El código de Rebecca

Autor: 

Por Raúl Piad Ríos
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04 Noviembre 2015
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Crédito de fotografía: 

Ilustración: Yury Díaz Caballero

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      Holopantalla activada...

     Sistema de posicionamiento activado...

     Satélite no detectado, imposible iniciar la retroalimentación. Atención, las cifras del altímetro indican que la velocidad del descenso ha alcanzado cuotas que sobrepasan el umbral de lo permisible. La integridad del módulo puede estar comprometida...

     Se sugiere activación del protocolo de emergencia 0030 en los siguientes treinta segundos y contando...

    A continuación se procederá con la inicialización del protocolo de emergencia 0030...

    Trato de despertar. No necesito pensarlo mucho para comprender que lo más fácil sería hacerlo. Aceptar en los sensores externos el aire frío que me envuelve por todos lados. Entonces tendría que admitir que dentro de mí se asienta una masa resbaladiza, dispuesta a emprender una danza dolorosa al menor movimiento de mi cuerpo. Pero lo hago, es la única opción.

    Estamos descendiendo a más de novecientos kilómetros por hora, las pantallas se están volviendo locas. Parece que algo salió mal durante el reingreso suborbital, creo que fuimos golpeados por una especie de proyectil. Menos mal que las placas ignífugas han resistido hasta ahora. Reviso rápidamente las constantes vitales de mi pasajero, Caleb... nada grave, solo ha perdido el conocimiento.

    Primero lo primero. Iniciar la desaceleración. Los paracaídas funcionan sin problemas y cumplen su función. Perfecto. Ahora, activar los retropropulsores... uno de ellos no está trabajando como es debido. Debemos lucir como un pájaro al que le han cortado un ala. Bien, desvío parte de la energía de la fuente principal hacia la zona afectada, nos estabilizamos, creo que ha funcionado.

    Como sea, no vamos a aterrizar precisamente sobre un colchón de plumas.

    Dudo unas milésimas de segundo, al final me decido por gelificar los sectores más sensibles y asegurar a Caleb lo mejor posible. La tierra alza sus manos para recibirnos.

    Esto va a doler.

    Se produce el choque. No es tan malo como temía. Damos unos cuantos tumbos y terminamos incrustándonos en una gran estructura pétrea. Verifico que todo esté en su lugar... si pudiera sonreír lo haría. Hemos tenido ¿suerte? Inmediatamente reconozco el exterior: la gravedad... anjá, nada del otro mundo. La composición atmosférica será un problema: cotas demasiado elevadas de dióxido de carbono y nitrógeno, Caleb no duraría un segundo allá afuera; la constitución geológica... basalto volcánico con un alto contenido en óxidos de hierro, debe darle ese característico color rojo a su superficie. La monotonía del paisaje es evidente, cráteres por todos lados, cauces de ríos secos, dunas de arena.

     Caleb se mueve un poco, creo que las conexiones entre su sistema nervioso y la armadura se averiaron durante el aterrizaje pero estará bien, los sistemas de soporte vital funcionan a las mil maravillas.

    – Rebecca, ¿eres tú? - se queja.

    - Tranquilo, todo está bien -trato de confortarlo- ¿Recuerdas qué sucedió?

    - Nos atacaron... creo que fue durante el salto... me duele la cabeza terriblemente.

    - Déjame ver qué puedo hacer por ti.

    -Malditas IAs -masculla. Antes todo era más fácil, hombres acompañando a hombres, todos hermanos en armas, simple y eficaz.

     Solo bromeo. Claro que puedo hacer algo para aliviar su dolor, al menos por el momento. Introduzco un sedante en su torrente sanguíneo y se duerme como un bendito. Ahora la prioridad es encontrar un puesto de avanzada o algo parecido y ponernos a salvo.

     Es más fácil decirlo que hacerlo.

     Las preceptos fundamentales de la supervivencia humana siguen una regla de tres: los humanos no sobreviven más de 3 minutos sin aire, los humanos no sobreviven más de 3 días sin agua, los humanos no sobreviven más de 3 semanas sin comida. Yo necesito energía. Si resulta ser que hemos caído en una zona deshabitada por completo, bueno, siempre queda el recurso de la animación suspendida... para ambos.

     Verifico que los servomecanismos funcionen correctamente. Sin problemas. Inyecto un poco de nanofluido en las articulaciones e iniciamos la marcha. Todas las funciones sensoriales se mueven en perfecta sincronía pero, por si acaso, despacho un par de drones esféricos de reconocimiento, es mejor precaver que tener que lamentar.

     Aún es de día, al parecer solo hace algunas horas que ha amanecido. Un poco más adelante encuentro plantas de tallo espinoso y hojas muy pequeñas, buena señal. De pronto siento un golpeteo y puedo advertir un fugaz movimiento a mis espaldas. Los sensores periféricos alcanzan  a divisar algún tipo de ¿animal? que pronto se desvanece. Un hormigueo recorre mis circuitos y mis neuronas intercambian terabytes de información que originan acciones precisas en el sistema de combate de la armadura.

     Los mecanismos de defensa se activan. Todo ocurre en cuestión de segundos.

     Eres demasiado lenta, Rebecca.

     Una mole de escamas y púas se me viene encima. Vuelo unos metros, aguanto el impacto... o eso creí. Los emisores de barreras cinéticas se funden, el escudo deflector no puede asimilar tanta carga. Afortunadamente, la segunda capa resistió aunque el sellado corporal fue perforado en varios lugares. De inmediato reacomodo los micro CPU entretejidos en la tela para que identifiquen los desgarrones y sellen la zona con un medigel estéril.

     Identifico al agresor: un Sátiro biomodificado. Dos metros de músculos y placas óseas, espolones a ambos lados de los brazos, garras retráctiles, cuernos retorcidos y piernas poderosas dotadas para la carrera.

     Uno de los agentes del Enemigo, aquel que me enseñaron a odiar desde los niveles más básicos de mi programación. Ellos nunca dan la cara. Se esconden tras sus mascotas creadas con criaturas simbióticas adaptadas genéticamente para matar desde el momento mismo de su concepción. Y me ha tocado la peor de todas.

     Contraataco. Las automáticas emplazadas en los hombros vomitan un aluvión de proyectiles de wolframio los cuales, acelerados magnéticamente, se aplastan al impactar contra el torso del Sátiro. El daño es considerable pero no lo suficiente para ponerlo fuera de combate. El mastodonte genético vuelve a cargar, logro esquivar la cornada y lanzo un explosivo dérmico, poniéndome fuera de su alcance con un brinco. Algunos fragmentos de hueso y materia gris me salpican cuando la testa del bruto estalla.

     Ha estado cerca. Caleb permanece intacto aunque su ritmo cardíaco aumenta por minutos.

     La señal de los drones me llega de improviso. Un centenar de puntos aparecen en pantalla. Estoy rodeada. Estos son Carroñeros, escurridizas criaturas que combaten en enormes grupos, compensando su falta de tamaño y fuerza. Analizo la situación y aparecen varias líneas de acción.

     No pierdo el tiempo. Me muevo hacia una posición más ventajosa mientras los bombardeo con munición detonante. Logro abrir algunos claros en sus filas que vuelven a cerrarse instantáneamente. Es inútil huir. Me detengo, trazo un anillo flamígero a mi alrededor. Eso los aguantará durante unos minutos.

     No hay otra solución. Los índices de conservación de aquello que debo proteger en mi interior disminuyen abruptamente. Los parámetros primarios de mi programación son claros y debo obedecerlos. También peligra mi propia supervivencia. Así que actúo en consecuencia con mi código de software.

     Abro las compuertas y eyecto el cuerpo sin conocimiento de Caleb. Traza una parábola y cae desmadejado un poco más allá del círculo de Carroñeros. De inmediato estos lo identifican. Humano. Cien por ciento humano. Se lanzan como una tromba para despedazarlo. Aprovecho la energía que ha quedado disponible y empleo los propulsores para alejarme del lugar de la masacre.

     Ahora estoy a salvo y lo que es más importante: la costosa armadura de la Compañía no ha sufrido daños serios. Pronto será reparada y otro marine se ocupará de pilotarla. Lo siento, Caleb, pero no podía dejar que esos millones de créditos se desperdiciasen así. Además, eras tú... o yo.

     Uno de los drones revolotea en la lejanía y me comunica que varios kilómetros hacia el suroeste pueden verse los tejados de una caseta de plastiacero. Hacia allá me dirijo. Mientras tanto decido tomar una siesta y dejo que el piloto automático se encargue de todo.

    Atención... la IA de Batalla e Interfaz Cibernética conocida como Rebecca se encuentra en estado de semi desconexión temporal. Signos vitales del piloto no encontrados. Sugerimos efectuar su reactivación inmediata. Atención...

     Ahí va otra vez. Malditas rutinas de seguridad, ni dormir puede uno dentro de este trasto. Antes todo era más fácil, las IAs y su piloto humano, simple y eficaz.

Simple y eficaz.

 

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