Cuando la espera se convierte en belleza
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Pareciera que florecen los pétalos solo para ser marchitados por el viento. Apenas tres años han pasado desde que una mujer, la única, ganó la Medalla Fields, premio considerado el Nobel de las matemáticas. El 15 de julio de 2017 murió aquel pétalo de un cáncer de mama, a la edad de 40 años. No hay dudas, la iraní Maryam Mirzakhani ya vive en la historia.
Desde niña y hasta sus últimos días como profesora de matemáticas de la Universidad de Stanford, Estados Unidos, Mirzakhani nunca imaginó que sería premiada por investigar las superficies de Riemann y sus espacios modulares, sino por escribir una novela con protagonistas más carismáticos que una rosquilla hiperbólica.
"Yo soñaba con llegar a ser escritora. Nunca antes del último año en el bachillerato creí que estudiaría matemáticas", confesó en 2008 en una entrevista para el Instituto Clay de Matemáticas.
En su estancia en Teherán –ciudad donde nació el 3 de mayo de 1977– su interés consistió principalmente en leer cualquier libro a su alcance. Durante los últimos momentos de la guerra entre Irán e Iraq, finalizó su enseñanza primaria y entró en la Escuela Intermedia Farzanegan para niñas, cercana a una calle atestada de librerías, donde obtuvo la costumbre de comprar libros al azar.
Mientras, variables y teoremas parecían estar cada vez más ajenos a su persona. En el instituto, su profesor de matemáticas desestimaba que tuviera alguna oportunidad en la materia. Entonces ella perdió la confianza y el interés en los números.
Al año siguiente, cuando tuvo otro maestro más reconfortante, su desempeño mejoró abismalmente y así nació su amor por las ciencias exactas.
"Probablemente fue el momento en que mi profesor me habló del problema de sumar números del uno al cien; creo que había leído en una revista de divulgación científica cómo Gauss resolvió este problema. La solución fue fascinante para mí. Fue la primera vez que disfruté una solución hermosa, aunque no la haya encontrado yo", reveló Mirzakhani al diario británico The Guardian.
Su dedicación creció tanto que, en 1994, ya en una escuela de talentos excepcionales, integró con 17 años el equipo iraní que participó en la Olimpiada Internacional de Matemáticas. Ganó una medalla de oro en esa edición, al igual que en la del año siguiente, esta última con la puntuación máxima. Resultado destacable, sin embargo, irrelevante en comparación a los venideros logros.
La joven científica empezaría a recorrer el sendero que iniciaron, centurias atrás, otras mujeres como las griegas Téano (esposa de Pitágoras) e Hipatia de Alejandría (la primera matemática de la que se tiene constancia real), con aspiraciones quizás de llegar al magisterio y la fama de Sofia Kovalévskaya –quien, por cierto, tenía al igual que Mirzakhani la ambición, cuando niña, de ser escritora–, o de Emmy Noether, considerada por David Hilbert y Albert Einstein como la mujer más relevante en la historia de esa ciencia por sus aportes a la álgebra abstracta, la topología y también la física.
En su estancia en Teherán –ciudad donde nació el 3 de mayo de 1977– su interés consistió principalmente en leer cualquier libro a su alcance. Durante los últimos momentos de la guerra entre Irán e Iraq, finalizó su enseñanza primaria y entró en la Escuela Intermedia Farzanegan para niñas, cercana a una calle atestada de librerías, donde obtuvo la costumbre de comprar libros al azar.
Mientras, variables y teoremas parecían estar cada vez más ajenos a su persona. En el instituto, su profesor de matemáticas desestimaba que tuviera alguna oportunidad en la materia. Entonces ella perdió la confianza y el interés en los números.
Al año siguiente, cuando tuvo otro maestro más reconfortante, su desempeño mejoró abismalmente y así nació su amor por las ciencias exactas.
"Probablemente fue el momento en que mi profesor me habló del problema de sumar números del uno al cien; creo que había leído en una revista de divulgación científica cómo Gauss resolvió este problema. La solución fue fascinante para mí. Fue la primera vez que disfruté una solución hermosa, aunque no la haya encontrado yo", reveló Mirzakhani al diario británico The Guardian.
Su dedicación creció tanto que, en 1994, ya en una escuela de talentos excepcionales, integró con 17 años el equipo iraní que participó en la Olimpiada Internacional de Matemáticas. Ganó una medalla de oro en esa edición, al igual que en la del año siguiente, esta última con la puntuación máxima. Resultado destacable, sin embargo, irrelevante en comparación a los venideros logros.
La joven científica empezaría a recorrer el sendero que iniciaron, centurias atrás, otras mujeres como las griegas Téano (esposa de Pitágoras) e Hipatia de Alejandría (la primera matemática de la que se tiene constancia real), con aspiraciones quizás de llegar al magisterio y la fama de Sofia Kovalévskaya –quien, por cierto, tenía al igual que Mirzakhani la ambición, cuando niña, de ser escritora–, o de Emmy Noether, considerada por David Hilbert y Albert Einstein como la mujer más relevante en la historia de esa ciencia por sus aportes a la álgebra abstracta, la topología y también la física.
Tal vez Mirzakhani no se imaginó entre circunferencias y paralelogramos, pero sí entre las grandes pensadoras. Después de todo, desde joven se vio influenciada por biografías televisivas sobre damas asombrosas, como la activista social norteamericana Helen Keller y la doble ganadora del Nobel y pionera del campo de la radioactividad, Marie Curie.
Cuatro años después de su última olimpiada, en 1999, se licenció en Ciencias en Matemáticas en la Universidad Tecnológica Sharif, de Teherán. Luego viajó a Estados Unidos para realizar sus estudios de doctorado en la Universidad de Harvard, donde rápidamente comenzó a destacarse a pesar de no dominar el inglés: dijo ella misma que en ese período escribía sus apuntes en persa.
En 2004 recibió su diploma, y su tesis doctoral fue publicada en las tres principales publicaciones especializadas de Estados Unidos: Annals of Mathematics, Inventiones Mathematicae y la revista de la Sociedad Americana de Matemáticas. Su investigación trata, sobre todo, de estructuras geométricas en superficie y sus deformaciones. En ella presentó una fórmula que estima el crecimiento del número de líneas geodésicas simples en una superficie hiperbólica en función de su longitud. También demostró nuevamente la hipótesis del físico Edgard Witten sobre el espacio moduli –la primera demostración fue hecha por el ruso Maxim Kontsevich, premiado en 1998 con la Medalla Fields.
Tras doctorarse, Mirzakhani obtuvo gran prestigio como científica, por lo que posteriormente se integró al Instituto Clay de Investigación en Matemáticas y a la Universidad de Princeton. En 2008 ocupó el puesto de profesora de geometría y sistemas dinámicos en la Universidad de Stanford, California.
Luego fue galardonada con el Premio Blumental, de la Sociedad Americana de Matemática, en 2009, y en 2013 con el Ruth Lyttle Satter, destinado a científicas.
El universo, de carambola
Ese mismo año alcanzó, junto a otros colegas, resultados en el aventurero problema sobre la trayectoria de las bolas de billar en una mesa poligonal, una de las mayores inquietudes de físicos y matemáticos. En apariencia, es el billar un ejemplo simple de sistema dinámico –los que evolucionan temporalmente bajo la regularidad de determinados parámetros–; sin embargo, precisar el comportamiento de una de sus bolas en largas trayectorias es equivalente a un badajo repicando en el cerebro.
Para lograr esto, Mirzakhani reconoció que es ventajoso deformar gradualmente la mesa de billar en función del recorrido de la pelota y su tiempo. Así, el escenario original se transforma en una sucesión de otros nuevos que se mueven en torno al inicial, en un “módulo” que está constituido por todas las posibles mesas de billar con un determinado número de lados.
Esa metamorfosis de la mesa de billar da nacimiento a un espacio abstracto denominado “superficie traducción”, mediante el cual puede estudiarse la dinámica del billar analizando el mayor espacio de los módulos, es decir, el que consta de todas las superficies traducción.
Mirzakhani demostró en su investigación que la comprensión de la “órbita” de una superficie traducción en particular, contribuye a un entendimiento más preciso respecto a la geometría de la mesa de billar original. En la práctica, toda esta pesquisa se traduce a un montón de ecuaciones garabateadas en papel.
Según la Universidad de Stanford, los resultados de Mirzakhani abren puertas tanto al estudio de los números primos y la criptografía, como a la resolución de las incógnitas que rodean el estudio de los orígenes del universo.
La primera mujer
Con tales referencias, resulta casi inevitable que en agosto del 2014, durante el Congreso Internacional de Matemáticos (CIM) de Seúl, Corea del Sur, le concedieran a Mirzakhani la Medalla Fields junto a otros tres colegas de su profesión: el canadiense Manjul Bhargava, el austriaco Martin Hairer y el franco-brasileño Artur Avila (primer latinoamericano en recibir dicho galardón).
Este premio se otorga a un máximo de cuatro candidatos, con el requisito de que ellos tengan menos de 40 años. Las preseas –acuñadas en oro con el nombre del matemático canadiense John Charles Fields (1863-1932)– se entregaron por primera vez en 1936 en el CIM de Oslo, Noruega; desde entonces este acto lo realiza cada cuatro años la Unión Matemática Internacional (IMU, por sus siglas en inglés).
Los tiempos cambian y se esfuman los tabúes. Coincidentemente la IMU es presidida desde 2011 por la matemática belga Ingrid Daubechies y bajo su gestión –la Unión era encabezada solo por hombres hasta su llegada– Mirzakhani rompió una larga tradición de medallistas masculinos.
“Es una grandísima noticia. Las mujeres siguen sin estar lo suficientemente presentes en la investigación matemática, y Mirzakhani es un modelo para atraer a más mujeres a los primeros puestos”, señaló Daubechies el día de la gala de premiación.
Cuando la joven científica recibió el rostro dorado de Fields troquelado en el anverso de la medalla, ya sabía de su enfermedad: meses atrás se la habían diagnosticado. La metástasis la fue devastando: no sobrevivió más allá de aquel sábado 15 de julio de 2017. Dejó viudo a Jan Vondrák y huérfana a la pequeña Anahita, mientras escapaba hacia un mundo de abstracciones complejas, semejante quizás a las mismas hipótesis que siempre estudió.
Quién sabe si podrán surgir otras grandes mujeres matemáticas procedentes del Tercer Mundo, como la brillante iraní. Quién sueña si en Cuba pudiera despertar una futura candidata.
Amante de la literatura como Mirzakhani, Sofía Alvizu-Campos Rodríguez es una estudiante de décimo grado del Instituto Preuniversitario Vocacional de Ciencias Exactas Vladimir Ilich Lenin, de La Habana, y en su corta edad ganó recientemente una medalla de oro –con puntuación máxima– en la XIX Olimpiada de Matemática de Centroamérica y el Caribe. La científica prospecto obtuvo esa alegría después de nueve años sin que un cubano pisara el primer escaño en torneos internacionales de esa asignatura.
Es impredecible el curso que tomará la carrera de esta muchacha, o de otras que a esa edad despuntan en las ciencias. El tiempo dirá la última palabra. Como afirmara Maryam Mirzakhani con la limpieza de su mirada azul, “la belleza de las matemáticas solo se evidencia en sus seguidores más pacientes”.





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