Las ciudades del futuro ya están aquí

Autor: 

Claudia Alemañy estudiante de Periodismo
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25 Febrero 2016
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Richard Hendricks es un personaje de ficción. Trabaja como programador para la también ficticia empresa Hooli, donde crea un software de compresión de datos. Los jefes de Hendricks pronto se percatan de las potencialidades del programa, cuyo algoritmo es totalmente revolucionario. Solo con esos códigos podrían desbancar a toda la competencia. Antes de darse cuenta, nuestro protagonista es despedido y tendrá que enfrentarse a quienes robaron su creación.

Esta historia, desarrollada en una serie de televisión norteamericana, intenta recrear las dinámicas de un ambiente creativo muy particular. El título de este show televisivo es Silicon Valley y alude al espacio geográfico, al norte de California, donde se ubica el parque tecnológico más conocido del mundo.

Muchos han oído hablar alguna vez de este lugar, pero no es común acceder a los detalles de las características y el funcionamiento de un parque científico y tecnológico.

Dos puntos de partida, una misma meta

El investigador Manuel Castells, coautor del libro Los Tecnopolos del mundo: creación de los complejos industriales del siglo XXI, sostiene que el modelo norteamericano de instituciones encargadas de potenciar los procesos de innovación científica cambió para siempre la propia división del trabajo en la investigación y la producción de alta tecnología. Silicon Valley constituye el ejemplo paradigmático de ello.

Sin embargo, la iniciativa de fomentar espacios similares comenzó en Europa. Luego de la Segunda Guerra Mundial, el viejo continente necesitó revitalizar las producciones tecnológicas y las industrias nacionales.

Solo diez años después del conflicto bélico se impulsó la idea de los “polos industriales” de desarrollo, o de crecimiento. Estos se desplegaron en ciudades, por lo general vinculadas a los campus universitarios, en busca de desarrollo científico con estrategia económica, y abarcaban desde la etapa de laboratorio hasta la comercialización de los productos.

La mayoría de estas instalaciones se ubicaron en España, Francia e Italia, en el área del Mediterráneo. Inicialmente esos “polos científicos” fueron impulsados por los gobiernos, aunque con una marcada espontaneidad debido a las necesidades de la postguerra. Tras un período inicial de auge, el papel de los Estados finalizó y las autoridades regionales y locales adquirieron mayor poder de planificación.

Entre los años 60 y 70  del pasado siglo, los tecnopolos eran defendidos por sus simpatizantes como la reunión en un mismo lugar de actividades de alta tecnología, de centros de investigación, empresas, universidades, así como de organismos financieros, donde se promovían las nuevas ideas, las innovaciones técnicas.

Bajo preceptos similares ya comenzaba a funcionar la experiencia de Silicon Valley, en los Estados Unidos. Durante varias décadas, la colaboración entre empresas, organizaciones militares, universidades, departamentos del gobierno norteamericano y entidades financieras de capital riesgo, impulsó un esquema empresarial, social e investigador que posibilitó un rápido avance tecno-científico.

Las actividades de este parque tecnológico se centraron en los sectores de la electrónica, informática, ordenadores, satélites espaciales y las telecomunicaciones en general.

Felipe Romera Lubias, expresidente de la Asociación de Parques Científicos y Tecnológicos de España, destaca el papel de la Universidad de Stanford en la fundación de Silicon Valley.

Esa casa de altos estudios subdividió sus terrenos y vendió una parte a sus egresados para la fundación de empresas vinculadas a los adelantos académicos. Muchas de ellas hoy son grandes multinacionales como Google, Appel Inc., Microsoft, Hewlet-Packard, entre otras.

El esquema de parque científico y tecnológico en los Estados Unidos se distinguió de cualquier otro por la implementación de las “start ups” o incubadoras de empresas. Se trata de un equipo de profesionales que instruyen a los emprendedores para el desarrollo de su plan de negocio. Les enseñan las diversas técnicas de gestión empresarial y buscan la financiación necesaria. Es un sistema que se adapta al rápido crecimiento de las compañías. Otras agrupaciones tratan de imitar este modelo.

De las experiencias piloto a la perdurable consolidación

Llamados como tecnopolos o parques científicos y tecnológicos, el objetivo de estas instalaciones iniciales europeas y norteamericanas era el mismo. Priorizaban el establecimiento de empresas, centros de investigación, universidades, incubadoras y toda una serie de servicios en ambientes particulares. Desde dicho espacios, estas organizaciones promueven la competitividad empresarial basada en la innovación y el conocimiento.

De acuerdo con Julio César Ondátegui, profesor de la Universidad Complutense de Madrid y estudioso de las características y el funcionamiento de los parques tecnológicos, el desarrollo del modelo estadounidense provocó que muchos países comenzaran a imitarlo.

“A partir de los años ochenta y noventa se han visto muchos Silicon Valleys en Europa (el fenómeno Cambridge, la concentración de industria electrónica en Escocia, Grenoble en Francia, o la ciudad de Tres Cantos en España) y posteriormente en el sudeste asiático”, señala el investigador español.

Un informe de 2012 del Banco Interamericano de Desarrollo (BID), sobre de la evolución y el desarrollo de los parques científicos y tecnológicos en América Latina, también destaca la presencia de estas organizaciones en el área.

“En muchos de nuestros países la implantación de estos parques es relativamente reciente. El primero de ellos en Colombia (el de Antioquia) data de 1998 y en un país de las dimensiones de Perú todavía no hay ninguno en funcionamiento. Pero, en menos de 20 años, se ha pasado de la nada a casi 150 parques en distintos estadios de desarrollo”, apunta Andrés Rodríguez-Pose, director y redactor para el informe del BID.

México es uno de los casos más particulares dentro de la región  por el alto número de parques tecnológicos con que cuenta. La Universidad Instituto Tecnológico de Monterrey declara que hasta 2015 regía 16 de estos espacios, distribuidos en todo el país, con la meta de alcanzar la cifra de 20 en los próximos cinco años.

El informe del BID dirigido por Rodríguez-Pose aporta también datos sobre otras regiones del planeta. Por ejemplo, el texto señala que China contaba hasta 2007 con 53 parques científicos y tecnológicos con más de diez años de funcionamiento. India, por su parte, hasta 2006 poseía 47 enclaves destinados al desarrollo de software y 25 en el campo de la biotecnología.

Innovar para todos

Los parques tecnológicos posibilitan el fortalecimiento de las economías locales, pues estimulan el dinamismo empresarial en áreas específicas de un país. Para lograr esto es decisiva la intervención de las instituciones públicas y los gobiernos regionales. Casos como el de Silicon Valley, donde el Estado y el poder militar aportaron capital de riesgo, demuestran que los parques tecnológicos pueden llegar a ser centros de planificación e interés nacional.

La proximidad entre las compañías dentro de estas ciudades de la ciencia favorece los contactos informales y acuerdos de mutuo progreso. En ocasiones, el personal es fácilmente transferido de una empresa a otra en búsqueda de mejores resultados. Como consecuencia de esta constante interacción existe un mayor intercambio de conocimiento.

También constituyen una alternativa contra el desempleo entre jóvenes egresados. Las universidades vinculadas a parques tecnológicos fomentan proyectos donde sus estudiantes colaboren con diferentes empresas y de esa manera obtengan propuestas de trabajo al culminar sus carreras.

No todo es perfecto y las desventajas están al asecho. La extrapolación del modelo estadounidense es desmedida y no se tiene en cuenta las características propias de cada país. Andrés Rodríguez-Pose, director del informe de 2012 para el BID sobre los parques científicos y tecnológicos en América Latina, señala que por lo general en la región hay dificultades para su implementación.

El investigador apunta que muchas de esas instalaciones son ubicadas en zonas periféricas o relativamente atrasadas, donde se imponen los centros en lugar de evolucionar alrededor de un campus universitario o de una compañía de investigaciones precedentes.

La mayor parte del tiempo, destaca Rodríguez-Pose, se tratan de aglomeraciones de empresas con una infraestructura más o menos adecuada que ofrece servicios básicos. Sin embargo, el componente tecnológico y la difusión del conocimiento no son satisfactorios. Al mismo tiempo, el autor sostiene que los errores pueden ser erradicados si se planifica correctamente y no se fuerzan las circunstancias.

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