Te odio y te quiero. El fascinante mundo de los afectos
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El placer es el mayor incentivo para la maldad.
Platón
Palabras…
Odio, amor, pasión, dolor, ira, miedo, placer… Son muchas las palabras en cualquier idioma que describen esas misteriosas e intensas subjetividades que catalogamos bajo otra lista de etiquetas: emociones, impulsos, sentimientos o motivaciones. Esta pluralidad de términos demuestra que desde siempre hemos reconocido a nuestros afectos como algo importante y decisivo en la determinación de nuestro actuar, de nuestra conducta, de nuestro bienestar o nuestra desdicha. Bajo el influjo de estas pasiones e impulsos se cometen crímenes horrendos o se hacen sacrificios conmovedores. Quien ama ofrece la vida por lo amado. El amor no correspondido envilece. La ira vence a la razón. Imperios y reinos han caído víctimas del arrebato de pasiones avasalladoras.
Bardos, novelistas y poetas, músicos, pintores y actores saben que no hay arte sin emoción y sentimiento. Chaplin es el genio indiscutido del cine porque todavía hoy, un siglo después, reímos y lloramos con El Chicuelo rebosados de empatía. Emociones y sentimientos se pueden fingir, como saben hacer los buenos actores, pero se resisten a nuestro control y pueden conducir, en casos extremos, a la depresión y el suicidio.
¿Por qué no puedo sentirme alegre con solo desearlo? Y entonces ¿de dónde proceden estos irrefrenables impulsos o estos persistentes estados anímicos? ¿Qué los provoca? Y sobre todo ¿por qué existen? Si es que sirven para algo más que mojar pañuelos y vender telenovelas.
Estoy triste porque lloro
William James fue uno de los pensadores norteamericanos más influyentes en el siglo XIX. Abanderado del pragmatismo, la más norteamericana de las filosofías, fue también precursor de la psicología en los Estados Unidos. Tal vez al leer el título de este epígrafe adivinó el lector un error; no me lo atribuya.
Según James las emociones son respuestas cerebrales a la información de la periferia “Nos sentimos tristes porque lloramos, furiosos porque peleamos, atemorizados porque temblamos y no lloramos, peleamos o temblamos porque estamos tristes, furiosos o asustados, según el caso” (1).
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Oprimiendo una palanca, una rata se auto-administra un estímulo eléctrico a una región del cerebro en la que lleva implantado un microelectrodo. Empleando esta técnica James Olds y sus colaboradores pudieron descubrir y delinear la existencia de un mecanismo cerebral de recompensa o castigo en el cerebro. |
A primera vista puede parecer un sinsentido, pero no hay que olvidar que nuestras emociones, a diferencia de otros estados mentales, se acompañan siempre de una amplia gama de alteraciones fisiológicas que pueden incluir cambios vegetativos que modifican la frecuencia cardiaca, las secreciones lacrimales, las funciones intestinales y otras; cambios motores que incluyen agitación, temblor y sobre todo los muy característicos patrones de la expresión facial. Más allá, pueden provocar cambios endocrinos, como ocurre en los estados de estrés y al largo término modificar las capacidades del sistema inmune. Todavía decimos “te amo con todo mi corazón” aunque sabemos hoy que se ama con el cerebro, como bien canta el bardo de Bayamo.
A la pregunta lloro porque estoy triste o estoy triste porque lloro, la respuesta es, como casi siempre: sí. El llanto es una reacción corporal provocada por un estado interno, mental de tristeza, pero el acto de llorar puede hacer más triste a la tristeza. De la misma manera que reír nos refuerza la alegría. Las expresiones corporales de la emoción refuerzan la emoción y viceversa.
La gloria eres tú
De lo antes dicho se transluce que son muchas las maneras de abordar el subjetivo mundo de los afectos. Arte y Psicología han aportado planteamientos intuitivos y muchas veces lúcidos, pero no fue hasta la mitad del siglo pasado que pudo la Fisiología romper la nuez y penetrar, con las herramientas de las Ciencias Naturales, en ese Vedado mental.
Las dificultades eran enormes. Se puede conocer el estado afectivo de una persona, más allá de los signos un tanto equívocos de su conducta, preguntando: ¿cómo te sientes? ¿estás triste?¿eres feliz?. Pero no se puede hacer esa pregunta a un animal de experimentación por razones obvias. Se dice que el gran Pavlov multaba a sus asistentes cuando transferían emociones y sentimientos humanos a los animales. Decir: el perro está triste, era una transgresión al rigor y la objetividad científicas, en opinión de Iván Petrovich. ¿Cómo someter entonces emociones e impulsos al escrutinio del experimento?
El desarrollo de la electrónica y el ingenio de los investigadores aportaron en los años 30 del siglo XX medios que permitieron los primeros avances.
Mediante técnicas de cirugía era posible acceder al interior del cerebro, dañar o extirpar zonas específicas del cerebro en animales de experimentación y observar los cambios que esto producía en su comportamiento. El llamado síndrome de Klüver-Bucy se provoca en monos cuando se extirpa bilateralmente la porción anterior de lóbulo temporal. Este síndrome produce, entre otros cambios una pérdida del miedo y, curiosamente, de la agresividad. Mediante estudios de resección selectiva fue posible asociar este cambio a la ausencia de la amígdala cerebral (que no son, por supuesto, las tonsilas de la faringe).
Alternativamente, se podía construir, empleando finísimos alambres de acero, electrodos que era posible colocar permanentemente dentro del cerebro y conectarlos mediante sockets a equipos capaces de producir corrientes de bajo voltaje (en el orden de los milivoltios) que no producían daño al tejido cerebral pero que eran capaces de excitar las neuronas cercanas a la punta del electrodo. Empleando estos métodos el neurofisiologo suizo W.R. Hess era capaz de provocar, a voluntad, la furia o la mansedumbre en gatos aplicando estímulos eléctricos a zonas discretas del hipotálamo, ese pequeño conjunto de núcleos que ocupa la base del cerebro(2).
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Estimulando eléctricamente zonas específicas del hipotálamo en gatos o toros de lidia José M. Rodríguez Delgado podía provocar furia o placidez, confirmando los estudios previos que le valieron a W.R. Hess el Nobel en 1949. Se muestra un dibujo del hipotálamo, la línea roja señala la zona lateral cuya estimulación provoca furia y la verde al núcleo ventromedial que produce mansedumbre al ser activada. (Fotos tomadas del Correo de la Unesco, 1976) |
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Estos experimentos fueron replicados después por el español José M. Rodríguez Delgado con diferentes especies, incluyendo (¡ole!) toros de lidia. Dirigiendo el estímulo por radiofrecuencia a un núcleo de ira, el toro le atacaba con fiereza, sin embargo, al cambiar la frecuencia y estimular una región asociada a la placidez, el toro desistía inmediatamente de su empeño agresivo y se convertía en manso cordero (3).
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El Sistema Límbico de los mamíferos y el hombre evolucionó a partir del llamado Rinencéfalo o Cerebro Olfatorio de los mamíferos primitivos que compartieron el planeta con los dinosaurios de los cuales surgieron. La imagen de la derecha muestra en azul los principales componentes corticales y subcorticales del sistema sobre una vista medial de un hemisferio cerebral humano. |
Algunos llamaron a esta reacción provocada “falsa rabia”. Sin embargo no hay nada de falso en la rabia del gato o el toro. En el caso felino este animal muestra todos los signos que caracterizan a un gato furioso. Encorva el lomo, eriza los pelos, expone las garras, muestra sus colmillos y emite las vocalizaciones que todos hemos escuchado alguna vez. Los cambios afectan también s su sistema vegetativo: se dilatan las pupilas, su frecuencia cardíaca se acelera, su hígado libera glucosa al torrente sanguíneo. De conjunto, estos cambios constituyen no solo una declaración de guerra, sino toda una logística fisiológica para asumir las exigencias de la huida o el combate. Lo único que falta a esta furia es un motivo, por ejemplo la presencia de un agresor. En este caso, como en muchos experimentos, los investigadores suplantan a la naturaleza con artefactos, pero no hace menos real la rabia del gato, que al no identificar a un blanco, ataca a todo lo que se mueva a su alrededor.
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James Olds 1922 -1976 |
James Olds encontró una solución, sencilla e inteligente que permitió vencer las reticencias de objetividad exigidas por Pavlov y abordar este fascinante campo con las herramientas de le Neurofisiología Experimental (4;5). Trabajando con ratas desarrolló la técnica de auto-estimulación cerebral como herramienta para preguntar y obtener respuesta de un animal a la pregunta: la activación de esta región del cerebro ¿te gusta o no te gusta? El cerebro de la rata era ya muy bien conocido y mediante las técnicas de cirugía estereotáctica era posible colocar electrodos en regiones específicas del cerebro y dejarlos fijos allí. La técnica es bastante segura, pero no exenta de errores, y uno de tales errores abrió las puertas a una revolucionaria metodología para el estudio de las reacciones afectivas. En un artículo aparecido en la revista de divulgación Scientific American en 1956, Olds nos cuenta:
“En el inicio planeábamos explorar el sistema reticular del cerebro medio- un área de control del sueño que había sido investigada por Magoun”. (Del tema hablaremos en otro artículo de la serie. N. del A.).
No nos preocupaba mucho alcanzar puntos muy específicos en el cerebro, y de hecho, en nuestros primeros ensayos los electrodos no siempre se implantaban en las regiones particulares de la línea media que eran nuestro blanco. Un error que tuvo consecuencias afortunadas para nosotros. En uno de los animales el electrodo erró su blanco y no llegó a la formación reticular mesencefálica, sino a una vía nerviosa del rinencéfalo (luego explicaré que encéfalo es ese. N.del A.). El experimento se realizaba en una caja grande con sus esquinas marcadas A, B, C, y D. Siempre que el animal iba a la esquina A se le aplicaba un estímulo eléctrico moderado. Cuando hicimos esta prueba con el animal implantado en el tracto rinencefálico, el animal continuamente regresaba a esta esquina. Luego de muchos de estos retornos en el primer día, el animal finalmente se fue a otra esquina y se durmió.
Sin embargo, al día siguiente, la rata parecía aún más interesada en la esquina A. En este punto pensábamos que el estímulo provocaba curiosidad, todavía no pensábamos en un valor de recompensa. Otros experimentos con el mismo animal indicaron, para nuestra sorpresa que esta respuesta era más que curiosidad. Al segundo día, ya establecida la costumbre del animal de volver a la esquina A, comenzamos a tratar de modificar su conducta y atraerlo a la esquina B, aplicando la corriente cada vez que daba un paso en esa dirección. En solo cinco minutos el animal estaba instalado en B. Luego de esto podíamos dirigir al animal a cualquier punto a voluntad del experimentador, cada paso en la dirección deseada era “premiado” con un pequeño choque, al llegar al punto deseado se aplicaban series de estímulos más largas.
A continuación pusimos al animal en una caja en forma de T y lo estimulábamos cuando giraba hacia la derecha en la T, pero no cuando lo hacía a la izquierda. Pronto aprendió a girar solo hacia la derecha. …Proseguimos probando al animal cuando se encontraba hambriento. Se le retiró la comida durante 24 horas. Pusimos al animal en la caja en T. En ambos extremos, derecho e izquierdo había comida. El animal recibiría el choque eléctrico a la mitad del recorrido por el brazo derecho. Aprendió a ir allí y siempre se detuvo en este punto ¡jamás fue hasta la comida!”
El modelo fue perfeccionado en una variante “hágalo Ud. mismo”. El animal podía auto-administrase los “corrientazos” oprimiendo una palanca conectada a un interruptor. Paréntesis, lo de corrientazo es en realidad exagerado, no es un electroshock, sino una corriente mínima de apenas unas milésimas de voltio y limitada a un volumen de aproximadamente un milímetro cúbico alrededor de la punta del electrodo. Sorpresa, dependiendo del sitio estimulado la rata podía mostrarse indiferente al estímulo y a la palanca (en la mayoría de las locaciones) o autoestimularse repetidamente y con entusiasmo, o rehuir cualquier contacto futuro con la palanca. Para hacer más inequívoca la respuesta en los casos en que el animal evita activar la palanca, se hacía una pequeña inversión del procedimiento: la palanca servía ahora no para aplicar el estímulo eléctrico, sino para interrumpirlo y, en efecto ciertas regiones cerebrales parecen provocar un intenso malestar al ser activadas, pues la ratas en tales condiciones oprimen la palanca con febril intensidad.
La técnica fue replicada y aplicada en muchos laboratorios y cientos de reportes científicos permitieron delinear la existencia en el cerebro de dos sistemas, formado cada uno por un conjunto de estructuras cerebrales: un Sistema de Recompensa, es decir estructuras cuya estimulación es reiterada por el propio animal, y un Sistema de Castigo, o sea estructuras cuya estimulación es evitada por el animal. Cauteloso, como buen científico, Olds evitó el término placer, para denominar el primero.
La utilidad biológica de estos sistemas es evidente. Cada suceso, cada acción, cada evento vital es registrado no solo por nuestros analizadores sensoriales para identificar lugar, momento y circunstancias de su ocurrencia -esas son nuestras sensaciones y percepciones- sino que es paralelamente puesto en la balanza de este censor interno: si en tales circunstancias se activa el sistema de recompensa el animal se sentirá motivado a repetir esa experiencia, mientras que si se activa la “cara fea” del castigo, evitará repetirla. Esas son nuestras emociones y nuestros sentimientos. No hay que decir que la recompensa se asocia con la satisfacción de necesidades (alimento, calor, afecto, etc.) mientras que el castigo lo está con sus opuestos (hambre, frío, dolor, etc). También es evidente que la efectividad de este sistema de orientación de la conducta necesita de la memoria, a fin de que los eventos motivacionalmente significativos puedan ser recordados.
Mi primo el dinosaurio
Los múltiples estudios realizados con esta técnica permitieron identificar las estructuras cerebrales participantes en ese sistema de evaluación afectiva y delinear su anatomía. No resultó sorprendente que en dicho sistema aparecieran núcleos y tractos que forman parte de lo que hacía un siglo el gran neurólogo francés Paul Broca (si, el mismo del área del lenguaje) definiera como el Gran Lóbulo Límbico, hoy Sistema Límbico.
Límbico viene de limbo y limbo, en este caso, no es ese sitio donde a menudo están los muchachos, ni tampoco esa incierta zona del Purgatorio donde Dante ubica a las almas de los infantes fallecidos antes de que su razón les permitiese pecar. Limbo, en su sentido original, significa orla o halo. Si se mira un hemisferio cerebral por su cara interna (para lo cual es necesario separarlos cortando el cuerpo calloso) y justamente, rodeando el cuerpo calloso en toda su extensión se observa una zona de la corteza cerebral que a modo de un halo o limbo, le circunda.
El Sistema Límbico tiene, además, componentes subcorticales como la amígdala, el hipocampo, el hipotálamo, la región septal y otras; y en su conjunto representan los remanentes modernos de lo que fue el Rinencéfalo o cerebro olfatorio de los mamíferos primitivos. Los primeros mamíferos habitaban los tupidos bosques del periodo Jurásico hace unos doscientos millones de años. La vista estaba limitada a pocos metros, al igual que el oído, de manera que el telerreceptor más útil para detectar posibles presas o depredadores era el olfato.
El éxito evolutivo de este nuevo grupo de animales dependió de muchos factores, entre ellos su capacidad de mantener una temperatura corporal constante que les permitía medrar en la noche mientras los dinosaurios dormían de pura hipotermia. Otra clave de su éxito fue el desarrollo de nuevas estructuras cerebrales asociadas al análisis de la información olfatoria, ergo Cerebro Olfatorio, el Rinencéfalo.
Paul McLean, inspirado en los estudios de Anatomía Comparada de James Papez, había propuesto la sucesión evolutiva del cerebro reptiliano (formado por el tallo cerebral y el cerebelo) responsable de reacciones simples de conservación, el cerebro límbico que añadía a estas una batería de reacciones emocionales y de memoria y al que posteriormente se sumaría la amplia extensión cortical típica de los mamíferos modernos y que alcanza su culmen en el cerebro humano. Esta nueva manera de entender las emociones desde una perspectiva evolutiva, era además, una alternativa radical a las propuestas subjetivistas de Henry James.
Las emociones, y los estados afectivos, son resultado del procesamiento y evaluación cerebral de información sensorial y da origen a respuestas que tienen valor adaptativo para el individuo como miembro de un grupo. El sentido del olfato ha perdido en el hombre mucho de la exquisita sensibilidad que conserva en otros de nuestra clase zoológica, pero aún tiene la capacidad de provocar reacciones emocionales y evocaciones afectivas, como describe magistralmente Marcel Proust por el camino de Swan. Los millones que se invierten en este mundo nuestro para inventar y consumir aromas que impostan nuestro olores y nos hacen irresistiblemente atractivos dan fe de lo dicho.
Recordar es volver a vivir
La memoria nos permite conservar información acerca de los eventos de nuestra vida: dónde, cuándo, cómo, cuánto…pero no podemos recordarlo todo, ni siquiera Lucy es capaz de tal portento. Por esta razón, se hace necesario seleccionar, de entre todos los eventos vividos aquellos que vale la pena recordar. El sistema de Recompensa y Castigo es un excelente selector de lo que merece recordarse.
Por supuesto, las experiencias que provocan la activación de alguno de estos sistemas son “marcadas” emocionalmente y se facilita su preservación (6). La mayor parte de los sucesos vividos son irrelevantes, no se acompañan de esta componente motivacional y son candidatos al olvido. Esta relación entre afectividad y memoria es algo intuido y aplicado desde hace siglos. Todo buen pedagogo sabe que una buena motivación facilita el aprendizaje, todo buen entrenador sabe que hay que recompensar al animal cuando hace lo que deseamos, de otro modo es imposible.
Hoy podemos entender esta relación entre memoria y afectividad en términos celulares. La memoria consiste en la modificación funcional de contactos entre neuronas. Los contactos sinápticos (que así se llama la estructura que los sustenta) no son puntos soldadura entre componentes de un circuito eléctrico, son estructuras que comunican células vivas y pueden modificarse por la experiencia. Si un una sinapsis (o un conjunto de ellas) se activa repetidamente se refuerza, se hace más efectiva. El descubrimiento en 1973 del fenómeno de potenciación sináptica duradera fue un aporte decisivo a esta concepción.
Durante una fructífera década de cooperación científica con Julietta Frey en Magdeburgo y con la inapreciable colaboración de William Almaguer en nuestro laboratorio del CIREN, estudiamos las relaciones entre la potenciación sináptica y los mecanismos afectivos. Nuestros experimentos permitieron confirmar que el estado motivacional es capaz de modificar el estado de potenciación sináptica y que en esto participan estructuras límbicas como la amígdala y la región septal (7-9). Es decir, lo que recordamos de una experiencia se modula por el estado afectivo haciendo más duradero el estado de potenciación sináptica. Es un hecho del que todos podemos dar testimonio, que los eventos con un fuerte componente emocional se recuerdan con mucha más precisión, incluso en detalles nimios. Pocas personas podrán decir que vestían hace 5 años un día como hoy, pero muchos recuerdan con detalle que vestían el día de su boda. Más allá de la memoria este hallazgo puede también estar implicado en la relación que guarda el estado efectivo con otros procesos de plasticidad neural y la recuperación de funciones en un cerebro dañado.
Aprendiendo a temer
Como dijimos antes, el gran Pavlov multaba a sus colaboradores cuando estos se referían a estados emocionales de los animales con quienes experimentaban. Hacerlo puede conducir a falsas conclusiones, pero no siempre. Estudiar las emociones requiere de modelos animales bien diseñados y que permitan respuestas de interpretación inequívoca.
Tal es el caso del modelo de miedo condicionado desarrollado por Joseph LeDoux (10). Una rata, colocada en una jaula de piso electrificable se somete a un estímulo indiferente, como puede ser el sonido de un timbre. Si este sonido se repite varias veces el animal deja de prestarle atención. Es lo que llamamos habituación. Pero si el sonido del timbre se asocia con el dolor que produce un estímulo eléctrico a las patas el animal desarrolla una respuesta de “congelamiento” (freezing) cada vez que escuche el mismo sonido, además de mostrar cambios fisiológicos característicos como aumento de la frecuencia cardiaca, de la presión arterial, de liberación de adrenalina, entre otras. Esta respuesta de congelamiento, de cese de toda actividad motora, es típica del miedo y es una respuesta evolutivamente valiosa.
Quedarse muy quietecito puede ayudar a que el enemigo o el depredador no te detecten y puedas salir con vida del peligro. Eliminando (mediante lesión o anestesia local) componentes del sistema se ha podido identificar que la amígdala es un componente esencial del reflejo, que el hipocampo es necesario para recordar e identificar el sitio donde se produce el castigo y que la corteza auditiva es indispensable para que el animal sea capaz de distinguir entre dos estímulos auditivos diferentes, cuando solo uno de ellos es pareado con el castigo.
Este miedo aprendido tiene similitudes evidentes con otros miedos adquiridos, por ejemplo el perrito que se esconde cuando ve una escoba y puede tener también puntos de contacto con ciertos temores patológicos como las fobias y el llamado estrés post-traumático.
Dame un cigarrito, Rey del Mundo…
Tal vez a algún lector perspicaz, la rata que abandona el alimento para recibir el estímulo eléctrico en un centro de recompensa cerebral, o aquella que se autoestímula frenética y compulsivamente, le haya recordado la conducta de un adicto. No se equivoca el lector.
La investigación ulterior en animales y humanos ha identificado verdaderos centros hedónicos o de placer en el cerebro. Uno de los más importantes es el núcleo accumbens, que forma la porción anterior del cuerpo estriado y la porción ventral del globo pálido (11). La estimulación de este centro o la administración local de dopamina, desencadena fuertes sentimientos de bienestar y placer. Sentimientos tan fuertes, tan intensos y gratificantes, que el adicto hará todo, cualquier cosa, por repetir esa experiencia.
Una variación del método de auto-estimulación eléctrica de Olds es la de autoadministración de sustancias. A través de una finísima cánula implantada en algún sitio del cerebro el animal puede auto-administrarse una sustancia seleccionada por el investigador en esa región. Aplicando esa técnica se ha demostrado que se produce una elevación de los niveles de dopamina en el accumbens durante la autoadministración de morfina, heroína, etanol, canabinoides, nicotina, anfetaminas y cocaína, sustancias todas bien conocidas como drogas adictivas (12). Estas sustancias suplantan, con fuerza irresistible, a las fuentes naturales de bienestar o placer y convierten a ese mecanismo evolutivo de supervivencia en un enemigo interno que nos hace dependientes, vulnerables y perversos. Es la fuerza de tal aberración una confirmación hipertrofiada de la aseveración de Platón que encabeza estas líneas y es causa de pesar y muerte en la sociedad moderna y sustento de un imperio criminal que amenaza a la humanidad. No exagero.
La educación sentimental
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El sistema de recompensa y las adicciones. Sobre el trazado del cerebro de una rata se muestran el núcleo accumbens (NAcc) y al área tegmental ventral (VTA) y algunas de las drogas adictivas a las que son sensibles. La liberación de dopamina en el accumbens es un elemento importante en el valor de recompensa de la sustancia y el desarrollode la adicción.(http://www.pa2online.org/articles/article.jsp?article=43&issue=1&volume=2) |
La evolución ha dotado a nuestros cerebros de mecanismos que censan el valor de supervivencia de las experiencias cotidianas y se traducen en reacciones afectivas de agrado o desagrado que constituyen una excelente guía para la conducta. Las emociones, que compartimos con otros animales, se pueden educar por la influencia de la familia y la sociedad y convertirse en sentimientos nobles, puros y altruistas o pérfidos, egoístas y criminales.
La buena educación nos enseña a reprimir impulsos nocivos para otros y estimula la compasión, la caridad y la solidaridad. La comprensión de los mecanismos que sustentan nuestra vida afectiva puede ayudar al diseño de programas educativos más efectivos que hagan de cada uno de nosotros una mejor persona. La comprensión de los mecanismos de modulación afectiva de la plasticidad neural puede contribuir a hacer más efectivos los programas de instrucción, aprovechando de modo más eficiente el efecto modulador de los afectos, puede ayudar también al diseño de programas de restauración neurológica más eficaces y de terapias para el tratamiento de trastornos afectivos, desde las fobias a la depresión. Porque, como nos recuerda cada semana la gentil Magda, también desde hace mucho tiempo otro genial griego nos advertía: “el conocimiento es la virtud y solo si se sabe se puede divisar el bien”.
Compartir con nuestro Martí la fe en la utilidad de la virtud es un imperativo trascedente para alcanzar la mayor felicidad individual y colectiva. Porque de la misma manera que se puede aprender a defraudar nuestro sistema de recompensa y hacerse adicto a drogas o malas conductas, también se puede educar al mismo sistema a disfrutar el placer de hacer el bien. Y tomando otro préstamo de cierre afirmo que es ese el camino del único progreso que realmente vale la pena. Última cita.
Referencias
(1) James W. What is an Emotion? Mind 1884;9(188):205.
(2) Hess WR, Akert K. Experimental data on role of hypothalamus in mechanism of emotional behavior. AMA Arch Neurol Psychiat 1955;73:127-9.
(3) Rodríguez Delgado JM. La máquina para explorar el cerebro. El Correo de la UNESCO 1976;XXIX(Enero):26-30.
(4) Olds J, Milner P. Positive reinforcement produced by electrical stimulation of septal area and other regions of the rat brain. J Comp Physiol Psychol 1954;47:419-27.
(5) Olds J, Olds M. Drives, rewards, and the brain. New Directions in Psychology [2], 327-410. 1965. New York, Holt, Rinehart and Winston.
(6) Bergado JA, Lucas M, Richter-Levin G. Emotional tagging-A simple hypothesis in a complex reality. Prog Neurobiol 2011;94:64-76.
(7) Almaguer-Melian W, Bergado Rosado JA. Interacciones entre el hipocampo y la amígdala en procesos de plasticidad sináptica. Una clave para entender las relaciones entre motivación y memoria. Rev Neurol 2002 Sep 16;35(6):586-93.
(8) Bergado JA, Frey S, López J, Almaguer-Melian W, Frey JU. Cholinergic aferents to the locus coeruleus and noradrenergic afferents to the medial septum mediate LTP-reinforcement in the dentate gyrus by stimulation of the amygdala. Neurobiol Learn Mem 2007;88:331-41.
(9) Frey S, Bergado-Rosado J, Seidenbecher T, Pape HC, Frey JU. Reinforcement of early long-term potentiation (early-LTP) in dentate gyrus by stimulation of the basolateral amygdala: heterosynaptic induction mechanisms of late-LTP. J Neurosci 2001 May 15;21(10):3697-703.
(10) LeDoux JE. Emotion circuits in the brain. Annu Rev Neurosci 2000;23:155-84.
(11) Berridge KC, Robinson TE. Parsing reward. Trends Neurosci 2003;26(9).
(12) Feltenstein MW, See RE. The neurocircuitry of addiction: an overview. British J Pharmacol 2008;154:261-74.











Comentarios
El estudio de la fisiología
Dr. Amaury, muchas gracias
Pues tenga a bien contar con
Estimado Amaury,
Sin duda alguna hay que andar
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