Deporte y tecnología: el watergate de la MLB

Autor: 

Emilio L Herrera Villa
|
24 Enero 2020
| |
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Crédito de fotografía: 

Ricardo Valdivia Matos

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Para miles y miles de sus fa­náticos es una mentira, una conspiración para empañar la dicha reciente. Ganaron en 2017, despejando de una vez un aura de sufrimientos y confusiones. Y es que el pasado de los Astros des­de sus cimientos en 1962, cuando se llamaban los Houston Colt .45s, se ha caracterizado por el ascenso de estrellas parpadeantes que, por obra del azar o incapaces de sobre­pasar sus propios límites, nunca hi­cieron brillar el cielo de esta orga­nización.

Saciados de victorias, la mayo­ría de texanos alegan que las nue­vas insinuaciones son falsedades contra su joven y talentoso equipo. Por mucho que otros quieran admitirlo, no cuestionarán esta época dorada en la que llega­ron a dos Series Mundiales en tres años. No obstante, un buen núme­ro de parciales se preguntan si de­trás de esos nombres rutilantes, de esa maquinaria de bateo que im­pacta con furia las pelotas hacia todas las bandas y dimensiones, existen atisbos de verdad en los que creer.

Pero, ¿qué ha empañado a la franquicia más exitosa de las últi­mas temporadas? ¿Quién discute la solidez de semejante conjunto de ensueño? Las luces sobre Hous­ton comenzaron a apagarse cuan­do Mike Fiers, un exlanzador de los Astros — campeones de hace tres años — , confesó públicamente que el equipo utilizó, y todavía lo hace, una moderna cámara de video pa­ra robar las señas de los rivales en tiempo real y así avisar a sus batea­dores en pleno cajón de bateo.

Las declaraciones del exlanzador de los Astros Mike Fiers, hoy jugador de los Atléticos de Oakland, sobre el robo de señas mediante el uso de tecnología destaparon un escándalo deportivo que, lejos de aminorar, crece cada día. (Fotos: Crowfishboxes.com y NYPost.com/Edición: Ricardo Valdivia Matos)

Las palabras de Fiers más que prender la mecha fueron como ga­solina para un incendio, pues des­de 1919, cuando ocho jugadores de las Medias Blancas de Chicago se dejaron ganar la Serie Mundial por dinero, no ha habido otro suceso colectivo que “ensucie” tanto los resultados de un juego, o de varios, como estas imputaciones.

Al parecer se ha destapado el peor escándalo deportivo del béis­bol profesional en lo que va de siglo, lo que hace recordar la dimisión del presidente de los Estados Unidos en 1974. Luego que William Mark Felt (el famoso Garganta Profunda) revelara todas las tram­pas alrededor de Watergate, la tra­yectoria de Nixon se desplomó por completo. Ahora, cuarenta y cinco años después, se presenta una si­tuación semejante: una ruptura de reglas, un denunciante y un legado cuestionable que hace preguntar a millones de ciudadanos americanos si toda la gloria no habrá sido una ilusión.

¿Elemental, mi querido Watson?

Desde hace unos diez años, el béisbol se apoya como nunca en las nuevas tecnologías para recabar in­formación sobre todos los aspectos del juego. Sin embargo, el robo de señas a través de dispositivos elec­trónicos mantiene su status ilegal.

Según el pitcher Mike Fiers, quien jugó para los Astros en 2017, esta violación, cuyo propó­sito es apropiarse de una ventaja competitiva, se utiliza desde ese año, cuando los de Houston alza­ron su único título de Serie Mun­dial.

Todo partía de una moderna cá­mara situada en los jardines del Mi­nute Maid Park (estadio de los As­tros), que trasmitía las señales de los catchers rivales hacia una pantalla de televisión instalada en el club house de los locales. Ahí la decodificaban un grupo de analistas, los cuales la hacían llegar en tiempo real median­te sonidos a los bateadores de los Astros, quienes se preparaban para el lanzamiento que vendría.

“Yo solo quiero que el juego se limpie un poco porque hay tipos que están perdiendo sus trabajos debido a que están yendo allá afue­ra sin saber nada”, dijo Fiers en en­trevista a The Athletic. “Jóvenes están siendo bateados en las pri­meras entradas al abrir un partido, y luego son enviados abajo. Es una mier… en ese sentido. Está arrui­nando los trabajos para los chicos jóvenes. Los chicos que saben es­tán más preparados. Pero mucha gente no lo está. Por eso es que se lo dije a mi equipo. Tuvimos mu­chos chicos jóvenes con Detroit (en 2018) intentando establecerse. Yo hubiese querido ayudarlos y decir­les, ‘Oigan, esto está pasando. Solo prepárense’”.

El propio Fiers describió que si el lanzamiento no era una recta, pelo­teros o couches en el dugouts gol­peaban un bote de basura para in­dicarle al bateador que se alistara para un envío rompiente.

A raíz de estas declaraciones, traídas a la luz por un hombre de adentro, se destapó todo un venda­val de pruebas y cuestionamientos que ayudan a engrosar las eviden­cias que reúne el Departamento de Investigaciones de la MLB, encar­gado de emitir un veredicto sobre tan delicada situación.

Hasta el momento existen vie­jas acusaciones de los Atléticos de Oakland (en juegos del 2018) y Yankees de Nueva York (Serie de Campeonato de la Liga Americana 2019), que alegan el robo de señas mediante tecnologías. AJ Hinch, manager de los Astros, replicó que era algo “ridículo”.

Durante los play off del 2018, Kyle McLaughlin, hoy miembro del cuerpo de operaciones de los As­tros, fue expulsado durante las se­ries contra los Indios de Cleveland y los Medias Rojas de Boston, des­pués de apuntar un teléfono ha­cia las bancas de estos equipos. Cuando la prensa indagó, el geren­te general de los Astros, Jeff Luhnow, dijo que McLaughlin trataba de asegurarse de que los contrarios no utilizaban dispositivos para ro­bar señales.

Según ESPN, durante la Serie Mundial de la presente temporada, fuentes anónimas comunicaron a los Nacionales de Washington que estuvieran atentos a luces, cámaras y silbidos, tanto de las gradas como desde el dugout de los locales. Co­mo resultado, los actuales campeo­nes conformaron cinco secuencias de señales para sus lanzadores.

El Departamento de Investiga­ciones tiene un listado de entrevis­tados donde figuran jugadores, ge­rentes y entrenadores. Entre ellos se encuentran los managers de los Astros, (AJ Hinch), el de los Me­dias Rojas (Alex Cora), y el de los Mets de Nueva York (Carlos Bel­trán). Todos, parte del equipo cam­peón del 2017.

Tal vez, después de los videos re­copilados, donde se escuchan los “raros sonidos” desde la banca, la prueba más contundente radique en los correos electrónicos donde la oficina central de los Astros solicita a sus scouts espiar los dugouts rivales por cualquier medio necesario, ya fuera con cámaras u otra herramienta tecnológica, que facilite esta tarea, indicio peligroso que vincula a la máxima directiva de la franquicia en posibles trampas y su interés en obtener ventajas a través del robo de señas.

El beneficio de la duda

El pitcheo domina la era moderna del béisbol. Desde hace unos años la taza de ponches creció exponencialmente junto a la rapidez promedio de los serpentineros. Hoy resulta bastante común que muchos staff de pitcheo sobrepasen las 95 mph o que varios lanzadores alcancen velocidades supersónicas sostenidas.

Cuando se lanza una recta a 90 mph, el bateador cuenta con cuatro décimas de segundo para hacer contacto. Si se “dispara” a 7, 98 o 100 mph, ese tiempo se reduce a la mitad. Pero, si se está demasiado preocupado por este lanzamiento debemos recordar que existe un arsenal de envíos rompientes (slider, cambio, curva, screwball, fork- ball, splitball, sinker, etc.) cada vez más perfeccionados y efectivos.

En otras palabras: en toda la historia de este deporte jamás ha existido un momento más difícil para conectar una pelota de béisbol que ahora mismo. Y esas, para los bateadores, son muy malas noticias.

En décadas anteriores, algunos jugadores trataban de superar estas brechas apoyándose en métodos prohibidos. El uso de sustancias dopantes como los esteroides anabólicos marcaron una época pero, ¿quién, en la actualidad, desea ser el próximo Alex Rodríguez en la lista negra de este deporte? Las técnicas burdas y grotescas de antaño se refinan. Las agujas se desechan por redes inalámbricas y las pastillas se diluyen entre unos y ceros. Y qué podría ser más indetectable que el uso de las modernas tecnologías. ¿Para qué poner en riesgo la salud si puedes prepararte para el envío que vendrá a continuación?

En 2017, los Medias Rojas de Boston se involucraron en un escándalo menor cuando un entrenador fue descubierto con un Apple Watch en el banco. El Apple Watch es un reloj inteligente que puede enviar y recibir información a través de Facebook, Twitter, WhatsApp, SMS, correo electrónico o cualquier otra plataforma de mensajería o red social compatible. Mediante el dispositivo, el entrenador le hacía llegar al bateador en turno los datos que recibía de un analista pendiente de las repeticiones televisivas. De acuerdo con los Yankees (los perjudicados), Boston pudo utilizar esta artimaña en 24 ocasiones diferentes. ¿Cuál fue la respuesta de la MLB? Multó a los de Nueva Inglaterra con medio millón de dólares. Una ganga para un equipo millonario.

Hasta que no concluyan las investigaciones debemos otorgarle a los Astros el beneficio de la duda. La organización está repleta de jugadores muy buenos. Aunque en cuestiones deportivas ser muy bueno, a veces, no es suficiente.

En el 2017, Houston alcanzó 101 triunfos, (el segundo récord más elevado de su historia hasta la fecha). La siguiente temporada aumentaron sus victorias a 103 y este 2019 mucho mejor: 107 (a solo nueve triunfos del récord de todos los tiempos). De hecho, en el Minute Maid Park ganaron 60 de 81 juegos, algo que no existía desde los históricos Yankees de 1998, una generación que conquistó tres campeonatos en línea.

Después de lograr su primera Serie Mundial frente a los Dodgers, hace tres años, los Astros ascendieron al cielo, erigiéndose como la estrella más rutilante de la galaxia beisbolera. Ni siquiera un experto podía avizorar semejante repunte pues, un año antes, los texanos fueron el cuarto conjunto más ponchado de todas las Grandes Ligas. En 2016 perecieron frente a los strikes en 1452 ocasiones y su promedio de bateo colectivo quedó en un modesto 247.

Como conocemos, la redención no se hizo esperar y la siguiente temporada (2017) se poncharon 365 veces menos, convirtiéndose en la franquicia con la tasa más baja de ponches y también en la de mejor promedio de bateo colectivo con un excelente 282. Por si fuera poco, durante la Serie Mundial que se extendió a siete juegos, los Astros y los Dodgers implantaron nueva marca de cuadrangulares para una final, con 25. Los de los Ángeles conectaron nueve batazos de vuelta completa, una cifra para nada despreciable, pero irrisoria para unos temibles sureños que mandaron 16 pelotas a las graderías.

Si bien todas estas estadísticas no son pruebas concluyentes de incumplimiento, ponen en duda si tamaña historia de superación fue el resultado de un tremendo esfuerzo grupal o del más astuto sistema de trampas.

Texto: Emilio L. Herrera y Ricardo Valdivia/Diseño: Ricardo Valdivia Matos

La encrucijada de Rob Manfred

Antes de iniciarse la temporada 2019, la MLB estableció una serie de medidas para frenar el robo ilegal de señas. Prohibieron las cámaras no autorizadas entre las líneas de foul, retrasaron ocho segundos los dispositivos internos de video y habilitaron en las salas de repeticiones un espacio para que un funcionario de la liga supervisara los partidos en busca de posibles in- fracciones que interfirieran en el resultado natural de los encuentros.

A pesar de representar un paso de mejoría, los dictámenes del comisionado de la MLB, Rob Manfred, no produjeron el efecto deseado: más bien todo lo contrario al coincidir con el escándalo de Houston.

“No voy a especular sobre cuál es la medida disciplinaria apropiada. Eso depende de cómo se establezcan los hechos al final de la investigación (…) Cualquier acusación relacionada con una violación de las reglas que pueda afectar el resultado de un juego o juegos es el asunto más serio,” dijo Manfred a la prensa.

Los decisores en este caso deberían tener mano dura si demuestran la culpabilidad de los Astros. El robo de señas mediante el uso de dispositivos técnicamente desarrollados no se detendrá. No lo hará porque la tecnología nunca desaparecerá, solo debe volverse más eficiente y generalizada. Si los tramposos salen impunes o con sanciones risibles quedará una puerta abierta que asesinará la esencia de este deporte para siempre.

Desconocemos cómo se desenredará este nudo, pero es sabido que la MLB es un gigante económico cuyas ganancias no han hecho más que elevarse en los últimos 16 años. Según la revista Forbes las Grandes Ligas tuvieron ingresos por diez mil

300 millones de dólares en 2018. Además, cuentan con un favorable ambiente laboral, sindical y con el programa antidoping más completo de todos los deportes profesionales en los Estados Unidos.

Aunque pueda parecer contradictorio, estos mismos logros son los que pudieran salvar del patíbulo a los “ventajistas tecnológicos”. No es lo mismo sancionar por dopaje a siete u ocho jugadores aislados en una temporada, que decir a toda una nación, cuyo deporte nacional es el béisbol, que una franquicia entera — desde el gerente general hasta el batboy — conocía y apoyaba estas prácticas fraudulentas. De suceder, el desencanto generalizado, la caída de audiencia y la asistencia de espectadores a los estadios podría ser tan sonante como los estruendos de los bates contra los botes de basura.

Podremos especular sobre separaciones, grandes sumas a pagar, púdicas o desoladas vitrinas en el Minute Maid Park. Podremos escribir sobre riesgos, arranques de vergüenza o del calculado cinismo que colocó anillos dorados en manos manchadas. La imaginación se brinda sola para narrar lo probable y lo improbable de esta situación.

Aun así, me atrevo a asegurar que, sea cual sea la decisión tomada, el legado de los Astros quedará en duda para siempre y a Mike Fiers le costará firmar un contrato de nuevo porque nadie, absolutamente nadie, querrá estar cerca de una garganta tan profunda.


 

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