Biocombustibles
I want alcohol
W. Bush insiste en el consumo de etanol. ¿Cuestión de hábito?
Por Néstor Núñez *
13 noviembre 2007
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El alcohol llegó hasta la presidencia |
Los Estados Unidos gustan del alcohol. Sus entidades especializadas en el asunto indican que al menos tres de cada diez adultos norteamericanos consumen bebidas en términos de riesgo, y que a pesar de las restricciones vigentes para los jóvenes, el veinte por ciento de los adolescentes del país son considerados “bebedores problema”. Además, el exceso de alcohol es la tercera causa de muerte a escala nacional.
Hasta el propio presidente George W. Bush podría remontar sus experiencias etílicas, e ilustrar en su persona los estudios clínicos locales que hablan de cómo el uso indiscriminado de los brebajes fuertes deja severas secuelas en la personalidad y la inteligencia de los individuos.
¿Tendrá todo esto algo que ver con la locura por el etanol como solución energética que ahora envuelve a la Casa Blanca y pretende extenderse a las cuatro esquinas del orbe?
A estas alturas, la imagen de los Estados Unidos vuelve a cambiar. No se trata de robar tierras indígenas ni de asaltar masivamente las vetas de oro. Hoy el escenario se condensa en el incremento desmesurado de los sembradíos de maíz, y no precisamente para enfrentar el hambre de más de 30 millones de pobres dentro de la gran potencia, ni mucho menos con la intención de paliar las desgracias de los casi 850 millones de seres humanos que en el planeta se acuestan a diario con el estómago vacío.
El asunto tiene otra cara. El petróleo anuncia su despedida, y todos los lujos y comodidades que se sustentan sobre el consumo del crudo están a punto de decir adiós.
Entonces, los milagreros de la Casa Blanca parecen haber adivinado el remedio a sus males particulares. El etanol, derivado de las fermentaciones alcohólicas ya utilizadas por nuestra especie desde el siglo XII, puede ser la base para seguir moviendo los fastuosos automóviles, despilfarrando luces de colores, y mantener la imagen de que en el Norte todo es magnífico y reluciente. Y el etanol puede obtenerse del maíz, la soja u otros granos, no importan las bocas que se queden vacías.
En el propio Brasil, que junto a los Estados Unidos acapara los primeros lugares globales en la entrega de etanol, entidades como el Instituto de Pesquisa Económica Aplicada recomendaron a los destiladores locales que dejen atrás las aspiraciones de convertir a la nación en una suerte de “Golfo Pérsico” de los biocombustibles.
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Maíz, pero no para comer |
Para los expertos, en 2013 la actual producción brasileña de etanol, de unos 17 mil 700 millones de litros, se multiplicará por dos, pero se supone que habrá una intensa competencia internacional. Por otra parte, la carrera del alcohol ha comenzado a encarecer a ritmo inusitado el valor de las tierras, y la tendencia ya se palpa en casi todo el inmenso territorio del gigante sudamericano.
En las áreas para el cultivo de la caña de azúcar, por ejemplo, el precio de una hectárea de tierra se disparó de 4 mil 900 dólares a 8 mil 330 dólares.
Por si fuera poco, desaparecen los cultivos alimentarios para dar paso a aquellos que sirven para obtener etanol. Así, en Goías la tierra destinada a alcoholes representa una extensión 160 veces mayor que la que sirve a la obtención de granos para consumo humano.
Mientras, hace apenas unos días, el relator especial de la ONU para la alimentación, Jean Zegler, denunció que la locura del etanol puede estar condenando a muerte a infinidad de personas en el mundo.
Hay en el planeta, dijo, unos 845 millones de hambrientos, y muchos de ellos están virtualmente condenados a morir de inanición si se llega a implantar la ilógica idea de fabricar biocombustibles a toda costa y a todo costo.
Sin embargo, en este controvertido planeta todavía hay espacio para que la sensatez y la sabiduría predominen sobre las ambiciones.
La Organización de Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación, FAO, acaba de elogiar la reciente decisión de la República Popular China de prohibir el uso de alimentos para la producción de etanol.
Es de imaginar que los dirigentes de Beijing, con su ancestral sapiencia, entienden claramente que embarcarse en el cambio de granos y cereales por combustible para coches automotores significa un severo atentado contra el derecho alimentario de su amplia población y la del resto del planeta, e incluso, como medida inmediata, se proponen que sus cuatro empresas dedicadas a producir etanol dejen de utilizar el maíz como materia prima básica para optar por otros gestores alternativos.
Según la FAO, este paso refuerza la batalla internacional a favor de la alimentación esencial de todos los pobladores del planeta, y evita el encarecimiento forzoso de los productos del agro, que se convierte en otra forma de atentar contra la lucha universal por erradicar el hambre.
De hecho, el uso del maíz para producir etanol ya encareció en 30 por ciento el precio de ese grano, lo que a la vez elevó los costos de los forrajes y de la carne, sobre todo la de cerdo.
*Jefe de la página Internacionales de la revista Bohemia
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