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Refinería Camilo Cienfuegos

Los sueños, el Alba y el hombre nuevo

Una fábrica es algo más que cifras ruidos y acero. Palpita al ritmo de su gente; Juventud Técnica le invita alma adentro de una industria cienfueguera en manos juveniles desde el comienzo.

Por Daymaris Martínez Rubio
Foto:
Alexander Isla, Jorge Luis Gutiérrez y cortesía de Jorge A. Alcuria
16 abril, 2010

refinería Camilo CienfuegosCuentan que aún dormida, en sus años menos ciertos, la refinería Camilo Cienfuegos sostuvo su flama invicta en el viento. Porque plegada a la mar, como un quitón calizo, salvó la gema mejor: la lealtad de sus obreros.

El viejo Fernando Martín no quiso, no pudo, moverse de su sitio. Y allí estuvo, como ha pensado tantas veces, al pie de la noche, hasta el día en que llegó el ALBA de los pueblos.

“Porque cuando en abril de 1995 el período especial obligó a la paralización de las instalaciones, quién iba a imaginar aquellos 12 largos años de espera”. Para entonces lo único claro era una meta: conservar tuberías y equipos intactos, además de sus valiosos recursos humanos, “los más capacitados para operar otra vez estas plantas algún día, creíamos todos, aunque nadie sabía cuándo”.

En ese tiempo, cuenta Fernando, no le faltaron ofertas de trabajo y lo mágico fue ver cómo la gente seguía allí, así fuera dando brochazos. “A veces, se olía alguna negociación en el ambiente, y usted nos veía embullados, esperando la buena noticia. Pero muchos convenios se caían incluso antes de ser firmados. Y otra vez, a regresar cabizbajos; aunque enseguida se nos quitaba el gorrión y volvíamos a dar cepillo y pintura con el mayor entusiasmo, porque aquí lo que más se venera es precisamente el trabajo”.

Y cuando allá por el 2005 la luz ve­nezolana asomó sobre sus cascos..., “los equipos fundamentales y la fuer­za de trabajo estaban ‘enteros’, en perfecto estado. Eso mismo quiero yo de aquí a unos años... Que cuando mis alumnos me traigan ya ancianito, por esos caprichos de viejo operario, pueda decir con orgullo ‘lo dejé en buenas manos’”.

Punto zip

Jorgito disfruta de un paisaje

Desde la terraza, Jorgito disfruta de un paisaje que “siempre es mejor de noche, asegura, porque entre las luces, la calma y las torres, esto es todo un espectáculo visual”.

De dos en dos, por esa terca manía de machacarse los huesos, Jorge Adrián Alcuria Cordero, sube y baja escalones como quien comprimiera el tiempo. Porque “la corredera es un vicio congénito”, dice con la misma sonrisa con que conquistó estos predios.

“Cuando mi mamá comenzó a trabajar en esta fábrica, la torre de 192 metros apenas rozaba el primer anillo. Imagínate, yo tenía como dos años y medio, y me deslumbró la libertad de jugar sin tantas reglas y correr por estos pasillos... De manera que yo crecí, aquí mismo, corriendo.

“Llegó el momento en que la refinería era mi sueño. Y antes que la playa, la casa de mis tíos, o cualquier paseo, así fuera el más divertido, yo prefería este rumbo. No solo por el inmenso corazón de su gente, sino también porque soy un fanático de la evolución tecnológica: desde Paratrooper, un juego del ‘año de la bomba’ que arrebataba a los niños, pasando por los discos flexibles de 11 pulgadas y media, hasta aquella 386 que me dejó boquiabierto, porque era el último grito de la moda.

“Poco a poco, la vida fue siendo un ‘juego’ más serio. Fíjate que, si bien no escogí la carrera pensando en esta industria, fue aquí donde descubrí mi vocación de cibernético. Luego el destino cambió ciertas cosas y terminé graduándome de Informática en la Universidad de Cienfuegos.

“Mi rumbo giró un ciento por ciento. Porque a partir de tercer año me integré al proceso de reactivación de la empresa, por medio de una especie de ajuste de plan que consistía en un vínculo más estrecho con los trabajos de clase y las prácticas laborales.

Irenaldo Pérez

Irenaldo Pérez, impresionado con una industria, donde el arraigo y talento de sus trabajadores hace la diferencia

“Siempre digo que mi suerte fue inmensa. Porque no se trató del tiempo ni de la intención de estar aquí, sino de aquel voto de confianza para formar parte del resurgir de esta industria, en un frente tan complejo como la compra del nuevo equipamiento. Todo con tecnología de punta. ¡Te imaginas qué momento!”.

Cuatro y veinte. Un largo silbato le saca del ensueño. “Es la hora de salida para el turno regular diurno”, comenta, mientras pone ojos de catalejo tras la hilera de guaguas azules que desordena el paisaje del coloso petrolero.

Desde la terraza (su lugar favorito), “la salida de la fábrica” y el silencio recuerdan a aquellos primeros fotogramas con que los hermanos Lumière vencieron al kinetoscopio de Edison. Pero estos de hoy son otros obreros. Van felices, compactos, ocurrentes, tanto como Payrol, Alexis, Mario y Amaury, la tropa de informáticos que acompaña al bisoño administrador de red en la Camilo Cienfuegos.

Tiene solo 26 años, y tanto apego por la em­presa, que pocos dudaron en poner en sus manos la vitalidad de una industria con complejos sistemas automatizados. “¡¿La red...?! Es un monstruo tecnológico de este tamaño”, exagera, acostumbrado a describir al gigante de tentáculos ópticos con algo más de 27 kilómetros de largo.

“Aquí he aprendido un mundo, incluso del proceso petrolero. Porque, se dice refinería y ¿qué cosas la gente imagina, sino pozo, barril, crudo negro...? Nada más distante”, asegura, y una marca de inquietud le divide en dos el ceño.

“Hay muchas formas de llegar al petróleo, y más interesante que el hallazgo, es el camino en sí mismo. Porque la realidad supera los bocetos. Y esto que hoy parece inmenso, es apenas una parte de lo que mañana podría ser la industria expandida...

“Y sí. Me gusta la ingeniería química”, confiesa muerto de la risa, cuando a la caza de viejas cosquillas, subrayo y pongo entre comillas, lo bello –que no lo “fácil”– de este mundo de la alquimia.

Puertas abiertas

Yosvany González
A pie de obra, con su overol y casco aún olorosos a nuevo, el joven Yosvany González luce como un desafío a los mitos de la experiencia

Para prever el futuro de esta industria, el joven Armando Díaz Machado no necesita oráculos ni nada que se le parezca. “La batalla se gana en los recursos humanos”. Lo afirma con la voz de la experiencia.

Un día, luego de seis años de trabajo en la empresa, cargó con un saco de confianza y otro de exigencia, y ahora dirige el Movimiento de Crudo y Productos en una refinería donde “no hay mitos con la experiencia”, insiste, “donde la edad no ha sido un obstáculo para las jóvenes generaciones. Y esa es una fortaleza”.

Sentado junto a un grupo de muchachos en la biblioteca, Armandito recuerda cómo aquellos jóvenes que crearon esta industria “son los mismos que hoy transmiten sus ideas. Porque en la juventud están los retos futuros”, recalca, y es preciso ganar esa conciencia.

Con todo, Irenaldo Pérez, tecnólogo de procesos en la unidad de reformación catalítica, jamás olvidará aquel minuto en que su jefe inmediato puso ante sí la primera gran tarea. Tenía apenas dos años de graduado, fue lo primero que vino a su cabeza.

“De cualquier forma, di el paso. Y en lo adelante fueron días de trabajo y noches de desvelo”, confiesa. “Había veces que no dormía. O me despertaba a las cuatro de la madrugada y no volvía a pegar los ojos. ‘Reformación, rege­neración, regeneración...’, aquellas ideas eran fijas. A veces me preguntaba a mí mismo ‘¿qué me pasaba?’. Y a la par, pensaba que aquel era el momento de no defraudar la confianza depositada en mí. Al final logré un primer objetivo: superarme.

Flare

Flare”, tal como viera la luz en agosto de 1994. 

“Porque aquí hay mucha voluntad, mucho deseo de servir a la industria, y de aportar soluciones eficientes. Por supuesto, el efecto ha sido rotundo. En el 2007 llegué con un plan de adiestramiento y hoy siento que el apoyo ha sido excelente. ¿Oportunidades? Aquí las hay. Y muchas”.

Cada jornada, a primera hora, el joven Yosvany González se enfunda en su overol, ajusta su casco, y acude a la planta de procesos, de la cual es responsable. Es ingeniero químico, con solo meses de graduado, pero al llamado de la empresa jamás ha puesto reparos.

¿Nervioso? Un poco, confiesa Yosvany, que daría cualquier cosa por estar a pie de obra. Su fuerte no es este tipo de diálogos. En­cima, tiene enormes retos, porque aquí, en el más importante proyecto del ALBA en Cuba, un tecnólogo es crucial en su puesto de trabajo.

“Cuando los operadores o jefes de plantas de procesos tienen un mal, se viran para ellos, y cuando no los ven, es como si no estuviera el médico de la familia”, explica “a lo cubano” José Manuel Suárez, director de Operaciones. “Porque siempre hay algo que hacer. Hay un montón de detalles y ese es el reto de Yosvany cuando piensa ‘de mí depende la economía de esta empresa’”.

“Lo importante, y es nuestra misión educativa, es que aprecien el tremendo momento que viven”, subraya Eduardo Figueredo, jefe de Ingeniería de Procesos. Esto no lo tuvimos nosotros. En cambio, ellos reciben, prácticamente en sus manos, todo el material necesario para su aprendizaje. Y algo más esencial: tienen puertas abiertas para resolver todas las dudas, para hacer todas las preguntas”.

Rosaura Usagaua, ingeniera química, no disimula su admiración por esta industria, “por la seriedad con que aquí se labora y la importancia que le brindan al trabajo en equipo, algo que valoro muy altamente. Por eso, quisiera quedarme al final de mi curso de especialización en refinación de petróleo. Claro, hay que demostrar capacidades y preparación técnica. Soy madre soltera, y mi niño es pequeño, así que el esfuerzo siempre es doble. Aún así, lo que más quiero es demostrar que puedo ser útil, convencer con resultados a la empresa”.

Yo me quedo

Morfa Ballona

El colega Icel Morfa Ballona y sus historias de fuego

A estas alturas de la vida, a Yaité Osorio Valero, nadie le venga con cuentos: para un ingeniero químico, la formación teórica es un buen comienzo, pero la hora de la verdad, asegura, llega solo con la práctica.

“Ese vínculo le faltó a mi formación universitaria. Incluso, yo misma, nunca antes había visitado una industria de este tipo ni conocía nada de petróleo. Entonces, trabajar aquí ha sido un orgullo tremendo. Imagínate, esta es una planta muy completa, donde se concentran todas las operaciones unitarias. Además, los jóvenes tenemos asignado un papel importantísimo. Y ahora que he descubierto este mundo, te aseguro que, si de mí depende, me quedo. Me ha encantado esta industria”.

A su lado, Juan Luis Artiles, uno de los más queridos instructores, y jefe del sector número uno de la planta combinada, pone atención a los parámetros que indica el Sistema de Control Distribuido, desde donde se realiza la regulación de los procesos.

“Esto mismo me va a prueba”, dice Yaité, mientras observa al maestro, que tampoco lo pasa por alto: “Pero, la alumna va bien”, añade, sin perder de vista lo que sucede en la planta de destilación atmosférica, el fraccionamiento de gases, y el flare. “Este es el futuro y hay que prepararlo”, acota Artiles con ademán sincero.

“Es así, es la realidad”, asegura José Guillermo Barroso, director de Recursos Humanos. “La refinería Camilo Cienfuegos es la opción laboral más atractiva en la provincia, no solo por sus incentivos salariales, sino por el desarrollo profesional que avizoran quienes aspiran a ingresar en ella. Nuestras bolsas de empleo tienen centenares de personas clasificadas por especialidades, aunque en los últimos tiempos la selección ha estado más perfilada a los jóvenes”.

Yaité y Artiles

Yaité y Artiles, un dos en uno en la gran escuela que es la planta de procesos

“Porque la juventud –subraya José Manuel Suárez–, es el pasaporte para que, aquellos con más experiencia, continúen con la expansión de la empresa. Eso sí, exige estudiar todos los días, aprender constantemente... ¡¿Cómo no darles un voto de confianza?!”.

En la propia planta de procesos, Yalaina Lajos no suelta el cuaderno, y anda contenta, pregunta que te pregunta. “Porque la industria del petróleo es el sueño de cualquier ingeniero químico. Y lo mejor es que aquí todo el mundo tiene que saber y nadie nunca se queda con dudas. “¡Esto es bello, la verdad!”, dice segundos antes de esfumarse por esos queridos laberintos, donde ya se siente como en casa.

Cerca, cerquita, el viejo Fernando Martín, pone a punto el simulador de procesos, donde muchos operarios se entrenan en el manejo del Sistema de Control Distribuido, la moderna tecnología que sustituyó a aquel antiquísimo panel, repleto de instrumentos neumáticos y millones de ruidos.

“Esto que ahora ven, es un tercio de lo que había”, continúa el instructor insignia de esta nave. El simulador, por ejemplo, es como un juego de los muñequitos que brincan en computadora; que a todo el mundo le gusta porque si se caen en un pozo, no pasa nada malo. Claro, aquí la cosa está en prepararse para la verdad, porque ahí sí que no se puede perder ¡ni jugando!”.

A la salida, Yalaina Lajos vuelve a encontrarnos. Nos acompaña mientras “hace botella”, porque olvidó dar su clave al sistema de seguridad, y ese error se paga caro, bromea. Del otro lado de la puerta, el mundo vuelve a ser el de otros días, salvo por la Mano mineral, la hermosísima escultura repartida entre Viena, Caracas y ahora Cuba, la tierra donde naciera Paúl del Río, su iluminado creador.

Partimos a la hora en que el sol era ya un buen recuerdo. Por la Avenida Bolívar, para no echar demasiado de menos, repasamos los rostros de aquella Atlántida naciente, a donde no se va por azar, sino por caminos de asombro. A donde todo viajero quisiera regresar.

Agradecemos la colaboración de los tra­bajadores Daniet Ayala, Ilietf Castellanos, Yoandy Fernández, Ramón Rodríguez, y Eda Alba Alpízar; así como de Julio Sán­chez, vice-gerente general (Cuba) y Pedro Villarroel, gerente general (Venezuela).

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