Derrotando a Algazel

Autor: 

Ernesto Estévez Rams
|
09 Julio 2015
| |
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Crédito de fotografía: 

Tomada de hispanismo.org

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En el periodo entre 800 d.n.e. y 1100 d.n.e en el mundo árabe, que hoy gustamos denominar como imperio árabe, probablemente se hicieron más descubrimientos científicos que en toda las eras anteriores de la humanidad. El Bagdad de la época era el centro científico, artístico y literario del mundo eurocentrado. Es la época en que se sintetizó el conocimiento matemático precedente en el álgebra (de la palabra árabe al–jebr), donde nació la noción formal de algoritmo (del matemático árabe  Muhammad ibn Ahmad al–Khwarizmi), donde el cero se explotó en las matemáticas como nunca antes y donde se estableció un sistema basado en  números a los que hoy seguimos llamando arábicos. La mayoría de los cuerpos celestes tienen hoy nombres árabes, porque fue en esa época y en ese contexto que fueron catalogados y sus datos sistematizados. Como nunca antes civilización alguna había hecho, se tradujeron al idioma de sus habitantes de manera masiva los textos de todas las culturas accesibles a ellos por aquel entonces.

Abu Hamid Al–Ghazali, teólogo y filósofo musulmán, conocido como Algazel. Condenó a la matemática como un invento del diablo. Su influencia es tal que muchas de las doctrinas más retrógradas del Islam actual pueden ser rastreadas hasta sus escritos. (Foto: Tomada de www.greatthoughtstreasury.com)

 La cultura helénica tiene una deuda notable con el Islam, porque mientras sus textos eran quemados y olvidados en una Europa de oscuridad intelectual, su refugio, de donde regresaron luego a la propia Europa, fue el mundo árabe. Muchos de los textos que hoy leemos de los filósofos y pensadores griegos  no nos llegaron directamente de la Grecia antigua, sino que son en realidad traducciones de textos árabes donde fueron preservados por centurias.

Después de esa tremenda hazaña, que en el lapso de unas pocas centurias, transformó una región de nómadas en el centro cultural de la humanidad, la sociedad árabe se estancó.

Al margen de otras consideraciones socioeconómicas, quiero detenerme en Abu Hamid Al–Ghazali, teólogo y filósofo musulmán. Algazel, como fue conocido en el mundo europeo, es considerado el musulmán más influyente en el Islam después de Mahoma.  Para Algazel no había relaciones causales sino solo la voluntad de dios y por tanto estudiar tales relaciones causales era –además de una  pérdida de tiempo–, una herejía. Algazel condenó a la matemática como un invento del diablo. Su influencia es tal que muchas de las doctrinas más retrógradas del Islam actual pueden ser rastreadas hasta sus escritos. Algazel se opuso teológicamente al llamado neoplatonismo árabe de manera tan contumaz, que el islamismo jamás recuperó la racionalidad que le había permitido tantos avances científicos en tan poco tiempo.

Cuando en Cuba triunfó la Revolución, en el transcurso de unos pocos años se hicieron transformaciones sociales y legales que cambiaron al país como cinco décadas  anteriores de república y siglos de colonialismo no habían hecho. En el plano de la cultura y la ciencia se comenzó con una campaña de alfabetización que sentó las bases para llenar al país de escuelas. En las universidades, que en buena medida eran centros donde los remanentes de la escolástica se colaban escondidos bajo diversos ropajes y la enseñanza de la ciencia tenía, en el mejor de los casos, un atraso de décadas, cuando no brillaba por su ausencia, se introdujo lo más avanzado del pensamiento científico en las ciencias naturales, técnicas, agropecuarias, sociales. Se tradujeron de golpe cientos de libros de lo más avanzado de la literatura científica en el mundo; se crearon centros de investigación; se enviaron a los jóvenes a estudiar a universidades líderes del mundo y llegaron  a nuestros claustros a profesores de todo el mundo.

Los frutos de esa revolución educacional y académica se recogieron a partir de los años setenta. En el terreno de las ciencias vivas, Cuba se posicionó como ningún país del tercer mundo. Alimentándose de una tradición médica ancestral, se construyó un sistema científico alrededor de la medicina y la biofarmacéutica sencillamente sin parangón.

 

 

La campaña de Alfabetización fue el inicio de las transformaciones que emprendió la Revolución cubana para desarrollar la ciencia en el país. (Foto: Tomada de Prensa Latina)

Frente al avance de la ciencia, la superstición y las prácticas místicas –algunas denigratorias del ser humano– retrocedieron de manera marcada y con ello, prejuicios ancestrales asociados a ellas. La racionalidad científica sustentó medidas de progreso social en el campo de la erradicación de la discriminación racial y de género, así como la legalización del aborto y el derecho de la mujer a decidir su calidad y destino reproductivo; también acorraló argumentalmente las pseudodoctrinas de superioridad racial. Y sobre todo, representó un pilar importante en la conquista de una identidad nacional sin complejos de inferioridad colonial así como seguridad y confianza en nuestras fuerzas y capacidades para conquistar el cielo, ya fuera por asalto o por sitio prolongado.

Después hemos perdido una buena parte de ese impulso.

Cuando se lee una resolución como la del MINSAP (RM 381/2015), que oficializa prácticas místicas y anticientíficas, uno no puede menos que asombrarse. ¿Cómo es que llegamos a un punto como este? Acostumbrado a una sociedad que ha intentado, con éxito parcial pero innegable, basar su estructura social y su desarrollo en pilares de racionalidad, incluyendo el materialismo histórico y la dialéctica materialista, he tratado, después del primer impulso de desazón, de entender más que  condenar.

¿Cómo es que, pasados casi sesenta años, una institución del Estado, cuyo desempeño, como ninguna otra, tiene basamento en la tradición científica más  antigua del país, oficializa nociones precientíficas y anticientíficas, incorpora prácticas desprestigiadas por la ciencia y lo hace, a la sombra de la defensa de una supuesta alternativa efectiva y barata? ¿Cómo es que lo ha hecho, amparada en el silencio de instituciones científicas y académicas que prefieren mirar a otro lado y defendida  por pretendidas actualizaciones filosóficas que, a falta de mejor argumento, acusan de positivistas a sus críticos y teatralizan supuestas sorpresas por el hecho de haya científicos y ciudadanos que se niegan a validar tales disparates?

 En realidad, la sorpresa genuina debería ser que a la altura del siglo XXI, se pretendan validar nociones precientíficas del siglo XVIII y XIX, cuando no sabíamos que las células existían, que las bacterias y virus eran y son  responsables de una buena parte de las epidemias que azotaban (y azotan) a la humanidad, que los átomos constituían todas las sustancias, que la evolución era el motor del desarrollo de lo vivo, que el ADN codifica nuestra realidad biológica; cuando no sabíamos que en un mol de sustancia hay un uno con 21 ceros  átomos, que el enlace químico explica muchos procesos de la naturaleza más un largo etcétera.

La sorpresa debería producirla que se intente validar hoy prácticas basadas en nociones como el vitalismo (algo tan superado como pensar que el éter es el medio por donde viaja la luz), los miasmas, la inspiración divina, o se hable de canales de energía como en la época en que se creía que el calor era un fluido tangible y material y los átomos un invento de Epicuro.

Ya deberíamos ser lo suficientemente maduros, después de medio siglo de práctica revolucionaria en el poder, para no aceptar como alternativa a la mundialización capitalista homogeneizadora y esterilizadora de las diferencias, un retorno a la práctica de todo tipo de supersticiones, a visiones ancestrales ingenuas e hijas de su tiempo; un retorno a anacronismos, a místicas religiosas originarias y atractivas, a filosofías orientales idealistas y subjetivas. Reconocerlas en su valor antihegemómico y defender el valor esencial de preservarlas como parte del acervo cultural de la humanidad, no implica adoptar como válido un relativismo posmoderno, de acrítica homologación igualitaria.

Alimentándose de una tradición médica ancestral, Cuba construyó un sistema científico alrededor de la medicina y la biofarmacéutica sencillamente sin parangón. El Hebeprot-P, contra el pie diabético, es uno de sus resultados de más impacto. (Foto: Archivo JT)

La relativización posmoderna no pone las cosas en su lugar relativo, sino que pretende derrumbar por completo el edificio de la razón y levantar en su lugar un amasijo “de carne con madera”. No olvidemos, ni por un instante, que la razón ilustrada es también  parte esencial e imprescindible del acervo cultural de la humanidad. Y una parte que puso al ser humano como centro, en contraposición a la preponderancia religiosa que ocultaba detrás de un manto de divinidad una relación de poder clasista. La misma preponderancia religiosa que dominaba a Occidente, que a Oriente, que a la Mesoamérica. El afán emancipador del ser humano es hijo directo de esa apelación a la razón como máxima del actuar transformador.  El marxismo, es hijo privilegiado de esa revolución de la razón.

Hoy, las visiones originarias aportan,  junto a otras fuentes, la necesaria modestia para que comprendamos que el ser humano no es centro, sino parte de un universo real, objetivo y material, mucho más complejo de lo que podamos llegar a creer, como dijera el biólogo británico J. B. S, Haldane.  En ese sentido ponen límite al optimismo ingenuo del positivismo con su visión lineal del desarrollo. Pero eso no puede llevarnos a adoptar como verdades transformadoras las visiones místico–religiosas de esas culturas.

La respuesta a la prácticas abusadoras de la industria farmacéutica capitalista no es un retornar a todas las visiones surgidas en una época precientífica, visiones que creían que el trueno era la ira de una divinidad, el mundo era la manifestación del combate de dos fuerzas opuestas y el sacrificio humano aplacaba la sed de sangre de los dioses.

Una de las conquistas epistemológicas de la razón es que cada argumento debe ser defendido por sí mismo y en función de sus propios méritos. Algunas de estas práctica sanadoras con aura de “new age” descansan en esa visión de retorno a una supuesta “pureza” de la época precientífica, cuando el ser humano era más vulnerable al avatar de la naturaleza desconocida lo cual se troca en una supuesta mayor cercanía al ser “natural”. Cuando terminemos de discutir el reduccionismo cartesiano y lo terrible que ha sido, debemos volver al hecho concreto y documentado de que el fundador de la terapia floral decía que su método de cura era dado por una divinidad y por tanto incuestionable. Y que un remedio homeopático es solo agua o alcohol, basado en la creencia de su fundador de que las sustancias tenían algo vital dado vaya usted a saber por quién.  ¿Consideraremos eso un método justificado para llegar a un tratamiento médico efectivo?

Esta nueva moda de posición filosófica “retro” nos quiere hacer aceptar que la ciencia es tan incapaz como cualquier otra de dar respuestas prácticas a problemas tanto de la cotidianeidad humana como de su trascendencia. Por eso defienden a capa y espada que es tan válido como tratamiento terapéutico una cucharada de un  fármaco fruto de la ciencia moderna como la dilución hasta al absurdo de alguna sustancia caprichosamente escogida donde solo queda agua. La primera está basada en una comprensión –históricamente y temporalmente condicionada, pero profunda– de los mecanismos celulares, del papel de los virus, de los acoples  a nivel proteico, de los mecanismos de accionar del ADN y el ARN; en fin, de lo que hemos alcanzado a entender a partir de la  microbiología y la química supramolecular. La segunda nos habla de una aproximación “holística” cuyos cultores son incapaces de definir, de “impregnaciones” que nadie entiende, de “energías” que no logran medir, de “geometrías moleculares” que no se ven.

 Resulta irónico entonces que quien resulte acusada de positivista sea la posición que defiende a la racionalidad dialéctica, a la vez que se oculta toda la carga de subjetivismo retrógrado  y místico que late detrás de la acusación.

El carácter universal del ser humano lo atestigua de manera aterradora la muerte en masa de la población autóctona del nuevo mundo cuando entró en contacto con las bacterias y virus que trajeron los colonizadores. El carácter universal del método científico lo demuestra, de manera dramática, la caída abrupta de la mortalidad cuando en China se introdujo de manera social el uso de las vacunas y los antibióticos. Negarle el carácter universal al método científico, parapetado detrás de argumentos culturales, es absurdo de cara a la tozuda realidad.

De cualquier modo, en el pensamiento poscolonial o descolonial, de moda en algunos círculos filosóficos, algunos pretenden legitimar saberes de los pueblos originarios, no por su mérito sino porque estos saberes fueron víctima de genocidios coloniales. Con ello no solo se decide ignorar el carácter desigual de las sociedades que fueron masacradas criminalmente, sino que se oculta el carácter profundamente clasista que permeaba epistemológicamente esas maneras de adquirir conocimiento y sus hermenéuticas excluyentes.

A partir de premisas falsas, se construye un discurso donde la sabiduría de esos pueblos es vista al margen de la historia y del análisis de contextos, son sabidurías “universales” y “atemporales”, fuentes inagotables de honduras que el pensamiento occidental es incapaz de comprender.

No hay aspecto de la realidad objetiva, que no sea abordable por el método científico. La respuesta a la globalización neoliberal y a su pretensión homogeneizadora, no es darle la espalda a la universalidad del método científico y erigir falsas confrontaciones culturales en el espacio de la adquisición y legitimación del conocimiento. Es incorporar todos los saberes, con independencia de la fuente originaria, de las hipótesis y las vías en que creció y maduró, al rigor epistemológico de la ciencia, vista esta última, como un organismo dialéctico capaz de incorporar nuevas ontologías y epistemologías que no deshagan lo conseguido ni renuncien al camino andado.

Con demasiada frecuencia se arguye, que prácticas tales como la homeopatía y la terapia floral son más humanas porque ven al enfermo y no a la enfermedad. En ese sentido, se pretende ubicarlas en un peldaño éticamente superior a lo que llaman medicina alopática. Tal razonamiento vuelve a perder la esencia frente a las apariencias.

Primero, las prácticas comerciales deshumanizantes de la medicina y la farmacéutica en el capitalismo (seamos honestos) afectan por igual a unas y otras. El capitalismo no deja títere con cabeza. La homeopatía, por ejemplo, es un negocio transnacional que solo en EE.UU se estima que mueve anualmente cifras superiores a los tres mil  millones de dólares. A bolina con la idea de que estas prácticas son antihegemónicas.

Pero, y más importante aún, ¿hay acaso algo más brutal y éticamente condenable que no tratar la causa real de una enfermedad, prometiendo curas a base de agua o alcohol puro?,  ¿hay acaso algo más punible que consolar al paciente con el milagro de devolverle un “balance energético” que ni el mismo practicante de la “holística” puede definir sin apelar a una monserga semimística,  mientras la bacteria que le enferma campea por sus respetos dentro de su organismo? ¿y hay acaso algo más inhumano que decirle a alguien que ya está vacunado contra la leptospirosis, inmunizado contra el cólera, o protegido contra la gripe, porque se le han puesto bajo la lengua unas gotas de agua o alcohol puro?  Las seudoterapias basadas en la homeopatía, la terapia floral o procedimientos similares son injustificables desde todo punto de vista, pero en primer lugar desde una perspectiva ética.

¿Cómo es que, pasados casi sesenta años, una institución del Estado, cuyo desempeño, como ninguna otra, tiene basamento en la tradición científica más  antigua del país, oficializa nociones precientíficas y anticientíficas, incorpora prácticas desprestigiadas por la ciencia y lo hace, a la sombra de la defensa de una supuesta alternativa efectiva y barata? (Foto: Tomada de  holguinahora.blogspot.com)

La línea divisoria en cuanto a  la práctica homeopática es si aceptamos o no que el agua y el alcohol, o su mezcla, en gotas dosificadas, cura y vacuna. Porque lo que nadie puede negar es que en la solución homeopática solo queda agua o alcohol. Si aceptamos la homeopatía como válida, estamos aceptando el valor quimérico del agua o el alcohol como piedra filosofal de la curación.

De ahí solo hay un paso (ya cruzado por algunos) a justificar que el agua bendita tiene poder curativo en virtud de un esencia intangible (y divina) que le imprime el sacerdote de turno o, lo mismo sea dicho, del vino transmutado en bodegas catedralicias.  Es una línea muy fina la que estamos recorriendo aquí por pensar que podemos ser selectivos  a la hora de decidir dónde se aplica el método científico y dónde no. Al fin y al cabo, si se trata de invocar la base testimonial como validador, los poderes sanadores del agua bendita tienen muchos más testimonios, por los siglos de prácticas, que el de la homeopatía o la terapia floral. Además de resultar mucho más tradicional al estar asentado en la misma base histórica de la cultura occidental.

Algazel hoy pasea entre nosotros.

Del argumento absurdo de que la ciencia y los científicos no aceptan lo que no entienden, usado como una descalificativo que exonere de argumentar  sobre la cosa en sí, habría que hablar poco. Aquí otra vez se cuelgan de una hebra muy fina. Aun si nos atenemos a una visión reduccionista como la de los paradigmas de Kuhn, que sería lo que más vendría al caso, corren el peligro cierto de que todo este tejemaneje superficial de ideas se les vuelva en contra.  Al fin y al cabo, aquí no se trata de que la ciencia actual se niega a renunciar a un paradigma y abrazar uno más abarcador que incluye a estas prácticas pseudocientíficas. Más bien se trata de la negativa de la ciencia moderna a regresar a un paradigma ya superado hace mucho tiempo y que se basaba en nociones que desconocían la existencia de las células y los microrganismos. Abrazar tal paradigma no es un salto hacia adelante, es más bien una cabriola hacia atrás que nos quieren imponer tras sensacionales efectos de humo.

Aquí nos encontramos con un fenómeno similar al que vivimos con la crisis educativa que hoy enfrentamos en el país. Durante años se advirtió, por agentes individuales, que íbamos por malos caminos, frente a lo cual se hizo silencio hasta que  el desastre había escalado a proporciones épicas para entonces actuar ¿Esperaremos a que aquí también el desatino alcance proporciones épicas para actuar? Ciertamente, por esta línea de negación de la ciencia y aquiescencia con las prácticas místicas y la renuncia al rigor regulatorio, ya estamos en una crisis, solo falta por ver si se esperará a las proporciones épicas para proceder.

Al principio de la Revolución traducíamos a Jackson,  a Landau, a Dirac, a Einstein, a Kolmogorov. Hoy hacemos congresos de energías que nadie ha medido, invitamos a chamanes a darnos cursos de bioenergética cósmica y sanación cuántica, y en libros de textos de nuestras universidades médicas leemos monsergas místicas del yin y el yan, los riñones del cielo y las energías del universo.

Algazel hoy pasea entre nosotros.

Hoy centros de investigación que se suponen sean de avanzada en el área farmacéutica del país, investigan, defienden y producen "remedios" basados en la mística de Bach y el vitalismo de Hahnemann mientras se barre bajo la alfombra el origen y fundamento místico de estas prácticas .

Por eso es que aquí hay mucho más en juego que una terapia basada en agua.

Aquí está en juego si nuestra sociedad revolucionaria consolida lo andado y se proyecta, fiel a sus comienzos, por avanzar en la racionalidad emancipadora del ser humano, o comienza un declive que no durará tanto como el del imperio árabe.

Si aceptamos que nuestra medicina le abra la puerta a la irracionalidad mística, new age o como quiera llamársele, estaremos aceptando que mañana el Ministerio de transporte acepte destinar recursos a la elaboración del motor de eficiencia mayor que uno; que el Ministerio de minas y energía patrocine móviles perpetuos; que el Partido, apoye el subjetivismo idealista; que enseñemos creacionismo en nuestras escuelas. Estaremos aceptando que se renuncie a la única visión capaz de salvarnos y hacernos vencer, la racionalidad crítica y dialécticamente negadora.

Se trata de si le damos la cara a la realidad, entendemos por qué hemos llegado hasta aquí y retomamos el camino de racionalidad dialéctica que nos llevó a realizar una revolución educacional sobre la base del pensamiento científico más avanzado. En ese sentido, lo que se dirime es mucho más trascendente: es recuperar la confianza práctica y teórica de qué hacer y hacerlo bien.  Es superar ese refugio en localismos culturales, idiosincrasias intrascendentes, nacionalismos infantiloides, modas posmodernistas paralizantes, relativismos filosóficos estériles, depresiones ideológicas sumergidas. Es desembarazarnos de esa pérdida momentánea de la razón y salir con el optimismo renovado y renovante de que somos portadores de una sociedad más justa que la humanidad necesita, y que constituye, una meta  racionalmente fundada. Después de todo, el posmodernismo puede intentar relativizar la verdad pero no logra relativizar la razón, y la razón es nuestra.

Demos batalla por la razón revolucionariamente transformadora y derrotemos a Algazel.

 

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