La bola de cristal

Autor: 

Toni Pradas
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10 Febrero 2019
| |
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Crédito de fotografía: 

Toni Pradas

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 Se la perdió Armandito el Tintorero, el más famoso hincha de la pelota cubana, ya fallecido. Pero su pequeña estatua en el estadio Latinoamericano de La Habana, sí fue testigo de la inauguración, el pasa- do 9 de agosto, de la primera gran pantalla LED en una instalación deportiva del archipiélago. Sobre las gradas del jardín central, la ya vieja pizarra vietnamita nunca bien amada al no superar en dotes informativas a otra que desplazó hace diez años— hoy mira con recelo a la nueva pantalla de alta definición, hermosa y locuaz, capaz de hacer sentir al espectador que no está en un coliseo, sino en la enorme sala de una casa, con amigos, fiambres y televisión, aunque — ¡concho, la felicidad total no existe!— sin un mando a distancia en la mano. Así, 72 años después de estrenarse el Coloso del Cerro y haberse convertido en santuario del béisbol nacional, se erige entre los jardines izquierdo y central este muro de cristal con la más moderna tecnología meditada por Samsung para pantallas gigantes. Tras ser donado por la empresa surcoreana a Cuba (se dice que habrá más), ubicar el artilugio —anote el modelo: XSP 200— en el fondo de las gradas exigió un notable esfuerzo de construcción. Hablamos de una tele de 22,77 metros de largo y 13,86 de alto, y un peso aproximado, sumada la estructura que la sostiene, de 80 toneladas.

Actualización de la información mostrada en pizarra durante un partido.(Foto: Anaray Lorenzo Collazo

Su montaje exigió diez pilotes de hormigón armado de 17 metros de profundidad y 1,20 de diámetro cada uno, bastidor que en total engulló vorazmente 250 metros cúbicos de hormigón y 24 toneladas de dos tipos de acero. La obra fue cavilada tomando en cuenta las características cenagosas del terreno y la deseada resistencia al aire, la lluvia y los terremotos. Afi rman los ingenieros que la pantalla es capaz de soportar enfurecidos huracanes de hasta categoría 5 en la escala Saffi r-Simpson, es decir, con más de 250 kilómetros por hora.

Cuentan que este “televisorcito” fue importado, como piezas de un rompecabezas, en 22 contenedores. Luego montaron sus elementos de tecnología LED (siglas en inglés de diodo emisor de luz) hasta alcanzar su dimensión diagonal de mil 49 pulgadas. Estadísticas, pifias y heroicidades hoy pueden saborearse con una alta resolución de 1104 por 672 píxeles y muy buena visibilidad desde todos los ángulos del estadio, incluso durante topes diurnos. Según el fabricante, la experiencia debe repetirse durante 25 mil juegos, a razón de cuatro horas de duración cada uno, pues el promedio de vida de los diodos es de cien mil horas de uso. Aunque el equipo tiene un software propio, otro de producción cubana fue programado para adaptar la información a los intereses locales. Este permite variar la configuración de los videos, el despliegue de datos y audio y hasta la división de la pantalla en cuadrantes. De manera que el mejoramiento en la explotación de esta tecnología ha permitido que los asistentes hayan enriquecido su experiencia en el espectáculo.

El estadio les resulta ahora más íntimo, más hogareño, y hasta se ha puesto de moda un gustillo exhibicionista al besarse las parejas cuando se ven, a todo píxel, en pantalla. Desde las tribunas, nadie pierde de vista el flamante “vidrio”. Ni siquiera lo hace la vieja pizarra, así sea por envidia. A esta, por supuesto, nadie la mira, al menos hasta que —según un runrún sobre su futuro— se le intervenga artísticamente para brindarle mayor garbo al parque de los gritos, los sueños y las lamentaciones.

Para algunos, la novedad tecnológica se antoja, incluso, como parte de un desafío deportivo: especulan sobre quién podría con un largo batazo, incrustar la bola contra el tablero de cristal. —Creo que solo lo alcanzaría Despaigne –dice un hijo al padre. —Ja, se ve que nunca viste jugar a Lázaro Junco*…

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