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Horóscopos, cartas astrales y otras astropatías

La astrología gana adeptos gracias al desconocimiento, pero nada se ha podido demostrar científicamente

Por Osvaldo de Melo *
2007

Horóscopo

Desde tiempos remotos el hombre se interesó por observar el cielo. Era y es todavía hoy fascinante observar los movimientos de los diferentes astros, entre los que muy pronto se diferenciaron los planetas y las estrellas.

Durante mucho tiempo se supuso que las estrellas estaban todas colocadas en la superficie de una esfera cuyo centro era la Tierra, mientras que los planetas, la Luna y el Sol giraban en otras esferas diferentes.

El estudio de las posiciones de los astros era útil además de entretenido. Permitía entre otras cosas orientarse en la tierra y en el mar, hacer calendarios y conocer los momentos oportunos para las cosechas.

También desde un inicio empezó a manifestarse una rama del conocimiento que era una mezcla de religión con superstición, según la cual la posición de los diferentes astros en el momento del nacimiento de una persona podía influir en sus cualidades, su suerte, o su carácter. Se llamó astrología.

Pero el hombre siguió aprendiendo y descubriendo cosas. Se supo que la Tierra no era el centro del Universo, que era ella la que giraba en torno al Sol y no viceversa, que el Sol no era más que una estrella como otra cualquiera, solo que estaba mucho más cerca de la Tierra.

Pero, sobre todo, se descubrió que las estrellas estaban muy, pero muy lejos de nosotros. De hecho, la distancia a las estrellas se mide en una unidad de longitud denominada “año luz” que es la distancia que recorre la luz en un año.

Como esta se mueve a la tremenda velocidad de 300 mil kilómetros por segundo, y en un año hay en números redondos 31 millones de segundos, el año luz equivale grosso modo a diez millones de millones de kilómetros.

Consideremos por ejemplo la constelación zodiacal Leo. Su estrella más brillante, llamada Régulo, que es en realidad una estrella triple, se encuentra a 77 años luz de nosotros.

Mientras tanto, Denébola (estrella doble), la segunda en brillantez en el borde oriental de la constelación, se encuentra a 36 años luz, o sea a menos de la mitad de la otra distancia. Esto quiere decir que estas estrellas están no sólo muy lejos de la tierra, sino también entre ellas mismas. No están, ni con mucho, en una misma esfera como pensaban los antiguos.

Se supone que yo, que nací bajo ese signo, debo entre otras cosas tener un carácter fuerte, facilidad para formar grupos, ser enamorado, etcétera.

Pero a mí esto siempre me ha parecido muy extraño. ¿Cómo pueden haber influido estos lejanos cuerpos celestes? ¿Qué tipo de interacción se introdujo en el hospital de maternidad donde nací, proveniente de las estrellas, de los satélites o de los planetas, con la capacidad suficiente para definir de golpe y porrazo, cómo iba a ser yo? ¿Fue la luz, que es una radiación electromagnética? ¿Estaría abierta la ventana (cierto que era de noche cuando nací)? ¿O fue la interacción gravitatoria, la misma que hace girar a la Tierra alrededor del Sol?...

Estas interrogantes mías lo fueron igualmente en el pasado para personas que tenían mucho menos conocimientos que los que tenemos hoy. Ya en Francia, en el siglo XVII, durante el reinado de Luis XIV se hizo excluir la enseñanza de la astrología de las universidades.

Sin embargo, no debemos refutar un argumento por el simple hecho de ser extraño. Ya se sabe que porque algo no se ajuste a lo que se conoce en la ciencia actual, no podemos concluir que no funcione.

Se puede argüir que los mecanismos según los cuales la posición de los planetas y las estrellas en el momento del nacimiento influyen sobre la personalidad de las personas, son de una índole hasta ahora desconocida, o incluso, rondando el agnosticismo, no cognoscibles; que una interacción leve, nueva, no detectable es la responsable; o simplemente que no hace falta ninguna interacción, que estas posiciones influyen de una manera que la ciencia no puede explicar.

Pues bien, aún en este caso queda el recurso de la prueba. La ciencia realiza comúnmente experimentos diseñados para detectar, confirmar o desmentir una verdadera correlación entre un efecto y una causa. Estos se realizan para confirmar diferentes teorías, procedimientos terapéuticos o simplemente para verificar la efectividad de cualquier producto.

Un experimento así fue realizado en el caso de la astrología, y fue publicado en la prestigiosa revista Nature el 5 de Diciembre de 1985 por Shawn Carlson, investigador de la Universidad de California.

El estudio involucró a unos 40 expertos en astrología de Estados Unidos y de Europa, y a 116 clientes. Fue realizado a “doble ciego”, es decir, ni los astrólogos tuvieron contacto con los clientes, ni los clientes con los astrólogos.

Por cada cliente, los astrólogos recibieron tres perfiles de personalidad, de los cuales solo uno correspondía al cliente en cuestión, mientras que los otros dos eran de otros individuos no incluidos entre los 116.

Carlson encontró que los astrólogos acertaron exactamente en un tercio de los casos, o sea, en la misma proporción que si los perfiles se hubieran escogido al azar, sin hacer cartas natales.

Las conclusiones de Carlson en el artículo de Nature son muy ilustrativas: Estamos ahora en posición de argumentar un caso notablemente fuerte contra la astrología natal… Se tomaron grandes medidas para asegurar que el experimento fuera imparcial y que la astrología tuviera posibilidades reales de salir airosa. Falló. A pesar del hecho de que trabajamos con algunos de los mejores astrólogos del país,… de que toda sugerencia razonable recibida por asesores fue incluida en el experimento, de que los astrólogos aprobaron el diseño y predijeron el 50 por ciento de éxito como el "mínimo" que ellos esperaban obtener; los resultados de la astrología no se mostraron mejores que el azar. Usando un método “doble ciego” se encontró que las predicciones de los astrólogos fueron erróneas. Las relaciones previstas por ellos entre las posiciones de los planetas y otros objetos astronómicos, el momento del nacimiento y las personalidades de los sujetos sometidos a prueba, no se confirmaron. El experimento claramente refuta la hipótesis astrológica”.

 

* Doctor en Ciencias Físicas. Facultad de Física de la Universidad de La Habana. Cuba
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