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Como anillo al dedo

Para Roger Peña, joven guardabosque, salirle al paso a los incendios e irregularidades que se presentan en su entorno, se ha convertido en una suerte de destino.

Por Aymara Vigil y Yenisey Cantero, estudiantes de Periodismo
Foto: Calixto N. Llanes
15 Junio, 2010

Roger Peña PompaSiempre vigilante, Roger Peña Pompa se ha convertido en un confiable guardián de la flora y fauna que habita las costas del poblado El Cajío, en el habanero municipio Güira de Melena.

Sin un asomo de cansancio en sus ojos, agradece cada día al destino el haberle otorgado el placer de ser un guardabosque naval; y confiesa tener una pasión extraordinaria por la naturaleza y el mar.

Joven risueño y afable, afirma que no se equivocó de profesión, y que a pesar de los riesgos que se corren ante la ocurrencia de un incendio, está convencido de que ese es el oficio de su vida. Saberse defensor de una pequeña parte del entorno cubano, lo llena de regocijo.

“Si volviera a nacer no dudaría ni un segundo en elegir este trabajo; pues si lo que haces te gusta, los problemas por los que puedas pasar quedan en segundo plano”, asegura Roger.

Es en el Servicio Militar Activo donde decidió formar parte del Cuerpo de Guardabosques.

 “Como me gustaba el trabajo decidí intentarlo, así que atravesé por todo un proceso de captación y finalmente fui aceptado”, relata Roger y sus ojos se iluminan.

“Siempre me gustó la naturaleza. Desde niño me crié en lugares rodeados de vegetación y animales. Además, existe cierta tradición familiar, pues tengo un tío que se desempeña como guardabosques hace muchos años, y me encaminó un poco en esa dirección”. 

Aunque ama lo que hace, este joven guardabosques está conciente de los peligros a los que se enfrenta a diario, debido a la singularidad de su circuito laboral. “El trabajo es un tanto difícil por la intensidad que hay que ponerle, no podemos descuidarnos, pues eso significaría poner en peligro nuestras vidas”, asegura.

“Normalmente salimos en las embarcaciones y revisamos toda la zona costera en busca de violaciones, igualmente inspeccionamos los cayos adyacentes a ella. La mayoría de las veces nos pasamos de tres a cuatro días en el mar, debido a que este perímetro tiene la peculiaridad de extenderse hasta el sur de La Habana y abarca el territorio de Matanzas y el municipio especial Isla de la Juventud”.

Sin embargo, su labor no es solo contrarrestar incendios: este joven también posee otras responsabilidades. “En caso de ciclón evacuamos los materiales de las oficinas, ponemos las embarcaciones en lugares seguros y de conjunto con la Defensa Civil apoyamos en los recorridos de rescate.

Nos encargamos además, de recuperar todo lo perdido dentro de la unidad y cuidar y restaurar hasta donde podamos los daños ocasionados a la naturaleza”.

Como todo guardabosque, ha experimentado momentos difíciles a la hora de realizar alguna maniobra, “en ocasiones se producen incendios en lugares donde podemos caer en zanjas o huecos que hay en la tierra, otras veces corremos el peligro de ser sorprendidos por cocodrilos que habitan en las zonas, o resbalar al caminar sobre los manglares”.

Lo cierto es que a pesar de las dificultades y los peligros que entraña su profesión, Roger Peña se encuentra enteramente convencido de la importancia de su labor y del bien que hace al medio ambiente al ayudar a evitar su destrucción.

“Me siento como un héroe”, expresa, y una amplia sonrisa alumbra su rostro. No obstante, alerta a las personas sobre el cuidado y respeto que deben mantener por los bosques.

También invita a los jóvenes que aman la naturaleza, a integrar el Cuerpo de Guardabosques. “Este es un mundo especial, existen alegrías y tristezas, pero sobre todo está lleno de satisfacciones”, apunta Roger, un joven que encontró una profesión que le queda como anillo al dedo.

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