña, y sobre todo, a ser honrado y digno.

El día de su graduación
El día de su graduación como médico, el 30 de julio de 1951

Jamás olvidó aquellas lecciones y a pesar de que con el tiempo se convirtió en una personalidad del mundo científico, siguió siendo el mismo individuo franco, sencillo,
humilde y asequible para todos.

Las primeras referencias que tengo de su labor profesional se remontan a mi niñez. El viejo era el director del hospital oftalmológico Ramón Pando Ferrer (antigua Liga contra la Ceguera) y casi siempre regresaba a la casa alrededor de las ocho de la noche.

Sabiendo de antemano eso, raro era el día que al menos dos o tres vecinos no vinieran a esa hora para que le examinaran los ojos, pedirle una receta, tomarse la presión, o simplemente preguntarle acerca de los síntomas de alguna enfermedad.

Con suma paciencia y sin reparar en el cansancio de tan prolongada jornada de trabajo, los atendía uno por uno, aclaraba todas sus inquietudes y los acompañaba hasta la acera, mientras mis hermanos y yo esperábamos por el dichoso momento de poder sentarnos a la mesa y comer.

Luego venían las llamadas por teléfono, o las visitas de algunos de los alumnos que se formaban bajo su tutela. Era lo de nunca acabar, pues jamás decía no.

inauguración de la sala de terapia intensiva del hospital Salvador Allende
Durante la inauguración de la sala de terapia intensiva del hospital Salvador Allende, en septiembre de 1989, Fidel cedió los micrófonos al doctor Peláez para que anunciara la idea del programa nacional contra la retinosis pigmentaria. Este altruista proyecto cumplió dos décadas de existencia el pasado año.

Así ocurrió también cuando pasó a dirigir el servicio oftalmológico del hospital Salvador Allende. Nunca olvidaré aquellas maratónicas consultas que daba en el pabellón Frank País, en las cuales casi siempre pasaban de cien los casos atendidos; ni las prolongadas jornadas en el salón de operaciones.

Me tomo la licencia de contar que para mí era un verdadero suplicio acompañarlo a pasar visita a los operados los fines de semana, pues aquello me robaba tiempo de juego. Muchas veces acabé durmiéndome dentro del carro, mientras lo esperaba.

Dueño de una impresionante capacidad de trabajo, simultaneaba la actividad asistencial con la docencia y la investigación. Como bien pueden atestiguar muchos de quienes fueron nuestros vecinos en la barriada de Santos Súarez, hasta altas horas de la noche se le escuchaba teclear en su vieja máquina de escribir lo mismo informes de trabajo, que los resultados de sus investigaciones.

Cuando la epidemia de conjuntivitis hemorrágica afectó a decenas de miles de cubanos en el año 1981, nuestra casa fue un verdadero cuerpo de guardia. La posibilidad de que alguien de la familia pudiera ser contagiado no fue impedimento para que mi papá atendiera allí a muchos pacientes, cumpliendo así una doble jornada laboral.

Día de la ciencia cubana
El 15 de enero de 1992, Día de la ciencia cubana, recibe la medalla de Héroe del Trabajo de la República de Cuba.

Sensible, perseverante y de notable calidad humana, dedicó más de cuarenta años al estudio de la retinosis pigmentaria, y como señaló en una ocasión el Comandante en Jefe Fidel Castro, tuvo el gran mérito de desarrollar él solo, con su esfuerzo personal, una tecnología única en el mundo para el tratamiento de esa enfermedad.

Soportó con entereza el escepticismo de algunos colegas, la envidia, la falta de ética, y la indiferencia de funcionarios del Ministerio de Salud Pública, hasta que la verdad se impuso y las barreras cayeron.

Entre 1969 y 1970 pasó varios cursos de la especialidad en diferentes institutos de la extinta Unión Soviética. Los tiempos eran difíciles para la economía nacional y doméstica. Por eso, más allá del deseo de tenerlo de vuelta en casa, también esperábamos con ansiedad el regreso del viejo por lo que pudiera traer.

Lo verdaderamente decepcionante ocurrió cuando fuimos a recibirlo. Desde la terraza del aeropuerto lo vimos bajarse cargando un paquete enorme. ¿Habrá traído un televisor, un refrigerador nuevo?

Nada de eso. Hombre de ciencia al fin, la mayor parte del dinero ahorrado lo gastó en ¡comprar una mesa para operar animales y hacer sus experimentos!

A principios de los años 90 del pasado siglo se corrió el rumor de que los Peláez
de origen asturiano tenían una herencia de cierta importancia en España. Si eso es cierto, decía, nuestra parte la donaremos para el programa nacional contra la retinosis pigmentaria.

con su esposa de toda la vida
En el hospital, con su esposa de toda la vida, celebrando un aniversario de bodas.

Sin pretender tildarlo de santo, jamás lo vieron piropear a otra mujer que no fuera mi madre, su compañera en la vida y en el amor durante casi cincuenta años. A ella nunca dejó de regalarle una flor, ni de prepararle el desayuno diario.

Quizás por llevar su nombre le hubiera gustado que estudiara medicina, al igual que mis dos hermanos. Pero ni siquiera lo sugirió al saber que trataría de ser periodista. La palabra imponer estaba borrada de su vocabulario. Nunca pretendió cambiar los gustos de sus hijos, y mucho menos interferir en las relaciones amorosas de cada uno de nosotros.

Una vez le preguntaron sobre el significado de la palabra felicidad y respondió de inmediato: “Te diría que es poder dormir tranquilo, luego de haber terminado la jornada, pensar que todo lo he hecho bien, que he podido servir a la medida de mi alcance y de mis conocimientos a todo aquel que haya pedido mi ayuda, mi colaboración, mi consejo.

También es mantener la armonía en el hogar”. Asociaba la palabra hijo a “corazón”, la de padre a “veneración”, amor a “fidelidad”, la ambición a “indiferencia”, médico a “sacrificwio”, y paciente, a “familia”.

En más de una entrevista afirmó: “Mi camino era la oftalmología”. Yo agregaría que, sin proponérselo, su legado lo sitúa en el bando de los hombres que trazan la ruta a seguir.

Subir


 

Cinco Héroes
JT 354
Última portada

Gazapos
Humor mutante
Código del Tránsito
El tiempo hoy