La balada de Perico

Autor: 

Dariel Pradas
|
16 Julio 2019
| |
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Crédito de fotografía: 

Alba León Infante

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Como un voyeur, el sol se esconde tras las montañas y apresura el atardecer. Perico maneja el carricoche repleto de heno. Lleva las riendas de la yegua mientras conversa con su novia. Él tiene los ojos azules y ella, un rostro mediterráneo. Si sus pieles fueran de óleo, parecerían protagonistas de una escena francesa de Van Gogh, sin otro título para el cuadro que Los amantes, la carreta y el caballo, y el camino. Pero las montañas son mogotes, no hay tanto heno de carga, y la escena no ocurre en Arlés, sino en Viñales.

El jardín de la finca L’Armonia posee arbustos de flores, un césped suave y dos perros que ahuyentan hasta a las garrapatas con sus ladridos. Perico desata las bridas del equino, Melissa (su pareja) echa agua en el abrevadero; la yegua choca sus cascos contra el suelo. Revisa uno el cultivo de tomates, otro levanta par de cubos mientras la última relincha y bebe; de pronto, entran en juego más personas y acciones que se desenvuelven simultáneamente dentro de una rutina taylorista, que contrasta con el sosiego del valle.

Desde el jardín se contemplan los mogotes como granos en la corteza terrestre. Estas formaciones montañosas son únicas en la Isla y bastante atípicas en el resto del mundo. De ahí que los extranjeros queden cautivados nada más ver los folletines con las promociones de viajes ecoturísticos. Cerca de la finca de Perico, por los mogotes Dos Hermanas, se halla el Mural de la Prehistoria, una pintoresca “infografía” que refleja, en una ladera de la montaña, el proceso evolutivo de la humanidad y los animales en la Sierra de los Órganos. Allí los turistas se amontonan y sus guías repiten las anécdotas que una vez contaron quienes hoy son sus jefes, las mismas que a estos también les fueron transmitiendo, de generación en generación, desde el fin del milenio, más o menos desde que, en diciembre de 1999, el Valle de Viñales fue declarado Patrimonio Natural de la Humanidad por la Unesco.

Desde el jardín además se observan los cultivos como biopsias en la corteza terrestre. Heridas que sirven para cosechar el mejor tabaco del mundo y los víveres que proveen las cenas de los turistas. A esta hora, ellos deben estar volviendo de sus recorridos. Pronto se embriagarán con algún mojito o piña colada y quedarán rendidos en cualquier recoveco del pueblo, pues hasta en el más impensado hay una casa de alquiler.

Viñales es un gran monedero forrado de yute.

Llegados a este punto, tal vez alguien se pregunte quién es Perico. Y diré: un campesino de 26 años que decidió romper con décadas de una tradición científica y tecnológica en la agricultura, para sembrar como antaño se hacía, sin utilizar productos químicos, a partir de fertilizantes orgánicos y, eso sí, con un sistema agrícola sostenible: en resumidas cuentas, un agroecólogo como otro cualquiera.

¿Por qué Perico entonces? Porque de todos los agroecólogos que he conocido en Viñales, es el único que no tiene un restaurante donde vender los “raros” manjares que trae una cosecha totalmente orgánica. Por eso, y porque ama la tierra como si esta lo hubiera parido.

Eres lo que comes

En la finca L’Armonia se cultivan arroz, café, frijoles, plátano, piña, tomate, lechuga y rábano bajo las reglas fundamentales de la agroecología: labrar lo menos posible el suelo, aprovechar varios sembrados en un mismo terreno y, absolutamente bajo ningún concepto, aplicar productos químicos.

Por ejemplo, después de cosecharse el arroz, que se seca el tronco de la mata y se transforma en paja, este se coloca a los pies de otras plantas como el café. Así se conserva la humedad, se evitan las malas hierbas y, al pudrirse y fermentarse, funciona como fertilizante natural.

Luego de trillarse los frijoles, la vaina sobrante resulta compost. Igual sucede con los racimos de plátano que se desechan; o con el estiércol de los caballos; o con la comida que las gallinas no se dignan a comer y que las lombrices engullen sin vergüenza: su humus ayuda a crecer la piña.

En el huerto, tomates, rábanos y lechugas comparten el mismo espacio como compañeros de piso. Los minerales que no nutren a un vegetal, sustentan al otro. Para fumigar, se usa la tabaquina (la vena central de la hoja del tabaco, que contiene la mayor concentración de nicotina). Se pone en agua durante diez días hasta descomponerse. Entonces L’Armonia queda en neblinas.

Lo curioso es que hace un año y medio, la finca no funcionaba de la misma manera ni cultivaba la mitad de lo que hoy hace. El cambio estaba pronosticado desde el momento en que Melissa llegó a la vida de Perico.

–¿Cómo se conocieron?

–A caballo– responde ella con un español de trabalenguas.

Hace más de tres años, Melissa aterrizó en Cuba. Como es marsellesa fue a Viñales, tal como suelen hacer muchos turistas franceses. Y en una excursión a caballo, con Perico de guía, ocurrió lo inevitable.

–Ella se embarcó la vida –bromea Perico, sentado junto a ella sobre un taburete en el jardín– y me la embarcó a mí.

Melissa, antes se enamoró de la tierra cubana. Venía del mundo de los transgénicos y tractores con control remoto, y cuando vio que en Viñales todavía se araba con bueyes y casi no existían sistemas de regadío, quedó impactada. Ella siempre ha interpretado la agricultura como una armonía de vida: “tú eres lo que comes”. De ahí que se fascine con el respeto de los lugareños a la temporada de lluvia y al ritmo natural de la cosecha. Además, practica la osteopatía y para aliviar los dolores causados por los problemas mecánicos del cuerpo, aboga por el consumo de alimentos sanos.

Solo después sintió atracción por su guía de cabalgatas. “Nunca había conocido a nadie por el estilo”, confiesa. “¿De dónde salió? ¿Cómo él nació con este pensamiento?” se preguntaba a cada rato. “Demasiado simpático… y demasiado bobo”, cavilaba al percatarse de la pureza de aquel guajiro, sin malicia como la tierra casi incorrupta de Viñales.

Se despidieron pasado los días. No obstante, Melissa regresó para quedarse tres meses (el máximo permitido por una visa de turismo), y más adelante, regresó otra vez, y otra vez. Mientras, durante la estancia en Cuba, trabajaba la tierra de día junto a Perico y en el lecho, de noche, le explicaba la idea de la permacultura, sobre cosechar primero alrededor de la casa, en vez de ir directo a las grandes extensiones; sobre aprovechar el espacio y asociar plantas en un mismo sembrado… “Quería demostrarle que una hectárea es enorme”, afirma.

Entonces Perico no era todavía un agroecólogo. Tuvo que acompañar a Melissa en uno de sus retornos a Francia para empezar a considerar esa forma de agricultura.

Apenas salió del Aeropuerto de París-Charles de Gaulle, Perico estuvo como una hora boquiabierto: La Habana ya le parecía demasiado agitada. Los sonidos parisinos lo atormentaban: las motos, las bicicletas en la acera, la gente que le gruñe a los celulares en idiomas desconocidos. Solo un día bastó para hacerle la cruz a la ciudad. Luego viajó a un pueblo de las afueras y descubrió que en el país de los panes y los vinos también había montañas.

En Francia aprendió el idioma, el funcionamiento de las granjas agroecológicas y el misterio de las expendedoras de café. Le parecía ilógico que cientos de personas se sirvieran decenas de tipos de café a partir de un único artefacto. Con leche, grande, americano, doble, chiquito, con galleticas, con chocolate, cappuccino, sin fallos. En ese momento, solo observó. Pero la duda quedó tan sumergida en su mente que, al pasar un mes, le preguntó a Melissa: “Cariño, ¿Detrás de la máquina hay una persona que despacha el café?”.

Después de dos años de relación, Melissa decidió establecerse en la finca, lo que significó estar tres meses en Cuba, unos días en otro país, tres meses más en la Isla, y así la mayor parte del tiempo.

Para realizar ese paso tenía que enfocarse en algo que fuera de interés mutuo, algo que la incentivara a echar raíces. Entonces juntos, Perico y ella, decidieron romper con décadas de una tradición científica y tecnológica en la agricultura.

El venado jala pa’l monte

Sin sorpresa alguna, comienza a llover. Nos desplazamos del jardín hacia el portal de la casa. Pronto anochece y la luz de la lámpara del techo es la única que brilla por la localidad. Rodeados de la oscuridad del monte, aquel parecía el único lugar iluminado del planeta.

Llevamos tiempo conversando. Melissa es bastante espiritual en algunos aspectos: a veces cree en la mística, en la energía cósmica y parece que en el destino también; aunque por momentos es tan pragmática como una calculadora, sobre todo a la hora de sacar las cuentas de la finca. Perico, en cambio, se deja guiar por ella en esas últimas cuestiones.

Sucede un café, par de cigarros, y en veinte minutos puestos entre paréntesis, Perico cuenta la historia de Yoany Morales García, su propia historia:

Desde muchacho, los profesores catalogaron a Perico como una persona madura, porque ante cualquier disyuntiva, siempre sabía escoger con naturalidad la decisión “buena”, la correcta. No era racional su forma de actuar en esas circunstancias, más bien funcionaba como un don. Él piensa que todos nacen con uno, y el suyo, dice, es el de no perderse en el camino de la vida.

Así decidió trabajar desde los diez años, vendiendo aguacates y plátanos en un campismo cercano, solo por buscarse su propio dinero. Esa independencia lo inspiró a mantenerse a sí mismo económicamente desde los doce, a pesar de que aún vivía con sus padres.

No supo que estaba sellado su destino hasta que un día, en el “pasillo aéreo” del Instituto Tecnológico de Economía, se le aguaron los ojos al ver “ese bulto de ciudad”. Por aquella época, estaba internado en Pinar del Río y, rodeado de edificios, comprendió que definitivamente eso no era lo suyo. “El venado jala pa’l monte”, sonríe Perico bajo la luz del portal.

Empezó a escaparse de la escuela y recorrer veinte kilómetros hacia su hogar. Consiguió cambiar su condición como estudiante a “semi-interno”. Suspendió dos pruebas. Tuvo la oportunidad de repetirlas, pero ni se molestó en hacerlo. Surgieron las contradicciones con su padre: este le exigía que estudiara, que el campo no daba nada. Perico entró a una escuela de oficios para hacerse panadero. Le regalaron el título, dice. No lo ejerció, como tampoco sus otros compañeros de clase: nada inesperado cuando en Viñales hay dos panaderías y cien panaderos buscando trabajo. Luego intentó sacar el duodécimo grado, pero desistió al poco tiempo.

–No soy una persona bruta, pero el estudio no es lo mío. Hay muchas maneras de aprender –comenta Perico, quien se presenta como un guajiro con noveno grado.

Está seguro de su don. Dejó el mundo de los borrones en las libretas para irse a trabajar a tiempo completo con su padre y su abuelo, después de todo, había nacido anclado a la tierra.

Escampa. Perico sigue hablando de su adolescencia mientras su pareja lo escucha tal si fuera la primera vez. Se recuesta contra la pared de madera. Rememora que a los 19 años se largó del hogar paterno, que su madre se divorció poco después de eso para irse con él, que vivieron prestados bajo el techo de un tío suyo hasta que compró la casa de una señora a 3 500 pesos cubanos; pero solo la casa, así que tuvo que desmontarla y utilizar los materiales para construir otra dentro de la finca de su abuelo, donde reside actualmente.

Como el anciano le había dejado escoger cualquier lugar dentro de la propiedad, Perico montó los pilares junto a la mata de aguacate que sembró su bisabuela de joven (esta planta suele vivir unos 70 años), por donde había antes una casa de tabaco. Siempre le había gustado esa posición geográfica: una altura, cerca de la presa, con la vista más linda hacia los mogotes. Pero esa loma era un infierno selvático, la tierra más mala de la finca, donde no se podía cultivar nada, apenas un poco de yuca que no había quien se comiera. Después de tres meses de construcción, la madre de Perico lloró al ver su propio hogar terminado y las orejas de su hijo chamuscadas por el sol.

Perico cree que todos los eventos de la vida se originan en la mente de uno mismo, a partir de los temores y el deseo. Algo parecido a la energía cósmica, tal vez. Bajo esa lógica dejó la escuela, empezó a trabajar, levantó su hogar y hasta conoció a Melissa. O quizás el destino le puso todos esos baches solo para llevarlo a escuchar las palabras que le transformaron el cerebelo:

–Yo era un campesino que me levantaba por las mañanas, me ponía mi sombrero, camisa y botas y me iba a trabajar, y yo… no disfrutaba. Trabajaba porque era mi profesión, lo que me gustaba, lo que decidí, pero no lo sabía disfrutar.

Perico narra entonces su anécdota preferida:

–Un buen día conocí a un amigo que me citó la frase de un escritor: “¿Para qué quieres mirar la luna cuando puedes ver el sol?” No la entendí. Un guajiro adolescente no podía entender la idea. Después, él me la explicó: “Si tú tienes, por ejemplo, una plantación de café y, en la mañana te puedes tomar una taza de café, disfrútala, porque eso es lo que tienes”.

Luego le dijo que cada persona en el mundo tiene el derecho de tomar cinco minutos en el día para sí misma. Desde entonces, en cada jornada, Perico detiene los bueyes, contempla las montañas y repite: “¡Guao!, qué suerte tengo de vivir aquí en Viñales”.

El arte de poner las cosas más difíciles

Romper con las normas no es tan sencillo. El sueño de la agroecología provoca pesadillas en las noches de Melissa. Los números no dan la cuenta ni aunque los multipliques por dos, tampoco si los potencias. Ella lleva con Perico más de un año en ese proyecto de la agroecología y todavía no es rentable la finca. Tienen que redondear los ingresos con excursiones a caballo y remesas francesas. Si no fuera por el turismo de Viñales, hace rato que la granja hubiera muerto.

Es cierto que están empezando y la inversión inicial para este tipo de agricultura es la parte más angustiosa: la transformación del método. Supuestamente el proceso luego se vuelve autosostenible. Pero… ¿y si falla una cosecha por plagas? ¿Y si no llueve durante un semestre entero?

Para colmo, Melissa no tiene una red de contactos en la Isla y le falta conocimiento y acceso a la información para poder mejorar. Apenas cuenta con la ayuda del Parque Nacional de Viñales que, gracias a un par de especialistas, promueve la agroecología como alternativa dentro del Valle. Ella piensa que al campesino cubano le falta curiosidad, que no realiza los cálculos básicos de producción ni se proyecta para el futuro. Eso entorpece la travesía aún más.

–Cuba es difícil. Si no hay puntillas, no aparecen puntillas en ningún lado. Pero a veces creo que me adapto más que los propios cubanos –comenta Melissa frenética–. Cuba es difícil, pero los cubanos tienen el arte de poner las cosas más difíciles.

Normalmente, otros agroecólogos venden sus cosechas en sus restaurantes privados, establecidos en las mismas fincas o en el centro del pueblo. Dice Perico que un tomate servido por camareros vale unos cinco CUC, porque el turista es el cliente. Sin embargo, él y su mujer prefieren vender sus productos a los cubanos asalariados de 500 pesos mensuales*, y sin abuso: la libra de café a 50 pesos; la de tomate, cuando en Viñales cuesta 25 pesos, ellos la ofrecen a 15, si vale diez, la rebajan a seis. Y todo orgánico y de primera calidad. Pero esto resta los dividendos y aleja la quimera de que L’Armonia baste para sostenerse sola.

Melissa tropieza con una gran encrucijada.

–En Francia tenía una vida maravillosa –revela– pero pasaba mis días esperando el fin de semana. Para mi familia es difícil que yo esté en Cuba. La única cosa que puedo decirles a ellos es que aquí tengo varios momentos de felicidad cada día, mientras que en Francia los tengo una vez por semana.

Pero su amorío con la tierra cubana a ratos se vuelve hostil e inmanejable. Los ingresos que le facilita su empleo en Europa, realidad versus fantasía, todos son factores que enmarañan la decisión de Melissa.

Su misma relación con Perico está cimentada sobre la base de vivir en el presente. No hay planes sobre si se quedará en Cuba finalmente, o sobre si viajará a su país natal para no volver jamás. Tal vez un día lo haga y estos casi cuatro años queden en su memoria como una aventura de la juventud; al fin y al cabo, su edad es de solo 29. Por eso ambos, antes de cada viaje, se agradecen los soplos de felicidad y se despiden tal si fuera la última despedida.

Perico observa el rostro de Melissa –la luz del portal parece dispersar su silueta como si Monet la hubiera pintado. La escucha atentamente destruir la magia del sueño. Asiente. No puede hacer nada al respecto. Sin importar lo que ella decida, él seguirá atado a la labor del campesino. Otro árbol de aguacate crecerá en la loma de L’Armonia.

Perico está callado e inmóvil. Los rieles de su destino se discuten frente a sus ojos y él permanece quieto, a la deriva, como la tierra misma de Viñales.

 

 

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