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Rocío-goteo

Por Iramis Alonso Porro
2 julio, 2010

una desafiante palma¿Sería iluso creer que un árbol puede ofrecer una noción de Patria? ¿Una añosa ceiba, una desafiante palma, constituyen solo vegetal maderable o podemos también decir que son Cuba? ¿No hay un sentimiento que vibra cuando descubrimos la frondosa sierra oriental que Martí describe en su Diario de campaña? ¿Y no nos sentimos diferentes, bendecidos por la tierra que nos vio nacer, cuando la vida nos concede la gracia de andar esos caminos que él pisó?

Tengo la convicción de que quien así se emocione al interactuar con la naturaleza, será incapaz de a sabiendas dañarla, y tendrá la sabiduría para evaluar si cada uno de sus actos cotidianos porta racionalidad. Pero la emoción y la sensibilidad no son poderes del azar. Despertarlas es cuestión de abono, de tiempo… y de coherencia entre lo que se dice y lo que se hace.

Ese es el anhelo de la educación ambiental, llamada a apurar su goteo para que el aprendizaje de conceptos trascienda la mera repetición y se convierta en cultura, en sentimiento.

Hoy día, resulta común observar en los murales de una escuela decenas de dibujos inspirados en el Día del agua o del medio ambiente; imágenes idílicas o perturbadoras, plagadas de canteros y arbolillos de cara al sol. O asistir a un matutino donde caritas relucientes entonan el rap del reciclaje.

 Luego, esos mismos niños no reforestan y jamás reciclan. Arrancan intempestivamente las flores que otros regaron, van al parque del esquina a jugar fútbol o a cazar gorriones, y muchos les ríen la gracia y nadie les cuenta del tiempo que demoraron los árboles en darles la sombra, porqué no deben quemarse las hojas que de ellos caen o cuál es la razón de que la tierra sea de un color u otro.

Dicotomía entre el discurso y la práctica. Así no se aprende. Lo decía el investigador cubano Ricardo Bérriz ante un público formado por biólogos, maestros, abogados, comunicadores y dirigentes de instituciones responsables de la creación de una cultura de la naturaleza, durante la presentación de la nueva Estrategia Nacional de Educación Ambiental, que pretende justamente romper esa dicotomía.

La estrategia anterior, de 1997, tuvo sus logros. Entre ellos, que a escala de país se reconociera la necesidad de incorporar la dimensión ambiental en las políticas de desarrollo económico y social, en los planes de investigación científica e innovación tecnológica y en los procesos de comunicación. Como resultado, es percibible cierto aumento de la participación de la sociedad civil en el cuidado del entorno.

Pero aún cojea el enfoque interdisciplinario en los planes de estudio en todos los niveles de la enseñanza; existe una limitada disponibilidad de recursos financieros destinados a la educación y la comunicación ambiental, y no abundan los textos sobre el tema ni maestros verdaderamente motivados y creativos para mostrar, más que explicar, los vericuetos de la tortuosa relación entre el ser humano y la naturaleza.

La descentralización de la enseñanza en Cuba hacia estructuras más locales es un hecho y permitiría desplegar las posibilidades de contribución ciudadana, si se articulara con experiencias exitosas de educación ambiental en algunos barrios y comunidades o en espacios de participación creados por entidades científico-recreativas como el Acuario Nacional o el Museo de Historia Natural.

Vital resulta también el acceso a la información, a la mayor cantidad posible de información (local, territorial, nacional). Estimular un cambio en las actitudes de las personas implica facilitarles el conocimiento de sus derechos y obligaciones y de cuál es el impacto concreto, medible en lo cotidiano, de su modo de proceder.

Las propias instituciones que gestionan la educación ambiental tienen que ser paradigmas del cambio. Los maestros, líderes principales en la talla de un ser humano menos ciego ante su entorno, deben sacudirse métodos rígidos y proponerse acercamientos más vívidos e ingeniosos.

Que ninguno deje entonces de ver esa joya cinematográfica de Fernando Pérez, Martí: el ojo del canario. Que sean para sus alumnos como el esclavo Tomás descubriendo al adolescente Pepe la pasmosa floresta del Hanábana, en una relación simbiótica de rocío-goteo. Quizás allí el Apóstol aprendió a reverenciar la naturaleza de su venerada Cuba.

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