“Las dudas que sean de otro”
De nadador a oceanógrafo, de matemático a bioquímico, la cirugía es el comienzo de la carrera hacia el sueño de ser grande como sus profesores. Fraguado en el horno de la exigencia, dice no creer en fórmulas establecidas: en medicina nunca llegas a saberlo todo.
Por Dania Ramos Martín
Fotos:: Luis Pérez y cortesía del entrevistado
23 marzo, 2010
A las diez de la mañana el área de cirugía del hospital Hermanos Ameijeiras parece un hormiguero. El ajetreo que se desata en los pasillos que conducen a una docena de quirófanos, solo es caótico en apariencia. Allí, cada enfermero, médico, auxiliar y anestesista tiene una tarea que hacer.
El doctor Zoilo Placeres León es bajo de estatura y de mirada inquieta. Hace solo dos años se graduó de cirujano general. En la mañana de nuestro primer encuentro tiene una operación de altos quilates. Forma parte del equipo multidisciplinario que espera aliviar a una paciente con metástasis. Le esperan ocho horas en el salón, pero afable discute aún detalles del caso con uno de los profesores más veteranos del hospital.
Será ya noche cuando vuelva a casa, agotado hasta los tuétanos de tanto permanecer de pie, bisturí en mano, componiendo lo que la naturaleza tuerce. Pero estará feliz de haber salvado una vida.
En otra de sus jornadas departe conmigo en una apacible oficina del hospital. “Hoy no tengo cirugías –me dice–, tómate tu tiempo”. Así hablamos del pasado y fabulamos sobre su futuro, ese que espera sea como el de sus maestros, “los que andan por la calle como uno más, pero que han hecho historia dentro de la cirugía cubana”.
Médico, definitivamente
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En un hospital de Ontiyent, localidad de Valencia, España. Allí, según comenta a JT, los alumnos cubanos eran consultados, por sus habilidades de diagnóstico sin tener que recurrir a la tecnología. |
Primero soñó con ser barrendero. Muy pequeñito quedó encantado con la fanfarria de los carros limpiadores de calles que veía pasar desde su balcón en el municipio capitalino de Playa. Mas, la ilusión de infante pronto enrumbó hacia el deporte.
Nadó hasta los doce años, cuando la naturaleza le demostró que no alcanzaría la talla de campeones. Su afición por el mar le hizo entonces fantasear con ser oceanógrafo o ingeniero naval. En noveno ganó un concurso de matemáticas que lo llevó al preuniversitario vocacional Mártires de Humboldt 7. “Era una escuela muy competitiva. Allí, entre tantos muchachos talentosos, tenía que descubrir mi fuerte”. Entonces apareció la biología.
En doce grado sabía que se decidiría por la carrera de bioquímica; “eran los años en que comenzaba el empuje de esa rama en el país, y a muchos de nosotros nos emocionaba la idea de ir a trabajar al Centro de Ingeniería Genética y Biotecnología”.
Un puñado de carreras, definitivamente fuera de su alcance, lo hicieron pedir medicina. “Quería sacar buenas notas en los tres primeros semestres para cambiarme. Pero cuando comencé a vincularme a los hospitales, a hacer guardias en ortopedia y cirugía, decidí quedarme”.
Rolando, el primer profesor que lo marcó profundamente, le enseñó a combinar su afición por la bioquímica con el creciente interés por la medicina. “Luego vinieron muchos otros con los que aprendí a amar la profesión; ya no pude salirme”.
Zoilo parece hecho para los retos. Como buen cirujano, alcanzar el tope, ese que siempre está más allá, es una motivación esencial. “Mis años de estudiante fueron intensos. En pleno período especial la figura del médico comenzaba a verse de forma diferente. Otras carreras parecían más atractivas. Supimos entonces que asumir nuestra profesión tendría que implicar un sacrificio especial”.
Por esa época, vinieron las marchas para reclamar el regreso de Elián González y la FEU comenzaba a hablar seriamente de la integralidad del profesional de la salud.
“Casi desde que me hice militante, dirigí un comité de base. Luego asumí el cargo de secretario general del hospital clínico quirúrgico Joaquín Albarrán. Entonces yo, que soy un poco introvertido, me vi descubriendo cuántas cosas podía hacer fuera de la docencia”.
Entre rotaciones, consultas y clases, asistió a festivales de aficionados, practicó natación y fútbol. “Todavía recuerdo el ‘chucho’ que me daban cuando salía a nadar: ‘el gordito se va a tirar’. Pero el gordito ganaba”, dice entre risas al rememorar la chanza de sus compañeros.
“En cuarto y quinto año siete estudiantes nos fuimos a Santiago de Cuba a hacer teatro ambulante. Allí estuvimos casi 40 días, en casas de conocidos, descubriendo las lomas”.
Por eso, cuando después de graduado “desembarcó” en Puriales de Caujerí, Guantánamo, sintió que llegaba a un paraje muy familiar. Junto a otros 130 colegas de excepcional rendimiento de todo el país, se estrenó como profesional de la medicina en policlínicos y consultorios en zonas de difícil acceso.
“Mi primer día de guardia comenzó en grande. Apenas se había ido la doctora que me precedía, me llamaron porque una recién parida se estaba desangrando. Tuve que hacerle un legrado de urgencia. Luego vino un niño con fiebre, seguido de un paciente con un accidente vascular encefálico, y otro con un infarto. Fue un choque violento”.
Dos caras de la moneda
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En uno de los pasillos que conduce a los salones de operaciones. Antes de entrar a la cirugía, sorprende por su aplomo |
Pensar en el caso más difícil apenas le lleva unos segundos. Recuerda a Haití, donde vio cuán hondo puede llegar la desdicha humana. “Me quedaban solo quince días para terminar la misión y vi con impotencia morir a un niño por desnutrición proteoenergética. Llegó hinchado, porque no tenía proteínas que retuvieran el líquido en su cuerpo. A pesar de que hice todo cuanto pude, no había remedio para tantos años de hambre”.
Una estadía en España, por un curso de cirugía aún siendo estudiante, y doce meses en Haití, le permitieron conocer las diferencias entre la medicina del primer y tercer mundos. “A veces los cubanos creemos que estamos en el intermedio, pero te aseguro que casi tocamos la cima.
“El sistema de salud cubano es excepcional, sin dudas lo mejor que hemos podido hacer con las condiciones que tenemos. Conociendo otras realidades, te das cuenta de cuántas fortalezas hemos conquistado. Los médicos cubanos tienen una capacidad enorme para desplegar fuerzas, hacer estudios a gran escala, y salvar vidas con un mínimo de recursos”.
Sin embargo, cree que lograr un mejor servicio es posible. “Carecemos de un sistema que permita al especialista guiar al paciente en todo el proceso de su enfermedad. Por otra parte, organizar y protocolizar los procesos asistenciales permitiría a las autoridades médicas hacer una planificación y distribución óptima de recursos, además de homogeneizar la atención al paciente a nivel nacional.
“Esos detalles dependen del hombre, no de los recursos disponibles, y llevan un trabajo consciente, sistemático, una exigencia”.
Que le den “candela”
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-“Cuando mi papá se fue a Angola me dejó una carta con las razones que tenía para abandonar a su hijo en Cuba e irse a luchar por gente que no conocía; esa ha sido mi motivación esencial en todos estos años de dirigente y el compromiso que tengo con la Revolución”.
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Duerme unas cinco horas diarias y confiesa estar viviendo una nueva luna de miel. Después de tres años dirigiendo la Juventud en el Ameijeiras, llegó el momento de ceder la responsabilidad a otro compañero. “En esos tiempos tuve que volverme mago para no descuidar a la familia y a la profesión”, me dice. “Si no, que le pregunten a mi esposa… ¡hasta padecí una úlcera debido al estrés!”.
Atender a 224 militantes en 21 comités de base es una “candela” que pocos afrontan. “Lo más difícil ha sido el trabajo diario, y la atención a las individualidades de cada militante. Este hospital tiene jóvenes en muchas áreas, con responsabilidades muy grandes; es como una gran fábrica”.
Al doctor Placeres ya le asoman algunas canas y con sus 34 cumplidos ostenta la doble militancia. No causa sorpresa que fue electo delegado directo de la institución al IX Congreso de la Unión de Jóvenes Comunistas.
“Creo que lo que nos falta como organización es oír más a los jóvenes. Las nuevas generaciones tienen códigos, discursos y normas de conducta diferentes. Nuestro lenguaje tiene que parecerse cada vez más a las realidades que hoy se viven. Solo así podremos ganar voluntades”.
Yo, mi, me, contigo
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Con su esposa Samid y su hijo Michel Manuel, razones esenciales para hacer magia con el tiempo fuera de la consulta y el quirófano: “no podría perdonarme ser un excelente cirujano y privar a mi familia de afecto”.
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“Los cirujanos tendemos a ser egocéntricos. Cuando operas y sale bien, ese día te sientes la mejor persona del mundo. Pero eso no debe darnos la falsa percepción de que somos invulnerables, porque al otro día puedes cometer un error fatal”.
Para el doctor Placeres practicar su profesión es como estar sobre una cuerda floja. En el tratamiento de pacientes con cáncer, con quienes debe lidiar comúnmente, está siempre al borde de las grandes decisiones.
“En esos casos es muy fina la línea que divide la vida de la muerte. Y a nosotros nos toca decidir qué es lo mejor para el enfermo. Reconocer tus limitaciones como profesional te permite saber qué le puedes ofrecer al paciente; en el ímpetu de creer que lo solucionarás todo, puedes causar muchas muertes”.
Confiesa que no ha perdido el miedo a equivocarse. “Es en verdad muy difícil tomar decisiones como individuo. El paciente se entrega al médico confiado, porque cree que le vas a resolver un problema, que es el más importante del mundo. Mi mecanismo entonces es la consulta, la discusión en equipo: las dudas que sean de otro”.