Un creador verdaderamente inteligente

Autor: 

Ernesto Altshuler
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23 Abril 2015
| |
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Viajando en automóvil de Nueva York a Filadelfia en 2014, me llamó la atención una impresionante valla situada a unos 30 metros de altura a la derecha de la autopista. En ella se observaba, tachado con una gran cruz, el símbolo típico de la evolución (los antecesores del hombre transformándose en homo sapiens), con un solo mensaje: “In the beginning God created…”(1) y un número 800-y-tanto a donde llamar para enterarse de “La Verdad”.

En Estados Unidos la pugna entre creacionistas y evolucionistas es perpetua. Los primeros defienden el origen divino del mundo; los segundos, el propuesto por Darwin y desarrollado posteriormente desde la perspectiva y herramientas de varias disciplinas científicas.

Aunque a principios del siglo XX los creacionistas iban ganando la pelea en el control de lo que enseñaba en las escuelas públicas, con el paso de los años fueron perdiendo terreno, y en 1975 se llevó a juicio la pertinencia de su adoctrinamiento. El tribunal decidió que su carácter altamente religioso entraba en contradicción con la cláusula de la Primera Enmienda de la Constitución que prohíbe al gobierno (administrador de las escuelas públicas) darle un tratamiento preferencial a una religión por encima de otra.

Este primer revés no amedrentó a los creacionistas, que comenzaron a enseñar la “ciencia de la creación” (básicamente lo mismo desprovisto de las referencias bíblicas). En 1987 se presentó otra demanda contra esta nueva modalidad y volvieron a perder. Ante la prohibición de incluir en libros de texto cualquier referencia a la “creación”, tuvieron la genial idea de volver a resolver el contratiempo con un cambio de nomenclatura, y ahí les cayó del Cielo el concepto de “diseño inteligente”.

El diseño inteligente –que se auto-proclama “teoría científica”– es una idea muy sencilla: los seres vivos son tan complejos y perfectos que “no pueden” ser el resultado del proceso de selección natural postulado por la teoría de la evolución de las especies, sino que tienen que ser obra de un “Creador Inteligente”(2).

Uno de los argumentos paradigmáticos de los diseñistas es el hecho de que  los flagelos de microorganismos como la bacteria Escherichia coli (E. coli) atraviesan la membrana celular a través de un orificio, como si fueran el eje y la propela de un barco y, dentro de la célula, son accionados por un “motor molecular” extraordinariamente simple y eficiente que los hace rotar.

“La evolución es un cuento de hadas para adultos”. Propaganda anti-evolucionista como esta puede verse en todo tipo de lugares públicos en Estados Unidos. (Foto: Tomada de Alternet.org)

La teoría de la evolución propone que las diferentes estructuras de los seres vivos se transforman, según el proceso de selección natural, en pequeños pasos, y no a grandes saltos: poco a poco, modificándose sobre la base de mutaciones, los organismos mejor adaptados al medio sobreviven y son los que entonces pueden transmitir su información genética y reproducirse.

Los defensores del diseño inteligente argumentan que antes de la existencia del flagelo en la E. coli, no existe en el mundo animal ninguna estructura más simple que se pueda reconocer como la antecesora directa de los flagelos. Según este razonamiento, se llegó al flagelo a través de un “gran salto”, incompatible con el paradigma evolucionista: ¡alguna “inteligencia superior” tiene que haberlo diseñado ex profeso!

Obsérvese cómo las ideas pseudocientíficas no intentan demostrar sus argumentos, sino que buscan un “hueco” en el conocimiento que encaje bien en sus hipótesis. La ciencia tiene entonces que, trabajosamente, ir “tapando los huecos”.

Así ocurrió cuando hace cientos de años se propugnaba, como “doctrina oficial” asociada a ciertas religiones y círculos de poder, que la Tierra era el centro del Universo –lo cual propició que algunos defensores de la teoría heliocéntrica fueran quemados en la hoguera– hasta que la evidencia científica a favor de la misma fuera tan aplastante, que no quedó otro remedio que pedir disculpas y seguir adelante.

Pero, volviendo al caso de la E. coli, puedo decir que sí se ha encontrado un microorganismo que posee una estructura muy similar a los flagelos, pero sin incluir el motor molecular: este presenta una especie de “aguja hipodérmica” muy parecida a un flagelo que traspasa la pared celular, pero que se usa para una función diferente; no como medio de propulsión. O sea, la evidencia sólida sugiere que existe un “paso previo evolutivo” que potencialmente nos conduce hacia los flagelos de marras posiblemente a través de una mutación ocurrida en tiempos inmemoriales (3).

Este argumento científico, por cierto, sirvió hace algunos años para demostrar la falsedad de las ideas de los diseñistas inteligentes en un sonado pleito iniciado cuando éstos propusieron incluir la teoría de la evolución como “una hipótesis más”, a la par del diseño inteligente, en el curriculum de las escuelas del pueblo de Dover (Pennsylvania, Estados Unidos), en 2005 (4).

Los enfrentamientos alrededor de estos criterios surgen donde menos uno se lo espera. En la Universidad de La Habana, impartiendo una clase sobre ese extraordinario “dispositivo óptico” que es el ojo humano (5), un alumno de la carrera de Bioquímica reaccionó, molesto, a mis objeciones sobre el diseño inteligente. “Lo que usted está proponiendo es ofensivo,” me dijo.

El mismo hecho de que la ciencia auténtica nunca alcanza absolutos, sino que se aproxima paso a paso a la verdad, proponiendo hipótesis y comparándolas con el experimento o con los resultados de la observación sistemática del mundo, hacía muy difícil para mí discutir razonadamente con el estudiante(6).

Más tarde, con cabeza fría, me di cuenta de que podría haber “amortiguado” la discrepancia con un argumento sencillo: en el hipotético caso de que existiera el Creador, quizás lo que diseñó fue el método, no sus resultados. Quizás “decidió”, en el inicio de los tiempos, que la mejor forma de lograr seres cada vez más complejos, hasta llegar al ser humano… ¡era justamente concebir el mecanismo de selección natural! ¿Por qué echarse arriba la monumental tarea de diseñar cada omatidio del ojo compuesto de un minúsculo insecto, u organizar el complejo entramado de células ganglionares de la retina humana? Todo ello, y muchísimo más, se podía haber resuelto al principio de los tiempos “de un plumazo”, concibiendo el elegante mecanismo que millones de años después el viejo Charles Darwin descubriría, para asombro (y, en un inicio, mofa) de sus congéneres. Después de todo, una vez puesta sobre rieles la selección natural, sólo restaría esperar.

Pero lo que más me satisface de esta potencial solución salomónica, es que posee un valor añadido nada despreciable para aplacar la discordia: en caso de existir, mi Creador resultaría ser… verdaderamente inteligente.

Notas:

(1) “En el inicio, Dios creó…”

(2) A veces estos argumentos se conocen como “Complejidad irreductible”.

(3) En realidad, existen argumentos genéticos a favor del origen evolutivo de los flagelos mucho más rigurosos, que se pueden consultar en: “Stepwise formation of the bacterial flagellar system”, por R. Liu y H. Ochman (PNAS, 104, 7116, 2007)

(4) Casualmente, todo había ocurrido en el mismo estado donde vi la valla anti-evolucionista.

(5) A veces menciono este tema en clase, para compensar el hecho de que en el curriculum de las especialidades de Bioquímica y de Microbiología no se imparte la teoría de la evolución como asignatura obligatoria, hasta donde sé. Seguramente el curriculum está ya demasiado cargado, y la teoría de la evolución se supone que se aprende en el preuniversitario… pero defiendo la posición de incluir esta importante asignatura en el programa, al costo que sea.

(6) Aunque debo reconocer que nunca llegó al caso extremo que me refirió un colega, en el cual otro estudiante razonaba: “Pero, ¿cómo va a dudar usted de esta teoría? ¡Si el nombre mismo ya lo dice todo: diseño… inteligente!

 

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