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Luis Morlote Rivas

El futuro somos nosotros mismos

Mediante el siguiente texto, leído en el IX Congreso de la UJC, el  presidente de la Asociación Hermanos Saíz, respondió a quienes desde  el bando de los enemigos de Cuba quieren dibujar una nación dividida  donde, supuestamente, es insalvable el abismo entre la generación  histórica que construyó la Revolución y las generaciones más jóvenes.

Juventud Rebelde
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5 de Abril del 2010 20:51:31 CDT

7 Abril, 2010

El futuro somos nosotros mismosLos amplios debates que han precedido esta sesión final del Congreso  han estado signados por la urgencia de entender que la supervivencia de la Revolución está determinada, necesariamente, por nuestra   capacidad para producir mayor cantidad de bienes con eficiencia.

El Che Guevara, en uno de sus discursos memorables, en la Universidad   de Montevideo, Uruguay, en 1961, advertía que «toda conquista de tipo social que no se base en un aumento de la producción, tarde o temprano   va a fracasar», y exponía sus ideas sobre el hecho de que «el  desarrollo económico es nada más que el medio para lograr el fin, que  es la dignificación» del hombre.

En ese camino por dignificar al ser humano, que emprendió la   Revolución Cubana desde sus días fundacionales, y que  irremediablemente hoy, en una coyuntura internacional mucho más   adversa, pasa por la independencia económica y la suficiencia en   varios órdenes de la producción nacional, sigue siendo tan importante   como el sustento económico, la difusión de ideas, la creación de  conciencia, imprescindibles para defender la Patria.

La guerra mayor que se nos hace, también ahora, es de pensamiento. De   hecho, por estos días ha sido visible el modo en que se ha arreciado   la campaña anticubana en los grandes medios noticiosos   internacionales, alentados por los enemigos de la Revolución en el   exterior, y por la minúscula contrarrevolución interna tradicional a   la que se ha sumado una contrarrevolución de nuevo tipo, más joven   biológicamente, que utiliza las llamadas nuevas tecnologías para   difamar e intentar la subversión.

Es una guerra a muerte contra la Revolución y lo que ella significa, y, no hay escrúpulos para utilizar y tratar de convertir en símbolos, no   importa si un preso común de pésima conducta social, empujado al   suicidio por nuestros enemigos o damas mercenarias alentadas y   financiadas por potencias extranjeras. Se recurre a la tergiversación,  a la manipulación, a la mentira.

Hace unas semanas, el escritor uruguayo Eduardo Galeano describió con   una metáfora la dimensión de la campaña mediática a la que se enfrenta   nuestro país. «Contra Cuba –dice Galeano-- se aplica una lupa inmensa   que magnifica todo lo que allí ocurre cada vez que conviene a los   intereses enemigos, (...) mientras la lupa se distrae y no alcanza ver  otras cosas importantes que los medios de comunicación no hacen por  informar».

Ante esa realidad que impone la agenda hegemónica mundial, y con   recursos inferiores de los que disponen nuestros enemigos, no podemos  perder un minuto. Debemos ser más ágiles para responder a esos  ataques. Generalmente estamos a la defensiva. Nuestra acción es  reactiva. Lamentablemente pocas veces prevemos por dónde nos atacará  el enemigo, les restamos importancia a sus agresiones, olvidando la ferocidad de los ataques y la dimensión internacional que tiene  nuestra resistencia.

A la vez que persisten los centros hegemónicos que modelan matrices de  opinión y configuran una realidad mediática a veces muy distante de la  «realidad real», también se viene sucediendo un crecimiento  vertiginoso de nuevas maneras de difundir la información, sustentadas  en novedosos soportes de comunicación que van imponiendo modelos  comunicativos no tradicionales, desconcentrados y ajenos a los centros  de poder del imperialismo. No podemos seguir interpretando la  realidad, intentando participar en ella o modelarla con herramientas   viejas. No podemos temerle a la tecnología ni permanecer ajenos a sus  posibilidades, aún en un país con muchas carencias.

Revolucionarias en su concepción misma, las páginas web, los blogs y  los teléfonos móviles fueron utilizados eficazmente en Seattle en  1999, para la movilización de  más de 50 000 personas que protestaban  contra la Cumbre del Grupo de los Siete, el cual reunía a los jefes de  Estados o Gobierno de las potencias imperialistas más poderosas del  mundo. Ahora esa contrarrevolución anticubana, aparentemente de nuevo  tipo, pagada por la derecha más reaccionaria, trata de utilizar esos  medios contra nosotros, aprovechando nuestros problemas económicos y  las consecuencias del bloqueo, para aplicar una lógica alternativa, a  un sistema social que en sí mismo, es alternativo al mundo globalizado  y unipolar en el cual vivimos. Es un imperativo aprovechar las brechas  que permiten estas nuevas tecnologías, tomando en cuenta que esos  adelantos, en sí mismos, no son enemigos. Hay que cuestionarse si  estamos utilizando, en todas sus posibilidades, los recursos que  tenemos a la mano.

La utilización de la web y otras publicaciones alternativas, para  lanzar al mundo, hace apenas dos semanas, un llamamiento de la UNEAC y  la Asociación Hermanos Saíz, fijando la posición de principios de los  escritores y artistas cubanos comprometidos con la Revolución, ha  permitido, si no detener, al menos contrarrestar la gigantesca campaña  mediática que se ha orquestado contra este país y que pretendía  confundir a artistas e intelectuales del mundo. Han reaccionado los    amigos de Cuba y seguro lo seguirán haciendo. Esa no puede ser una  acción aislada, tenemos todos que poner a funcionar plenamente el  Capítulo Cubano En Defensa de la Humanidad, nacido por inspiración de  Fidel, en una coyuntura parecida a la actual, en el año 2003.

De similar dimensión, y no menos compleja, es la batalla que tenemos  que seguir librando desde la cultura y las ideas hacia el interior de  nuestra gente. Una gigantesca maniobra de recolonización cultural se  intenta desde los países capitalistas desarrollados hacia nuestros  pueblos del sur.

Se nos ha tratado de presentar la felicidad, asociada a la tenencia de  objetos y al consumismo desenfrenado, el culto a «lo de afuera», al  mercado, a las marcas, a la moda, como sinónimos de calidad de vida. 

También a veces en nuestros medios masivos, ingenuamente o presionados  por la ausencia o imposibilidad de producir espacios de factura  nacional que cubran la totalidad de la programación, nos convertimos  en reproductores del modelo de vida yanqui, y descuidamos, atentos  solo a los contenidos políticos directamente más reaccionarios o  contrarrevolucionarios, aquellos donde se expresan la frivolidad, lo  banal, lo superfluo, creyendo que no dañan a nadie, y desconociendo el  papel orientador y educativo que ejercen esos medios sobre la audiencia.

Ningún otro país tiene las potencialidades de este para enfrentar esos  fenómenos. Tenemos excelentes profesionales en todas las áreas: en la  comunicación, en el diseño, en la informática. En la era de la imagen  y las tecnologías mediáticas, hay que ponerse a trabajar sin demora en  el diseño de productos comunicativos atractivos, que sean referentes  eficaces, competitivos, y que por sí mismos consigan legitimar una  estética nacional que se convierta en referencia a partir de promover, desde la sugerencia y el buen gusto, lo más genuino de nuestros  valores. No podemos perder tiempo; tenemos que pensar y actuar con  creatividad, sin chapucerías, e integrarnos las instituciones, la  vanguardia intelectual, y los medios de comunicación con el fin de  establecer jerarquías sustentadas en la calidad.

Frente a la globalización que pretende borrar nuestras identidades y  anularnos como naciones, la cultura, vista de manera integral, es  afirmación, es sustento, es crecimiento espiritual.

La cuadragésimo novena Serie Nacional de Béisbol, convertida en  verdadera fiesta nacional, de la que nadie pudo sustraerse, demostró  cuánto se puede lograr cuando con intencionalidad  estimulamos el culto  a lo nuestro, a los símbolos nacionales. Habría ahora que no dejar  morir esa fiebre beisbolera y seguir alentando ese respeto y ese  cariño por los equipos que han representado a cada uno de nuestros  territorios e individualmente por los peloteros. Esos tienen que ser  nuestros verdaderos ídolos, y no los que los medios foráneos, en todos  los órdenes, nos fabrican e imponen.

La cultura artística, antídoto probado frente a la idea de que la  satisfacción personal solo se alcanza asociada al consumo, puede hacer  aportes invaluables, y de hecho lo viene haciendo, a la calidad de  vida de nuestro pueblo. Basta recordar el profundo agradecimiento que  recibieron quienes integraron las Brigadas Artísticas que tras el paso  de los huracanes por el territorio nacional partieron a ofrecer su  arte en las comunidades más afectadas. Esas experiencias, que se  pueden aplicar con muy pocos recursos, tenemos que extenderlas,  hacerlas cotidianas.

En momentos de tremendas tensiones, no podemos escatimar esfuerzos, ni  subestimar el valor del trabajo persona a persona. Ahora más que nunca  es necesario fortalecer el debate, el intercambio de criterios, la  discusión franca, desprejuiciada, donde escuchemos y expongamos  argumentos. Valdría la pena preguntarnos: ¿Cuántos de nosotros salimos  a conversar con nuestros coetáneos? ¿Cuántos de nosotros no  subestimamos a los grupos informales, jóvenes como nosotros, educados   como compañeros de grupo, en las mismas aulas en que estudiamos?  ¿Cuántas veces no descalificamos a los que no piensan ciento por  ciento como nosotros?

Un día como hoy, hace exactamente 48 años, en la clausura del Congreso  de la Asociación de Jóvenes Rebeldes, momento en que se anunciaba el  nacimiento de la Unión de Jóvenes Comunistas, Fidel decía a la  juventud reunida en el Estadio Latinoamericano: «Quien aleje a los jóvenes de sí, con sus métodos despóticos, con su desprecio y con su  falta de generosidad hacia los demás jóvenes no puede ser un joven  comunista. El joven comunista tiene que ganarse a los demás jóvenes,  conquistarlos para su causa; ganarlos con su ejemplo; atraerlos a las  filas de la Revolución, (...) el deber de cada revolucionario es  ganar, es sumar, y no perder, no restar. Acercar a la Revolución y no  alejar de la Revolución».

Nuestra tarea prioritaria, no importa el sector en que nos  desempeñemos, tiene que ser la unidad. Única garantía posible para  resistir los desafíos que se nos imponen. Hay que salir, sin prejuicio  alguno, a dialogar, a convencer a los jóvenes como nosotros, sin  considerar de antemano que son nuestros enemigos; hay que ponerlos a  participar en la construcción de una obra que será menos imperfecta en  la medida en que se edifique de manera más colectiva. Ahora me viene a  la mente aquella bellísima imagen de Cintio Vitier, de que Cuba  tendría que ser necesariamente «un parlamento en una trinchera».

Desde el exterior, hay quienes no entienden que la Revolución es la  mayor riqueza que recibimos de nuestros padres. Frente a quienes,  desde el bando de los enemigos de Cuba, quieren dibujar una nación  dividida, donde, supuestamente, es insalvable el abismo entre la  generación histórica que construyó la Revolución y las generaciones  más jóvenes, y dudan de nuestras capacidades y deseos para seguirla  edificando en las décadas por venir, solo se le puede responder con  más participación, con más compromiso, con más unidad, conscientes de  que el futuro se construye hoy. El futuro somos nosotros mismos.

Discurso de Raúl Castro Ruz en la clausura del Congreso...

Declaración de los jóvenes cubanos...

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