Atisbos desde los postes

Autor: 

Redacción JT
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29 Marzo 2018
| |
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Crédito de fotografía: 

Ilutración Dariagna Steyners Patiño

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 No hay nadie que últimamente haya andado más por las alturas que los trabajadores del sector eléctrico. Basta recordarlos tras cada evento ciclóni­co reciente, reparando a contrarreloj los cables derribados en los topes de los postes. No hay nadie… o casi nadie, que no es lo mismo pero es igual.

Más elevada es otra meta que se propone el gremio energético: lograr que en el año 2030 (no está muy lejos; es pasado mañana) la obtención de un cuar­to de la energía nacional (24 por ciento, para ser precisos) ocurra a partir de fuentes renovables. Es más: para estos fines, el país se empeña en alcanzar buena parte del proceso inversionista hacia 2021.

Es de esperar que esta carrera por la reducción de la dependencia de los combustibles fósiles no se obstruya al alcanzarse esa cuarta parte planificada, ni siquiera si un día amaneciéramos con la noticia de que por una divinidad del cielo se ha encontrado en nuestras plataformas más petróleo que en el Golfo Pérsico.

No es descabellado ni infundado este temor. Para no pocos, la sustitución de las fuentes energéticas, en primera instancia, es sobre todo una solución estratégica ante los vaivenes del mercado petrolero y su consecuente y sofocante erogación de divisas. Tales contratiempos, valga recordar, en ocasiones han obligado no ya a hacer severos planes de ahorro, sino incluso a tomar medidas de recortes de con­sumo que han afectado los ciclos productivos de la nación y el elemental bienestar de los cubanos.

Por una mirada primordialmente economicista, costó tiempo –tal vez demasiado– timonear la migración hacia las fuentes renovables, desde que en los años 90 se pensara en esa posibilidad.

Es cierto que existía el consenso de que ese ca­mino sería una contribución del archipiélago para la salvación ambiental global, pero en verdad se tomó como una idea secundaria, con respecto a la de alcanzar la soberanía energética del país. No se vio, pues, una meditación de Fidel en su totalidad, expuesta por él cuando la humanidad estaba más ocupada con el cambio de milenio que con el cam­bio climático: las tecnologías verdes, dijo, son más democráticas porque no se puede privatizar el sol.

Aun hoy, con más conciencia, apenas en este mi­nuto es que empiezan a escucharse las primeras vo­ces a favor de estimular la obtención de energías limpias descentralizadamente, por y para uso del sector residencial, incluso desconectadas del sistema nacional. Hasta el momento, los emprendimientos han apuntado a formas estatales y colectivas, casi siempre con el consabido esquema comercial servi­dor cliente, como si una gota de tributo a la salud del entorno no conformara el mar que salvará el planeta, y ahorre millones a la economía nacional.

En cualquier caso, el propósito ambiental va ga­nando protagonismo, si bien sigue siendo un “ade­más”. Empero avanza con buen tino la migración, en inversión y con plazos alentadores.

Al concluir 2017, ya estaban operativos 87,5 megavatios de potencia, distribuidos entre las di­ferentes fuentes de energía renovable. Según Al­fredo López, ministro de Energía y Minas, este año estarán en proceso 453 megavatios, y de ellos el país debe contar con 283. Esta indus­tria apuesta fuertemente por la implementación de la energía bioeléctrica en diversos centrales azucareros, los parques solares fotovoltaicos, entre otras fuentes. También por la optimización de los procesos de generación en las termoeléctricas y las potencialidades del gas, habida cuenta de que el sistema siempre necesitará equilibrarse con fuentes tradicionales –pero eficientes, claro está–, ante las fluctuaciones inducidas por las variaciones del clima.

Bien visto, comparado con otras metas de la Tarea Vida, parece no tener igual prioridad el tránsito de las tecnologías grises a las verdes dentro del sector energético. Sin embargo, va cumpliendo su parte como factor de mitigación y adaptación al cambio climático. Y lo mejor: con cronogramas sostenibles y realizables, algo que todavía no se aprecia clara y orgánicamente en la ejecución de otros objetivos enunciados por esa estrategia nacional de largo plazo, a pesar de que conseguir algunas de esas me­tas parecen empeños casi faraónicos.

Tal vez andar por los postes, en alturas y emergen­cias, le ha permitido al gremio de la luz mirar más lejos… y ver más verde.

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