El arca de Delia y Edita

Autor: 

Gabriela Orihuela
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19 Febrero 2021
| |
1 Comentario

Crédito de fotografía: 

Alba León Infante

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Esta es la historia de dos mujeres ancianas entregadas a proteger a dos de las colonias de felinos callejeros más grandes que tiene La Habana. Con un estoicismo conmovedor alimentan, curan y dan cariño a animalitos maltratados, abandonados o nacidos en las calles.

–¿Me vas a abrir?

–Claro, ¿qué pasa? –dice jocosamente el uniformado.

–Tú sabes que soy de aquí.

Este es el diálogo entre Edita y uno de los custodios de la Escuela de Teatro situada en la calle Aramburu entre Zanja y San José, La Habana. Edita recién llega y se nota: una gran fila de gatos la sigue por toda la calle al ver que la reja se encuentra cerrada.

Edita Delgado es una señora mayor muy vivaz y entusiasta; si preguntaran por su pasión la respuesta sería simple: los animales. Ella tiene una de esas sonrisas que contagian, que alegran el alma y demuestran tanta dulzura como fortaleza, una sonrisa imborrable.

 

Fotos: de la autora

Desde hace más de trece años atiende a la colonia de gatos que vive en la escuela: 35 criaturas, más 15 en su casa y un perro. Todo comenzó cuando vio a uno de los presos que trabajaba en la construcción del área deportiva tirar un objeto pesado a una gatica que merodeaba la zona. “Yo estaba en mi casa viendo eso y lo que bajó por ahí fue un monstruo. Le dije al policía que a esa persona no la trajera más aquí, ¡qué clase de ser humano podía hacer eso!”.

Tras el incidente, Edita se quedó con la Pajarita, que falleció a inicios del 2020 siendo una gata de avanzada edad. Y los mininos de la zona comenzaron a reconocer a la abuelita benévola que los alimentaba.

Cada día, aproximadamente a las dos de la tarde, la octogenaria carga con tinas de comida y dos litros de agua para sus gaticos.

Algunos se quedan en la colonia hasta que encuentran un hogar responsable; otros son tratados en su propia casa. Indago sobre esta decisión. “Atiendo en mi casa a los enfermitos, a los que tienen serios problemas y en la colonia no podrían sobrevivir”.

Siempre ha cuidado sola a su colonia. Pero la marcha del tiempo es imparable y ya se siente dolor al caminar, los bultos son cada vez más difíciles de cargar…“Mira, él es Tomás, me ayuda mucho”, me comenta, mientras señala a un señor mayor que se acerca a la par que acaricia a algunos gatos. Tomás auxilia a Edita a llevar la comida y el agua, a servirla y a verificar que todo esté en orden.

“Ellos son mi familia”. Durante la charla Edita repite la frase en varias ocasiones. Y no miente, ellos sí son su familia. Los gaticos se le acercan reclamando no solo alimentos, sino atención y cariño. La señora los carga, los besa y les lava los ojitos enfermos con agua oxigenada. “Es que hay mucha tierra, la humedad y la suciedad les dañan sus ojos”, explica.

Me muestra una casita de madera que la protectora Emma Silvente le regaló para los más pequeños. En la colonia ahora hay cuatro, y uno, al parecer, tiene problemas neurológicos. “No para de temblar, jamás había visto algo así. Come y camina temblando”.

Al mismo tiempo en que Edita me enseña a los pequeños, los vigila, justo encima de nosotras, una gata de color naranja. “Esa es su madre, y ¡mírala! Le sacaron un ojito”. Hace tiempo atrás, los niños de la zona le lanzaron piedras, el resultado fue perder el ojo. “Me la encontré con el ojo colgando”, recuerda la señora.

No se pudo hacer nada, solo cuidar de la gatica. Sin Ley o Decreto-Ley no se puede castigar a quienes, sin razón alguna, dañan, maltratan o le arrebatan la vida a otro ser vivo. Un panorama que debe cambiar radicalmente. La única protección mientras tanto es el amor de miles de animalistas cubanos.

Edita, quien tuvo animales desde pequeña y a quien su abuelo le inculcó el amor y el respeto hacia todos los seres vivos, se para y me lleva a la parte más alejada de aquel patio. “Esta mata es de guayaba, ¿quieres?”. Y sin esperar respuesta comienza a tumbar las frutas como una joven de veinte años. El arbusto está justo al frente de donde cuida a las gaticas recién operadas: “las separo del grupo porque necesitan cuidados especiales”.

La señora cuenta con la ayuda de dos veterinarios que atienden a esta colonia de manera gratuita. No es secreto que todo tratamiento cuesta caro. “Esterilizar o castrar es más costoso, pero hay que hacerlo, debemos controlar la reproducción masiva”.

Edita cumplió 83 años en el pasado mes de noviembre. Hubiese sido más feliz si para su aniversario ya se hubiera firmado el anhelado Decreto Ley de Bienestar Animal. “Mire, cuando uno se dedica a una cosa, lo más lindo que hay es atender esa cosa, ¿verdad?”, afirma.

Cuando Edita menciona “la cosa” hace referencia a su trabajo diario por más de diez años cuidando a los animales desprotegidos. Parece una labor simple, pero nada más lejos de la realidad; es compleja, sacrificada, dura.

Los gatos se arremolinan; no quieren soltarla; 24 horas en la vida de un animal es mucho tiempo, un día sin su protectora es mucho tiempo.

“Antes de irte quiero que conozcas a Enma Silvente. Vive ahí al frente”. Edita apresura el paso, me toma de la mano, casi me arrastra, y con agilidad cruza la calle. Toca con fuerza el timbre y, en apenas unos minutos, sale Enma.

Enma es joven y afable, se alegra de vernos juntas, temió que el encuentro no se diera. La casa luce acogedora, dos perros están en la sala, aunque Edita dicen que son más: “seguro están en el patio”.

Enma auxilia a Edita en todo lo que puede; cuida gatos, perros, los rescata, les brinda cuidados veterinarios y les busca adopción.

“Ella tiene la fuerza de un volcán, no para nunca”, dice Enma sobre su amiga octogenaria. No hace falta que lo mencione, puede notarse; Edita es puro ímpetu.

“Pretendemos hacer un trabajo voluntario, quiero que la zona quede limpia para mis gaticos. Te voy a llamar”. Sí, digo: sería un inmenso placer ayudarla.

Como si fueran hijos

Localizar a Edita resultó fácil; misma hora y mismo sitio todos los días. Pero lograr un encuentro con Dalia Jiménez puede considerarse toda una proeza. Más de una semana necesité para coincidir con esta otra amante de los animales.

Dalia me recibe en el Parque de la Maestranza; allí radica su colonia con más de 50 gatos, una de las más grandes que hay en La Habana. Ella la atiende desde hace 24 años. “He llegado a tener hasta 112, entre los de mi casa y los de aquí. Es una pena que hoy no los puedas ver a todos. Ayer vine por la mañana y por eso están medio perdidos; los animalitos pueden confundirse fácilmente por los horarios”, explica.

Al igual que Edita, Dalia no se deja vencer por los 70 años vividos. Presume un rojo carmín en sus labios; su perfume endulza fuerte el aire; una licra modesta, un pullover sencillo y un abrigo es el conjunto que viste cada tarde para alimentar a sus gatos.

No obstante, el primer animalito que Dalia atendió fue una perrita que se convirtió, tiempo después, en nodriza para los gatos más pequeños de la zona.

“Esa perra vivía aquí. Todos decían que me quería mucho y yo… yo sí la quería cantidad. Le dieron una puñalada. Tenía un hueco enorme y ella rechazaba irse de aquí. Los animales son muy territoriales, pero me la tuve que llevar amarrada o iba a morir aquí”, cuenta la señora.

Así herida, escapó una noche para buscar a su cachorro. “Ellos tienen un profundo concepto de familia, mayor que el de los humanos”, asevera.

La perrita convivió con Dalia y su esposo hasta que la herida cicatrizó. No resultó fácil la recuperación. Toda una vida de maltratos, de mal comer, de insalubridad pesan cuando son atendidos por vez primera y más cuando ocurre un evento de magnitud tan grande.

Pero este no resulta el único caso de maltrato animal que en sus muchos años de cuidadora Dalia ha conocido. “Tengo un grupo de muchachos que se dedican a coger a los gatos de la colonia y dárselos a los perros para que los maten o los matan ellos mismos”, denuncia.

La policía la conoce, sabe de su labor social y humana; sin embargo, están atados, al igual que un elevado por ciento de la población cubana que busca castigar a aquellos que irrespetan la vida y el bienestar de otro ser. No existen aún vías legales para hacer justicia. Queda esperar.

Dalia siempre amó a los animales. Además de atenderlos, tenía que estudiar y luego comenzó a trabajar a muy temprana edad para sostenerse. Su mamá era una persona cruel con los animales. “Éramos cinco hermanos y teníamos un gato siamés que llegó a nuestro hogar en muy mal estado. Nos dio por practicar medicina y curarlo. Mi madre lo mandó a botar en un saco amarrado; el secuaz que se buscó para ejecutar la tarea, lo tiró en un río”.

Pese a que la familia influye en la formación del carácter, Dalia resultó ser distinta. Bajo una especie de juramento personal dedicó su vida a la protección de los animales. Una tarea que no dará jamás por concluida.

Cuando pudo vivir sola lo primero que cuidó en su casa fueron aves: “tuve pájaros de todos tipos, luego crie un majá, me lo habían tirado arriba para que corriera y me espantara, yo me lo quedé porque lo vi indefenso”, cuenta la protectora del Parque de La Maestranza.

Durante el tiempo de cuarentena, y debido al aislamiento orientado y la restricción de horarios para estar en la calle, ha faltado, solamente, en dos ocasiones. “Una vez porque la lluvia hizo que regresara y la otra porque iba a salir casi a la hora que tenía que volver y si me para la policía y me ponen una multan luego no tengo dinero para comprar la comida que necesito”.

Cuando llega no se demora en gritar: “¡Abuelita llegó, vengan a cenar!”. Ellos parecen entenderla, caminan, corren y saltan hasta alcanzarla.

“Este es Fredito, aquella Yuli, esos de allá: Mireyita,Lucrecia, Carmita y Celeste”. Dalia le ha puesto nombre a cada uno de sus mininos. Lo más curioso es que los reconoce sin problema alguno. Los llama a la hora de la comida y les habla como si fueran sus hijos.

“Yo no tuve hijos. Me casé tres veces y perdí dos embarazos. Pero los gatos no son el reemplazo de los hijos que no tuve, ellos son mis hijos”. Aunque Dalia fuera madre seguiría cuidándolos y protegiéndolos. En su casa –un pequeño apartamento– tiene 40 más. En su hogar permanecen todos aquellos animalitos que iban a expirar.

“Estaban por morir y yo debía salvarlos. Lucho hasta el último momento”. Un acto que haría únicamente una persona excepcional.

En varias ocasiones, Dalia no ha tenido dinero para pagar a los veterinarios; por tal razón, ha aprendido a reconocer las enfermedades y a curarlas. “Lo único que no puedo hacer y estoy segura que tendré que enfrentarme a ello es pasar el suero por el peritoneo”, dice.

Pero Dalia guarda otras preocupaciones: dos recién nacidos llevan días perdidos y tampoco puede dejar de pensar en Anita, una bella gata joven que “lleva tres meses en la colonia porque su familia la abandonó. Parece que solo le daban proteína y ahora no come esta comida, que es lo mejor que puedo encontrar”.

Esa es otra de sus inquietudes permanentes: la alimentación: “no hay mucho que darles. Esta colonia hace rato no come pescado. Si a las personas les faltan los alimentos, imagina a los animales”. Dalia cuenta con un salario de obrera, pero “para ellos no escatimo, les doy todo lo que necesiten, pienso más en ellos que en mí misma”, comenta.

Dalia y Edita poseen otra cosa en común: a Emma Silvente. Ambas la describen como su “ángel de la guarda”. En los últimos meses, esta protectora les ha proporcionado algunos alimentos y dinero para que puedan cuidar a sus respectivas colonias.

 

Foto: de la autora

¡Llegó la hora de comer! De cena hay arroz, boniato e hígado. Más de veinte platos plásticos se encuentras esparcidos por un pequeño espacio del parque. Dalia toma un cucharón bastante grande y comienza a servirle la comida a sus felinos. Cada uno sabe perfectamente donde ubicarse.

Uno de los pequeños no prueba bocado: “ese está medio enfermito”, comenta. Anita, la abandonada, sigue sin comer casi nada. Hay una pequeña pelea por el pedazo de carne entre dos gaticos; el encuentro es disipado al instante por la señora. Sabe controlar a la perfección a su colonia. Le hacen caso, la entienden, la respetan y la siguen a todas partes.

“Te voy a contar algo para que te lleves una sorpresa y sepas con qué yo tengo que lidiar.

“Durante la primera etapa de la pandemia, mientras alimentaba a la camada, observé a un señor mirando a los gaticos comer. Le pregunté qué hacía allí y me respondió que buscando a su gata: ‘¿qué gata? ¡Aquí todos son míos!’, le contesté. Él fue capaz de contarme que había botado aquí mismo a su gata meses atrás porque hizo un intento de arañar a su hija.

–¿Reconoció a su gata? –indago.

–Sí, me la señaló y todo, pero no era de él, sino mía. Ese señor la botó, la dejó a su suerte.

“Yo nada más deseo que esas personas sientan por un día la soledad, la angustia y el hambre que los animales llegan a sentir. Solo un día, con eso bastará.

Según Dalia, muchos –incluyendo amigos y familiares–la han llamado la “loca de los gatos”.

“Eso a mí no me importa. Yo amo a mis gaticos”. Mientras cuenta esto, los mininos se le suben al cuello, juguetean con ella, le maúllan, trepan por su pie y la arañan buscando atención. Toda la escena, sumado al relato de Dalia, me recuerda a la “loca de los gatos” de los Simpson. La diferencia radica en que Dalia tiene un carácter afable y que la mayoría de sus animalitos han sido víctimas de violencia y abandono.

El 25 de diciembre del 2014 Granma publicó un artículo nombrado “Quince minutos por Dalia”, de Alfonso Nacianceno, donde se hacía referencia al buen trato de esta fundadora del parque inflable de La Maestranza. Dalia ni siquiera supo de ello hasta que días después de publicado el texto, el gerente de su centro laboral fue el portavoz de la noticia: “¡Me sentí famosa!”.

Luego, un día la citaron para una reunión que por incidencias del clima no pudo efectuarse. Cuando las condiciones fueron idóneas para esta cita, Dalia recibió un ramo de flores obsequiado por Eusebio Leal.

En varias ocasiones ella trató de mostrar personalmente su agradecimiento a Leal, pero no fue posible este encuentro. “Me quedó ese dolor, no agradecerle a Leal. Cuando fuimos a rendirle tributo a sus cenizas aproveché y en el libro de condolencias le agradecí el gesto de las flores; de ellas conservo las cintas y el papel crepé”.

La noche entra y ahí sigue ella, limpiando los platos plásticos, atendiendo a los mininos, separando a los más jóvenes y a los de mal carácter, sirviendo agua, recogiendo escombros, ubicando cartones para que puedan resguardarse ahí.

Dalia parece incansable, ¿lo es?

Casi a punto de marcharme, encontramos uno de los gaticos perdidos: mojado, sucio y tan tanflaco. Le pregunto si está vivo y justo en ese instante el pequeño felino maúlla, como si pidiera auxilio. “¡Rápido! Hay que mantenerlo caliente. Me lo llevo para la casa. Lo voy a salvar”.

Dalia lo envuelve con una jaba –lo único a su alcance–y lo coloca justo en su pecho, debajo de su ropa. Luego emprende una marcha rápida, increíble para sus 70 años; tiene que llegar a casa, necesita curarlo.

–Dalia, tendrá ahora 41 gatos en su casa –le digo.

–Habré salvado uno más –responde.

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Comentarios

Buenos dias.Mis

Buenos dias.Mis felicitaciones a estas dos nobles mujeres por su amor y entrega.Ojalà y mas personas se ocuparan de los abandonados asì.Perdì hace 25 dias a una de mis gaticas y siento mucho dolor, por eso las comprendo.Tambièn abogo por la ley de bienestar animal ràpido.Un saludo.
Serìa muy provechoso que instituciones cercanas a estos lugares contribuyeran a la alimentaciòn de estas colonias.

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