Caminos para una desescalada. parte III

Autor: 

Emilio L Herrera Villa
|
10 Agosto 2020
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AP

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¿Cuántos muertos y contagios alcanzará África cuando la epidemia se esparza por los 54 países que la integran? Hasta ahora esta ha sido la gran pregunta sin respuesta que plantean los expertos. Y es que este continente de mil doscientos millones de habitantes, segundo más poblado de este planeta, representa una tremenda preocupación debido a la desnutrición, la extrema pobreza y los precarios sistemas de salud desprovistos de personal y recursos.

“Por ahora, África sigue representando solo una pequeña fracción de los casos en todo el mundo (…) La acción rápida y temprana de los países africanos ha contribuido a mantener las cifras bajas, pero es necesario mantener una vigilancia constante para evitar que COVID-19 abrume los centros de salud “, enunció Matshidiso Moeti, directora regional de la OMS para África.

En comunicado del 27 de abril, la OMS especuló que la cifra de contagios por el nuevo coronavirus podría alcanzar los diez millones en los próximos tres a seis meses. Por suerte, transcurrieron 98 días para llegar a los cien mil positivos. Sin embargo, mientras se hablaba del “milagro africano” pasaron solo 18 jornadas hasta arribar a las 200 mil confirmaciones al SARS-CoV-2.

El norte de África es la región más afectada. Argelia, Marruecos y Egipto poseían más de 50 mil casos y dos mil cien fallecidos para el 7 de junio; a la vez que Sudáfrica, el más dañado, concentraba un 25 por ciento de los enfermos de todo el continente.

Estos países (Sudáfrica, Egipto, Marruecos y Argelia) ostentan sistemas de salud más capacitados, lo que permite una mayor detección de contagios. Las dudas llegan por otra cantidad de naciones que deben tener muchos pacientes aún sin confirmar. En este sentido, el presidente de Tanzania, John Magufuli, es todo un personaje. Primero negó la existencia del virus y después empequeñeció la gravedad del mismo.

También cuestionó la eficacia de los test PCR y despidió al jefe de los laboratorios nacionales. En Tanzania tampoco se ofrecen actualizaciones diarias sobre la pandemia, por lo que se desconoce casi toda su situación epidemiológica. Para rematar, el propio Magufuli autorizó colocar en las calles cabinas de vapor que, según él, eliminan la COVID-19, pues uno de sus hijos se curó luego de inhalar vapor de limones y jengibre.

La desescalada en el continente ha sido lenta y en la mayoría de los casos simbólica. Sudáfrica, Nigeria, Ghana, Senegal, Kenia, Uganda, Ruanda, Botsuana, la República Democrática del Congo o Yibuti suavizaron las restricciones a comienzos de mayo con tal de no paralizar sus economías.

“El confinamiento nacional no puede sostenerse indefinidamente. La gente necesita comer, ganarse la vida y las empresas deben poder producir y comerciar”, manifestó el presidente sudafricano Cyril Ramaphosa.

Ante esta abrupta normalización de las sociedades los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades de África (Africa CDC) pidieron mesura a los gobiernos aconsejándoles que “la respuesta al virus es un maratón, no un sprint”, en un continente donde existe un promedio de nueve camas de cuidados intensivos por cada millón de habitantes.

Con el confinamiento y posterior “cuasi-desescalada” muchos programas de vacunación implementados por la OMS, UNICEF y otras ONG se interrumpieron. Lo que posibilita que aparezcan y proliferen otros brotes como la Poliomelitis o el Ébola.

De forma general la COVID-19 agitó aún más el avispero africano. En Nigeri.a desde que efectuó el confinamiento, las violaciones de mujeres aumentaron tres veces más de lo habitual, según declaraciones de la Ministra de Asuntos de las Mujeres, quien pidió la intervención de las fuerzas de seguridad.

Además, empresas nacionales aprovecharon esta coyuntura sanitaria para promover productos de leche como opción a la lactancia materna. Acción esta combatida por la Unicef y la OMS, quienes recordaron que “en países en desarrollo, donde el acceso a agua potable o las posibilidades de desinfectar los utensilios de preparación son escasas, optar por las fórmulas puede ser especialmente peligroso”.

Por si fuera poco, en las últimas semanas cobraron protagonismo dos alarmantes sucesos que incidieron de forma directa en la lucha contra el SARS-CoV-2 en África. Una encuesta de Save The Children demostró el desconocimiento generalizado sobre cómo combatir el brote y las crecientes teorías que acusan a Bill Gates de querer controlar a la humanidad con microchips implantados en las vacunas.

El informe de Save The Children, realizado en todo el continente, afirma que tres cuartas partes de tres mil entrevistados en Somalia conocen muy poco sobre la COVID-19. El 42 por ciento de estos cree que la pandemia es una campaña del gobierno. En Zambia el 69 por ciento de los encuestados piensa que cepillarse los dientes diarios previene los contagios y el 43 por ciento está convencido que las bebidas alcohólicas eliminan el virus.

Por su parte, Bill Gates recibió acusaciones del exministro de aviación de Nigeria, Femi Fani-Kayode, así como del gobernador de Nairobi (Kenia), Mike Kondo, de querer controlar al mundo, incluido a los africanos, y esparcir el nuevo coronavirus. Dichas imputaciones ya tienen millones de vistas en internet.

En entrevista para la BBC el magnate y filántropo declaró su preocupación por que haya personas que difundan información falsa en vez de buscar mecanismos para “colaborar y salvar vidas”.

“Estoy un poco sorprendido de que (las teorías) se centren en mí. Solo estamos dando dinero, firmamos el cheque… y sí, pensamos en proteger a los niños contra las enfermedades, pero no tiene nada que ver con chips y ese tipo de cosas. Casi te tienes que reír a veces”, expresó.

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