Medio ambiente
El sonido del silencio
Por Iramis Alonso Porro
25 mayo, 2009
Acosado por las presiones que representa lidiar cada día con embotellamientos, contaminación atmosférica o hacinamiento habitacional, el ciudadano de cualquier metrópoli del mundo, La Habana incluida, busca ávido espacios abiertos, arbolados, calmosos, donde apaciguar sus neurosis y estrés cotidianos.
Lamentablemente encontrar el sonido del silencio, incluso en la periferia de nuestra agitada capital, se ha convertido en una anomalía. Juzgue el lector.
Mediodía brumoso en el restaurante La Pesca, en Expocuba. Un suculento almuerzo y buenas compañías invitan a la conversación amena. Pero, a todo volumen, un reguetón de moda lo impide. Los camareros parecen suponer que hay que degustar el condumio rebotando en las sillas. Ante el reclamo de la concurrencia, el dial se mueve hacia una insulsa y melosa balada romántica; el volumen continúa a tope.
Pocos días después, en el ambiente campestre de la granja La Rosita, ocurre un feliz agasajo. El paisaje es magnífico; los anfitriones, galantes; el almuerzo, variado y suculento, mas, otra vez el reguetón pone a prueba la resistencia de los tímpanos y desafía cualquier deseo de plática.
Así sucede una y otra vez. Es raro, rarísimo, tan inatrapable como el Santo Grial, encontrar un centro recreativo, comercial, o gastronómico; un taxi, un auto particular, un ómnibus urbano, una yutong interprovincial, donde se pueda disfrutar de un instante de silencio, escuchar los propios pensamientos, recordar alguna emoción, leer, generar ideas.
Es difícil, incluso, dentro del propio hogar. Sin ir más lejos: cada sábado, por las ventanas de mi casa entra el fragor de tres preferencias musicales diferentes. Los vecinos hacen la limpieza semanal: uno a golpe de tambores; otro con la Década Prodigiosa; el tercero, a bolerones. Y el sufriente no sabe si menearse, saltar o llorar. Amigos me han aconsejado poner mis propias bocinas, pero sé que tal ejercicio de “venganza” podrá traerme alguna satisfacción efímera, pero no resolverá el problema.
Definitivamente, la música se ha convertido –la hemos convertido- en ruido, aunque cualquier artista reafirme, con razón, que también es música el silencio. La mala educación y la incultura de la convivencia han echado raíces que ni leyes ni instituciones han logrado desenterrar; por desconocimiento de las normativas, abandono, falta de exigencia, e indolencia también en no pocos casos.
Muchos años atrás, por ejemplo, quien deseara hacer una fiesta que pasara de las doce de la noche, debía solicitar un permiso, amén de que tal venia no amparaba excesos con los decibeles.
La ley de medio ambiente dice que la protección del entorno es deber del Estado, y de los ciudadanos. Quizás un análisis colectivo, desde lo local, que permita llegar a acuerdos y consensos al respecto, pueda detener esta avalancha de contaminación acústica que nos está dejando sordos
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