Descompuesta

Autor: 

Frank Frias Rondon
|
18 Enero 2018
| |
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Mención

 La sacudió por el cuello delante de todos y no pareció importarle a nadie. Lo venía siguiendo a lo largo de ocho cuadras, suplicándole que no la botara en el rastro de Abel Salas. Y él terminó por tomar

a Rebecca de la garganta.

El único al que pareció importarle fue a un cura sentado en uno de los bancos del parque metropolitano, con el último número de Mecánica y Sociedad entre las manos.

Dentro de la cafetería fue lo mismo: Todos la miraban. Los vientos de cuaresma le habían arruinado el chorro de pelos negros que le caía sobre los hombros. Lo hubiese resuelto con una pasada del cepillo; pero andaba demasiado preocupada por Alex.

Al sentarse a la mesa para dos provocó una mueca de asco en la muchacha que se acercaba a tomar el pedido. Me genera mucho estrés, le dijo Alex a esa muchacha. El único que va a desayunar soy yo, éste traste no anda conmigo. Traste: palabra como muchas otras dejadas por la compañía en cada micro chips con el propósito de ser utilizadas sin temor a oposiciones. Pero es posible que algún virus penetrara el potente antivirus inmunológico y le pro­vocase a Rebecca cierto tic nervioso en uno de los párpados, o una picazón, fácilmente controlable, en algún seno; pero nunca saldría de su boca ni traste ni púdrete, ni estoy harta de ti, porque el programa que se encargaba de los impulsos, había sido diseñado por un ejército de programadores en los departamentos más alegres de Jeremías and Clift. Sin embargo, nadie fue capaz de justificar los sueldos al pasar por alto los efectos secundarios: chorros de lágrimas al escuchar ese tipo de palabras.

No empieces con eso, deja de llorar, le dijo Alex García mientras se quitaba con el dorso de la mano el bigote de yogurt, y agregó: O me dejas en paz y te pierdes por ahí, o te entrego al rastro del viejo Salas.

Eran muchas las historias del rastro. Un lugar lleno de Rebeccas abandonadas, o de lo que de ellas quedaba. Al centro: la prensa hidráulica; al caer la noche, cuando todos se largaban a sus casas, aparecían los quejidos, los lamentos. Pero aquello le parecía exagerado a Rebecca. Sobre todo cuando iba al mercado en busca de plátanos para hacerle tostones a Alex. Siempre encontraba buenas manos, pero la tarde del calor insoportable todas le parecían flojas

y le preguntó al vendedor: ¿Tiene algo mejor en las cajas? En las cajas no, pero en el almacén sí. Venga. Y la llevó. Adentro: cientos de cajas y sacos y algo más: una de las muchachas que Rebecca había visto un par de años atrás en los salones iluminados de Je­remías and Clift, se arrastraba con la ayuda del único brazo que funcionaba, sin piernas. El vendedor le tiró un trapo a la cara y le ordenó que puliera las losas. ¿Qué le pasa a ella? Preguntó Rebecca y la respuesta del tipo fue: Se la cambié por un majá al viejo Salas. ¿El del rastro? Sí, ese, esta basura era lo único que se movía por allí. Veo que tienes un serio problema. El vendedor acababa de ver el número de serie en el ante brazo de Rebecca. Acababa de entender que solo una de ellas, bastante deteriorada, podía hacer tantas preguntas. Empezaban a darse muchas fallas en los sistemas. La gente protestaba. El rastro flore­cía y los rumores apuntaban a un disidente que vivía en el lado oeste de la capital.

Rebecca abandonó el mercado. Los taxis parecían esquivarla hasta que finalmente uno la condujo por la quinta avenida, porque necesitaba despejar la ca­beza. Sin embargo, al ver que no lo conseguía le dijo al taxista que la llevara al rastro. Estuvo mejor al bajar del auto (el taxista le miraba demasiado el antebra­zo a través del espejo retrovisor). Se quitó el abrigo y lo colocó alrededor del número de serie. Avanzó hacia el custodio segura de convencerlo de que era una inspectora de sanidad. Iba tranquila porque es­taban hechas a gusto de los clientes, eran cada una la representación de fantasías cocinadas por años, al menos hasta la mayoría de edad, hasta que la cartera estuviese inflada de billetes. Excepto copiar al dedillo a cualquiera, se podía combinar. A veces mezclaban y el resultado solo complacía al dueño. A veces la mez­cla atraía a más de uno. Rebecca avanzaba segura con su acople de Ava Gadnery Rita Moreno. El custo­dio no tuvo más remedio que tomar el auricular para pedir instrucciones, y al regresar vio que Rebecca no estaba frente al portón principal. La buscaron, no mu­cho, y no dieron con ella. Debe haberse dado media vuelta en la entrada, dijo alguien y todos parecieron de acuerdo.

A medianoche pudo salir de su escondite (una pila de cajas) y atravesar el patio a hurtadillas, nerviosa, aunque no había luces en aquella cazuela de bruma y circuitos en mal estado; una luna llena y podrida iluminaba bastante. Todos los modelos de Jeremías and Clift estaban programados para no ir más allá del hogar, excepto para hacer compras. Nunca llegar después de las seis. Cero chismorreo, cero oposicio­nes al marido o al sistema político. Por eso al meter la llave ella misma creyó tener un cáncer cibernético, un virus mortal. Empezaba a hacerse preguntas. Y a hacerlas por montones: ¿Qué es esto?

Alex había retrocedido espantado al ver como Rebecca tiraba una cabeza de quien fuera una peli­rroja. Aún tenía los ojos abiertos. Más aún los tenía Alex al ver aquello.

Que cojones, ¿te volviste loca? Sí… estás loca, loca.

Iba a llamar a la policía y se detuvo al escuchar la historia de Rebecca. Encontró la cabeza en el rastro (había muchas). Trataba de saber por qué.

Mañana lo sabrás, cuando te venda al mismísimo Abel Salas, loca.

Alex García durmió con algo de sobresaltos. Rebec­ca ni siquiera cocinó, se pasó toda la madrugada sen­tada en el alfeizar de la ventana de cristales en la sala, con los brazos cruzados sobre los senos, mirando la ciudad a oscuras. No paraba de murmurar por qué.

Porque estás rota, eso, ni siquiera me darían cin­cuenta por ti. Alex García terminó el yogurt y pidió una cerveza.

¿Vas a beber?

Me tienes hasta los cojones, si no te vas y no re­gresas, voy a parame en medio de la calle y le voy a decir a todos que estás rota.

Rebecca apoyó la espalda en la silla. Había visto como apedreaban a una de ella después de que el marido le gritara delante de unos fanáticos reunidos en un bar para ver un partido de fútbol. El código era simple, gritar tres veces está rota. Luego llovían las piedras. Pero últimamente la mayoría escogía los rastros para deshacerse de las muchachas de com­pañía, recibían algo de dinero.

La dependiente regresó con la cerveza y en la ser­villeta le dio una nota a Alex: Tengo un virus nuevo en mi memoria que puede achicharrarla en un par de días. Bien, murmuró Alex, bien bien bien. Espé­rame aquí, voy al baño y luego nos vamos a casa, te quiero.

Rebecca lo miró hasta que lo perdió de vista. Bajo otras circunstancias lo habría esperado: cuestiones de sistema. Pero el suyo poseía un virus implacable. Uno de esos que no necesitaban de un doble clip. Un código capaz de subir la temperatura, de pro­vocar un tic nervioso en los párpados y de meter depresión sin cuidado en la cabeza.

Bien, musitó Rebecca y añadió No voy a casa, no señor, no voy. Y salió de la cafetería antes que Alex regresara. El estanquillo había cerrado. La calle es­taba vacía. Lo único con vida era el cura que aún leía el ejemplar de Mecánica y Sociedad en el banco del parque metropolitano. Rebecca apuró el paso. Sus tacones producían golpes secos en medio de la ventolera. Las hojas desprendidas de los álamos formaban remolinos que iban a enredársele en las piernas. Sabía que al este reinaban el rastro; las su­cesivas convenciones sobre tecnología, los grandes almacenes de muñecas sexuales importadas des­de Japón, las ferias de objetos extravagantes y los clubes de pedofilia. Y sabía que al oeste, donde la cuaresma aún iba por los cañaverales sin la oposición de los rascacielos, vivía El Renegado, El Informático loco. Un tipo al que muchos atribuían la creación del sistema W15 Extreme Sumission*. Sistema, se­gún los rumores, robado y patentado por Andrés Jeremías y Mike Clift. El tal informático era capaz de arreglarlo todo, decían. Apuró aún más el paso Rebecca y justo al atravesar el parque metropolitano el viento le levantó el vestido y el cura, al ver que no lo advertía, cerró la revista y le dijo: Se le ve una de las lucecillas. Rebecca se bajó el vestido. Ambos se miraron un instante. Ella lo hacía directo a los ojos, él observaba el número de serie en el antebrazo.

Siga, joven, por allá.

Gracias, padre, gracias.

Continuó su camino y unos segundos después oyó al cura gritar: ¡Dicen que la caña es más dulce en el oeste! El hombre abrió otra vez la revista y ella, decidida, se deshizo de los zapatos (nunca le gus­taron tan altos) y dirigió la marcha por la calle mal pavimentada que llevaba al oeste, con pasos cortos y rápidos, con un chorro de pelos negros agitados por el

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