Energía
La alquimia de la luz
Una singular imaginación encierra todo el secreto del aerogenerador de factura casera que provee de electricidad a más de 50 familias cubanas
Por Daymaris Martínez Rubio
Foto: Alejandro Montesinos
16 de mayo de 2007
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La pequeña maqueta fue enviada como obsequio al presidente cubano Fidel Castro, “el principal inspirador de esta idea”, afirmó el innovador |
El ingenio es un arte tan bien repartido, que la vida auténtica, tal y como sospechara Baudelaire, el poeta francés, anda por ahí, latiendo en cualquier parte.
Arroyo Blanco, casi invisible sobre el mapa espirituano, cuenta la historia de Dámaso Félix Rodríguez Hernández (Felito), uno de esos seres espontáneos y felices, tan largo de imaginación que, a la menor ocurrencia, pasa por rareza de cervantesca locura. Como aquel día de enero, en que entre bromas y verdades contó a los delegados al último Forum Nacional de Ciencia y Técnica las peripecias de su invento y el secreto de esa otra alquimia que hace de un soplo la luz.
¡Eureka!
“Gallego, Felito se vuelve loco…”, se burlaban sus compadres, y al viejo Marcelo le hervía la sangre. Pero qué podía hacerle si su muchacho, empeñado en “construir castillos en el aire”, llegaba del campo, soltaba los trastos y parecía renacer con cada intento de aerogenerador.
Según cuenta el propio Felito, siempre tuvo la ilusión de llenar de bombillas La Jagua, el caserío donde hace 15 años inició las pruebas del invento con dinamos de bicicleta. “Después intenté con camiones ZIL, pero encontré un viejo buldózer que parecía la solución. Imagínese, aquello tenía como mil 800 revoluciones por minuto y para generar electricidad necesitaba un huracán, por lo menos. Entonces me propuse cambiar todo su sistema de enrollado”.
A puro instinto guió sus pasos, hasta conseguir corriente buena. Anotaba los datos, desenrollaba y seguía insistiendo. En la décima oportunidad obtuvo entre 80 y 90A (amperes), que en condiciones favorables equivalía a más de un kilowatt (kW) potencia. Fue entonces que se hizo la luz”.
En lo más intrincado de Cuba
Para un guajiro, la bendición no es exclusiva de la tierra. Aunque Felito aprendió el manejo de los aperos de labranza primero que los trazos sobre el papel, le hubiera gustado estudiar electrónica. “Pero solo pude terminar el 12 grado- dice en tono de añoranza-, y a duras penas, porque la Facultad Obrero Campesina quedaba a muchos kilómetros de casa. Claro, que eso tuvo sus ventajas: la falta de ciencia me hizo atrevido…”
Imaginación. Es difícil admitir que este sea su único secreto. Pero el genio va en el espíritu de este inventor de molinos. Para el mástil, lo mismo utiliza un madero que un rail o un tubo de regadío relleno con concreto. En un extremo acopla un rotor con dos cajas de bolas; luego un colector conectado a un cable, que nunca se enreda con los impulsos del viento, gracias a un eje que le permite rotar.
Y porque en la vida todo es más sencillo de lo que parece, en los ensayos iniciales, solo necesitó un hacha, la ayuda de su esposa Migdalia Díaz y mucha paciencia. Juntos dieron forma a unas cinco aspas de cedro, guásima y pino, construidas a base de un tablón de 3,50 m de largo, ocho pulgadas de ancho y dos de espesor. Talaban después de haber marcado los ángulos, y solo en la punta podían pasar horas, en la búsqueda de una terminación casi perfecta, entre cero y un grado.
Boquiabierto, cualquier humano disfrutaría escucharle sumar sus... “cinco bombillos, más un televisor, un teléfono de tecnología fija alternativa, dos grabadoras, una computadora, tres ventiladores, una pistola de soldar y un equipo de radioaficionado”, todo concentrado en su casa de El Cedral. Aunque lo más asombroso, quizás, es que hablamos del mismo modelo de aerogenerador que brinda electricidad a 56 familias en Sancti Spíritus, Ciego de Ávila, Cienfuegos y Villa Clara.
Modesto hasta el sonrojo, Felito abre un paréntesis para el agradecimiento. “Debo lo que he logrado a la Asociación de Radioaficionados de Cuba. Hace un tiempo me declararon el radioaficionado más intrincado del país, y eso me permitió hablar, relacionarme mucho. Preguntaba a fulano, si conocía de enrollado, “oye, qué alambre crees que necesito para obtener tantos amperes, qué papel puedo utilizar...” Así, contacté en Holguín con Freddy Almaguer. Combinamos ideas, hicimos un equipito y aquí está: el mástil con su paleta”.
A la pregunta que busca emociones por su reciente incorporación al Grupo Nacional de Energía Eólica, como premio a su aporte a la Revolución Energética, parece contestar “el mérito es del viento”. Más bien es un honor que le alivia: “Fíjese que de loco pasé a ser “el médico”. Allá, en Arroyo Blanco, la gente me busca cada vez que tiene un problema y siempre salgo al encuentro dispuesto, con una sonrisa, que es lo mejor que se ha inventado: ¿A ver…, diga usté..., qué dolor trae?”.