La Ciencia nos obliga a la humildad

Autor: 

Carlos Rodríguez Castellanos
|
16 Marzo 2015
| |
2 Comentarios

Me gusta: 

Hace casi doscientos años, el botánico inglés Robert Brown, utilizando un microscopio óptico, novísima herramienta científica de aquellos tiempos, descubrió el movimiento caótico, irregular, aparentemente espontáneo, de pequeñísimos granos de polen suspendidos en agua. Este fenómeno, que no tenía explicación física en aquel momento, se conoce desde entonces como movimiento browniano. 

Por esa época aún estaba en discusión la hipótesis animista, según la cual la materia ordinaria adquiere vida al añadírsele cierto fluido, polvo o sustancia especial que le otorga las cualidades vitales. En un primer momento, Brown pensó que había descubierto esa quintaesencia vital, ni más ni menos que el origen de la vida. ¡Cómo se sentiría! ¡Resulta difícil imaginarse un descubrimiento más importante!    

Pero Robert Brown era un verdadero científico y para cuestionar su propia hipótesis repitió el experimento con arena y otros polvos que no guardaban relación alguna con la materia viva. Al observar el mismo comportamiento, concluyó que se trataba de un extraño fenómeno que él no era capaz de explicar, pero que no tenía nada que ver con el origen de la vida.

Pasarían más de ochenta años hasta que otro grande, Albert Einstein, diera una explicación completa del fenómeno. Hoy sabemos que el movimiento browniano, en su sentido más amplio de variación aleatoria de una magnitud bajo la acción de factores externos poco conocidos, es un fenómeno omnipresente en la naturaleza y en la sociedad, cuya importancia teórica y práctica es enorme, pero quizás no tanto como la del “origen o la esencia de la vida.

Hace un par de años recorrió el mundo la noticia de que investigadores del CERN habían medido la velocidad de unas partículas subatómicas llamadas neutrinos y habían obtenido un valor superior a la de la velocidad de la luz, en flagrante contradicción con los postulados de la Teoría de la Relatividad, que es uno de los pilares básicos de la Física. Reportaron este resultado reconociendo que sería recibido con incredulidad, pero argumentando que ellos lo habían obtenido repetidamente y que, dada su enorme trascendencia, cumplían con el deber de informarlo a la comunidad científica, para que pudiera ser confirmado o refutado por otros experimentadores.

Poco tiempo después, ellos mismos encontraron que se trataba de un error originado por unos cables mal conectados. Muchos les criticaron la premura en publicarlo, aduciendo que habían puesto en ridículo a su institución, y finalmente el jefe del grupo se vio obligado a dimitir. Personalmente creo que él actuó con honestidad. Como reza la frase de Cicerón inscrita en las paredes del  Aula Magna de la Universidad de La Habana y que me tradujo un día el inolvidable Delio Carreras: “Cualquiera puede errar, sólo los ignorantes perseveran en el error”.

Hoy me llega la noticia, publicada en la revista Science, de que el supuesto descubrimiento de los modos primordiales B, anunciado con mucho bombo el año pasado por el equipo de la estación radioastronómica BICEP2, localizada en el Polo Sur, es sólo el reflejo de las distorsiones que origina en las mediciones el polvo que flota en nuestra galaxia. De confirmarse, hubiese sido un resultado extraordinario, seguramente merecedor de un Premio Nobel.

Según la teoría del Big Bang (la científica, no la serie de TV), fracciones de segundo después de la “Gran Explosión”, el universo experimentó un rápido crecimiento, conocido como inflación, durante el cual se generaron potentes ondas gravitacionales, que son algo así como arrugas u ondulaciones del espacio y el tiempo. Estas ondas gravitacionales, a su vez, influyeron sobre la radiación electromagnética que hoy se detecta en la Tierra como un fondo de microondas procedente del espacio lejano. A la influencia de las ondas gravitacionales, que hacen girar la polarización del fondo de radiación de microondas, se le conoce como modos primordiales B. Esos giros o remolinos constituyen una de las predicciones no comprobadas del modelo del “universo inflacionario” originado por el Big Bang.

Sin embargo, remolinos parecidos pueden producirse también por otras causas que habría que discriminar para aislar la contribución de los modos primordiales.

El resultado del equipo de BICEP2 fue contrastado con los registros del satélite europeo Planck que obtiene  imágenes de la distribución del polvo galáctico. Luego fue sometido al escrutinio de un comité científico conjunto, que dictaminó que se trataba de una distorsión de las mediciones. Para alcanzar máxima sensibilidad, los experimentadores de BICEP2 habían medido a una sola frecuencia, lo que les impidió corregir adecuadamente la influencia del polvo galáctico. Resulta que cuando se corrige correctamente ese ruido, no queda casi nada de la señal observada por BICEP2. Los autores reconocieron su error y retiraron su anuncio, pero, a pesar del escepticismo de la mayoría de los especialistas, perseveran con entusiasmo en su objetivo de encontrar pronto esas “ondas primordiales”.

Cuando era un joven doctor recién graduado, tuve el enorme privilegio de presenciar una discusión entre varios “pesos pesados” de la ciencia soviética en torno a un supuesto “descubrimiento trascendental”, cuyos detalles no vienen ahora al caso. Recordaré siempre las palabras del académico Venedict Petrovich Dzhelepov: “La verdad científica es una, las posibilidades de error son infinitas”.

Conozco ejemplos más modestos. Hace algunos años, investigadores de las universidades de La Habana y de Oriente trataron de reproducir en los laboratorios del IMRE las propiedades casi “mágicas” del agua magnetizada, de amplia importancia en la industria. Un día se obtenía un resultado alentador. Al otro día, a pesar de los grandes cuidados, nada parecido. Al final, después de un tremendo esfuerzo, no quedó casi nada en claro. ¡Así de ingrata puede ser la Ciencia!

Siendo un niño leí “Viaje al centro de la Tierra” de Julio Verne. Me impresionó mucho que al final, después de un accidentado retorno en que perdieron todo su equipaje, uno de los jóvenes miembros de la expedición le habló con entusiasmo al profesor del impacto que tendría para la sociedad científica el relato de todo lo que habían visto en las profundidades del planeta. El profesor le dijo que no había nada que contar, porque carecían de evidencias objetivas que pudieran someter a la crítica o verificación de otros científicos.

Algunas veces he pensado que valdría la pena realizar una edición masiva de “Viaje al centro de la Tierra” y distribuirla gratuitamente, especialmente entre quienes despilfarran recursos de toda la sociedad en el desarrollo de “terapias milagrosas” y otros desatinos, desconociendo lo más elemental del método científico. Se ahorraría mucho tiempo y dinero.

Si es que algo puede convencerlos.

2 Comentarios

Comentarios

Añadir nuevo comentario