Convalidado

Autor: 

Lázaro Yusniel Lorenzo Ravelo
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10 Agosto 2018
| |
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Crédito de fotografía: 

Ilustraciones: Jorge Valentín Miño.

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La multitud congregada en la plaza Jennelle rugía con una fiereza inusitada. Un solo clamor podía escucharse a muchos metros de distancia ¡Le morte! ¡Le morte! ¡Le morte! Varios guardias republicanos marchaban en formación, escoltando a un prisionero de pequeña estatura. La espesa niebla les hacía ir con cuidado por sobre la calle adoquinada. Aquel hombre, apenas superaba los 20 años de edad, pero al no poder rebatir las graves acusaciones que contra él se lanzaron en el juicio sumario, la pena de muerte le había sido impuesta. Su ropa extraña, su forma rara de hablar el idioma y su aspecto físico de origen asiático, sugerían a los jueces que se trataba de un espía al servicio de países enemigos. Por si fuera poco, su detención había ocurrido, mientras intentaba acercarse al líder de los jacobinos, con cierto artefacto en la mano, que sus acusadores tomaron como una especia de arma. No había ninguna duda, aquel joven había sido enviado para espiar, o asesinar incluso al “incorruptible”, pero sobre él caería todo el peso de la justicia revolucionaria.

Mientras el joven avanzaba hacia el lugar de la ejecución, las personas a su alrededor no dejaban de gritarle improperios, al mismo tiempo que lo hacían blanco fácil de vegetales podridos. Si los guardias lo abandonasen en ese lugar, sabía el prisionero que aquella turba frenética no tardaría mucho en lincharle sin ningún remordimiento.

Subió el prisionero los seis escalones de madera del cadalso y llegó junto al instrumento de muerte. Acto seguido los guardias lo obligaron a tenderse en posición horizontal, con el rostro mirando hacia el suelo. Sus ojos contemplaron entonces con estupor la canasta donde debía caer su cabeza y las abundantes salpicaduras de sangre, que en ella se apreciaba. A la derecha del acusado se podía divisar al verdugo de la tarde, esperando la orden para hacer descender la cuchilla sobre su frágil cuello. Fue entonces que un funcionario del gobierno desenrolló un largo papel y comenzó a leer en voz alta.

— ¡Ciudadanos de Paris! ¡Hoy, 14 de octubre de 1793, procederemos a la ejecución del ciudadano que se hace llamar Takesnier! ¡El mencionado ciudadano ingresó a nuestro país de manera ilegal y con propósitos genocidas, pero fue descubierto y apresado antes de poder llevar su siniestro plan a cabo! ¡En los interrogatorios quedó demostrado que se trata de un espía al servicio de nuestros enemigos, y que incluso debía tener la misión de asesinar a uno los lideres fundamentales del Comité de Salvación Nacional! ¡Para que sirva de escarmiento a los realistas y traidores que pululan por rincones oscuros de nuestra patria, todo el peso de la justicia revolucionaria caerá sobre ellos, como hará hoy con el realista Takesnier! — al concluir su lectura el funcionario repúblicano se dirigió hacia el prisionero.

— ¿Tiene usted un último deseo antes de morir?

— Sí señor, podría enrollar ese papel que acaba de leer y ponerlo en uno de mis bolsillos, solo eso quiero antes de morir — contestó el joven.

Jacques Dubois, dudó un momento ante la insólita propuesta de aquel forastero. Convencido de que no había ningún aspecto de la ley que lo prohibiera, cogió la orden de ejecución, la enrolló cuidadosamente y la introdujo en un bolsillo del prisionero.

— Muchas gracias señor — respondió el prisionero.

Tras recibir la orden de ejecutar al primer reo de la tarde,el verdugo se acercó a la palanca. El procedimiento era el mismo de siempre, con un movimiento rápido la empujó y la cuchilla descendió a gran velocidad, haciendo un sonido seco, al chocar con la base de madera. Ante la sorpresa de los guardias, del verdugo, de Jacques Dubois y de todos los presentes en la plaza, el prisionero había desaparecido, se había esfumado como por arte de magia.


— ¡Takeshi, ya te sacamos el controlador de viaje implantado en tu brazo derecho! ¿Cómo te sientes?

El joven a quien iban dirigidas esas palabras, se llevó una mano a la cabeza y con los parpados aun semicerrados contestó a su interlocutor.

— Levemente mareado profesor Kuramura, pero ya va pasando. Decidí traerles una sentencia de ejecución de esa época, por eso me demoré un poco más de lo debido — expresó Takeshi Nerumo, extendiendo un papel a su profesor de historia.

— Lo que hiciste fue muy valiente, mira que llegar casi hasta la guillotina, para obtener este valioso documento histórico, pero también muy peligroso. En esta universidad nunca hemos tenido un accidente de ese tipo, y espero Takeshi, que para la próxima vez te ajustes a los ejercicios que se te impongan, o tendré que reportar tu indisciplina a la rectoría. Varios estudiantes han sido sancionados y expulsados de la universidad, solo por pasarse en dos minutos del tiempo previsto para regresar.

— Perdone usted profesor, prometo no correr más riesgos inútiles, le doy mi palabra — contestó el joven haciendo inclinar su cabeza ante el maestro.

— Dada la importancia del documento extraído de una época histórica tan convulsa, no puedo hacer otra cosa que darte el máximo de puntos, en este examen práctico. Ahora te pasaremos por el detector de objetos del pasado y podrás irte a tu casa. Ya no tendrás que hacer la prueba final del año.

— Profe, usted disculpe mi impertinencia, yo se que es el reglamento, pero en cuestión de minutos tengo una prueba de astronomía muy importante, con teletransportación a la luna, y si no me presento en tiempo me suspenden. ¿No podríamos saltarnos lo del detector? ¡Yo solo traje conmigo ese papel, que era importante para la prueba, se lo juro! — expresó Takeshi al profesor, cuyo rostro adquirió un cariz dubitativo.

— Bueno, en realidad el protocolo indica que todos los alumnos deben pasarlo, aunque a decir verdad contigo nunca he tenido ningún problema. Tus calificaciones virtuales y prácticas han sido magníficas. Puedes irte para esa clase de astronomía, que yo me encargo del papeleo.

— Muchas gracias profesor Kuramura — contestó el joven antes de darse vuelta y salir a toda prisa del aula. Había avanzado solo unos 100 metros, cuando cambió la dirección de sus pasos, penetrando en el baño de los hombres. Una vez frente al último servicio sanitario, miró en todas direcciones para cerciorarse de que estaba solo.

Luego de concentrarse por leves segundos, Takeshi mandó un mensaje virtual autodestruible, desde el chip electrónico que tenia implantado en su cuello, a Hideosi Sugiuchi, jefe del clan jakuza.

— ¡Ya tengo el anillo del rey! ¡Lo tenía uno de los hombres de Robespierre! ¡El precio acaba de aumentar un poco, por el riesgo que corrí para obtenerlo! ¡Nos vemos en el mismo lugar de siempre!

 

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