Bienestar animal: y para luego siempre es tarde

Autor: 

Claudia Rafaela Ortiz Alba
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11 Abril 2022
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De la autora

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Viernes 8 de abril, 11.38 PM. Hay un link en mi bandeja de Telegram y un mensaje. Lo abro, respondo y pincho. Veo el video de cómo en el Recinto Ferial Rancho Boyeros, frente a cientos de personas, dos payasos y trece vaqueros juegan al rodeo con un gato.

A pocas horas del hecho, se hace público el repudio a la acción por parte del Ministerio de la Agricultura y el dictamen del análisis con las sanciones administrativas, disciplinarias y contravencionales establecidas por la ley para los responsables. Pero los internautas continúan preocupados: ¿Qué fue del gatico? ¿Cómo está? ¿Dónde está? ¿Recibió ayuda? ¿Se sabe algo?

Unas horas después del suceso JT hace un primer acercamiento al problema, que denuncia la naturalización del maltrato animal y sus causas. La periodista escribió: “dicen que el minino está vivo, aunque aún no lo comprobamos. Por lo menos él aún respira, otros este año han dejado de hacerlo”.

La revista contactó de inmediato con el Ministerio de la Agricultura para conocer, además de las medidas que se iban a tomar, la situación del animalito.

“Carlos III, nos dijeron que el gato está ahí. Lo están atendiendo y está vivo”, escribe mi directora, y me da la orientación de ir a comprobarlo.

En la puerta hay un señor en ropas verdes. Le enseño mi credencial, y pregunto. Me apunta a una mujer sentada en un banco, casi bajo el sol. Ella es la directora.

Su nombre es María Victoria, directora de la Clínica Veterinaria “José Luis Callejas”, más conocida como la clínica de Carlos III. Y está esperando al gato desde tempranito.

La llamó el director de su empresa, después la Doctora Iraima, Jefa de Veterinaria del Grupo Ganadero, y por último la Doctora Marianela, de Sanidad Animal.

“Ellos recogieron al gato y le brindaron unos primeros auxilios, ahora vienen para acá a que lo evalúe un especialista”, me dijo. Fue muy amable. Me ofreció sentarme y esperar junto con ella al gatico. El gatico demoró.

Marianela Altunga Díaz, Jefa del Departamento Provincial de Sanidad de La Habana, está también despierta desde bien temprano. En la Feria Internacional Agroindustrial Alimentaria (Fiagrop), desde las 7 AM, se suceden los análisis a los implicados en el hecho. Ella es una de las que condujo el proceso, y fue también quien recogió y transportó al gato hasta la clínica de Carlos III.

Los vi llegar. Varios trabajadores de la clínica, ya enterados de la situación, también esperaban. Los médicos de guardia habían quedado con indicaciones de la directora de atender de urgencia al minino. Ninguno de ellos había visto el video aún, pero se lo habían descrito, y sobre esa base, se hicieron una idea de las posibles lesiones.

Aniplant también estaba por llegar. Traía un guacal para traspasarlo. El animalito iba en un saco, con la boca cerrada. Después de la evaluación clínica, Aniplant asumiría su recuperación, y lo pondría en adopción.

Entramos a la sala de curaciones. Nos recibió el médico Dunier Meneses Vigil. Abrió el saco en el que estaba. El gato salió disparado. Se trepó en una estantería, hubo que cerrarlo todo. Estaba muy asustado. Se valoró la posibilidad de sedarlo.

A simple vista no tenía fracturas, ni lesiones en el cuello, las patas, o el cuerpo. Ese fue el primer diagnóstico de Dunier. Le hicimos algunas fotos. Íbamos a publicar la única noticia feliz del bochornoso incidente: ¡El gato está bien, y será dado en adopción cuando se recupere!

Mando las fotos, escribo a la revista. Y me responden desde el grupo de trabajo: “El gato parece otro”, “El gato es blanco y negro”, “Rafa, perdón, ese no es el mismo gato”, “El gato tiene patas blancas”.

Comparamos enseguida las fotos del minino en la clínica con el video. No estábamos equivocados. Ese no era el gato que fue víctima de maltrato animal en Fiagrop.

“¿Qué vamos hacer?”, pregunto. “Díselos, que no es el gato”, responde mi directora. Camino hacia ellos. Tienen caras de cansancio. Sus teléfonos no paran de sonar. Les cuento que no es el gato. Les muestro de nuevo el video. No es el gato.

Maritza Ramírez, del Departamento de Asociaciones del Ministerio de la Agricultura, llega unos minutos después, junto a una periodista y una comunicadora, partes del equipo de comunicación MINAG. Ellas también están allí para publicar sobre la salud del animalito.

Se acerca a mí, nos presentamos. Me pregunta si estoy segura de que no es el gato, le respondo que sí, y vuelvo a mostrar el video. No hay dudas, también ella se convence.

Todos piensan por unos minutos cuál será el próximo paso. El médico da su diagnóstico definitivo: salvo asustado, el gatico que llegó a la clínica no tiene absolutamente nada.

Aprovecho y le pregunto a Marianela, ¿quién les entregó a ustedes el gato? Ella responde que las mismas autoridades de la Feria. Y a ellos, a su vez, el payaso que lo soltó en medio del rodeo para que los vaqueros lo cazaran con el lazo. Nunca abrieron para comprobar, nunca lo vieron hasta que llegó a la clínica. “Temíamos miedo de que escapara”, explicó el chofer.

Van de regreso para la Feria. Ofrecen llevarme. Subimos el guacal al carro, con el animalito, que resultó ser una gatica. Y cogimos carretera.

Antes de salir, justo cuando sacábamos al minino del salón, una mujer que esperaba para atender a su perrito nos gritó desde los bancos de espera: “¿se salvó por fin el gatico del video?”. Asentí con la cabeza por vergüenza mientras caminaba, y quería decirle: “No sé”.

El Recinto Ferial Rancho Boyeros es un aluvión de personas. De la zona del rodeo se oyen unas ovaciones tras de otras, la gente parece estar feliz, disfrutar del espectáculo.

Maritza sale a buscar a alguien que pueda atenderla, para pedir explicaciones sobre el animalito. Entregaron un gato sano, un gato que no es. Eso le suma otros decibeles de gravedad al problema. Es deshonestidad. Ellas, Maritza y Marianela, lo entienden.

En lo que esperamos hago una panorámica del lugar. Chupo un caramelo para recuperar energías. Han pasado algunas horas. Camino por dos o tres oficinas. Le pregunto a algunos trabajadores sobre lo sucedido. Busco al artista/payaso; es quien mejor debe saber el paradero y el estado de salud del animalito. No lo consigo.

Maritza logra dar con el Director de la UEB de Rodeos, conversa con él. Yo estoy lejos, caminando hacia ellos. Él toma el gato y lo entra a una oficina. Los gritos eufóricos del espectáculo se siguen escuchando, me recuerdan al video. Todas estamos cansadas, todas tenemos hambre.

Alguien nos conduce a una oficina para que esperemos ahí, pero no aparece la llave. Maritza llama a Marianela, que regresemos, el Director General de la Feria ya está con ella.

Cuando volví se estaba yendo. Intenté alcanzarlo, pero no pude, el pasillo de oficinas era casi laberíntico. Pregunté su paradero, me apuntaron la oficina con el dedo, estuvo siempre frente a mí.

Entré, me presenté. Tomé asiento en un sofá. Recuerdo haberlo hecho sin permiso, sentí un poco de vergüenza. Se mostró respetuoso, dispuesto a responderme. Su nombre Carlos Manuel Ventura Acosta, Director General de La Feria.

Comencé a hacerle las preguntas. ¿Dónde está el gato?, fue la primera. “Ahí está, es el que ustedes tenían”. Le respondí que ese no era el gato. Le expliqué brevemente por qué no podía ser.

El artista/payaso implicado es un trabajador por cuenta propia que vino acompañando el Equipo de Rodeo se Sancti Spíritus, me explica. A las 7 de la mañana, cuando fueron a su habitación a hacer el análisis del incidente, les entregó ese gato, ya en el saco amarrado. Nadie abrió para comprobar. Era todo lo que sabía.

Carlos Manuel me contó también de cómo el artista reconoció y asumió “valientemente” su error. Incluso pidió que no se sancionara a nadie más. Pero había que hacerlo, sigue contando. El gato se lo entregó una señora para que se lo llevara de regreso a Sancti Spiritus, o al menos eso cuenta el maltratador. El hombre reconoció que, como payaso, en un bache del espectáculo, decidió sin previa consulta o autorización soltar el gato en el rodeo para que los vaqueros jugaran (con su vida).

Le pregunté por el comunicado de disculpas que se emitiría en el Rodeo de ese día, a nombre de la Feria. Me dijo que ya se había hecho, que lo leyó el animador, frente a todos los invitados y espectadores. Le pregunté cómo podía acceder al documento, me dijo que era muy parecido a la nota que publicó el MINAG.

Indagué sobre las sanciones, aun sabiendo que pronto se publicarían. Multas de tres mil pesos para los payasos, multas de mil 500 pesos para los vaqueros implicados. El artista/payaso que lanzó al gato fue además “separado de la parte de Rodeos Nacional”, y “se le aplicó decreto, sanciones administrativas, al Director Artístico a cargo del espectáculo y al Director de Rodeo de la Ganadería”.

En eso entró la comunicadora a detener la entrevista por falta de “autorización”. No sé si era una verdad o solo improvisaba. Yo casi terminaba de hablar con el Director. Faltaban solo dos preguntas, ¿qué iba a pasar con el gatico que resultó no ser el gatico?, ¿y dónde estaba el payaso/artista para poder preguntarle por el real paradero del gatico maltratado y su salud? Solo atiné a dejarle caer la primera.

No siempre es fácil insistir en una entrevista frente a alguien que no entiende bien cuál es la función del ejercicio periodístico en el socialismo. “El gatico lo tendremos en custodia nosotros hasta que sea necesario, se le dará comida, y se tendrá en un lugar seguro”, respondió; “¿y después?”, riposté, “el artista dice que es de él, no sé si se lo llevará”. “Es preferible que lo suelte en una colonia antes de que se lo devuelvan”, le dije yo. Ese fue el fin de la conversación.

Caminamos hacia el resto de las compañeras, era momento de irse. Hubo un silencio largo, y alguien lanzó la preocupación ¿Qué historia saldría de aquí? ¿Qué se podría escribir sobre esto? Yo fui sincera. Iba a escribir desde las preguntas pendientes, desde lo que nos falta por aprender.

Maritza y Marianela se preguntaban, camino al carro, sobre la posibilidad de hacer una nueva denuncia en la policía contra el artista, por entregar un gatico que no es. Yo les pregunté si podían mantenerse al tanto del que dejamos, ellas tenían que regresar al otro día, me dijeron que sí.

De nuevo, cogimos la carretera.

¿Dónde está el gatico maltratado, cómo está su salud? Hay posibles respuestas. Huyó, murió (o las dos). No lo sabemos aún, pero continuaremos indagando.

¿Es mil quinientos, tres mil pesos menos en los bolsillos de alguien, castigo suficiente? ¿Dónde está la labor educativa detrás? Mientras 15 maltrataban, cientos reían.

La naturalización de la violencia es un hecho. Sobre ese postulado cultural el mundo se levanta aún, a pesar del recorrido político y social que han llevado a cabo muchos movimientos de liberación de todo tipo en la Historia. Aquellos más débiles sufren, aquellos más fuertes violentan. En esa lógica entra también nuestra relación con los animales, en una supuesta “superioridad de intereses como especie” sobre ellos.

¿Cómo ir contra eso? ¿Cómo desaprender la violencia? ¿Cómo desestructuralizarla? Si bien necesarios los castigos a los maltratadores, por sí solos no bastan.

El Decreto Ley de Bienestar Animal, hace un año, abrió un trillo. “Diseñar, ejecutar y controlar acciones para elevar la cultura general integral de la población en materia de bienestar animal”, “coordinar con las formas asociativas acciones para la promoción, concientización y educación ciudadana sobre el bienestar de los animales”, “implementar un sistema de capacitación permanente en materia de bienestar animal”, “estimular en los medios de comunicación masiva, temas que enfaticen sobre el cuidado y respeto hacia los animales”, son algunos de las responsabilidades del Centro Nacional de Salud Animal del Ministerio de la Agricultura en primer lugar, y también de Ministerios como el de Salud Pública, Ciencia, Tecnología y Medio Ambiente, Educación, y a los órganos locales del Poder Popular.

¿Estamos haciendo todo lo que se podría hacer por el Bienestar Animal en Cuba? Seamos honestos con nosotros mismos: NO. Y para luego, siempre es tarde.


 

 

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