Diluciones e ilusiones

Autor: 

Dr Jorge Bergado Rosado
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04 Enero 2017
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Cuando el Dr. Samuel Hanneman desarrolló la homeopatía, la ciencia moderna estaba en ciernes. A finales del siglo XVIII la Física y la Química establecían las primeras leyes generales más elementales y la Medicina no pasaba de ser un conjunto de prácticas sin soporte empírico ni basamento teórico.

Ciertamente, ya Amadeo Avogadro había establecido que en un mol de cualquier sustancia siempre hay un número invariable de partículas (hoy identificadas como moléculas o átomos), pero Hanneman aparentemente no se percató de eso; de haberlo hecho se habría dado cuenta de que uno de los pilares de su sistema terapéutico entraba en franca y directa crisis por este principio.

Me explico. El sistema terapéutico hannemiano se basa en dos principios: el de los Similares y el de la Dínamo-dilución. El principio de los similares se basa en una observación casual que hizo el propio Hanneman, la cual le llevó pensar que una sustancia capaz de provocar un síntoma, era también capaz de curarlo.

Hanneman experimentó luego en sí y en voluntarios sanos otras muchas de las sustancias que hoy forman parte de las materias médicas homeopáticas. El sujeto tomaba una dosis de una de esas sustancias y se anotaban luego, muy prolijamente todos los cambios funcionales que el sujeto refería experimentar. Pero muchas de tales sustancias eran altamente tóxicas y eso planteaba un problema que, en la práctica, podía conducir a desenlaces trágicos. 

Ante tal exigencia surge la dinamo-dilución, como forma de evitar eventos adversos. La solución era muy sencilla y acorde al sentido común: diluir, diluir, diluir, hasta lograr concentraciones inocuas, pero que conservaran su pretendida eficacia curativa. Por supuesto, el mismo sentido común que sugería la dilución, indicaba que mientras más diluida estuviera una sustancia menor sería su efecto.

La solución puesta en práctica por Hanneman era una mezcla de pragmatismo y esperanza. Cuando queremos extraer sustancias activas de un producto natural un primer paso puede ser triturarla o majarla a golpes en un mortero, pero no se puede hacer lo mismo cuando la sustancia está disuelta; de modo que para extraer el principio curativo a medida que se diluye, el creador de la homeopatía recurrió al expediente de agitar vigorosamente la solución en cada paso de dilución.

La regla original de preparación prescribía golpear diez veces vigorosamente contra una Biblia forrada en cuero la mezcla (sucusión). La práctica intuía que tal vez algo pudiera extraerse de la sustancia de tal modo. La esperanza radicaba en que ese algo pudiera ser una especie de inmaterial principio vital; y tan fuerte era la esperanza que llegó a concebirse que mientras más veces se diluyera y se agitara la sustancia, el preparado se hacía a la vez menos tóxico y más potente. De ahí el nombre de dínamo-dilución. En definitiva, Hanneman, como casi todos en su época, era vitalista y no le resultaría muy difícil creer que algo de fuerza vital se generaba o se transfería a la solución mediante el proceso de sucusión; con vigor y con fe.

Dos siglos después los métodos de preparación pueden haber sufrido ligeros cambios -tal vez ya no se usen Biblias en cuero-, pero las diluciones homeopáticas siguen aplicando los mismos patrones esenciales. Las diluciones en cada etapa pueden hacerse en proporciones que definen tres series: D, C y M. En la serie D, en cada paso de dilución se toma una parte del producto y se mezcla con nueve de agua. En la C (o centésimal de Hanneman) las proporciones varían: una de producto en 99 de agua. Y, por supuesto, en la M es una en 999. De modo que en cada paso de dilución y sucusión la sustancia original se diluye en un factor de diez, cien o mil.

Por ejemplo, una dilución muy común en homeopatía es 30C. Para lograrla partimos del producto original y diluimos, digamos 1 mL de este en 99 mL de agua. Esa sería una solución 1C. De esa mezcla volvemos a tomar un mL y lo diluimos en otros 99 de agua y luego de agitarla tendríamos ya una dilución 2C. El procedimiento de diluir y agitar se repite en total 30 veces para obtener una 30C, o lo que es lo mismo, hemos diluido el producto original por un factor de 10 elevado a la potencia 60 (1060), o igual, pero al revés, hemos reducido su concentración a 10-60 de lo que había en la mezcla original.

Es difícil concebir qué significa una dilución tan extrema. Solo digamos que si quisiéramos lograrla en un solo paso de dilución no alcanzaría el agua de todos los mares, océanos, lagos, ríos, arroyos y riachuelos del planeta. En realidad, el referente planetario se queda corto, muy corto. Para lograr una dilución 30C en un solo paso de dilución necesitaríamos un balde colosal, una esfera llena de agua con un diámetro de 131 años luz. Esto, amigo lector es más grande que el sistema solar, va más allá de Alfa centauro, nuestra estrella más cercana. Bueno, que digo más allá, muchísimo más allá, si tenemos en cuenta que Alfa centauro está a solo cuatro años luz de nosotros.

Y es aquí donde el espectro de Avogadro se yergue sobre el legado de Hanneman. El archiconocido número que lleva su nombre nos dice que en un mol (una medida de peso para sustancias químicas) de cualquier sustancia existen seis por diez elevado a la potencia 23 moléculas (más exactamente 6,0221415×1023) un número ciertamente muy grande, pero no infinito. Comparando cifras es fácil darse cuenta que en una solución hannemiana 12 C, en que el producto original se ha diluido diez a la 24 veces (1024), ya no queda una sola molécula de la sustancia original. Si esto parece lapidario para una solución 30 C, que diremos entonces de las “más potentes” soluciones de 200 C.

Practicantes y defensores de la homeopatía cierran los ojos y proclaman: “y sin embargo…”, pero conscientes de lo implausible que resultan sus extremas diluciones, buscan explicaciones alternativas que le aporten credibilidad al sistema, al menos al nivel del beneficio de la duda. Una de las más empleadas tiene su fundamento en ciertas propiedades singulares del agua. Las moléculas de agua son polares; es decir, aunque no tienen carga eléctrica neta (como los iones), los electrones compartidos por los dos átomos de hidrógeno y el de oxígeno no están “equitativamente” distribuidos. Por eso la parte de la molécula donde se encuentra el oxígeno tiene una pequeñísima carga negativa, mientras que la región hidrogeniónica tiene ese mismo diferencial de carga positiva.

Esto permite que los átomos de oxígeno de una molécula de agua puedan asociarse electrostáticamente con los de hidrógeno de otra, mediante enlaces débiles llamados puentes de hidrógeno, lo cual confiere al agua algunas propiedades singulares como, por ejemplo, que sea líquida a temperatura ambiente a pesar de su bajo peso molecular, o que en su fase líquida sea más densa que en su fase sólida, razón por la cual los cubitos de hielo flotan graciosamente en cualquier jaibol.

De la misma forma que moléculas de agua interactúan entre sí mediante sus regiones polares, pueden hacerlo con otras partículas en ella disueltas si estas poseen cargas (por ejemplo, los iones) o regiones polares (proteínas y ácidos nucleicos). Se conforman así unas estructuras transitorias e inestables en las cuales una molécula central se encuentra rodeada de moléculas de agua. Estas estructuras pueden también asociarse unas con otras formando tramas moleculares llamadas clatrones. Tales estructuras constituyen la base de la más defendida hipótesis para explicar los efectos de las ultradiluciones homeopáticas: la llamada de la memoria del agua. Dicha hipótesis fue propuesta por el inmunólogo francés, ya fallecido, Jacques Benveniste para explicar resultados de experimentos de laboratorio empleando ultradiluciones homeopáticas que parecían mostrar algún efecto, aunque después han sido refutados. Decía pues Benveniste que la existencia de esas agrupaciones moleculares agua-sustancia podía mantenerse aún después de que la molécula central hubiera desaparecido. Lo explicaremos con un símil, pero antes, una disgresión necesaria.

Muchas reacciones entre las moléculas que intervienen en nuestro metabolismo son aceleradas por proteínas, llamadas enzimas, que actúan como catalizadores biológicos. Para lograr ese resultado las enzimas poseen una conformación estructural que les permite asociarse temporalmente a las moléculas de sustrato propiciando la reacción química que debe ocurrir. Este acoplamiento es específico, una enzima solo reconoce un sustrato o unos pocos que tengan una forma molecular semejante. Se ilustra esta especificidad comparándola con una llave y su cerradura. Solo la llave con la forma adecuada logrará “acoplarse” a la cerradura y abrir la puerta. Especificidades estructurales semejantes también explican cómo algunos fármacos solo se asocian a receptores específicos en algunas células produciendo así sus efectos. Benveniste afirmaba que al igual que podemos producir copias de una llave aplicándola sobre un molde de plastilina, así el “molde de agua” formado alrededor de una molécula cualquiera, podría activar los receptores celulares y producir los mismos efectos que la molécula original ausente. Esta es la hipótesis de la memoria del agua.

El símil es simple y sugestivo, parece plausible y posible, pero no lo es. Vamos por partes.

En primer lugar, los moldes acuosos o clatrones que deja la molécula ausente luego de los múltiples pasos de dilución, son estructuras altamente inestables que desaparecen en fracciones de segundo como consecuencia de la agitación molecular. En cualquier sustancia, en cualquier estado: sólido, líquido o gaseoso que tenga una temperatura superior al cero absoluto (-273,15 grados Celsius) sus moléculas se mueven constantemente. En estado sólido vibran, en fase líquida o gaseosa se desplazan, difunden y chocan unas con otras, más rápido mientras mayor sea su temperatura. A temperatura ambiente este desplazamiento térmico destruirá de inmediato los frágiles ordenamientos moleculares que un soluto pueda haber dejado en el agua. De hecho, la agitación violenta durante la sucusión aumenta el grado de agitación y las colisiones moleculares que harían más rápida la destrucción de los moldes.

Pero hagamos una concesión mental y pensemos que los moldes no se rompan de inmediato; hagamos más, démosle estabilidad y resistencia al choque y aún así la hipótesis de la memoria del agua resulta inoperante. Por una parte, la idea del molde molecular no explica en modo alguno cómo este vacío puede funcionar para activar receptores celulares y producir efectos biológicos similares a la sustancia antes contenida, de la misma manera que el molde de plastilina de una llave no abre la cerradura.

Por otra parte, y más decisiva, si sometemos a esos moldes acuosos a diluciones sucesivas, su concentración disminuirá en la misma proporción que lo hacen las moléculas del soluto; en realidad, un poco más rápido al ser estructuras de mayor volumen. Para que eso no ocurriera tendríamos que conceder algo más improbable que su estabilidad, tendríamos que pensar que además de sobrevivir a la agitación térmica y mecánica, tales frágiles estructuras se reproducen espontáneamente dentro del agua, y esto, querido lector, supera los más febriles sueños de cualquier noche de verano.

El consenso científico mayoritario hoy día es que la homeopatía solo tiene efectos atribuibles a la sugestión que provoca en el paciente, es decir un efecto de tipo placebo. No existe evidencia confiable de que tenga otros efectos. Sí, hay estudios publicados que reportan tales efectos, pero curiosamente, existe una correlación negativa entre la calidad metodológica del estudio y el resultado: los resultados “positivos” aparecen en estudios de bajo nivel metodológico (reportes de casos aislados, series de casos); a medida que aumenta el rigor (grupos de control contra placebo, a doble ciegas, multicéntricos) los resultados no difieren del placebo.

Por otra parte, las hipótesis que se alegan para exponer mecanismos de acción posibles en las ultradiluciones homeopáticas son puras fantasías que no resisten un análisis moderadamente serio. En estas condiciones resulta muy contradictorio que cualquier sistema de salud que se precie de científico acoja este sistema como válido. Si algún día apareciese evidencia reproducible de que algún producto homeopático es efectivo para tratar alguna condición médica, tendríamos que aceptarla y modificar nuestras concepciones, como ha ocurrido tantas veces en la historia de la ciencia. Si algún día, además, el progreso de la Química nos permite explicarlos, estaríamos entrando en una nueva etapa de la medicina, pero al día de hoy no existe tal evidencia ni se conocen tales mecanismos. Y no hay motivos para creer que el futuro cambie este panorama.

Bibliografía sugerida

Jan Willem Nienhuys: A total disaster for homeopathy. The Donner report.2009. Accesible en: http://www.kwakzalverij.nl/1050/

W. Steven Pray: The Challenge to Professionalism Presented by Homeopathy. American Journal of Pharmaceutical Education Vol. 60, 198-204. 1996

Francis Beauvais. Memory of water andblinding.Homeopathy. doi:10.1016/j.homp.2007.10.001. Accesible en: http://www.sciencedirect.com

Rogelio M. Díaz Moreno. El agua, memorias de una polémica de la naturaleza. Premio Pinos Nuevos (Modalidad TEXTO DE DIVULGACIÓN CIENTÍFICO-TÉCNICA). La Habana, 2012

Aijing Shang, Karin Huwiler-Müntener, Linda Nartey, Peter Jüni, Stephan Dörig, Jonathan A C Sterne, Daniel Pewsner, Matthias Egger. Are the clinical effects of homoeopathy placebo effects?Comparative study of placebo-controlled trials ofhomoeopathy and allopathy.Lancet 2005; 366: 726–32

Andy Lewis. The Futility of Finding Physical Explanations for Homeopathy.Accesible en: http://www.quackometer.net/blog/2010/10/the-futility-of-finding-physical-explanations-for-homeopathy.html


 

 

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