Reproductores de sonido
El Walkman, el último fetiche de la glaciación analógica, cumplió 30 años
Por Tony Pradas
Fotos: Archivo
23 Octubre, 2009
Dos músicos imprescindibles han dicho adiós recientemente, luego de tres décadas de capitaneo sonoro: uno es el Rey del Pop, Michael Jackson; el otro, su más íntimo repetidor en todos esos decenios, el Walkman. Del Michael, es el Michael y no hay que decir más; del Walkman, que permitió a los bailadores tener clavados en los tímpanos los agudos del divo cantando Billy Jean, permitiéndoles hacer –calcetines con lentejuelas mediante– el tocadísimo “paseo lunar”, el avance-hacia-atrás, sin enredarse con los cables de los auriculares. Entonces la vida cabía en un casete.
Para ser precisos, el Walkman no ha muerto aún, pero está en coma, boquea. Sus fabricantes le añaden engañifas para salvarle, como a ese modelo que parece un caramelo de gelatina. El próximo traerá pantalla táctil, ya sin casete. Morirá, tecnológicamente morirá, aunque sobrevivirá su legado: conceptualmente fue el que a la música –¿podremos vivir sin eso?– permitió salir de casa.
« Rewind
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Algunos sugieren que Andreas Pavel pudiera reclamar la autoría del reproductor de MP3 como sucedáneo de su “cinturón estéreo”, pero solo se interesa en filosofía, música y literatura. “No quiero ser reducido a la etiqueta de inventor del Walkman”, dice |
Un “moonwalk” hacia el pasado, como haría Michael en el escenario, nos revelará que la idea de un artilugio así surgió del cofundador de Sony, Masaru Ibuka, quien deseaba escuchar música mientras corría, sin molestar a las demás personas. Dicen que se ató un magnetófono a la cintura y puso en un casco un par de audífonos, pero el trasto resultó demasiado pesado como para considerarse portátil. Luego el ingeniero de la firma, Nobutoshi Kihara, hizo a mano sobre papel –entonces las computadoras no eran omnipresentes como lo son hoy– los primeros diseños del Walkman.
Más tarde se supo que el primer reproductor de audio portátil fue hecho en 1972 por el brasileño nacido alemán, Andreas Pavel. Su melomanía y la necesidad de desplazarse constantemente, le llevaron a su “cinturón estéreo”. Exiliado por la dictadura militar de Brasil, en Europa intentó venderlo a varias empresas que no le vieron buena pinta, pero decidió patentarlo. Juicios y negociaciones obligaron a Sony a pagarle a Pavel en 1986 las regalías correspondientes y en 2005, a reconocerle su propiedad intelectual.
Fue el 1 de julio de 1979 cuando la compañía nipona lanzó al mercado su primer modelo de reproductor de casetes, el TPS-L2, y aunque fue recibido con una mueca por su incapacidad para grabar y el alto precio, en poco tiempo logró posicionarse en decenas de miles de cinturones gracias a la calidad del sonido semejante a la de los equipos domésticos, sin ser tan voluminoso.
A su pequeñez se le unió otro don para echarles mal de ojo a sus precursores electrónicos: el casete utilizado era más fácil de manejar. Así se tambalearon el disco de acetato (anteriormente de vinilo, aparecido en 1888 sobre el tiovivo del gramófono, vástago del fonógrafo), y el tocadiscos eléctrico, centro de la sala de la casa desde 1925. Tomados de su brazo con aguja, se dejaron conducir gozosamente Los Beatles, El Beny, Edith Piaf y Gardel.
□ Stop
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Aunque acabados, los viejos sistemas capitalizan una gran calidad de sonido que las nuevas tecnologías intentan rescatar para el futuro |
Muchos creen que la grabación magnética fue la modernidad que empezó a cavar la tumba del sistema de grabación mecánica analógica, pero no fue exactamente así. En la época en que Edison patentó el fonógrafo (1878), a Oberlin Smith se le ocurrió grabar conversaciones de teléfono en una cuerda de piano, pero al no estar desarrollada suficientemente la electrónica como para amplificar las débiles corrientes que producirían los campos magnéticos, el proyecto fue engavetado. Aún así, Smith siguió guisando su noción con el telegráfono, un artefacto parecido al fonógrafo.
Y vaya suerte: su coronilla destelló chispas al idear bandas de tela con limaduras de hierro para grabar, magnetizar en ella sonidos. Es decir, concebía el magnetófono, un circuito en serie que grababa el sonido por un alambre enrollado en un cilindro con un electroimán, conectado a un micrófono de carbón con una batería. Era como el fonógrafo, pero más eléctrico que acústico.
Empero, hubo que esperar por el nacimiento del tubo audión o triodo, en 1911, para que pudieran amplificarse los campos magnéticos. En 1930, al fin, los ingenieros lograron un magnetófono de alambre capaz de dar la cara en el mercado. Ya el mundo tenía, pues, el ascendiente antediluviano de las grabadoras de cinta, todavía con precios prohibitivos y muy limitadas aspiraciones.
Justo en 1950 aparecieron los primeros magnetófonos para uso hogareño (de carrete de cinta abierta), y también para estudios discográficos, eliminándose así, para beneplácito de Elvis Presley, el proceso de grabación directa de audio sobre discos maestros, hechos de cera rígida o de aluminio con cobertura de laca negra.
» Fast-Forward
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El Walkman permitió portar la música cómodamente y con calidad, algo impensado hasta tres décadas atrás |
Si el concepto aún vive, entonces lo que ha muerto es ese casete compacto que la empresa Philips lanzó en 1963 y que regó hijos tecnológicos como el VHS, el casete compacto digital, el mini DV, el microcasete, el minicasete u otras maneras de encerrar en una caja plástica dos carretes y una cinta magnética. Le sigue en turno su carnal Discman, el móvil aullador de discos compactos.
Sereno pero catastrófico como la travesía de una glaciación a un calentamiento global, en 2001 asomó sus narices el iPod de Appel, un sujeto portátil que centuplicó sus ventas en apenas un parpadeo. Además de música, engatusó a los consumidores con videos, libros electrónicos, directorios… Los formatos de compresión digital y la miniaturización electrónica cumplían su promesa de portar mayor calidad en artilugios cada vez más livianos, incluso en los más actualizados teléfonos celulares.
En dos palabras, el miocardio del Walkman no soportó la evolución del mundo analógico hacia el digital. Su certificado de defunción explicará que el deceso ocurrió al no poder aprovechar las oportunidades de Internet y el Mundobit, mientras la lápida indicará que en su lugar yace aquel que enseñó a la música a caminar.
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