Museo de Historia Natural
Reverencia
Por Iramis Alonso Porro
20 agosto, 2009
Un árbol enorme crece de un tierno retoño.
Un camino de mil pasos comienza en un solo paso.
Lao Tsé
Brumosa en la memoria, conservo una imagen de la niña que fui irrumpiendo de la mano de mi abuelo en el “planetario del Capitolio”, una de las “atracciones” que ofrecía el Museo de Historia Natural, enclavado entonces en el pomposo centro de la ciudad.
Aquello era toda una excursión; porque no se trataba solo (y ya era mucho) de otear algunos de los misterios del universo exterior, sino de hurgar en los de Tierra adentro, sus orígenes, la variedad de su fauna, la evolución hasta llegar a la especie homo… Han pasado los años y no he podido olvidar la estupenda recreación a tamaño natural de uno de nuestros antepasados, raro ser antropoide a mis ojos infantiles, a la que se accedía descendiendo a una especie de gruta terrosa y oscura.
Suelo identificar tales momentos con el despertar de mi fascinación hacia la naturaleza y sus criaturas, hacia la ciencia toda, y conozco a varias personas que definieron su vocación bajo el influjo de la obra cultural de esa institución.
Con el paso de los años y a pesar de mudarse hacia un escenario más íntimo, la Plaza de Armas, el Museo de Historia Natural se ha convertido en referente para todos aquellos que hemos plantado militancia por la protección del medio ambiente.
Y más: cada nueva exposición, cada muestra fotográfica las presentaciones de libros que allí encuentran espacio, cada conversatorio sobre la fauna cubana o las observaciones astronómicas desde su azotea, logran conjuntar con armonía lo lúdico y lo científico, incentivando el gusto por la investigación.
El hechizo de tal avenencia lo veo cotidianamente en mi propio hijo, quien ha desatado una búsqueda incesante de cuanto video o libro tenga que ver con novas, galaxias y constelaciones, o con la historia y evolución de los dinosaurios, en este caso gracias a una breve conversación con un destacado geógrafo del museo. El impacto de ese suceso devino tal que cuando se le pregunta qué desea ser cuando crezca, indefectiblemente responde: “científico, como Iturralde”.
Y justamente esa es otra distinción del museo: la catadura intelectual y ética de sus científicos. Pienso en Giraldo Alayón (con sus arañas), en Gilberto Silva (y los murciélagos) y Luis Díaz (y los anuros), por solo mencionar a unos pocos, más cercanos a nuestra revista. Pienso también en sus guías, en sus promotores, en sus comunicadoras, gente toda apasionada, amable, lúcida.
No se olvida el lugar donde se ha sido feliz, donde se ha aprendido algo útil. Puede sonar manoseado, pero es justo. Las celebraciones de aniversarios suelen fatigarme, pero pecaría de desagradecida si no dedicara estos breves renglones y esa foto de una libélula roja a punto de continuar vuelo, a los 45 años del Museo Nacional de Historia Natural.
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