Aquí la Tierra
Atropello
Por Iramis Alonso Porro
2007
Mis hijos solo conocerán al pájaro Dodo (Raphus cucullatus), antiguo habitante de los bosques de la Isla de Mauricio, por imágenes de libros o gracias a la recreación humorística que de él se hace en la película de dibujos animados La Era de Hielo.
Esta paloma gigante es apenas una de las 785 especies desaparecidas en el planeta hasta hoy. Otras 40 mil podrían seguirle los pasos pues se encuentran en peligro de extinción, según la Unión Mundial para la Naturaleza (UICN), que cada año publica la Lista roja de criaturas cuya vida pende del buen o mal juicio de la estirpe humana.
La crisis de la extinción de la biodiversidad parece acelerarse. Y conste que soy contraria a las visiones apocalípticas. Pero los datos hablan. Con respecto al año pasado, 118 especies nuevas encontraron lugar en la lista crítica: uno de cada cuatro mamíferos, un tercio de todos los anfibios y el 70 por ciento de las plantas evaluadas por la UICN están en riesgo, fundamentalmente, simios, corales, buitres y delfines, en África y Asia.
Mas no hay que ir muy lejos para llorar desgracias. Unas 315 especies de plantas en el archipiélago cubano viven en peligro crítico. Entre ellas, el Guayo Blanco, en la provincia de Las Tunas, ya se declaró extinguida, a pesar del empeño de los especialistas del Jardín Botánico de ese territorio, que han escudriñado los montes buscando los reductos de ese y otros árboles.
Lamentablemente todavía muchas personas adoptan posturas utilitarias, hegemónicas, de relacionarse con la naturaleza. Qué más da si muere algún que otro árbol, aquel delfín, este cocodrilo, dicen. En qué perjudica tal pérdida a nuestro bienestar.
Cada vida en el planeta está conectada. Es ley, lo queramos o no. Cuando se habla de la biodiversidad, no se está hablando de algo ajeno. Somos la especie al final de la cadena. Un eslabón que se rompa nos dejará al pairo, más tarde o más temprano.
Cuando una especie desaparece, muchas otras relacionadas con ella resultan perjudicadas. Según el naturalista E. O. Wilson, si todos los insectos de la Tierra desaparecieran, no tardaríamos en seguir sus pasos. La mayoría de los anfibios, reptiles y mamíferos insectívoros quedarían sin sustento; le seguirían las plantas fanerógamas, que son polinizadas por insectos. Estos, además, remueven la tierra y ayudan a la descomposición y aireación del suelo por lo que los ecosistemas literalmente se pudrirían... La cadena se completaría con la desaparición de los cultivos y bosques, lo cual trastocaría el clima planetario.
Es cierto que la extinción es parte de la evolución. Darwin reveló cómo las formas más eficaces o adaptadas sobreviven y desplazan a las que lo son menos. Es cierto también que en la historia del planeta ha sido común la desaparición de especies a causa de cambios climáticos y otros eventos. Recordar a los dinosaurios.
El peligro actual tiene que ver con que la extinción es mil veces superior a la que ha habido desde la prehistoria, por causas no naturales. Son la destrucción de los hábitats o la caza incontrolada motivos principales del aniquilamiento de tanta vida.
Un mínimo sentido de supervivencia, de instinto de autoconservación, sería el primer paso para detener tanto atropello, la espiral de violencia sobre la diversidad biológica.
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