Cría de niños

Autor: 

Abel Guelmes Roblejo
|
28 Febrero 2017
| |
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Crédito de fotografía: 

Ilustración Yuri Díaz Caballero

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Mención

A Marié, por los hijos de la luna

Sonya sabía que algo estaba mal desde el momento en que tocó la puerta de aquel hombre que concedía deseos. El Doctor, llegado a su ciudad hacía varios años, le cumpliría su gran sueño de tener un hijo. Mas, por mucho que temiera lo que el futuro le pudiera deparar, mayor era su miedo a envejecer sola; como la mayoría de la casi nula población del continente.

Rápidamente su hijo comenzó a gatear, caminar, decir sus primeras palabras, como un niño que hubiera nacido como otro cualquiera. Durante su primer año de vida, no pocas noches despertó asustada luego de soñar con el Doctor. Lo visualizaba con el bebé en brazos, diciendo que lo iba a tomar de vuelta por no pagar lo acordado. Aún recordaba sus últimas palabras: “Mis creaciones son mi mayor prioridad”. Solo después de correr hacia el cuarto de Sony y cerciorarse que había sido un sueño, recuperaba la tranquilidad.

Dos meses antes del quinto cumpleaños de Sony, se encontraban en un centro comercial más vacío que de costumbre. Apenas unos pocos desconocidos con sus nuevos hijos. Sonya vio que aquellos no eran clones, sino creados en Cat Marked como el suyo. Se dio cuenta de que casi todas las personas que había visto últimamente tenían hijos como el de ella. Quiso acercarse a los padres para preguntarles, como excusa, si sabían dónde estaba la sección de cumpleaños, pero se alejaban al notarla aproximárseles. Si el precio de aquellos niños era el mismo al que ella accedió a pagar, aquella reacción

no era extraña, y significaba que podía estar en peligro. Debido al tipo de pago que exigían esos Doctores, las personas se estaban yendo en masa de la ciudad. En los últimos años la población había disminuido, hasta el punto en que muchas tiendas del centro comercial habían cerrado. Ella sabía que el Doctor era la causa. Aun así, lo más importante era el hermoso y perfecto ser a su lado. Lo miraba con el orgullo que las madres sienten por sus hijos cuando un mensaje le entró a su comunicador. Al abrirlo, vio que era un reloj, con un cronómetro y el texto: Tiempo para la primera ofrenda: 1 mes 28 días 4 horas 33 minutos 24, 23, 22… y la cifra seguía disminuyendo a medida que transcurrían los segundos. Del susto, Sonya dejó caer el comunicador. Sus peores pesadillas se manifestaban en aquel mensaje. Su hijo lo recogió y se lo alcanzó con un tierno “coge, mamá, se te cayó”. Ella simuló una sonrisa de agradecimiento y salieron del centro comercial. Coger un taxi no fue difícil, estaban parados en espera de pasaje. La violencia de las nuevas bandas de jóvenes hacía que las personas no salieran a las calles a no ser estrictamente necesario.

Decidió romper el pacto y desaparecer con su hijo. Renunció al trabajo, recogió lo que cupo en su auto y se deshizo de su comunicador, no sin antes ver cuánto tiempo le quedaba al cronómetro.

Hechos los preparativos, salieron de la ciudad con la intención de no volver más. Pasó el tiempo y ya Sonya no se llamaba así, sino que era conocida por Clara y su hijo Coby. Vivían en un pueblo alejado de la gran ciudad, de las bandas y de aquellos Doctores que cumplían los sueños de las mujeres de ese mundo estéril.

Una noche despertó al sentir un ruido que provenía del garaje. Bajó con cautela y siguió el sonido hasta las cajas que había traído de la mudanza.

Escarbó entre los trastos hasta llegar a una donde vio un cronómetro con la cifra en cero. Apagó la alarma y corrió, casi voló hasta el cuarto de Sony. El niño respiraba con dificultad, vio a su madre detenerse en la puerta: debido a su peculiaridad nunca se había enfermado. Ella corrió hacia él, encendió la luz y lo abrazó para que no le viera las lágrimas.

Sony trató de hablarle, pero casi no podía aspirar el oxígeno. Por puro instinto, dejó de pensar en eso y se dedicó a tratar de oler el tranquilizante aroma del cuerpo de su mamá.

Llegada la mañana, ya Sony había mejorado, aunque no se hallaba restablecido. Sonya decidió no ir al trabajo ese día y buscar la forma de convencer a los médicos de los hospitales para que trataran a su hijo; a fin de cuentas, él no era más que un ser inocente de aquellas conspiraciones de las cuales se acusaba a su tipo diariamente en las noticias. En todo caso, la culpa era de ella. En ningún hospital lo aceptaron. Le decían que como no eran legales no tenían seguro y podrían perder sus licencias… Sony empeoraba a ojos vistas.

—No podemos, señora, es muy arriesgado —le dijo un joven médico. La tomó del brazo y la introdujo en un pequeño cuarto desocupado—. No insista más.

Aún está reciente la noticia del Sanit, el hospital de la capital. Dicen que recibieron a un Cat Marked, solo que varios años mayor. Tenía los mismos síntomas.

Los doctores trataron de averiguar qué le pasaba, pero ninguno pudo detener el continuo cese de los órganos. Durante el procedimiento, preguntaron a los que se llamaron hermanos del paciente qué le había pasado y qué hacía en el momento del colapso; preguntas estándares ante situaciones como aquella.

Ellos solo dijeron que estaban trabajando para poder pagarle a su padre, nada más. Por supuesto, preguntaron en qué trabajaban, las respuestas fueron varias…

Se especula que los de su tipo pueden estar en todos los sectores de servicios del país: desde limpiar calles hasta en las gerencias de los principales hoteles y establecimientos. Al morir el muchacho, sus hermanos culparon a los médicos. Se tuvo que llamar a seguridad para sacarlos del hospital.

Al llegar los guardias, comenzaron a pelear contra ellos. Varios de cada bando murieron antes de que lograran expulsarlos del edificio. Lo más inquietante es que no se recuperaron los cuerpos. Pero esa no es la causa esencial por la cual no podemos atender a su hijo: cada persona que trabajó aquella noche en el turno del muchacho fallecido, encontró su final en las calles de la ciudad: asesinados o desaparecidos. El turno completo tuvo que ser reemplazado. Nunca encontraron a los culpables, la policía no tenía prueba alguna para condenar a nadie… todos sabían quiénes habían sido —hizo una pausa y miró a los lados, cerciorándose de que no eran escuchados—. Se sabe que hay zonas de la ciudad que son controladas por ellos y si no tienes una especie de pase o salvoconducto no puedes pasar, y a ellos los veían en todos lados, a fin de cuenta son fáciles de identificar, pues no se parecen a nadie. Así como tu hijo no se parece a ti, ni a mí, como es lo normal en un clon, como la ley manda —el médico concluyó, tanto de hablar como de examinar a su no-paciente, aceptó las gracias, no enteramente sinceras de Sonya, y vio cómo se alejaban.

Aquella fue la primera vez que Sony enfermó. Los días pasaron y poco a poco su condición se agravó. Sonya se armó de valor, mayor era el miedo a perder a su hijo. Decidió ir a ver al Doctor —creyó que sería al que llamaran Padre—, de alguna forma lo convencería. Fue dispuesta a pagarle todo lo que tenía o era. No había nada que una madre no hiciera por su hijo, se decía al bañarse y prepararse como si fuera a una cita. Las palabras del Doctor se repetían en su mente: “mis creaciones son mi prioridad”.

Mi hijo es mi prioridad, era lo que ella se respondía mientras se montaba con Sony en el taxi que los esperaba en la puerta del edificio. El taxista miró al niño y le sonrió, este le respondió con una tos seca y una convulsión. A la orden de “apúrese”, pisó el acelerador.

En su interior, Sony gritaba a causa del dolor generalizado. La falta de oxígeno no le permitía expresar su agonía; solo quería que se detuviera. Dirigió la vista a su madre, que lo abrazaba llorosa, mientras miraba al taxista. Ella notaba algo familiar en los ojos que reflejaba el retrovisor.

— ¿Estás lista ya para entregarme el pago por tu deseo? —dijo de pronto el taxista sacando a Sonya de su duda—. ¿O continuarás viendo morir a tu hijo? No creo que le quede mucho tiempo. Sus órganos ya deben haber comenzado a fallar. Hay que reponerlos.

La sorpresa de ella fue grande, el valor que había logrado reunir se quedó fuera del taxi. Estaba asustada, por ella y por su hijo. Algo tenía que decir, pero no podía hacer otra cosa que balbucear sonidos ininteligibles; por su mente pasaban miles de ideas, respuestas a posibles escenarios y situaciones.

Él se dio cuenta de su confusión, Sony también.

— ¿Cómo te sientes, Sony? —preguntó el Doctor para sacar a ambos del silencio—. ¿Sabes que mami puede ayudarte y no quiere?

—Lo que pides es demasiado, no puedo hacerlo, no puedo, no puedo…—respondió Sonya sin parar de abrazar a su hijo.

—Eso lo sabías desde el momento en que cruzaste la puerta de mi casa.

—Tiene que haber otra forma, Doctor —suplicó, y apoyó a Sony en el asiento para poder desabotonarse la blusa. Sus dedos le temblaban. Él la veía por el retrovisor, sin dejar de sonreír. —No pierdas el tiempo con eso, Sonya, que no es lo que debes hacer por tu hijo. Ese recurso tal vez podrías usarlo para atraer a tu ofrenda. Esos órganos no se renuevan solos.

El auto llegó a la casa de donde cinco años atrás habían salido madre e hijo.

—Eres un hipócrita —la impotencia le había dado una especie de valor momentáneo una vez dentro—. Te llenas la boca diciendo que lo más

importante eran tus creaciones… ahí está una de ellas sufriendo, a punto de morir y solo quieres que salga a matar a una persona, no sé de qué manera eso ayudará a Sony, hijo de…

— ¿Ves? La solución está en tus manos, tú misma lo dijiste.

—No voy a matar a nadie… eres un sicópata.

¿Qué crees que sucedería si te mato, en lugar de a cualquier inocente?

El Doctor se acercó hasta dejar su boca junto al oído de Sonya. Solo al sentirla temblar de —Atrévete a intentarlo…Veamos cómo eso ayudaría a tu hijo.

Sonya echó a llorar desconsoladamente. Los pies ya no la podían sostener. Se tiró en el suelo repitiendo: “Tómame a mí, tómame a mí”, mientras se desnudaba en un inútil intento de soborno. “Haz que sane, es mi hijo”, imploró aferrándose a sus tobillos… Sony contemplaba la escena sin llorar, el dolor y la falta de aire no le permitían ese lujo. El taxista/Doctor se desprendió del débil agarre de la mano femenina.

Sonya siguió al Doctor con la vista hasta que él llegó a donde estaba su hijo, con los ojos aguados.

Trató de aparentar fortaleza ante él. Imposible, se hallaba aterrado, más aún cuando tuvo delante al hombre que había colocado a su madre en tal estado. Levantó la vista, el Doctor esbozó una sonrisa que pretendía ser tranquilizadora.

Sony miró aquellos ojos y se vio en ellos, asustado, pero una nueva convulsión lo sacó de sus pensamientos. El Doctor lo sostuvo con firmeza por los hombros para que no se golpeara la cabeza. Sonya se arrastró hacia ellos. El hombre miró al niño, a su madre que aún tenía la blusa abierta, y volvió a sonreírles.

— ¿Sabes, Sony? Voy a aceptar la oferta de tu madre, solo esta vez. El año que viene tú serás quien me traiga una ofrenda, ¿de acuerdo? —Sony miró a su madre asentir con énfasis y con trabajo repitió el gesto—. Normalmente no hago este tipo de concesión hasta que ustedes tienen más edad.

Creo que podemos darle un buen uso a ese cuerpo suyo. Sería una pena no aprovecharlo, ¿no crees? El niño asintió nuevamente y se desmayó. El Doctorlo colocó en el sofá y guió a Sonya a través de una puerta blanca al fondo de la sala.

Sony despertó acostado en una cama de hospital.

Respiraba con facilidad y sin dolor. Trató de levantarse, pero un ligero mareo lo detuvo. Vio pequeñas marcas en su pecho, como viejas cicatrices, casi invisibles a la vista. Giró entonces la cabeza a ambos lados en busca de su mamá… solo habían equipos de hospital que lanzaban pitidos de forma rítmica. El Doctor hizo entrada a la pequeña sala y se le paró al lado tendiéndole la mano con un

“vamos” que él aceptó.

Se bajó de la cama y caminó al lado de su creador. Instintivamente, se llevó la mano al pecho y juntos atravesaron un largo pasillo sin otra luz que la que estaba justo encima de la puerta blanca al final. No estaba asustado, sin saber por qué, ni cómo, su instinto le decía que su madre estaba con él.

 

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