Higiene
Miserias urbanas
Por Daymaris Martínez
6 agosto, 2009
Sobre el polvo centenario de sus reumas cuenta sus angustias la vieja Habana: la grieta infeliz en la fachada, las ruinas de un derrumbe, la cal y el canto, o el caos que abunda en sus calles y arcadas.
No es noticia. En los propios corredores del Museo de Artes, una mezcla de barro, hollín, y humanas miserias, presentan ante un público no participativo y perplejo, el performance de una cultura en picada.
¿A dónde va el civismo, nuestra moral primera, el pudor de merecer, por fin, una conciencia? Este libre albedrío, o digamos mejor, esta rara expresión de la barbarie, no solo burla el derecho colectivo, sino usurpa el terreno espiritual de todos, nos toca el cuerpo vivo.
En el mundo, un sistema fortalecido de leyes jurídicas encaminado a revocar actitudes inconscientes hacia la higiene y cuidado de los espacios colectivos, se aplica con éxito en varias zonas urbanas, donde el esparcimiento de desperdicios o desechos sólidos ha pasado a ser un lujo con collar de delito.
Pero La Habana “es otra historia”. Atascada en el ambiguo trance de la crisis, el paraguas del manejo de los residuos sólidos y la reducción del impacto ambiental asociado, pudiera trabarse con inflamables discusiones sobre una gota de petróleo, los desórdenes bursátiles, y quién sabe si las guerras y hasta el Gran Magreb.
Cierto es que para planificar, organizar, dirigir y controlar las acciones de lucha antiepidémica, incluida la inspección sanitaria estatal y la vigilancia epidemiológica, tal cual se lee en la misión de las unidades de Higiene y Epidemiología, es preciso disponer de un mínimo de recursos. Pero dinero no es todo; ni siquiera garantía del éxito.
Ahora que tanto aprendemos del ahorro, viene a ser la cultura la más importante inversión humana: una alternativa factible y a cualquier plazo económica; como demuestran experiencias de participación ciudadana en barrios capitalinos, como San Isidro, con sus moradores presentes en el diseño y la ejecución de nuevos “proyectos de vida”.
Una ciudad es reflejo de su gente. Y así como en La Habana, montañas de escombros o parcelas ruinosas ajan el rostro de algunos espacios urbanos, villorrios más antiguos al interior de la Isla, conservan la luz cenital de las estampas.
Porque la identidad, el sentido de pertenencia, no es un recurso cosmético, sino humano. No en balde, los estudios socio-demográficos insisten en las fortalezas del protagonismo popular (muchas veces desaprovechado), frente al costo de una infraestructura tecnológica casi de vidriera a los ojos del subdesarrollo.
El Estado podrá forzar sus alforjas, pero, si la sociedad no educa su mano, si no frena a pesar de la inercia, el propósito de un mejor medio ambiente urbano, seguirá vertiendo en la cañada.
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